16
Harper
ME DESPERTÉ con la voz de una niña llamándome. Me dolía el cuerpo, y tenía los brazos y las piernas enredados en el cuerpo firme y sexy de mi jefe. Era un dolor dulce y sordo después de una noche tórrida de pasión con Sebastian. Pero ahora alguien me sacudía para que me despertara.
—¿Qué pasa? —dije mientras me daba la vuelta a regañadientes. Me encontré cara a cara con Chloe, que me miraba parpadeando. Le quedaba enorme el pijama rosa nuevo, un regalo de su tío Tyler.
—Tengo hambre.
Chloe. Mierda, Chloe acababa de verme en la cama con su padre.
Técnicamente, sabía que dormíamos en la misma habitación, pero no así.
Yo estaba desnuda bajo las sábanas. Sebastian también.
Tiré de la ropa de cama y respiré aliviada al darme cuenta de que no podía ver nada.
Pero Sebastian estaba despatarrado y desnudo, con el pecho esculpido y las piernas al aire. La sábana apenas le tapaba las partes.
—Eh, Chloe, ¿puedes ir a esperar? ¿A tu habitación?
Hizo un puchero.
—Pero quiero comida ahora.
Había sido un angelito durante todo el viaje. ¿Y ahora le daba por volver al modo demonio?
—Chloe...
Sebastian se dio la vuelta y me rodeó la cintura con la mano, bajando la sábana.
—Eh, Sebastian...
Medio dormido, se inclinó y me besó la espalda. Oh, Dios.
—Chloe está aquí.
Eso lo despertó. Se incorporó de golpe.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó a su hija con una voz ronca que me derritió por dentro.
Chloe cruzó los brazos para darle más dramatismo. Sebastian frunció el ceño.
—Pásame los pantalones.
Señaló el montón de ropa esparcida al pie de la cama. Chloe fue a buscarlos y se los trajo. Él rebuscó en los bolsillos y sacó el móvil. Chasqueó la lengua.
—Son las diez de la mañana. Todavía es por la mañana.
—Tengo hambre, y ya es por la tarde.
—Pero tengo hambre, y nunca he comido tan tarde.
Estaba mortificada. Su hija acababa de pillarnos desnudos en la cama, y los dos actuaban como si fuera una mañana cualquiera.
—Vale, vale. Llamaré al servicio de habitaciones.
Negó con la cabeza con un gesto que me hizo sentir juzgada.
—¿Ves? No es tan difícil.
Salió del dormitorio y Sebastian dejó caer la cabeza en la almohada.
—¡Nos vio! —grité.
Me puso la mano en la espalda y empezó a trazar círculos que me provocaron un hormigueo por todo el cuerpo.
—Nos vio a los dos durmiendo en la misma cama. Algo que hacen muchas parejas casadas, que es lo que somos.
—Sí, pero...
Me cortó sustituyendo los dedos por los labios, y luego me giró hasta dejarme sentada encima de él.
—No podemos hacer esto ahora.
Frunció el ceño, pero me acarició los pechos con pereza.
—¿Estás dolorida?
Me dolía el coño de todo el sexo de anoche, y aun así quería más. Si tuviera algo de decencia, me avergonzaría de lo mucho que todavía lo deseaba, pero ni siquiera fui capaz de sonrojarme. Joder. ¿Qué me estaba haciendo este hombre?
Negué con la cabeza.
Movió las caderas.
—Bien, porque me he despertado muy empalmado.
Lo cabalgué hasta el éxtasis, y cuando terminamos, pidió el desayuno mientras yo iba a ducharme. Cuando acabó, se metió conmigo bajo el agua y me apoyó contra el cristal antes de arrodillarse y comerme el coño. Tuve mi segundo orgasmo del día y el octavo en las últimas veinticuatro horas.
—Pensé que habías dicho que habrías terminado conmigo por la mañana —dije cuando se puso de pie.
—¿Eso dije? —canturreó mientras me besaba el cuello—. Quizá quise decir después del viaje. ¿Has terminado tú conmigo?
Le sujeté la cabeza y atraje sus labios hacia los míos.
Gimió cuando le rocé los labios con la lengua.
Ya estaba dolorida, pero conocía otra forma de devolverle el favor.
Me arrodillé y me metí su polla en la boca.
Era grande, más grande que la de cualquiera con el que hubiera estado, pero estaba hambrienta de él.
No era ninguna experta, pero Sebastian parecía apreciar mis habilidades, a juzgar por los gemidos y por cómo me sujetaba la cabeza mientras le recorría la polla con la lengua antes de metérmela entera.
Mis movimientos fueron torpes al principio; Sebastian me guió hasta que me adapté a su tamaño.
Se la chupé hasta que estampó la otra mano contra la pared de la ducha, hasta que se corrió con fuerza y me llenó la boca.
—Joder, Harper —dijo sin aliento mientras me levantaba en brazos.
Me reí.
—No soy tan buena.
Me apartó el pelo de la cara.
—Para mí sí.
Tyler irrumpió en la suite mientras desayunábamos. Estaba furioso.
—¿Dónde demo...? —miró a Chloe—. ¿Dónde diablos estabas? No contestabas mis llamadas.
Sebastian miró el móvil e hizo una mueca.
—Ah. Lo tenía en silencio.
—¡Me has hecho aguantar a ese hombre durante todo un desayuno interminable!
—Lo siento —dijo Sebastian—. Nos quedamos dormidos.
Me guiñó un ojo. Tyler no se lo tomó bien. La mirada asesina que me lanzó me provocó un escalofrío.
—¡Es verdad! —intervino Chloe mientras echaba leche en los cereales—. Los dos estaban desnudos en la cama de papá esta mañana. Intenté despertar a papá, pero no se movía. Luego fui a despertar a Harper, y hasta ella tardó una eternidad.
—¡Chloe! —gritó Sebastian—. No estábamos desnudos.
Chloe ladeó la cabeza, pensativa.
—Tu pecho sí lo estaba.
Tyler me fulminó con la mirada como si todo fuera culpa mía. Me ardieron las mejillas de vergüenza. Sebastian no parecía molesto en absoluto. Se rio con Chloe.
—Nunca hagas suposiciones. Mi pecho no es todo mi cuerpo.
A Tyler se le dilataron las fosas nasales.
—No manipules a tu hija.
—¿Qué significa «manipular»?
—Significa que tu padre y yo tenemos que hablar en privado.
La voz cantarina de Tyler no lograba ocultar la ira que escondía.
Sebastian suspiró.
—De acuerdo, hermano, iré al despacho del director.
Me guiñó un ojo de nuevo y se levantó, pero no sin antes dar un trago a su café. Luego se inclinó hacia mí y susurró:
—Parece que he sido un chico malo.
Y me besó en la mejilla. Tyler puso los ojos en blanco. Los dos desaparecieron en un dormitorio que nunca habíamos usado.
Intenté seguir comiendo, fingiendo que no estaban hablando de mí.
No podía oír lo que decían; las paredes eran gruesas, pero se quedaron tanto tiempo en esa habitación que empecé a preguntarme si estaban discutiendo.
No habría sido de extrañar, teniendo en cuenta lo distintas que habían sido sus actitudes cuando Tyler llegó.
En cuanto terminamos de comer, recogí los platos, los puse en la bandeja y me acerqué a la puerta para ver si podía oír algo. Tenía razón. Estaban discutiendo.
—No estás en tu sano juicio. Es tu niñera, por el amor de Dios.
—Dios mío, Tyler, otra vez no.
—Perdona por preocuparme por mi hermano.
—Es mi esposa, por cierto. ¿Y quién te ha nombrado guardián de la moral?
—No me estás escuchando. Lo que quiero decir es...
—Mira quién fue a hablar.
—No confío en ella, eso es todo. Pareces... feliz.
Sebastian se rio.
—¡Y eso es malo!
—Recuerdo la última vez que estuviste tan feliz.
Su voz sonó tranquila al decirlo. La habitación se quedó en silencio un rato, y pensé que me habían oído. Contuve la respiración.
—Esta vez es diferente.
—Ya lo has dicho antes —dijo Tyler—. Y recuerdo perfectamente que dijiste exactamente lo mismo la última vez.
—No te preocupes por mí. Es solo sexo sin importancia. No pienso en ella más allá de eso. Y para que te quedes tranquilo, el acuerdo prenupcial es blindado.
—¡Harper!
Pegué un bote al oír la voz de Chloe. Estaba en la otra habitación, probablemente buscándome.
Me alejé sin hacer ruido y me reuní con ella, pero no podía dejar de pensar en lo que Sebastian había dicho.
Tenía razón en que era sexo sin importancia.
Pero dolía igual. No sé qué esperaba oír: ¿que me quería?
¿Que quería que nuestra relación fuera algo más?
Era una locura siquiera pensar en él de esa manera.
La noche anterior había sido el mejor sexo de mi vida, y querer más rayaba en lo ridículo.
Estaba bastante segura de que, cuando terminaran estas vacaciones, volvería a actuar como si yo no existiera.
Pasé la mayor parte del día con Chloe. Después de que Tyler se marchara, Sebastian anunció que tenía trabajo y que no estaría con nosotras, pero que se uniría a nosotras para el evento de patinaje de la noche.
Todos íbamos a asistir, y después de haberse perdido el desayuno, Sebastian no quería perderse esto también.
Chloe y yo fuimos a una de las pistas de hielo del complejo y patinamos durante horas.
Al menos eso sí sabía hacerlo. Había patinado un poco en el instituto.
Nada del otro mundo, pero había sido lo bastante buena como para competir en los campeonatos regionales.
A Chloe le encantaba cuando la hacía girar, y para cuando terminamos, el sol se había puesto y estábamos sudando.
—Volvamos al chalet a cambiarnos para esta noche —le dije a Chloe, pensando que se pondría triste. Tenía preparado el «no querrás llegar tarde al evento» por si protestaba, pero sus ojos se iluminaron al mirar por encima de mi hombro.
—¡Papi!
Me di la vuelta y vi a Sebastian de pie fuera de la pista, observándonos. No parecía que acabara de llegar. ¿Cuánto tiempo llevaba allí?
Chloe y yo patinamos hacia él. Tenía las manos en los bolsillos, y con aquel jersey y pantalones color chocolate parecía un señor de las tinieblas observando a sus súbditos.
Se me revolvió el estómago. En algún momento tenía que dejar de pasarme eso.
Había visto a ese hombre desnudo innumerables veces.
¿Por qué siempre parecía que fuera la primera vez que lo veía?
—No tenía ni idea de que patinaras tan bien —dijo Sebastian cuando abrimos la puerta de acceso.
—Tengo algún que otro talento oculto —respondí.
No pretendía que sonara a doble sentido, pero Sebastian lo interpretó así, y se le iluminaron los ojos.