31
Un empleado del club está sentado en un banco que hay a la izquierda de la puerta, contemplando las taquillas que tiene enfrente con los ojos velados por el aburrimiento.
Kieran se encuentra en otro que hay al fondo de la estancia con la cabeza apoyada en las manos.
Encorvado de este modo, parece derrotado.
Me dirijo hacia él con paso decidido. El empleado repara en mí y se pone de pie.
—¡Oiga! —dice desconcertado—. ¡No puede estar aquí!
Kieran alza la cabeza. Oigo el grito ahogado que deja escapar al verme.
—Tengo que hablar contigo —le digo al tiempo que él se pone de pie de un salto.
—¡Tiene que marcharse! —me ordena el empleado con cara de susto.
—Has venido —dice Kieran, ignorándolo y caminando hacia mí a grandes zancadas.
Nos detenemos uno delante del otro mientras el empleado se acerca a un lado. Sus ojos oscilan entre ambos con rapidez hasta que finalmente dice:
—Disculpe, señorita, pero no puede estar aquí.
—Iré rápido, y no he venido para darle consejos ni comentar el partido, se lo prometo —insisto, mirándolo con expresión esperanzada—. Muchas gracias por su comprensión.
—¿Qué? No, yo no...
—Lo lamento mucho, Flossie —lo interrumpe Kieran apesadumbrado—.
Lamento todo lo que ha pasado. Me convencí a mí mismo de que, poniéndole fin a lo nuestro, estaba protegiéndote.
En cuanto he salido hoy a la pista, me he dado cuenta de que en realidad había perdido lo que había estado buscando todo este tiempo.
Tenías razón sobre mí. Te aparté porque estaba asustado.
Temía dejar que otra persona se acercara demasiado a mí, que alguien volviera a hacerme daño, hacerte daño a ti.
Porque eres demasiado importante, Flossie.
Lo eres todo para mí, y lo último que querría es hacerte daño.
Sonrojándose, el empleado se aclara la garganta.
—Me temo que tengo que protestar...
—Anoche no podía dormir —prosigue Kieran sin hacerle caso, bajando la vista y negando con la cabeza—.
Pensaba que estaba haciendo lo correcto, pero ¿cómo podía ser lo correcto si ya nada más parecía importar?
Ganar Wimbledon siempre lo había significado todo para mí y, sin embargo, al salir hoy a la pista central para disputar la final, me he dado cuenta.
.. —Hace una pausa, respira hondo y alza la cara para mirarme a los ojos—.
Me he dado cuenta de que, sin ti aquí, ganar ya no parece tener la misma importancia.
Con los ojos vidriosos, el empleado traga saliva antes de decir:
—De verdad que no está permitido...
—Lo siento mucho, Flossie —concluye Kieran con expresión pesarosa mientras su nuez sube y baja—.
Siento todo lo que ha pasado. Espero que puedas perdonarme, pero comprendería que no fuera así, y quiero darte las gracias por lo que me has dado estas últimas semanas.
Por primera vez en mucho tiempo, he tenido la sensación de que alguien me comprendía de verdad.
Me has recordado que debo tener fe en mí mismo.
El vestuario se queda en silencio mientras proceso sus palabras.
Una cálida y hormigueante sensación me invade.
Tengo la impresión de que estoy flotando y nada de esto es real.
Todo a nuestro alrededor parece haberse desvanecido en una neblina de ensueño y ahora solo estamos él y yo.
Kieran me mira con tal intensidad que me resulta difícil recordar que tengo que respirar.
Podría pasarme el resto de mi vida sumergida felizmente en esos ojos.
Me olvido de que no estamos solos hasta que el empleado, conmovido por el discurso de Kieran, emite un leve gimoteo.
—Esto no... debería estar pasando —nos recuerda en voz baja, pero se vuelve hacia mí expectante, instándome a contestar.
Me quedo callada un momento con el corazón martilleándome en el pecho.
—Te olvidaste de preguntarme mi secreto —le digo.
Kieran me mira extrañado.
—Cuando fuimos a jugar al ping-pong, me contaste un secreto, lo de Lingfield Road, y luego se suponía que yo debía desvelarte otro mío, pero nunca llegué a hacerlo —comienzo a explicarle.
No era así como había planeado que fueran las cosas.
Sin embargo, mi cerebro insiste en llevarnos en esta dirección, así que le hago caso—.
Mi secreto, Kieran, es que estoy escribiendo una novela gráfica.
Él frunce el ceño.
—Eso ya lo sabía.
—Sí, pero no sabes de qué trata. Nadie lo sabe.
Tenía demasiado miedo de contarlo porque, cuando una hace algo con el corazón —con todo su corazón—, requiere mucho valor mostrárselo a otros.
Bueno, allá va. —Me aclaro la garganta—.
Es una historia de amor. Trata de una chica que va a la escuela y se siente.
.. perdida. No tiene demasiados parientes ni muchos amigos, siempre ha sentido que no encaja en ningún sitio y no acaba de comprender cuál es su propósito.
Se limita a tirar adelante sin tener muy claro qué será de ella.
Es una lectora voraz, pues los libros la hacen sentir menos sola.
Un día, sin embargo, llega un nuevo chico a la escuela.
No es particularmente simpático ni amigable, aunque tiene un aire taciturno que resulta sexy.
.. —Reparo en que, al decir esto, los labios de Kieran amagan una sonrisa y el empleado asiente aprobatoriamente—.
Es más bien retraído, no habla mucho ni tampoco se esfuerza demasiado en hacer amigos.
Un día los juntan para que hagan un proyecto escolar y sus personalidades chocan.
Poco a poco, sin embargo, se ven obligados a aceptarse y empiezan a comprenderse.
Ella lo ve jugar al tenis y descubre que es entonces cuando cobra vida y es él mismo.
Resulta que, tiempo atrás, perdió a alguien y jugar al tenis.
.. lo salvó. Yla motivación y la bondad que ella descubre en él la inspiran para escribir sus propias historias.
Lentamente, estos dos marginados perdidos y desesperanzados comienzan a sentir que han encontrado un lugar en el mundo.
El empleado se sorbe la nariz.
—¿Y cómo termina? —pregunta en voz baja.
Me encojo de hombros.
—Todavía no lo he decidido. Pero creo que la historia seguirá más allá de la conclusión del libro.
Las comisuras de los labios de Kieran se curvan hacia arriba.
—¿Habrá una secuela?
—Eso espero.
—Yo también.
—Kieran —digo, y extiendo las manos para coger las suyas y entrelazar nuestros dedos—. Nunca había sentido que realmente le importaba a alguien, pero tú has cambiado eso. Debería ser yo quien te diera las gracias, no al revés.
Él inclina la cabeza y, apoyando su frente en la mía, cierra los ojos.
—Te quiero —susurro—. Ganes o pierdas hoy, estaré esperándote después.
Él exhala con lentitud.
—Entonces parece que ya he ganado.
—¡Oh, Dios mío! —El empleado suspira y se enjuga las lágrimas—. ¡Me alegro tanto!
De repente, llaman a la puerta y los tres nos sobresaltamos.
—¡Se reanuda el partido! —exclama una voz.
—¡Ahora vamos! —contesta el empleado con voz aguda, y se vuelve hacia Kieran—. Bueno, señor O’Sullivan, ha llegado el momento de regresar a la pista. Por favor, sígame.
Se vuelve y se dirige hacia la puerta.
Coloco las manos en los hombros de Kieran y le ofrezco lo que espero que sea una sonrisa confiada y despreocupada.
—Recuerda, abstráete del ruido.
—Solo voy a jugar un poco al tenis —dice él al tiempo que su sonrisa se ensancha y los hoyuelos de sus mejillas me derriten las entrañas.
—Y luego vuelve a casa a comer tarta.
—¿Una Victoria?
—Por supuesto.
—Y también habrá una pancarta, ¿no?
—Pondré todo mi empeño. Será la mejor que hayas visto nunca.
El empleado se aclara la garganta para llamar nuestra atención y, tras respirar hondo conmigo una última vez, Kieran coge su bolsa de tenis y se la cuelga del hombro. Yo le sonrío cuando se dirige hacia la puerta a grandes zancadas. Por alguna razón, ahora parece más alto.
Antes de salir, se vuelve un momento hacia mí.
—Estarás viendo el partido, ¿no?
—¿Estás de broma? —digo con una sonrisa y poniendo los brazos en jarras—. No me lo perdería por nada del mundo.
—Bien —dice él, sacando la gorra de un bolsillo exterior de su bolsa y poniéndosela—. Te buscaré entre el público.
Despidiéndose del empleado con un movimiento de cabeza, abre la puerta y sale de los vestuarios para seguir jugando la final del torneo de Wimbledon.
—Usted nunca ha estado aquí —me susurra el empleado por encima del hombro y, tras guiñarme un ojo, sale corriendo detrás de Kieran.
3-6, 2-6, 6-1, 6-4.
Tras empatar a seis en el quinto set, Kieran y Chris se juegan la final en un tie-break al mejor de diez puntos.
Ahora mismo van 8-8.
Tengo la sensación de que no puedo respirar. Se me ha hecho un nudo en el estómago, noto el corazón acelerado y tengo el cuerpo tan tenso que me tiemblan los dedos, por lo que tengo que sentarme sobre las manos.
Kieran está preparándose para restar mientras Courtney le pide otra pelota al recogepelotas antes de servir.
Esto es increíble. Él es increíble. El modo en el que Kieran le ha plantado cara ha sido, como poco, milagroso y el público está encantado.
Nunca antes había estado en un lugar con una atmósfera tan eléctrica.
Aquí hay miles de personas, pero al principio de un punto el silencio es tal que podría oírse la caída de un alfiler.
Hasta una leve tos resuena por todo el estadio, sobre todo ahora, con el techo cerrado.
Yentonces, cuando empieza el intercambio de golpes, el volumen del coro de gritos ahogados va en aumento hasta que se convierte en estruendo al finalizar el punto.
YCourtney tiene muchos seguidores, pero Kieran está conquistando sus corazones con cada golpe que da.
El inicio ha sido tan desigual que el público debe de haber pensado que el irlandés no tenía oportunidad; sin embargo, luego él les ha ofrecido el partido que una final de Wimbledon merece: emocionante, dramático, entretenido, épico. Ylo adoran por ello.