5
Sebastian
DEJÉ QUE EL agua corriera sobre mí y se llevara mis pensamientos, pero no funcionó.
Si acaso, fue un catalizador para todo lo que había olvidado de la noche anterior.
Harper. Cómo se sentía estar dentro de ella.
Estar envuelto en sus brazos y hundirme en lo más profundo de ella.
El paraíso, por si os lo preguntáis. No recuerdo mucho, pero esa sensación fue tan intensa que dudo que la olvide jamás.
No sé cuántas veces follamos, pero debieron de ser muchas porque mi polla estaba sensible hasta con los hilos de agua.
Joder. ¿Usamos protección? Puede que una vez, pero no recuerdo nada más después de eso.
Sebastian Hawthorne. Menudo imbécil estás hecho.
Me juré que nunca volvería a encontrarme en una situación así.
Soy un hombre adulto con un hijo y al frente de un negocio multimillonario.
Despertar junto a una mujer desnuda sin recordar haberla llevado a la cama la noche anterior era cosa del antiguo Sebastian.
Pero bastó una noche en Las Vegas para que ese tipo resurgiera.
Una noche en la que me tiré a mi niñera a pelo incontables veces.
Esperé a que llegara el inevitable arrepentimiento. Esa sensación familiar pero horrible que me invadiría y me recordaría la famosa frase de mi padre: inútil. Pero nada.
En cambio, mi polla se estaba empalmando solo de pensar en repetirlo. Cosa que no iba a pasar. Nunca más. Pero ni mis pensamientos ni mi polla hacían caso. Una imagen de Harper cabalgándome, con las tetas rebotando, me vino a la cabeza en 4K. ¿Eso fue anoche? Cerré el grifo, frustrado.
Fragmentos de la noche anterior seguían aflorando. Eran explícitos y abundantes, y si fuera mejor persona, quizá me habría avergonzado de haberme acostado con mi niñera. Pero lo poco que recordaba me hacía desear acordarme de todo.
No tenía sentido haberme casado con ella.
Quizá fue porque tenía el matrimonio en la cabeza y mi búsqueda de esposa en tan poco tiempo había resultado inútil.
Todas las candidatas se habían mostrado reacias o habían pedido un precio demasiado alto.
Estaba a punto de contratar a una escort cualquiera, hacerle firmar un acuerdo de confidencialidad blindado y casarme con ella.
Quién iba a decir que casarse era tan difícil cuando tenía que ser rápido, temporal y sin miles de millones de por medio.
Hasta anoche, claro. Resulta que lo único que necesitaba para que una mujer dijera que sí era que estuviera drogada. Qué fuerte.
Necesitaba arreglar este lío antes de irnos de Las Vegas.
Tenía al menos dos problemas que solucionar.
Primero, la anulación. Dudaba que fuera difícil de conseguir.
Estaba bastante seguro de que Harper y yo no éramos la única pareja que se había emborrachado y casado anoche.
Después me ocuparía de Lionel y le haría pagar por habernos drogado.
Quizá le pediría a Damien que me pusiera en contacto con sus colegas de la Mafia aquí en Las Vegas para que le rompieran las piernas a Lionel.
Me encantaría verlo pagar por sus bromitas.
Me sequé y entré en el dormitorio. Miré la cama revuelta y vacía.
Harper se había ido y se había llevado una de las sábanas, pero su aroma seguía allí.
Persistía y bailaba en mi nariz mientras me vestía.
Cítricos, vainilla y almizcle. ¿Qué pensaría ella de nuestro encuentro?
Creí ver arrepentimiento en sus ojos cuando me miró desnudo.
Esperaba que no pensara que yo había incitado a Lionel.
Había dicho que no iba a hacer nada, pero se merecía al menos una disculpa.
Antes de que le rompieran las piernas, Lionel iba a tener que disculparse con Harper.
Me vestí. O... quizá podría sacar algo más de esto además de un Lionel apaleado.
Su padre era el hombre con quien había venido a cerrar un trato.
Su padre quería construir un hotel y estaba evaluando promotores para el proyecto.
No aceptó trabajar con nosotros, pero tampoco me echó.
Este incidente podría cambiar las cosas.
Marqué el número de Lionel y, sorprendentemente, contestó.
—¡Eh! ¡Seb, tío! No pensaba que llamarías tan temprano, ¡sobre todo después de lo que estuvisteis haciendo vosotros dos anoche!
—¿Por qué? ¿Porque me drogaste?
—Venga ya —se rio, y aquel sonido chirriante me hizo desear poder meterle la mano por el teléfono y estrangularlo—. No fue rohypnol. Soy mucho más sofisticado que eso.
Se rio de nuevo. Quizá en lugar de que los colegas mafiosos de Damien hicieran el trabajo por mí, le retorcería el cuello yo mismo.
—Me drogaste. Eso es un delito en varios estados, incluido este.
—Pero te lo pasaste bien, ¿no?
—Si pudiera acordarme de algo...
—Créeme, te lo pasaste genial. Cómo estabas encima de Harper, uf. Joder, sabía que te gustaba, pero anoche estabas posesivo de cojones.
—Pensaba que te habíamos dejado en la sala de póker.
—Sí, y luego os vimos en la mesa de ruleta. Jugamos unas partidas de blackjack después. Perdiste una pasta, pero ¿a quién le importa cuando tienes semejante pedazo de culo en el regazo?
¿Nos hizo efecto tan pronto? Joder. Esa droga era potente. Lo curioso era que no tenía dolor de cabeza persistente ni ningún efecto secundario importante, salvo las lagunas de memoria, claro.
—No tenías ningún derecho a hacer eso.
—Uf. A veces eres tan soso.
—¿Soso? ¿De dónde has salido? ¿De los años cincuenta?
—Ja, ja.
—Puede que a mí me dé igual, pero a Harper no. Está pensando en denunciarte.
No era verdad, pero estaba dispuesto a hacerlo en su nombre. Como ella había dicho, yo también era una víctima.
Lionel bufó.
—Dile que no lo haga.
—De hecho, puede que la apoye. No puedes ir por ahí drogando a la gente. Y si llegara a saberse que...
Su voz se volvió gélida.
—¿Me estás amenazando?
—Solo digo que a tu padre no le haría gracia enterarse de que has estado molestando a los huéspedes.
Si no iba a denunciarlo, al menos podría sacar tajada.
—Vale. ¿Qué quieres?
Genial. Al menos algo bueno iba a salir de esto.
Le dije exactamente lo que quería del trato.
Iban a pagar a nuestra empresa el doble de la cantidad inicial, y Lionel iba a disculparse personalmente con Harper.
Protestó por lo primero, pero cuando le recordé que estaba dispuesto a contárselo todo a su padre, cedió y colgó de malas maneras.
Lo siguiente en la lista: mi matrimonio con Harper.
Si había alguien que pudiera sacarme de este lío, era Bennet.
Y como sabía lo valioso que era yo para su bufete, contestó al segundo tono.
Siempre contestaba al primero o segundo tono, lo que me hacía preguntarme si llevaba el móvil encima a todas horas.
—Me pregunto qué necesitarás de mí tan temprano. ¿Qué ha hecho Kendra esta vez?
—Lo creas o no, el que tiene el problema aquí soy yo, no ella. Por desgracia, creo que la he cagado con nuestro caso.
Oí cómo revolvía papeles de fondo.
—Oh —dijo Bennet—, ¿un boy scout como tú? No me lo creo.
—Unas cuantas mujeres no estarían de acuerdo —especialmente Harper.
Se rio entre dientes.
—¿Cuál es el problema?
—Bueno, eh... —Ahora que tenía que explicarle a alguien exactamente lo que había pasado, no podía hacerlo sin sentirme como un idiota—. Estoy en Las Vegas, vine por negocios, pero puede que anoche me casara con mi niñera.
Bennet tosió al otro lado de la línea.
—¿Con tu niñera? Pero ¿qué coño, por qué? O sea, lo entiendo. Si no recuerdo mal, está buenísima, pero eso es tan de padre de familia que casi vomito.
—Oye, no hables así de ella. —Me entraron ganas de estrangular a Bennet. Éramos amigos desde la universidad, pero no quería que pensara en ella de esa manera.
—Oooh. Te gusta esta, ¿eh?
—Cuida de mi hija, eso es todo. Y así debería seguir.
—Entonces, ¿por qué te casaste con ella?
—¡Fue un error! Me drogaron.
—Oh, mierda.
—Sí, ¿te acuerdas de Lionel?
Bennet chasqueó la lengua.
—Estuve en su fiesta de Navidad el año pasado. La mejor fiesta a la que no pienso volver jamás —suspiró con nostalgia.
¿Mi abogado estaba recordando con cariño una de las fiestas de Lionel?
—Así que te drogó y lo que hiciste colocado fue casarte con tu niñera. ¿Hay algún detalle sobre vosotros dos que me estés ocultando?
—Lo que quiero es que me ayudes con una anulación y que te asegures de que este incidente no perjudique nuestro caso.
—Al contrario, Seb, esto podría ser bueno para nosotros.
—Me cae bien mi niñera, y hace un trabajo competente —mi mente evocó el desastre que vi en el ático el otro día al volver del trabajo—, bueno, bastante competente cuidando a mi hija, pero no sé si al juez le hará gracia que me case con mi empleada en Las Vegas.
—Lo de Las Vegas no; eso tendremos que arreglarlo. ¿Pero todo lo demás? Una mujer con estudios, sin escándalos, a la que le gusta cuidar niños. La esposa perfecta. Tiene estudios, ¿no?
Lo que Bennet sugería era una locura. Pero podría funcionar. Harper era todo lo contrario a Kendra. Podría ayudarme a parecer un playboy reformado.
—Sí, tiene un título en psicología infantil.
—Oh, perfecto. Lo único que tienes que hacer es anular el matrimonio en Las Vegas; esa parte es fácil. Vuelves aquí, te casas en el juzgado o algo así. Y bada bing, bada boom, tienes esposa. Además, será fácil de manejar, teniendo en cuenta que no viene de familia con dinero.
No podía casarme con ella. No podía arrastrarla a mi desastre, y Harper parecía buena persona. Además, que yo supiera, podría tener novio o alguien especial.
—No puedo. No cago donde como, ¿recuerdas?
Bennett resopló.
—Pues parece que ya lo hiciste. Piénsalo: has encontrado la forma perfecta de parecer un ciudadano ejemplar. Aprovéchala.
Harper estaba en el salón, sentada en el sofá, mirando el móvil.
Cuando entré, levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron.
Me quedé paralizado. Una corriente eléctrica me recorrió el cuerpo y fue directa a mi entrepierna mientras otro recuerdo de la noche anterior destellaba en mi mente: yo en el sofá, Harper encima de mí, cabalgándome hasta el éxtasis.
Harper se levantó de golpe. Se cubrió las mejillas con sus exuberantes rizos negros mientras bajaba la mirada hacia sus pies.
¿Estaría pensando lo mismo que yo? Los pantalones pitillo negros combinados con una blusa de rayas blancas y negras habrían quedado monos y retro en cualquiera, pero en un cuerpo voluptuoso como el suyo, el sencillo conjunto resultaba francamente pecaminoso.
¿O era que mi cuerpo por fin sucumbía a los sentimientos que llevaba meses reprimiendo?
Desde que llegó a mi casa, había notado lo guapa que era, lo sensual que resultaba sin proponérselo.
No tenía que esforzarse para causar impresión.
Es más, había visto cuánto intentaba pasar desapercibida, pero alguien como Harper siempre atraía los focos aunque no quisiera.
—Sobre anoche —dije, sin saber por dónde empezar—. Lo siento.
Levantó la vista, y sus profundos ojos marrones me atrajeron como pozos sin fondo.
—No es culpa tuya.
—Debería haber sabido que intentaría algo así.
Negó con la cabeza.
—Está bien, de verdad. Es solo que... —Se quitó el anillo del dedo—. No creo que deba llevar esto. A la persona para quien lo compraste puede que no le guste saber que otra lo llevó antes.
Acorté la distancia entre nosotros. Me tendió el anillo. Le cerré la mano con el anillo aún dentro.
—Ese es el tema. No es de nadie. —Le abrí la mano, y el anillo de rubí y diamantes me guiñó—. Se suponía que iba a...
¿Y si...? Ella encajaba. Harper era genial con Chloe, y además, no tendría que presentarle a Chloe a nadie nuevo. Y conocía a Harper. No había nada en ella que me hiciera saltar las alarmas. Bennett tenía razón: sería perfecta.
—¿Y si —cogí el anillo y se lo volví a poner en el dedo— lo hiciéramos real?