30
—Iris, si voy ahora a Wimbledon, ¿podrás venir a mi encuentro y ayudarme a entrar? —le pregunto con tono urgente al tiempo que me pongo de pie de un salto y corro hacia la puerta de entrada para calzarme las zapatillas deportivas.
Ella suelta un grito ahogado, sorprendida.
—¿En serio? ¿Vas a venir? Sí, deja que mire qué puedo hacer. Te espero en la puerta principal.
—Perfecto, llegaré en...
Mi móvil emite un pitido para indicar que se le está acabando la batería y, acto seguido, se apaga.
Mierda.
¿Por qué no cogí anoche el cargador cuando me marché del piso?
Ahora no puedo pedir un Uber, de modo que me apresuro a salir de la casa de los padres de Iris, cierro la puerta detrás de mí y me asomo a la calle.
Es residencial y está vacía. Por aquí no pasa ni un solo coche, y menos todavía taxis.
Encima, está comenzando a lloviznar y no llevo encima ni chaqueta ni paraguas.
Corro tan rápido como puedo hacia la calle principal y, tras doblar la esquina, me detengo un momento para recobrar el aliento mientras miro desesperadamente a ambos lados con la esperanza de ver la hermosa luz amarilla de un taxi libre.
Cuando aparece uno, no puedo evitar soltar un grito de alegría y lo llamo con ambas manos para asegurarme de que me ve.
—¡A Wimbledon, por favor! —exclamo al tiempo que me deslizo en el asiento trasero y dejo atrás la lluvia, que ha arreciado un poco—. Al torneo, quiero decir.
—Llega un poco tarde, ¿no? —comenta el taxista, poniendo el coche en marcha.
—Ni se lo imagina —contesto todavía jadeante mientras me acomodo sin dejar de mordisquearme el labio—. Lo más rápido posible, por favor.
—Sí, claro. No tardaremos mucho. Desde aquí es un trayecto de apenas ocho minutos —me asegura, echándome un vistazo por el espejo retrovisor.
Al verme, arruga el entrecejo y, cuando nos detenemos en un semáforo, se da la vuelta para mirarme bien a través del cristal—.
¿No la conozco de algo? ¿Es usted famosa?
—Eh..., no.
—Pues me suena de algo. —Se encoge de hombros y se vuelve hacia delante cuando el semáforo se pone en verde—. Tengo la sensación de haberla visto en algún lado.
Suspiro y decido explicarle la razón. En mi experiencia, los taxistas de Londres son de fiar.
—He estado saliendo con Kieran O’Sullivan —admito.
—¡Eso es! Le dio un puñetazo a un tío por usted.
—No exactamente, pero sí, yo estaba ahí.
—Y se besaron bajo la lluvia —dice con una sonrisa, mirándome por el espejo retrovisor—. Una gran foto —añade, y luego su expresión se ensombrece—. ¿Cómo es que no está en las gradas de la pista central?
—Tuvimos una discusión.
—Vaya, lo lamento. —Y, enarcando una ceja, pregunta—: ¿Yqué pasó entonces? ¿Acaso se empecinó usted en que no iría a verlo?
Bajo la vista a las manos, que descansan sobre mi regazo.
—Él me dijo que no quería que fuera a verlo y lo creí. Ahora pienso que ambos estábamos equivocados.
El taxista suelta una risa ahogada.
—He pasado por eso. Aveces mi mujer habla en acertijos. Dice una cosa, pero en realidad quiere que haga lo contrario. Con los años, he aprendido que las palabras no significan demasiado. Lo que cuenta son los actos, ¿verdad?
Asiento.
—Que ahora vaya corriendo a verlo significará mucho para él —añade.
—Eso espero —digo con el corazón martilleándome en el pecho—. O,al menos, no pienso rendirme tan fácilmente.
—¡Esa es la actitud! —El taxista sonríe afectuoso—.
Esperemos que O’Sullivan comience a pensar del mismo modo en la pista.
Ahora mismo está dejando que el otro tipo lo arrolle.
Alo mejor verla le proporciona el empujón que necesita.
En cualquier caso, a juzgar por el tiempo que hace, van a tener que cerrar el techo retráctil.
Tampoco es que llueva demasiado, pero, aun así, en breve la pista estará demasiado resbaladiza.
—¿No cree que dejará de llover y aclarará?
—Según la previsión meteorológica, seguirá toda la tarde. ¡Típico! Este año hemos podido disfrutar de un tiempo bastante bueno durante el torneo, pero el día de la final va y se pone a llover.
De repente, caigo en la cuenta de algo que me hace erguirme de golpe en el asiento con un desagradable cosquilleo en el estómago.
—¡No llevo nada de dinero!
El taxista arruga el entrecejo.
—¿Cómo dice, señorita?
—Me he quedado sin batería en el móvil, que es donde llevo todas mis tarjetas. Y,por culpa de la discusión que tuve con Kieran, salí de casa sin la cartera. No tengo nada de dinero para pagarle. Cuando lleguemos, si espera un momento, le preguntaré a mi amiga si ella lleva encima sus tarjetas.
—¿Sabe qué? Invita la casa —dice él, apagando el taxímetro.
—¿Qué? ¡No! ¡Le debo el viaje!
—Me ha alegrado el día. Ahora podré decirle a todo el mundo que yo conducía el taxi que la llevó a Wimbledon a declararle su amor a Kieran O’Sullivan.
Una cálida sensación se extiende por mi barriga y tengo la impresión de que el corazón se me hincha tanto que asciende hasta la garganta, dificultándome la respiración.
—Sí —digo con un resuello, incapaz de reprimir una sonrisa—. Ese es el plan.
—¡Y yo formaré parte de esa historia! ¡Es como una maldita película! —dice el taxista, riéndose entre dientes—. Es un honor ser su conductor hoy, señorita.
—Muchas gracias —digo emocionada, llevándome una mano al pecho.
Cuando llegamos a la entrada principal, el vehículo se detiene a un lado. Luego el taxista baja la ventanilla mientras yo desciendo de un salto sin dejar de darle las gracias profusamente.
—¡A por él! —exclama mientras espero con impaciencia a que pasen unos coches para cruzar la calle, con lo que el pelo comienza a mojárseme por culpa de la lluvia.
No hay cola —hoy no se juega en ninguna pista exterior y todo aquel que quería ver la final desde el montículo de Murray ya está dentro, agazapado bajo su paraguas—, de modo que corro hacia la entrada.
Iris ya está ahí, charlando con una guarda de seguridad y sosteniendo el paraguas que las cubre a ambas.
—¡Ahí está! —exclama, saludándome con la mano.
—¡Iris! ¡No llevo nada de dinero! —le anuncio casi sin aliento cuando llego a su lado.
—Un curioso modo de saludar —dice ella, echándole un vistazo a la otra mujer—. Flora, esta es Selma. Selma, esta es la amiga de la que te he hablado. Al parecer, no tiene nada de dinero y le encanta contárselo a todo el mundo.
—Lo digo porque no llevo encima ni las tarjetas ni efectivo, así que no puedo comprar una entrada —explico.
—Y, con tan poca antelación y sin acreditación, yo no he podido conseguirte un pase de prensa —dice Iris con una sonrisa traviesa—, pero he hablado con Selma y creo que no hará falta.
—Confío en Iris —dice Selma con los ojos relucientes, y deja escapar un suspiro anhelante—.
Además, me encantan las historias de amor.
No voy a ser yo quien se interponga en tu cuento de hadas de Wimbledon.
—Inclinándose hacia delante y bajando la voz, añade—: YCourtney es un imbécil. Soy seguidora a muerte de Kieran.
—Una vez Chris Courtney le preguntó a Selma si sabía quién era él cuando, cumpliendo con su trabajo, tuvo que registrarle la bolsa al entrar —me informa Iris.
—Se puso a gritarme en la cara y en su bolsa ni siquiera había nada interesante —añade Selma, refunfuñando, y consulta la hora en su reloj—. Bueno, voy a mirar un momento en esa dirección y, si alguien entra corriendo sin que lo vea, qué se le va a hacer.
Guiñándome un ojo, se da la vuelta e Iris me coge de la muñeca para hacerme entrar.
—¡Gracias! —exclamo por encima del hombro, y salimos corriendo hacia la pista central mientras Iris hace todo lo posible para mantener el paraguas sobre la cabeza de ambas.
—¿Adónde vamos? —pregunta, y me doy cuenta de que no conozco la respuesta, de modo que aminoro la marcha hasta detenerme—. ¿Qué pasa, Flora? ¿Qué vas a hacer? ¿Por qué has cambiado de idea sobre lo de venir? ¿Ya qué viene lo de las pompas de jabón?
—Luego te lo explicaré todo, Iris, pero primero tengo que encontrar un modo de hablar con Kieran.
Ella suelta un grito de alegría sin dejar de sonreírme.
—¡Oh, Dios mío! Lo de las burbujas iba por ti, ¿verdad? ¡Lo sabía! ¡Sabía que tenías que verlo!
—¡Concéntrate, Iris! ¿En qué parte de las gradas puedo colocarme para llamar su atención mientras está jugando? ¿El palco de prensa? Oquizá pueda intentar acceder a donde se sienta su equipo si...
—¡Flora, Flora! —me corta, agitando una mano delante de mi cara para interrumpir mis divagaciones—. Kieran no está en la pista.
—¡Mierda! —Junto las manos ante mi boca—. ¿Ha terminado ya el partido? ¿Ha perdido?
—¡No! —Iris señala el cielo—. Lo han interrumpido mientras cierran el techo retráctil de la pista central. Se prevé que la lluvia dure toda la tarde. Incluso el tiempo está de tu lado.
Inhalo profundamente y siento en la garganta el cosquilleo de la esperanza burbujeando como si fuera un refresco.
—¿Adónde van los jugadores mientras cierran el techo?
Ella se encoge de hombros.
—No lo sé. Alos vestuarios, quizá. Sé que Courtney se ha trasladado a un camerino de lujo, pero no estoy segura de dónde...
No oigo el final de la frase porque ya he dado media vuelta y he echado a correr tan rápido como puedo hacia la entrada exterior de los vestuarios de hombres, los mismos a los que me condujo Neil hace apenas unos días aunque parezca que ha pasado toda una vida desde entonces.
Finalmente, llego sonrojada y sin aliento a la puerta, seguida de Iris.
El guarda de seguridad que se encuentra a su lado me mira de arriba abajo.
—¡Hola! —digo jadeante y agarrándome un costado. Está claro que tengo que hacer más cardio—. ¿Se acuerda de mí?
Él me estudia con atención.
—Quizá.
—Estuve aquí con Neil Damon, el entrenador de Kieran O’Sullivan. Él me dio un pase y usted nos dejó entrar —digo apresuradamente, desesperada por despertar su memoria.
—¡Ah, sí! —asiente, esbozando una sonrisa—. ¡Ya me acuerdo!
—¡Genial! —exclama Iris, cogiéndome del brazo—. ¿Puede entrar?
El guarda suelta una risa ahogada.
—Absolutamente imposible. Esta es la zona de jugadores.
—Sí, pero ya me conoce. No soy una cualquiera, estoy con Kieran O’Sullivan.
—Ajá, y me alegro de verla de nuevo. ¿Tiene un pase para esta zona? —me pregunta divertido.
—No, pero...
—Entonces lo siento, pero no puedo dejarla entrar —afirma con una sonrisa a modo de disculpa.
—¡Tiene que hablar con Kieran! —le suplica Iris—. ¡Él le ha enviado un mensaje secreto a través de la tele y ahora ella ha venido aquí a decirle lo que siente!
El guarda alza las cejas.
—Todo eso es muy bonito, pero, aun así, no puedo dejarla pasar.
—¡Por favor! ¡Un taxista me ha traído gratis y la guarda de seguridad de la entrada me ha dejado pasar solo para que pudiera hablar con él! —le explico suplicante, mordiéndome el labio—. ¿Dónde está su compasión? ¿Su romanticismo? ¡Esto es importante!
Él me mira recelosamente.
—¿Ha dicho que un miembro de nuestro equipo de seguridad la ha dejado pasar sin entrada? No debería haber hecho eso.
Parpadeo.
—¡No! ¡Claro que no! Menuda tontería. Tengo la entrada en algún lugar, debo de haberla perdido. Yo...
De repente, un movimiento al otro lado del cristal del pasillo atrae mi atención y veo a Neil con el móvil en la oreja, tratando de llamar a alguien todo enrojecido y agitado.
—¡Neil! —exclamo, agitando los brazos para que me vea. Yes que, a pesar de que es la última persona que querría dejarme entrar, es mi última esperanza—. ¡NEIL!
Él levanta la mirada y su rostro se ilumina como si yo fuera la respuesta a sus oraciones. Corre hacia la puerta, la abre y me indica que entre cuanto antes.
—Está conmigo —le dice al guarda de seguridad, que al instante se hace a un lado para dejarme pasar.
—¿Qué le habíamos dicho? —oigo que le murmura Iris antes de gritarme a mí—: ¡Buena suerte, Flora!
Para mi absoluta sorpresa, cuando ya estoy al otro lado de la puerta, Neil me da un abrazo. Me siento demasiado desconcertada para devolvérselo, pero a él no parece importarle. Cuando se aparta, sigue sujetándome por los brazos y esboza una sonrisa de alivio.
—Qué contento estoy de verte —dice jadeante antes de enfilar el pasillo a toda velocidad, indicándome que lo siga—. Estaba intentando llamarte, pero no dejaba de saltarme el buzón de voz.
—Mi móvil se ha quedado sin batería —le explico, doblando una esquina a la carrera detrás de él.
—Escucha, te debo una disculpa —afirma, girándose para que pueda ver la sinceridad de su expresión—. Cuando estoy equivocado, lo reconozco. En lo que respecta a Kieran y a ti, lo estaba. No estabas interponiéndote en su camino, sino ayudándolo a llegar aquí. Lo siento.
—No pasa nada. Entiendo que solo estabas intentando protegerlo.
—Sí, y, gracias a mí, llevamos una cagada tras otra —dice con los dientes apretados mientras descendemos la escalera—. Pero todavía creo que hoy podemos ganar. Y,ahora que tú estás aquí, prácticamente estoy seguro de ello.
Se detiene ante los vestuarios y me mira con fijeza.
—No tienes mucho, quizá diez minutos. El techo ya está cerrado.
Ahora están esperando a que el aire acondicionado aclimate el interior.
—Señala la puerta con un movimiento de cabeza—.
Yo no puedo entrar aquí y, técnicamente, tú tampoco.
Pero confío en que, aunque te echen de inmediato, al menos él se entere de que estás aquí. Eso debería bastar.
—Está bien —asiento, pasando los dedos por mi mojado y enredado pelo.
—Buena suerte —me susurra, y, silenciosamente y con mucho cuidado, abre la puerta apenas lo suficiente para que yo pueda pasar.