Matrimonio por error (Multimillonarios Hawthorne) 8
33%

8

Harper

—CUANDO ACEPTÉ hacer esto, no pensé que acabaría durmiendo contigo.

Sebastian salió de la ducha con una toalla envuelta en la cintura y otra sobre el hombro. Las gotas de agua saltaban de su cabello mientras cruzaba la habitación. Contuve un jadeo. Era más fácil hablar con él cuando estaba en la ducha. Verlo así me dejaba sin palabras.

Se quitó la toalla del hombro y se secó el pelo con ella.

—¿Tan horrible estoy?

—¡No! O sea... estás muy bien, pero no puedes pretender que duerma en la misma cama que tú solo porque estemos casados.

Desapareció en el vestidor. El enorme vestidor que sin duda ya tenía mi ropa frente a la suya.

La única vez que había estado allí, cuando buscaba a Chloe mientras jugábamos al escondite, vi que él tenía su ropa en un lado y el otro estaba vacío.

Como si esperara a que alguien lo ocupara.

Jamás habría imaginado que mi ropa de Shein acabaría frente a la suya.

—¿Por qué no? —dijo desde el vestidor—. Pero ¿quién dice que tengamos que dormir en la misma cama?

Volvió unos momentos después, abrochándose el pijama de seda azul medianoche. Claro, era de los que usaban pijama. Pero al menos no dormiría medio desnudo. No creo que hubiera podido soportarlo.

Se quedó paralizado a medio gesto.

—¿Qué pasa?

No me dio tiempo a pensar en otra cosa, así que solté lo primero que me vino a la cabeza.

—Me alegro de que duermas vestido.

Una sonrisa burlona asomó en la comisura de sus labios.

—Esto es solo en tu honor, señora Hawthorne. Normalmente duermo desnudo.

Tragué saliva mientras la imagen mental de Sebastian desnudo, tendido sobre las sábanas de seda gris de aquella cama, se apoderaba de mi mente y no desaparecía.

—Oh, eh... gracias, supongo.

Salí disparada hacia el vestidor, caminando tan rápido que casi echaba a volar, con tal de que no adivinara lo que estaba pensando.

Mi lado del vestidor estaba casi vacío, tal como esperaba.

No tenía mucha ropa. Cuando escapé de Miami, básicamente salí con lo puesto y unas cuantas prendas que cabían en mi bolsa de viaje.

No quería que Marcus se diera cuenta enseguida de que me había ido.

Y desde que llegué a Nueva York, desde que gano algo de dinero, apenas he tenido tiempo de ir de compras salvo algún que otro fin de semana.

Cogí el camisón a toda prisa, me lo puse, y cuando volví al dormitorio, Sebastian estaba en la cama, dibujando algo en una de esas tabletas de tinta electrónica que solo le había visto usar a él y a Chloe.

Llevaba gafas de lectura, lo que le daba un aire de profesor buenorro de película porno de profesor y alumna.

—Ven a la cama, Harper, que no muerdo.

Me acerqué al otro lado de la cama. Era lo bastante grande para que cupieran cuatro personas sin problema, y Sebastian estaba en el extremo más alejado.

Había al menos un metro de espacio entre nosotros.

Entonces, ¿por qué sentía que él estaba a pocos centímetros?

Aparté las sábanas y me hundí en el cálido colchón.

—Pensaba que iba a dormir en el sofá o algo así.

—Como puedes ver, aquí no hay sofá —dijo Sebastian sin dejar de dibujar.

—¿O en un colchón en el suelo?

Sebastian levantó la vista de la tableta.

—No voy a hacerte nada.

Me ardieron las mejillas. Era evidente que ya había tenido bastante de mí en Las Vegas.

Y la única razón por la que se acostó conmigo fue porque estaba drogado.

¿Por qué iba a hacerlo estando sobrio si no le atraigo?

No parecía que fuera a intentar nada raro durante la noche, pero aun así.

Su sola presencia hacía que el corazón me latiera desbocado.

—Lo sé. Es que es raro, nada más.

—Sí, tendremos que buscar otra forma de hacer esto, pero tenemos que dormir en la misma habitación. Te pagaré más si dormir conmigo te resulta tan... inconveniente.

—¡No! No lo es. No hace falta. No me importa dormir contigo.

Mierda.

—O sea, no en ese sentido... lo que quería decir es...

—Lo entiendo. Hasta la semana pasada era tu jefe. Es raro hasta para mí, pero te agradezco que me ayudes.

—Cuando necesites una esposa, aquí me tienes.

Se rio. Una risa profunda, de esas que salen de las entrañas. No recordaba haberle oído reírse de algo que yo hubiera dicho. Se me calentó el corazón, y rebusqué en mi cabeza algo más gracioso que decir, pero no se me ocurrió nada en el momento.

No sabía qué hacer. El móvil estaba en la mesa, al otro lado de la habitación, y levantarme a buscarlo me haría parecer tan inquieta como Chloe.

Ya lo cogería después. Sebastian estaba concentrado dibujando.

El lápiz óptico trazaba líneas rápidas por la pantalla.

Fruncía el ceño y a veces se mordía el labio.

¿Qué estaría dibujando? Había tanto espacio entre nosotros que no alcanzaba a verlo.

Estaba completamente absorto en lo que hacía, fuera lo que fuese.

—¿Qué? —dijo sin levantar la vista.

—Perdona.

Me había quedado mirándolo demasiado rato.

—¿Qué estás dibujando?

—Un edificio.

Pensé que eso era todo, pero entonces colocó la tableta entre nosotros. El boceto en blanco y negro estaba a medio terminar, pero no era lo que me esperaba. Sebastian construía edificios de oficinas, apartamentos y hoteles, no...

—¿Es una casa?

—¿Por qué te sorprende tanto?

—Parece pequeña para alguien como tú.

En el poco tiempo que lo conocía, se había dedicado a construir ciudades enteras. Incluso el elogioso perfil que leí sobre él y su empresa nada más empezar a trabajar para él daba a entender que Sebastian solo construía en ciudades.

Recuperó la tableta y siguió dibujando.

—Siempre me ha gustado construir casas. Puedes hacerlas únicas para cada propietario, y permiten mucha más creatividad que un edificio de hormigón en la ciudad.

—Nunca te habría tomado por un tipo de barrio residencial.

Resopló. —Odio los barrios residenciales. Odio la uniformidad, la monotonía, las vallas blancas y los jardines recortados al milímetro. A mí lo que me va es una casa junto a una costa escarpada.

—¿Es ahí donde piensas construirla?

Frunció el ceño. —No lo sé. Nunca había relacionado ambas cosas. —Volvió a mirar el boceto, girando la tableta de un lado a otro—. Sí. Quedaría bien en una costa rocosa.

Su mirada era intensa y escrutadora cuando volvió a fijarse en mí.

Era como si me estuviera viendo por primera vez, y resultaba desconcertante.

Me levanté, demasiado nerviosa para seguir expuesta a su escrutinio, y fui hacia la mesa.

—Me olvidé el móvil —dije, mostrándolo mientras volvía rápidamente a la cama.

Se me encendieron las mejillas mientras me deslizaba entre las sábanas y apoyaba la cabeza en la almohada, dándole la espalda. No quería que esos ardientes ojos grises volvieran a posarse sobre mí. Me hacían sentir cosas que no quería afrontar. Al menos no mientras estaba en su cama.

Me desperté sola a la mañana siguiente. Normalmente madrugo.

Suelo despertarme a las seis y media, pero esta vez, quizás porque estaba en una cama nueva o quizás porque era la cama de Sebastian, no pude dormir bien y me desperté una hora antes.

Aun así, su lado estaba vacío. No estaba en la ducha; no se oía correr el agua.

Me levanté y revisé el resto de la habitación.

No estaba allí. Entré en el baño para darme una ducha rápida y me puse un vestido veraniego amarillo y unas zapatillas, esperando que reapareciera.

No lo hizo. Quizás se había ido a trabajar temprano por alguna emergencia arquitectónica que no podía resolverse sin él.

Pero cuando pasé por el gimnasio, oí gruñidos y música a todo volumen.

Sebastian estaba golpeando un saco de boxeo con tanta fuerza que casi sentí lástima por el objeto inanimado.

El sudor le goteaba por el pecho desnudo y esculpido.

Tenía el pelo húmedo, pero no sabía si era por el sudor o por el agua.

La sangre se me subió a la cabeza y a una parte de mi cuerpo en la que no quería pensar ni dos segundos.

Di un paso adelante con la intención de pasar desapercibida, pero entonces algo crujió bajo mi zapato.

La cera de Chloe. Los ojos de Sebastian se encontraron con los míos.

Su mirada ardiente me aprisionó. Tenía una forma de mantenerme cautiva solo con la mirada, y en ese momento, yo era un pájaro en su jaula sin escapatoria.

Y no quería escapar. Una gota de sudor le resbaló por el torso.

Algo me sacó del aturdimiento y pasé de largo a toda prisa.

Chloe aún no se había despertado, así que tuve tiempo de sobra para preparar su horario del día.

Fui al cuarto de los niños y me puse a ello.

Mejor eso que llenar la cabeza con pensamientos sobre Sebastian.

Pero no había mucho que hacer. A esas alturas, había creado una rutina sencilla que hacía que planificar las clases fuera coser y cantar, y en un momento había terminado.

Llamaron a la puerta. —¿Puedo dejar esta habitación para después, o todavía la está usando, señora Hawthorne? —La señora Andrews estaba junto a la puerta con un cubo y una fregona en una mano y una escoba y un plumero en la otra.

—Por favor, llámeme Harper. Se me hace muy raro que me llamen así.

El veneno en su voz era inconfundible. —Pero usted es la señora Hawthorne, ¿no? Al señor Hawthorne lo llamo el señor Hawthorne. Sería raro llamarla de otra forma.

Recogí mis cosas y me levanté. —Disculpe, señora Andrews, pero ¿qué cree que he hecho para ofenderla tanto?

La señora Andrews palideció y enseguida se recompuso, alzando ligeramente la barbilla.

—Si la he ofendido, lo siento. —Pasó junto a mí y empezó a quitar el polvo de los muebles.

Era mi señal para marcharme, y además, no quería pasar más tiempo aguantando sus miradas de desdén.

Por desgracia, la cocina donde pensaba prepararme el café no estaba vacía.

Sebastian estaba junto a la cafetera, con las manos en los bolsillos, observando cómo el café caía en una taza.

—¿Lo fuerte tan temprano?

Sebastian se giró para mirarme. —¿Lo fuerte?

—Espresso. Nunca te había visto tomarlo.

Cruzó los brazos y esbozó una pequeña sonrisa. —¿En serio? Y yo que pensaba que me gustaba variar.

—Te gusta variar entre distintos cafés con leche, pero no el oscuro.

Frunció el ceño. —Hmm. Sí que me gusta el café solo, para que lo sepas. Es que nunca me has visto tomarlo. —Cogió su taza—. ¿Quieres uno?

Asentí y me acerqué a la máquina para preparármelo yo misma, pero él cogió una cápsula de macchiato y la metió en la máquina. —¿Cómo sabías que tomo macchiato?

—No eres la única que se fija en las cosas —dijo.

Ahora estaba de pie junto a él, unos centímetros por detrás. Observó cómo el café caía en la taza, y cuando terminó, se volvió hacia mí y dijo: —Un macchiato para la dama de amarillo.

—Gracias. —Cogí la taza, y al hacerlo, nuestros dedos se rozaron.

Un escalofrío me recorrió la espalda. La mano de Sebastian se demoró, y yo no me aparté.

Cuando levanté la vista hacia sus ojos, el deseo brillaba en aquellas profundidades grises.

Se inclinó hacia delante. ¿Vamos a besarnos?

Lo deseaba. Lo deseaba con todas mis fuerzas, pero en el último momento, algo lo detuvo.

Irguió la espalda y apartó la mano de la taza.

—Gracias —murmuré de nuevo, sin saber qué decir.

Si seguíamos así, este matrimonio iba a ser difícil de fingir.