Matrimonio por error (Multimillonarios Hawthorne) 7
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Harper

NOS CASAMOS de nuevo. Fue una simple cita en el juzgado, tan impersonal como cualquier acuerdo contractual.

Sin adornos, sin nada de lo que había imaginado para mi boda, pero aun así resultó surrealista.

Había firmado un acuerdo prenupcial blindado antes de casarnos, que estipulaba la mitad del dinero acordado al inicio del matrimonio y la otra mitad al final.

Nos casamos un jueves por la tarde y, fiel al hombre de negocios eficiente que era, Sebastian se fue a trabajar inmediatamente después.

Yo también. Cuando regresé al ático, recibí una notificación de que el dinero había sido ingresado en mi cuenta.

A partir de ahí, fue como cualquier otro día.

Chloe estaba en casa de un amigo jugando, así que no tenía mucho que hacer hasta que volviera.

Sebastian iba en serio con lo del anillo.

No podía llevarlo puesto por la casa. La señora Andrews y Jean me acribillarían a preguntas que no sabría cómo responder.

Además, Sebastian dijo que era mejor mantenerlo en secreto, y estuve de acuerdo.

—¿Qué te pasa hoy? —dijo la señora Andrews, entornando los ojos con sospecha.

Estábamos sentadas en el office tomando té. Jean había horneado unas galletas deliciosas, y como todas habíamos terminado nuestras tareas, sugirió que nos sentáramos a disfrutar de algunas. Cogí mi taza de té, ya templado, y le di un sorbo.

—Nada. Estaba ensimismada, nada más.

—Claro —Jean no parecía convencida—. Estás muy rara desde que volviste de Las Vegas.

—Como si no hubiera sido rara desde el principio —murmuró la señora Andrews.

—¿Qué pasó allí? —Jean se inclinó con aire cómplice—. ¿Te pasaste gastando el dinero del jefe o algo así?

—¿Qué? —protesté—. ¿Por qué ibas a pensar eso?

Se encogió de hombros, sujetando la taza de té con ambas manos.

—El jefe te ha estado evitando, y hay algo entre vosotros que antes no estaba.

¿Sebastian me había estado evitando? No me había dado cuenta porque seguía dándole vueltas a todo lo demás. Dios mío. ¿Tanto se arrepentía?

—No sé de qué hablas.

—Por favor —la señora Andrews soltó una risita—. Saliste del apartamento con él esta mañana y volviste con Daniel.

—¿Y?

—Daniel no hace de chófer para nadie que no sea de la familia. El señor Hawthorne pide un coche para sus empleados —dio un sorbo a su té—. ¿Por qué iba a llevarte a ti?

Intenté parecer lo más despreocupada posible.

—Te estás montando películas.

—¿En serio? —Jean se inclinó hacia adelante—. Entonces, ¿a dónde fuiste?

—Lo siento, pero eso no es asunto tuyo.

La señora Andrews soltó una carcajada.

—Ahí te ha pillado, Jean.

Jean puso los ojos en blanco y cambió de tema de inmediato. Respiré aliviada. Dios mío, qué cotillas eran, pero no podía dejar que sospecharan nada. Si se me escapaba el secreto, estaba segura de que mi acuerdo con Sebastian se iría al traste.

Ojalá no tuviera que mentir tanto. Las dos ya sospechaban de mí, y esto solo pondría en alerta sus antenas.

—Eso es lo que no entiendo de toda esta situación. Estaba convencida de que él...

La voz de Jean me devolvió a la realidad.

—¿Tú qué opinas?

Tanto la señora Andrews como Jean me miraron fijamente.

—¿Yo?

—¿Pasó algo en Las Vegas? Estaba segura de que solo iba allí para una reunión de negocios.

—Nada importante.

Nada, salvo despertarme desnuda en la cama de mi jefe. No parecían creerme, pero no tenían nada más que rascar, así que pasaron a otros temas. Las oía sin escucharlas realmente, ausente, hasta que la señora Andrews dijo:

—No entiendo a ese hombre.

—Le gustan las mujeres. Y la verdad, lo entiendo —respondió Jean—. A las mujeres también les gusta él.

La conversación había vuelto a Sebastian. Dios, cómo les gustaba cotillear sobre su jefe. Y si me quedaba con ellas un momento más, acabarían oliendo la verdad. El anillo que me había dado seguía en el bolsillo de mi vestido. ¿Y si se caía y estas dos lo veían? Me levanté para irme.

—¿Pasa algo? —preguntó Jean al ver mi movimiento brusco.

—No. Nada. Solo tengo que preparar, eh, las clases de Chloe.

Prácticamente salí corriendo de la habitación y fui a la mía, donde guardé el anillo en un cajón.

Después fui al cuarto de Chloe, por si alguna de ellas me había seguido para comprobar si de verdad iba a hacer lo que había dicho.

Por suerte, la zona infantil tenía varias estancias, incluida una pequeña aula donde podía esconderme.

Fui allí y me senté a mi escritorio, intentando asimilar todo lo que había pasado.

Puede que me quedara en la misma posición durante horas.

El tiempo parecía pasar rápido y lento a la vez mientras me sumía en una especie de trance, repasando todo lo que me había llevado a casarme con mi jefe multimillonario. No sé por qué acepté.

Quizá fue por mi amor hacia Chloe. Ella merecía un buen padre que la cuidara, y Sebastian había demostrado serlo. Sí, fue por eso. No porque quisiera acostarme con mi jefe. Mi marido, ahora. Supongo.

Algunos recuerdos de Las Vegas habían vuelto, y recordaba lo bueno que había sido en la cama.

Cómo me había hecho suya una y otra vez, dejándome exhausta y satisfecha.

Era increíble cuántas veces lo habíamos hecho, como si no pudiéramos saciarnos.

Como si aquella bruma provocada por las drogas hubiera sido nuestra oportunidad de hacer algo que ambos deseábamos pero no podíamos expresar de otra forma.

Me costaba imaginar que Sebastian Hawthorne me viera así.

Siempre había sido de los que mantienen una relación estrictamente profesional con sus empleados.

Según Jean, nunca se había liado ni siquiera con compañeras de trabajo.

—¡Harper! —Chloe entró corriendo en la habitación y se lanzó a abrazarme.

—¿Qué haces aquí? —dije mientras la cogía en brazos y la sentaba en mi regazo—. Pensaba que la fiesta iba a durar todo el día.

—La fiesta acabó antes de tiempo porque el cumpleañero vomitó la tarta —dijo una voz grave.

Sebastian estaba apoyado en el marco de la puerta, con la corbata aflojada y la camisa arrugada.

Por culpa de Chloe, supuse. Tenía el don de dejar su huella en todo el que se cruzaba con ella.

Aun así, estaba imponente, y todavía más con ese aire desaliñado.

Había algo salvaje en él que resultaba irresistible.

Mi marido. Incluso pensarlo parecía imposible.

—Oh. No sabía que ibas a traerla tú. No revisé el móvil para...

—Busqué el teléfono a toda prisa y encontré un mensaje de la madre de Fort diciendo que la fiesta se había cancelado antes de tiempo y que fuera a recoger a Chloe.

Mierda. ¿Cómo no lo vi? Siempre llevo el móvil encima.

Otra cosa más para mi lista de incompetencias.

—No pasa nada —dijo él—. Total, hoy tenía media jornada, y cuando vi el mensaje, fui a recoger a Chloe.

Media jornada. Habíamos ido al Ayuntamiento por la mañana, así que, si había trabajado, habrían sido dos horas como mucho.

Chloe se levantó de mi regazo y salió corriendo de la habitación, seguramente hacia la cocina, dejándome a solas con su padre. Él señaló mi mano.

—¿Dónde está?

Al principio no entendí a qué se refería, hasta que caí.

—Ah. No creí que pudiera llevarlo aquí.

—¿Por qué no? —Se cruzó de brazos—. Vives aquí. Y si queremos resultar convincentes ante los tribunales, más vale que empecemos ya.

—Bueno, Jean y la señora Andrews me harán muchas preguntas, y saben que apenas salgo con nadie.

Se le iluminaron los ojos. No tenía ni idea de qué significaba aquello, pero no podía quitarme de la cabeza esa mirada.

—Iba a decírselo al personal, pero podríamos hacerlo juntos si quieres. Es mejor así. Ya se lo he dicho a Chloe.

—¿Se lo has dicho a Chloe? Creía que querías mantenerlo en secreto.

—En secreto de cara al público. Pero no tenemos que ocultárselo a la familia. Ven. —Extendió la mano. Como una zombi, me levanté y la tomé, dejando que me guiara fuera del cuarto infantil.

—Ponte el anillo —dijo.

Saqué el anillo del bolsillo y me lo deslicé de nuevo en el dedo. Ya me estaba acostumbrando a su peso, como si siempre hubiera estado ahí.

La señora Andrews y Jean estaban en la cocina. La primera estaba sentada en uno de los taburetes de la barra, jugando a las cartas con Chloe, mientras Jean preparaba la cena.

Sebastian carraspeó. Todos se giraron hacia nosotros. A la señora Andrews se le desencajó la mandíbula al vernos de la mano. Y, como para enfatizarlo, Sebastian me rodeó la cintura con el brazo, lo que hizo que Jean enarcara una ceja. Se irguió y dijo:

—No sé si ya lo sabíais, pero Harper y yo llevamos un tiempo saliendo.

—A Jean se le cayó la cuchara, pero Sebastian no pareció darse cuenta.

O si lo hizo, no le dio importancia. Continuó—: Y hemos llegado a querernos.

Hemos estado saliendo en secreto, pero la semana pasada decidimos casarnos, y lo hicimos hoy.

Jean y la señora Andrews se quedaron sin palabras. Durante un minuto entero, nadie dijo nada. Entonces la señora Andrews pareció recuperar la voz.

—¡Enhorabuena! Sabía que había algo entre vosotros dos. —Su sonrisa efusiva no me engañó, pero a Sebastian sí, que suspiró aliviado.

—Enhorabuena —dijo Jean en un tono menos entusiasta. Entornó los ojos mientras se fijaba en el anillo.

—Gracias —dije.

—Serás una esposa perfecta para papi —dijo Chloe, sonriendo.

Se me encendieron las mejillas.

—Gracias, Chloe.

—¿Eso significa que vais a dormir juntos? La madre de Blake duerme con su marido en la misma cama, y una vez Blake los pilló haciendo lucha libre y...

—Sí —la interrumpió Sebastian—. La señora Andrews se encargará de llevar tus cosas a mi habitación.

Miré al ama de llaves, que no parecía muy contenta con la tarea. Esbozó una sonrisa forzada, pero se notaba que no le hacía ninguna gracia la perspectiva de tenerme como jefa.

—No. No hace falta, ya lo hago yo.

La señora Andrews se levantó.

—No te preocupes en absoluto. Me encargo ahora mismo. Ahora eres su esposa. —Su sonrisa no le llegó a los ojos, y pronunció la última frase con retintín.

—Todavía no hemos anunciado nuestra relación públicamente, así que nos gustaría mantenerlo en privado por un tiempo —añadió Sebastian.

La señora Andrews asintió.

—Por supuesto, por supuesto. Ya sabéis que soy muy discreta. No se lo diría a nadie, aunque sea una noticia tan interesante.

Jean hizo el gesto de cerrarse la boca con una cremallera.

—Soy una tumba.

La señora Andrews desapareció de la cocina y Jean volvió a remover su sopa. El teléfono de Sebastian sonó y salió a contestar. Todo pareció volver a la normalidad, pero entonces Jean se acercó a donde yo estaba, de espaldas a Chloe, y dijo:

—Joder, qué rápida eres. —Habló lo bastante bajo para que Chloe no la oyera—. Sabía que ese era tu plan desde el principio, pero no tenía ni idea de que ya estuvieras trabajándotelo.

—Yo no estaba trabajándo...

—Ahórratelo. Reconozco a una trepadora en cuanto la veo. Las mejores son mucho más sutiles que las demás.

Me crucé de brazos, un gesto defensivo instintivo ante la descabellada acusación que me lanzaba. Sabía que no le caía bien. Tanto ella como la señora Andrews me miraban con recelo, pero siempre había supuesto que era por mi incompetencia como niñera de alto standing.

—¿Y a ti qué te importa? No me digas que a ti también te gustaba.

—¿Eso es lo mejor que tienes? ¿En serio?

—Entonces, ¿cuál es tu problema?

Miró a Chloe.

—Esa niña es una de mis personas favoritas. Ya ha pasado por mucho con su madre, y que tenga una segunda madre igual que la primera está mal. Está claro que Sebastian tiene muy mal gusto con las mujeres, pero es triste que ese gusto tenga que afectar a su hija.

—Créeme. No me parezco en nada a ella.

Jean resopló.

—Lo que quiero saber es cuánto tiempo lleva esto. Con razón no te despidió por romper su jarrón. Se lo compensaste chupándosela.

Estuve a punto de darle una bofetada; en lugar de eso, cerré los puños, haciendo todo lo posible por resistir la tentación.

—Te tengo vigilada, Harper Foster. Y como le hagas daño a esa niña de cualquier forma, estás acabada.