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Harper
ME GIRÉ y mi mano fue a parar a un pecho cálido y musculoso. Sonreí para mis adentros. Tenía el cuerpo dolorido y con un cosquilleo, y aun así, quería volver a acostarme con él. Tenía el cuerpo dolorido y con un cosquilleo... ¿Qué demonios?
Me desperté sobresaltada y me quedé mirando al hombre desnudo que dormía plácidamente a mi lado.
No era un hombre cualquiera. Era mi jefe.
Miré debajo de las sábanas y, sí, yo también estaba desnuda.
Y no estaba en mi habitación. Estaba en la suya.
Joder. Joder. Joder. ¿Qué había pasado anoche?
Lo último que recordaba era ir a la mesa de ruleta y...
nada. Un vacío total. Cuanto más intentaba recordar, más oscuro se volvía el agujero en mi memoria.
Agarré las sábanas, sin saber qué hacer. Notaba la mano derecha más pesada de lo habitual, y en ella había... un anillo. Ese anillo. Dios. Mío. Miré a Sebastian. ¿Cómo y cuándo me había dado este anillo? ¿En qué circunstancias? Y entonces, de repente, algo atravesó la niebla.
Sebastian y yo entramos en la suite del hotel.
Besándonos. Mis labios hormiguearon al recordar lo bien que besaba.
Me había devorado como si estuviera hambriento, como si yo fuera una mujer que deseaba y no había podido tener hasta ese momento.
Me aferré a él y respondí a cada uno de sus besos con el mismo fervor.
Me condujo aquí. A esta habitación, y nos arrancamos la ropa el uno al otro con prisa, sin importarnos si se rompía o no.
Me asomé por el borde de la cama y vi que toda nuestra ropa estaba esparcida por el suelo.
Divisé mi vestido. Parecía roto. ¿Teníamos tanta prisa?
Mi sexo palpitó al recordar lo que hicimos en esta cama.
Cómo me hizo correrme una y otra vez. Mis mejillas enrojecieron al recordar cómo me comió el coño.
Otro destello de memoria. Sebastian y yo en el Strip de Las Vegas, tambaleándonos cogidos del brazo. Sebastian besándome detrás de la cascada, el anillo en mi dedo reflejando las luces mientras mis manos se hundían en su nuca.
—Deberíamos hacerlo ahora —me había susurrado al oído—. ¿Qué te parece?
—Siempre me has gustado —había dicho yo. Pero no en ese momento. En otro momento, cuando estábamos en la mesa de... ¿blackjack? ¿Cuándo jugamos al blackjack?
Otro recuerdo. Esta vez estoy frente a Sebastian.
En el altar, y él está recitando sus votos.
Digo que sí, quiero. Él me pone el anillo en el dedo y me besa.
¿Estamos casados? ¡Me casé con mi jefe! El enorme anillo de diamante y rubí centellea ante mí como si estuviera de acuerdo con los pensamientos que se agolpaban en mi cabeza.
¿Cuándo había sucedido eso? ¿Por qué? Pero por más que intentara recordar lo de anoche a propósito, no surgía nada excepto fragmentos de recuerdos inconexos que no tenían sentido y solo conseguían llenarme de pavor.
Sebastian se removió a mi lado. Me apreté las sábanas contra el pecho, y el movimiento lo despertó. Estaba tan guapo mirándome con aquellas pestañas oscuras. Parpadeé, sin saber qué hacer. Frunció el ceño.
—¿Harper? ¿Qué estás...?
Cerró los ojos y se dio una palmada en la frente.
—Mierda. No hemos... ¿verdad?
El arrepentimiento en su voz era imposible de ignorar, y algo se apagó dentro de mí. Mi primera reacción fue decir que no, para evitar más humillación, pero todo a nuestro alrededor decía lo contrario.
—Parece que sí.
—Mierda.
Su maldición resonó en la habitación. Me encogí y apreté las sábanas con más fuerza.
—También me diste esto.
Extendí la mano.
Sebastian me cogió la mano y la giró con suavidad, observando el anillo como si fuera la primera vez que lo veía.
—¿Qué? ¿Por qué?
Me encogí de hombros.
—¿Nos... nos casamos ayer?
La mirada que me lanzó me hizo desear que me tragara la tierra. Estaba llena de incredulidad.
—¿Por qué harías algo así?
Se pasó los dedos por el pelo y frunció más el ceño.
—¿Cómo es que apenas recuerdo nada de anoche?
—¿En serio? ¿Nada de nada?
—Eh...
Se rascó la cabeza y su mirada intensa recorrió mi cuerpo, haciéndome arder la piel. Sus ojos se oscurecieron.
—Recuerdo algunas cosas. Pero toda la noche está en blanco. No creo que bebiera tanto. ¿Qué demonios?
Dejó caer la cabeza sobre la almohada y se quedó mirando el techo. Le di tiempo para hacer memoria, con la esperanza de que le viniera algo. Yo tampoco recordaba nada y no podía ayudar. Entonces soltó una maldición y golpeó la cama.
—Maldito seas, Lionel.
Se levantó de la cama en toda su desnuda gloria, y otro recuerdo me asaltó: yo arañándole el pecho y estremeciéndome ante el gruñido que soltó.
Aparté el recuerdo de mi mente y lo observé buscar su teléfono.
Otra vez desnudo. Aunque claro, un hombre con un cuerpo tan bien esculpido estaría cómodo con su desnudez.
Fue hasta el montón de ropa, se agachó y sacó el teléfono del bolsillo del pantalón.
Lo observé marcar un número y llevarse el teléfono a la oreja. Un par de segundos después, dijo:
—¿Me echaste algo en la copa, cabrón?
Oí una risita al otro lado de la línea.
—No tiene gracia... vas a pagar por esto... ¿sabes lo que has hecho?... sí, es culpa tuya.
Colgó con un bufido y tiró el teléfono sobre la cama antes de girarse hacia mí. Se me encendieron las mejillas al mirarle la polla. Era enorme, y me vino otro recuerdo: él, Sebastian, embistiéndome con mi cuerpo contra el cristal de la ventana. Joder. ¿Cuándo habíamos hecho eso?
Aparté la mirada, pero Sebastian no parecía inmutarse por su desnudez.
—Lionel debió de echarnos algo en las copas. Por eso tenemos tantas lagunas.
—Ah.
—Va a pagar por esto.
Sebastian soltó una maldición tan fuerte que me eché un poco hacia atrás. Hizo una mueca.
—Si quieres denunciarme, estás en tu derecho. No me opondré.
—¿D-denunciarte? ¿Por qué?
Su mirada se suavizó.
—Me aproveché de ti.
¿Eso era lo que había pasado? Yo no lo veía así. Todo lo que recordaba, aunque fuera a retazos, había sido consentido. ¿Y acaso era culpa suya?
—A ti también te drogaron.
—Sí, pero tú eras mi responsabilidad.
No quería demandarlo. Fuera lo que fuera lo que había pasado, negué con la cabeza.
Me respondió con un asentimiento casi imperceptible.
Le sonó una notificación en el móvil. Lo cogió otra vez y lo consultó. Luego soltó una maldición.
—¿Qué pasa?
—El oficiante de ayer. Acaba de enviarme el certificado de matrimonio.
—Lanzó el móvil lejos y aterrizó a mi lado.
Amplié el documento con la esperanza de encontrar un error, pero no.
Ahí estaban mi nombre y el suyo, sin lugar a dudas.
Estábamos casados. Era mi marido, y no tenía ni idea de qué hacer con esa información.
El móvil se me resbaló de las manos y un dolor sordo me martilleaba la cabeza.
Debía de ser el efecto de la droga, o quizá la cantidad de alcohol que había bebido la noche anterior.
Los fragmentos que recordaba de la juerga de anoche eran de mí bebiendo todo tipo de cócteles y chupitos.
Reprimí un gemido. Maldita sea. ¿Qué iba a pensar él de mí?
Vaya forma de causar una buena impresión.
Llevaba los últimos seis meses esforzándome por actuar de forma profesional, y ahora esto. Teníamos que solucionarlo de inmediato.
—Podemos divorciarnos o pedir la anulación, ¿verdad?
—Hmmm... —Y desapareció en el baño. Unos instantes después, oí correr el agua de la ducha. Era mi señal para marcharme. Me envolví en la sábana e hice el paseo de la vergüenza más corto y bochornoso de mi vida.