29 #2
Pero es cómo me ha hecho sentir lo que ha conseguido que me resulte imposible no quererlo. Todas sus interacciones conmigo —las conversaciones, la lección de tenis, su forma de mirarme, besarme y tocarme— me han hecho sentir feliz y segura de mí misma y sexy y empoderada.
Me ha hecho sentir querida.
Y ahora todo ha terminado. Han sido las cuatro semanas más mágicas de toda mi vida.
Iris tiene razón. Hemos pasado por todo.
Desde el momento en el que nos conocimos, las cosas han sido confusas, caóticas, ridículas, intensas, divertidas, espantosas y maravillosas.
Ahora la relación ha llegado a su fin y tengo que olvidarme de él.
Debería haberlo visto venir. Es lo que les ha pasado a todas las demás mujeres con las que ha estado.
Kieran no deja que nadie se acerque demasiado a él.
Nunca. No sé por qué fui tan estúpida de creer que yo era distinta. Qué vergüenza.
Siento como si el corazón se me estuviera rompiendo en mil pedazos.
Es una absorbente agonía invisible que me provoca calambres en el estómago y una tirantez en el pecho.
Y,encima, tengo la impresión de que no me he ganado el derecho a sentirme así porque no hemos estado juntos tanto tiempo como para que haya podido tener este impacto en mí.
De repente, sin embargo, no me imagino cómo seré capaz de regresar alguna vez a casa si él no está ahí esperándome.
—Flora —dice Iris en voz baja, estudiándome mientras extiende un brazo para cogerme de la mano.
—No importa cómo me sienta —digo con voz ronca mientras las lágrimas comienzan a caer por mis mejillas—. Fuera lo que fuera, tuviéramos lo que tuviéramos, ahora ya ha terminado.
—Lo siento mucho —dice ella, dándome un apretón en los dedos.
—No pasa nada. Estoy bien. —Me aclaro la garganta y me enjugo las lágrimas con el dorso de la mano antes de darle otro sorbo a mi café—. Hablemos de otra cosa. ¿Qué hay de ti? ¿Cómo estás? ¿Qué planes tienes para hoy?
Ella hace una mueca.
—Tengo que... cubrir la final de Wimbledon.
—Claro. —Cierro los ojos y se me escapa una risa ahogada ante mi propia estupidez.
—Siempre puedo decir que estoy enferma —propone—. Otra persona puede cubrir el partido y nosotras podríamos salir por ahí a hacer lo que te apetezca.
—¡Eres tú quien escribe el blog, Iris! ¡No puedes faltar! Además, ya te pasaste la primera mitad del año cuidando de mí tras una ruptura. No pienso permitir que ahora vuelvas a hacerlo. Ya has cumplido con creces.
Ella pone los ojos en blanco.
—No es así como funcionan las cosas, Flora.
—Tienes que ir a hacer tu trabajo. ¡Es importante! Además, tengo entendido que va a ser un partido muy emocionante.
—Entiendo que no quieres venir.
—No, gracias. El último lugar en el que quiero estar hoy es Wimbledon.
—Puedo intentar conseguirte un pase de prensa. Podríamos tirarle fresas mientras juega.
—Nos echarían de las instalaciones y a ti te despedirían.
—Sería una historia guay para el blog.
—Gracias por la propuesta, pero no, gracias —le aseguro.
Ella suspira y echa la cabeza atrás.
—¡Argh! Me siento mal dejándote sola aquí todo el día.
—No estoy sola. Me quedaré con tus padres. Parecen majos.
—Me temo que ellos también vienen a ver el partido. Lo siento. Han ganado un par de entradas del cupo que se sortea.
—Bueno, no pasa nada. Puedo salir a pasear o algo así, ir a ver la zona —digo tan animadamente como puedo, dándole otro sorbo a mi café—. Putney es muy bonito. Hay muchas cosas que hacer por aquí. No te preocupes, ya me distraeré de algún modo.
—Puedes quedarte aquí si no quieres deambular por las calles.
—Pues mira, a lo mejor pruebo el gimnasio de tu padre.
—Buena idea. Lo montó hace un año y todavía no lo ha usado ni una sola vez —dice con una amplia sonrisa—. Pero lo digo en serio, haz como si estuvieras en tu casa. Me han dicho que puedes quedarte todo el tiempo que quieras.
—Es realmente amable por su parte. Y,si no les importa, me quedaré otra noche. Para entonces el alquiler temporal de Kieran habrá terminado y el piso volverá a ser mío. Gane o pierda hoy, mañana ya se habrá marchado.
Fuerzo una sonrisa como si mi corazón no estuviera encogiéndose.
Ella asiente.
—Voy a ducharme y vestirme. ¿Te parece bien que vaya yo primero?
—Sí, claro. Ningún problema. Aunque, como ayer me marché de casa con cierta prisa, puede que necesite tomar prestadas algunas cosas.
—Sí, claro. ¿Qué necesitas?
—Solo lo básico. Si tienes un cepillo de dientes de sobra, sería genial.
Ytambién algo de pasta de dientes, claro.
Ydesmaquillador, si te parece bien. Yquizá algo de maquillaje.
Yun cargador me sería muy útil, que mi móvil ya está casi sin batería.
Ytambién una camiseta limpia, que he dormido con la que llevaba ayer. Ah, y ropa interior, por favor.
Iris parpadea.
—O sea..., todo.
—No todo. He traído unas gafas de sol.
Ella suelta una risa ahogada y, tras levantarse, se inclina para darme un abrazo antes de marcharse del salón. Al erguirse, me coge la cara con ambas manos.
—¿Quieres mi opinión profesional? —pregunta.
—Sí, claro.
—Si gana Wimbledon sin ti —dice con un suspiro—, será un puto milagro.
Iris se marcha bien temprano a Wimbledon.
Luego yo me ducho y me pongo la camiseta limpia que me ha dejado, metiéndola por dentro de mis pantalones cortos de tiro alto.
Mientras sus padres todavía están en casa, pongo buena cara, contesto todas sus preguntas acerca del trabajo que me gustaría conseguir y sonrío cuando expresan lo genial que les parece que me apasione el dibujo.
Ninguno de los dos menciona a Kieran, algo que le agradezco a Iris, quien, sin duda, los ha advertido al respecto.
En cuanto se despiden de mí con la mano y cierran la puerta de entrada, me desplomo en el sofá.
Hoy pienso permitirme a mí misma regodearme en mi miseria. En realidad, es una suerte que se hayan marchado todos a Wimbledon, pues así podré autocompadecerme y estar triste sin tener que preocuparme por arruinarle a nadie el estado de ánimo.
No consigo sacármelo de la cabeza. Intento distraerme echándoles un vistazo a las redes sociales, pero Kieran, o algo que me recuerda a él, no deja de aparecer entre los adorables vídeos de perros y los memes.
Hoy todo el mundo habla de Wimbledon. La gente publica fotografías sonriendo en las instalaciones o en el pub , o se dispone a ver el partido en alguna de las pantallas gigantes instaladas en la ciudad con un vaso de Pimm’s en la mano.
Con cada publicación que veo, la punzada es más intensa y el dolor, mayor.
Cuando la batería de mi móvil llega al diez por ciento, lo pongo en modo ahorro de energía y lo dejo en la mesa, sintiéndome agradecida por que Iris no encontrara ningún cargador que me sirviera y tener así una razón para no seguir torturándome más.
Me levanto, me preparo un café y salgo al jardín, donde admiro todas las coloridas flores que el padre de Iris cuida con esmero.
Es un día nublado, pero no hace frío. Inhalo profundamente y, gracias al aire fresco, siento como se me aligera el corazón antes de que vuelva a encogerse al recordar los paseos que solía dar con Kieran por el parque.
Regreso al sofá a lamentarme y enciendo la tele.
Obviamente, lo primero que aparece es la cobertura de la final de Wimbledon.
Vuelvo a apagarla y tiro el mando a distancia a un lado con un dramático grito de exasperación.
Un momento después vuelvo a encender el televisor, consciente de que tengo la capacidad de cambiar de canal y ver alguna otra cosa.
Tras un par de episodios de un reality que me hace sentir aún peor porque los participantes no paran de gritarse, cambio a la retransmisión del partido de Wimbledon solo para ver cómo va.
Kieran ha perdido el primer set y está perdiendo el segundo 1-2. Le toca sacar a Chris. La cámara muestra un primer plano de Kieran dirigiéndose de nuevo a la pista con la cabeza gacha y secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.
Apago la tele.
Voy un momento a la habitación de Iris. Tras examinar su estantería de libros, elijo uno y vuelvo a sentarme en la planta baja, haciendo todo lo posible para sumergirme en la historia y no permitir que mi mente vuelva a pensar en él a pesar de que eso es lo que se obstina en hacer.
De repente, suena mi móvil. Ignoraría la llamada, pero es de Iris, la única persona con la que me apetece hablar.
—¡Hola! —digo al contestar—. No he quemado la casa.
—¿Qué? —Suena sorprendida—. ¿Por qué ibas a quemar la casa?
—Pensaba que llamabas por eso, para comprobar que no lo hubiera hecho.
—No, Flora, te llamo porque necesito que enciendas la tele.
—¿Por qué?
—Hazlo y pon el partido.
Suelto un quejido.
—Iris, de verdad que no quiero verlo. Estoy leyendo y...
—Tienes que ver esto, Flora. Enciende la tele.
—¿En serio?
—Créeme, no te lo puedes perder —dice, y puedo notar que está sonriendo—. Kieran está haciendo algo muy extraño y tengo la sensación de que tal vez tú sepas por qué.
—Está bien, deja que busque el mando a distancia. Un momento.
Enciendo el televisor y Kieran ocupa toda la pantalla.
Va perdiendo por dos sets y está sentado en su silla a un lado de la pista durante un descanso.
El público se ríe nerviosamente y los comentaristas se preguntan entre risitas qué demonios está pasando.
Suelto un grito ahogado sin apenas creerme lo que veo.
—¿Has encendido la tele? —pregunta Iris con impaciencia—. ¿Puedes verlo?
—Sí.
—¿Qué está haciendo?
Una sonrisa se forma en mis labios.
—Es obvio, ¿no? Pompas de jabón.
En plena final de Wimbledon, en la pista central, siendo observado por miles de personas en las gradas y muchas más a través de las pantallas de los televisores de todo el mundo, Kieran sostiene el bote que le di y se dedica a hacer pompas de jabón con tranquilidad, sonriendo levemente al contemplar cómo se elevan por los aires y luego estallan una a una.
—Sí, ya lo veo, Flora —dice Iris con un suspiro—. Pero ¿qué significa?
La conversación que tuvimos Kieran y yo acude a mi mente. La recuerdo a la perfección. Si alguna vez lo veía haciendo pompas de jabón en la pista central...
«Sabrás que estoy pensando en ti», concluyó él.
—¿Sabes qué significa, Flora? —repite Iris, todavía a la espera de mi respuesta.
—Sí —susurro aturdida—. Que tengo que llegar cuanto antes a Wimbledon.