Matrimonio por error (Multimillonarios Hawthorne) 15
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Sebastian

NO RECUERDO haberle quitado la ropa, ni que ella me quitara la mía.

Fue tan rápido y frenético que estuvimos desnudos en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando dijo que sí, la llevé a mi dormitorio y no dejamos de besarnos.

Ni siquiera cuando caímos sobre la cama, conmigo encima de ella.

Sus curvas eran suaves y cálidas bajo mi cuerpo.

El dormitorio estaba un poco más frío que la habitación que habíamos dejado, pero no lo notaba.

Ardía por una mujer y, finalmente, después de meses soñando con ella, de intentar desahogarme con un saco de boxeo para sacármela de la cabeza, ella había ganado, y era como si la victoria también fuera mía.

Seguimos besándonos como si no pudiéramos saciarnos el uno del otro.

Sabía a una droga dulce y embriagadora. Era adictiva, y no me importaba engancharme.

Al menos no en ese momento. Quizá mañana, pero esa noche, al diablo con las consecuencias.

Mis manos recorrieron sus curvas. Eran suaves y tersas, caderas anchas que se estrechaban en una cintura diminuta, un trasero tan jugoso que quería comérmelo.

No soy de esos, y sin embargo ahí estaba, deseándolo.

Froté mi polla contra su centro mientras mis manos subían hacia sus pechos generosos. Solté sus labios y ella gimió frustrada. Bajo la tenue luz que se filtraba desde la otra habitación y la ventana, apenas distinguía su cuerpo, pero veía sus pezones oscuros y erectos reclamando mi atención.

—Joder, eres preciosa.

Se retorció debajo de mí. Tomé un pecho, lo masajeé, le pellizqué el pezón y me lo llevé a la boca.

—Oh, Sebastian —gimió mientras arqueaba la espalda, su sexo rozándome el vientre.

Estaba húmeda, y la quería empapada para cuando entrara en ella.

Sus manos fueron a mi cabeza, me agarraba y me soltaba mientras la devoraba.

Le di al otro pecho la misma atención y me deleité con lo receptiva que era.

Era como si cada caricia la excitara. Pero no podía seguir atormentándola mientras me atormentaba a mí mismo.

Necesitaba estar dentro de ella. Deslicé la mano hacia su centro y me sumergí en su humedad.

—Estás ardiendo por mí —dije contra sus labios.

Ella lamió los míos. Le acaricié el clítoris con el pulgar.

Gimió mi nombre. Quería oírla decirlo una y otra vez, exactamente así.

Me levanté, saqué el preservativo del cajón de la mesita de noche, me lo puse con destreza y me hundí en su coño.

Me recibió, envolviéndome en su abrazo. La embestí como un demente, impulsado por un deseo que ni yo mismo podía explicarme.

Solo sabía que quería estar dentro de ella, hacerla sentir lo mismo que yo.

Le masajeé el clítoris y se deshizo. Tembló tan fuerte que pensé que su coño me escupiría la polla.

Pero me aferré a ella. Quería sentir cada temblor, cada estremecimiento.

Era tan intenso que me corrí poco después.

El orgasmo parecía no tener fin. Y cuando por fin amainó, apenas pude salir de ella y dejarme caer en la cama a su lado.

—Nunca he sentido nada así —dije después de recuperar el aliento.

Aunque tengo un vago recuerdo de esta misma sensación.

En Las Vegas. ¿Fue así? Con razón me casé con ella.

El único pensamiento que dominó mi mente todo el rato fue que quería que durara para siempre.

¿Era eso lo que pensaba? La miré. Estaba recuperando el aliento, igual que yo.

Estaba aún más hermosa en ese momento de calma.

Y una mierda la lucidez post-orgasmo. La deseaba aún más justo después de haberme acostado con ella.

Una vocecita me decía que esto era peligroso, que debería dejarla marchar, meterla en un coche y en el próximo avión que saliera de aquí y no volver a verla nunca.

Pero otra voz, una voz mucho más fuerte, decía que quizá no había conseguido sacármela de la cabeza.

Lo que necesitaba no era un encuentro con ella, sino la noche entera.

Se levantó. Me incorporé hasta quedar sentado.

—¿Adónde vas?

Se quedó de pie desnuda, frente a mí. No exactamente frente a mí. No quería cruzar su mirada con la mía.

—Iba a mi habitación.

Le agarré la mano.

—No te vas.

Frunció el ceño.

—Al menos todavía no.

Tenemos que asegurarnos de que mañana por la mañana ya no nos sintamos así.

—¿Tú crees?

La atraje hasta que estuvo entre mis piernas.

—Una noche entera follando y luego seguimos con nuestras vidas como profesionales, como si no quisiéramos tirarnos el uno encima del otro cada vez que nos tocamos.

—¿Me has deseado así?

Parecía sorprendida por la revelación.

—Venga ya. Habrás notado que no podía quitarte los ojos de encima. Me he acostado contigo y aún quería más.

Su mirada ardiente bajó a mi polla.

—Y sé que tú quieres lo mismo.

La atraje hacia mí y le rodeé la cintura con las manos. Los dos nos dejamos caer sobre la cama mientras nos devorábamos los labios. Para mañana, esta sed aparentemente insaciable quedaría saciada.