Match Point 28 #2
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28 #2

Él me mira confundido y con el ceño fruncido.

—Eso es lo que estábamos diciendo, ¿no? Eso es de lo que estabas hablando.

—¡No! No... exactamente. Solo pensaba que debía dejarte un poco de espacio hasta el final del torneo —le digo.

Las palabras salen atropelladamente de mi boca en un desesperado intento de explicarme y deshacer cualquier confusión—.

Quería que te concentraras en el tenis en vez de hacerlo en.

.. nosotros. He sido una distracción. Por eso no fui a ver el partido de semifinales.

Anadie le parecía una buena idea que lo hiciera y no quería ser la razón por la que perdieras tu gran oportunidad, de modo que pensé.

.. —Me quedo callada con la cabeza dándome vueltas—.

¿De verdad quieres poner fin a lo nuestro?

¿Estás diciéndome en serio que quieres terminar la relación?

Entreabre los labios con la mandíbula tensa.

—Yo... Tenemos que hacerlo.

—No, no es verdad. —El corazón me late con tanta fuerza contra el pecho que oigo un pitido en los oídos y me cuesta respirar—. ¿Te han dicho tu padre y Neil que cortes conmigo, Kieran?

Él hace una mueca.

—¿Qué? ¿Por qué me preguntas eso?

«Porque a mí me dijeron que lo hiciera», quiero gritar. Apesar de ello, no me siento capaz de revelarle sus triquiñuelas el día previo a la final del torneo de Wimbledon. No importa cómo me sienta yo, Kieran los necesita. Tiene que poder confiar en ellos. No puedo poner eso en peligro.

—¿Lo han hecho? —insisto.

—No pueden decirme qué hacer en mi vida personal.

—¿En serio? —digo con brusquedad, cruzándome de brazos.

Él me fulmina con la mirada.

—En serio. Puedo tomar mis propias decisiones.

—Neil ha estado en mi contra desde el principio.

—Sí, y le dije que se fuera a la mierda —dice secamente.

—Entonces cortar conmigo ahora es lo que de verdad quieres.

—No se trata de lo que quiero —dice con un gruñido, bajando la vista al suelo—, sino de lo que es correcto. Esto no va a funcionar. Los últimos dos días lo han dejado bien claro.

—Si esto es porque dormí en el sofá y no fui al partido, ya te he explicado que mi intención era que te concentraras en el tenis. Sabía que eso era lo que tu equipo pensaba, así que traté de hacer lo correcto.

—Exacto, y eso es lo que estoy intentando hacer ahora.

—No lo entiendo. Podemos esperar a que termine Wimbledon y ver entonces cómo nos sentimos. Podemos darle una oportunidad a lo nuestro. Yo quiero hacerlo.

—Flora, nos conocemos desde hace apenas unas semanas y mira lo que ha ocurrido —dice, cerrando los ojos y frotándose las sienes—.

Mira las consecuencias de estar conmigo.

Paparazzi por todas partes. Artículos sobre tu familia y tu pasado.

Es devastador. No puedo..., no quiero que sigas pasando por algo así.

Siento un destello de esperanza en el corazón. Quiere protegerme. No es que no quiera estar conmigo, solo está intentando protegerme. Tiene que ser eso. Por favor, que sea eso.

—Todo eso me da igual —digo en un tono áspero y débil—. Puedo soportarlo.

—No se detendrán aquí. Seguirán hurgando.

—Lidiaré con ello. Kieran...

—No. —Niega con la cabeza, enrojeciendo—. No has podido trabajar por su culpa. Está afectando a tu creatividad. Estoy interponiéndome en tu sueño. Las cosas solo irán a peor. No funcionará. Es lo mejor.

Coge su bebida energética, se aparta de la encimera y, tras darle un largo trago, sale cabreado hacia el salón. Aunque necesita un descanso de esta conversación, no va a tenerlo. No pienso dárselo.

—Eso es lo que he estado diciéndome a mí misma estos últimos dos días. Que lo hacía por tu bien —digo, siguiéndolo hasta la ventana—. Pero no era así, ¿verdad? Vi tu partido, Kieran. Creo... que necesitabas que yo estuviera ahí.

—Necesitaba jugar mejor. Me puse nervioso.

—Permitiste que tu padre te pusiera nervioso —lo corrijo tercamente. Él se me queda mirando perplejo ante mi comentario, pero yo sigo adelante de todos modos—. He visto el efecto que tiene en ti. Con él al lado, juegas de otro modo.

—Me dejé llevar por mis emociones.

—¿Y qué hay de malo en eso? —lo desafío, dando un paso al frente—. Las veces que te he visto jugar mejor, lo hacías con el corazón, Kieran. Con pasión, divirtiéndote y por amor al deporte. Ese es tu estilo, ¿no? Jugar con carácter.

—Pero no era lo suficientemente bueno.

—Sí que lo eres —le digo con severidad, señalándolo con el índice—. Eres más que eso. Eres el mejor y estás a punto de ganar el torneo de Wimbledon.

Él se me queda mirando mientras su pecho sube y baja con cada respiración entrecortada.

—Y, si lo hago, ¿luego qué? ¿Sigo en el circuito, viajando por el mundo, intentando ganar una y otra vez?

—Si eso es lo que quieres —digo vacilante, viendo como se aparta de mí—. ¿Es lo que quieres?

No dice nada. Permanece inmóvil con la mirada puesta en los zapatos.

—Yo no creo que lo sea, Kieran —comienzo a decir con cautela—. Creo que eso es lo que todos los demás esperan de ti. Los títulos de Grand Slam. El circuito. Las victorias.

—Quiero ganar Wimbledon —declara con firmeza.

—Lo sé. Yconfío en que lo lograrás. Pero no tienes que hacerlo para sentirte.

.. feliz. He visto cómo te iluminas cuando juegas al tenis, un deporte que te salvó cuando te sentías perdido y solo, que te proporcionó un propósito.

Es el tenis lo que te hace feliz, no las victorias.

No tienes por qué soportar toda esta presión. Puedes hacer otra cosa.

Él se acaricia la frente.

—Flora...

—Solo digo que no debes sentirte abrumado por lo que pueda depararte el futuro. Tienes opciones.

Kieran exhala un suspiro y cierra los ojos. Tardo un momento en darme cuenta de que me ha llamado Flora, no Flossie. Está alejándose de mí. Lo sé antes incluso de que diga nada.

—Lo siento —dice—. No puedo... hacerte esto. No funcionará. Nunca lo hace.

Puedo sentir el escozor de las lágrimas en los ojos.

—Así que estás tirando la toalla —digo, tragando saliva para deshacer el nudo que se me ha formado en la garganta—. Ni siquiera vas a intentarlo. Estás tirando algo bueno a la basura solo porque tienes miedo.

—No es eso.

—Es exactamente eso —replico mientras una lágrima comienza a caer por mi mejilla.

Siento una tirantez en el pecho a causa de la confusión, el dolor, la rabia y la tristeza, todo al mismo tiempo—.

Me dijiste que lo nuestro era especial y me prometiste una tercera cita, pero ahora estás haciendo lo que siempre haces, incluso jugando al tenis: rendirte antes de que la cosa se ponga seria.

Intentas esquivar la presión. Me alejas para protegerte.

—Estoy intentando protegerte a ti —argumenta él con los ojos encendidos—.

¡Por el amor de Dios, Flossie, esto no debería ser así de difícil!

¡Nuestra relación apenas ha comenzado y míranos!

—Alza las manos—. Las cosas siempre van así.

Y,si gano mañana, solo empeorarán. La distancia, la presión, la atención.

Todo va a más hasta que termina viniéndose abajo.

—¡Lo nuestro no tiene por qué hacerlo! —exclamo sin poder aguantarme las lágrimas.

—¡Lo hará! Claro que lo hará.

—Crees que no te mereces ser feliz. No sé si es porque te sientes culpable por lo de Aidan, pero por alguna razón crees que no te mereces ganar Wimbledon. Ysí que te lo mereces, Kieran. Te lo mereces todo. Solo tienes que atreverte.

Él exhala y se pasa las manos por la cara.

—Mira, lo siento, pero no puedo. Simplemente... no puedo. No contigo. No puedo hacer esto. Lo siento.

Se hace el silencio en el salón.

—Pues hasta aquí hemos llegado —susurro.

Incapaz de mirarme, Kieran se limita a asentir.

Después de la oleada de emociones, de repente me siento aturdida. No es la primera vez que paso por algo así. Ya me he sentido rechazada, repudiada e idiota por haber creído que una relación podía funcionar. No voy a arrastrarme. He intentado que se diera cuenta, y no quiere hacerlo.

De modo que, como he dicho, hasta aquí hemos llegado.

Aunque tanto mi cerebro como mi corazón están en caída libre, mi cuerpo parece saber qué hacer.

Mis pies me llevan fuera del salón en dirección al perchero de la entrada, donde encuentro el bolso en el que guardo las gafas de sol.

Con los dedos trémulos, las saco y me las coloco en lo alto de la cabeza.

Luego me agacho para coger mis deportivas del zapatero y vacilo un momento cuando veo las de él en el suelo.

Debe de habérselas quitado con los pies cuando ha entrado y, tal y como tiene costumbre de hacer, las ha dejado tiradas ahí en medio.

Siempre se burlaba de mí cuando yo sentía la necesidad de colocarlas debidamente en el zapatero.

Nuestra pequeña broma privada ya no me parece graciosa.

No las coloco bien. Las dejo donde están. Mientras me calzo, veo mi reflejo en el espejo. Tengo los ojos rojos de llorar. Yla piel pálida por el shock. Cojo mi móvil del bolsillo trasero y pido un Uber. Hay uno a dos minutos de casa. Durante el torneo, suele haber muchos por el Village.

Mientras espero a que doble la esquina y aparezca, inhalo profundamente y vuelvo un momento a la entrada del salón. Kieran no se ha movido del lugar en el que lo he dejado. Ahora tiene la cabeza inclinada hacia delante, los brazos cruzados en el pecho y los hombros hundidos.

Al oírme regresar, levanta la mirada.

—Antes de irme, solo quiero dejar una cosa clara —le digo en un volumen tan bajo que me doy cuenta de que voy a tener que hablar más alto si quiero que me escuche desde el otro extremo de la estancia—.

Antes has dicho que estabas interponiéndote en mi sueño.

Que todo el sinsentido de los últimos dos días —señalo hacia fuera, más allá de la puerta de entrada— ha afectado a mi trabajo.

Crees que por culpa tuya he dejado de dibujar.

Él se me queda mirando con los labios apretados.

—Pero te has olvidado de que la razón por la que comencé a hacerlo eres tú —digo, esbozando una sonrisa con dificultad—. Buena suerte mañana, Kieran.

No espero a oír su respuesta. Me alejo del salón en dirección a la puerta de entrada y, mientras la abro, me pongo las gafas de sol.

Mi salida coge a los paparazzi por sorpresa, pero no tardan mucho en ponerse en acción y me rodean en cuanto cruzo la verja.

Con la cabeza gacha, ignoro sus preguntas y, tras prácticamente arrojarme al asiento trasero del coche que está esperándome, cierro de un portazo.

El conductor arranca, llevándome lejos de Lingfield Road.