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—... y con esta actitud, Kieran, no vas a ganar mañana. Chris Courtney te dejará en ridículo en la pista central delante de todo el mundo. ¿Es eso lo que quieres?
La voz de Brian resuena por todo el piso en cuanto entra por la puerta el sábado por la tarde.
La agresividad de sus comentarios hace que se me revuelva el estómago.
Comienzo a recoger los dibujos que están desperdigados por la mesa de la cocina y los apilo ordenadamente.
Luego dejo el lápiz y me dirijo al fregadero para limpiarme los manchurrones oscuros de las manos.
—Tienes que atacar más, Kieran —le indica Brian. Su voz se oye cada vez más a medida que se acercan a la cocina—. No estás jugando como si de verdad quisieras ganar. ¿Quieres ganar?
—Claro que sí —contesta Kieran, ya en la puerta.
Cierro el grifo y levanto la mirada cuando entra.
—Hola.
—Hola —contesta él, y, frunciendo aún más el ceño, se dirige directamente a la nevera para coger una bebida energética.
Brian se queda en la entrada, ignorando por completo mi presencia.
—No estás jugando bien porque estás permitiendo que tus emociones te dominen. Tienes que mantenerte concentrado. No puedes dejar que tu mente y tus emociones te boicoteen. Tienes que ser más...
Busca la palabra.
—¿Más como Aidan? —sugiere Kieran en un tono mecánico y cortante.
Tengo la sensación de que me quedo sin aliento.
Brian exhala lentamente y su expresión se ensombrece.
—Más controlado, eso es lo que iba a decir.
Por el amor de Dios, Kieran. —Sus ojos se desvían un momento hacia mí y se aclara la garganta—.
Descansa un poco un par de horas. Luego volveré para analizar el partido de hoy y repasaremos la estrategia para el de mañana.
Chris tiene muchos puntos débiles que podemos atacar.
Puedes ganar. Solo necesitas encontrar la fuerza para luchar por lo que quieres.
Kieran no dice nada. Se limita a darle un trago a su bebida con una expresión inescrutable.
Brian niega con la cabeza. Tras dar media vuelta, se aleja rápidamente por el pasillo y sale del piso.
Solo cuando se ha ido tengo la sensación de que puedo volver a respirar, aunque, por alguna razón, su presencia parece seguir sintiéndose en la estancia.
Es como si, de algún modo, ahora la atmósfera se hubiera vuelto más fría por su culpa.
Kieran permanece inmóvil, con el cuerpo en tensión, la boca apretada y los ojos vidriosos.
No es el mismo. Su expresión, su postura, todo en él ha cambiado.
Desde que alcanzó las semifinales, lo siento más distante.
Eso es lo que yo quería. Era por su bien.
Sin embargo, estos últimos dos días en los que he procurado mantener las distancias, no he podido evitar que me doliera en el alma ver como iba encerrándose en sí mismo.
No sé qué se siente al llegar a la final del torneo de Wimbledon, pero sí puedo imaginar lo difícil que debe de ser mantener la concentración bajo toda esa presión.
Yparece que la manera que tiene Kieran de lidiar con ello es volverse insensible ante todo y todos los que lo rodean.
Todo el mundo está hablando de ello. Es una historia sensacional: Kieran O’Sullivan y Chris Courtney cara a cara en la final de Wimbledon.
Los dos grandes rivales, ambos ya veteranos del circuito y también desesperados por conseguir este título.
Chris ha ganado otros torneos de Grand Slam, pero nunca Wimbledon.
Según la prensa, la atmósfera en Irlanda este fin de semana es eléctrica.
En todas las calles de Dublín han pegado carteles con la cara de Kieran y los pubs están repletos de aficionados con ganas de celebrar la inesperada vuelta a lo más alto del chico local.
El domingo todo el país estará viendo el partido y animándolo.
En el apartamento, sin embargo, la atmósfera es otra.
Brian y Neil vinieron con Kieran después del partido de semifinales del viernes. Apenas pude felicitarlo antes de que ellos comenzaran a explicarle la estricta rutina que tenían preparada. Cuando se marcharon, él se quedó conmigo en el salón y ninguno de los dos parecía saber qué decir.
—Has llegado a la final —conseguí decir estúpidamente por fin.
Él asintió.
—Me cuesta creérmelo.
—A mí no.
Alzó la mirada hacia la mía con el entrecejo arrugado y la mandíbula tensa.
—Flora —dijo—, ese artículo sobre tus padres...
—No es nada. Esperaba que no lo vieras.
—Me lo han enseñado después del partido. Debes de haber pensado que no me importaba.
—No, eso no es... No he pensado eso. En cualquier caso, preferiría olvidarme de ello.
Él agachó la cabeza.
—Lo siento mucho.
—Lo que tenemos que hacer es hablar sobre tu victoria. ¡Has llegado a la final de Wimbledon! Es increíble, Kieran. Estoy tan orgullosa de ti...
—He tenido suerte —dijo con expresión sombría—. Todo el mundo sabe que, de no haber sido por el calambre que ha sufrido, Jensen habría ganado. En el último set apenas podía correr.
—Eso no es cierto. Habrías ganado de todos modos. Eso es lo que pienso yo.
No me contestó, así que me acerqué a él y, con aire vacilante, lo rodeé con los brazos.
Sus manos se deslizaron con lentitud a la parte baja de mi espalda y, acercándome hacia su cuerpo, exhaló directamente en mi pelo como si estuviera expulsando algo más que aire: el estrés, la ansiedad, el caos del día.
.., hasta que al final se quedó inmóvil.
Permanecimos así unos pocos segundos y yo noté entonces como mi determinación iba fracturándose a medida que me derretía en la calidez de su pecho, sentía la segura solidez de sus brazos alrededor de mi cuerpo y apreciaba la fragancia que despedía recién salido de la ducha y que me provocaba escalofríos.
Me moría de ganas de hablar con él. Quería preguntarle cómo se sentía y explicarle cómo me sentía yo, hablar con él de su día y contarle el acuerdo al que había llegado con su padre. Pero no habría sido justo cargarlo con todo eso cuando acababa de jugar el partido de semifinales. Estaba agotado.
De modo que me aparté de él y le dije que deberíamos irnos a dormir.
Él permaneció inmóvil y pensativo mientras yo colocaba la almohada y el edredón en el sofá.
Era por su bien.
Pero, al mirarlo ahora, mientras continúa apoyado en la encimera, terminándose su bebida energética como un robot que ha sido programado para jugar al tenis y luego permanecer apagado entre partidos, no estoy tan segura de que todo esto sea por su bien.
Estos últimos dos días, lo he dejado a merced de Neil y Brian, sin nadie más con quien hablar.
Ellos no son precisamente la alegría de la huerta.
Dudo que haya tenido un momento de alivio y, teniendo en cuenta que este es el momento más importante de toda su carrera, podría ser que me necesitase.
Lo peor de todo es que sabe que le he mentido acerca de la entrevista de trabajo. Menuda excusa más estúpida.
—Has estado trabajando en tu libro —dice de repente, sacándome de mis pensamientos. Deja la bebida energética en la encimera y señala las páginas apiladas en la mesa junto a mis lápices.
—Sí, estoy avanzando a buen ritmo, la verdad.
—Pero ayer no dibujaste nada.
Parpadeo.
—No..., ayer no. ¿Cómo lo sabes?
—Siempre dejas tus dibujos sobre la mesa. El que había ayer en lo alto de la pila era el mismo que el del jueves.
—Se supone que no tienes permitido mirarlos —digo jovial.
Él se encoge de hombros y sonríe débilmente.
—No puedo evitarlo.
—Ayer no me sentía inspirada. Ni hoy, la verdad. He dibujado un poco, pero no creo que haya hecho nada demasiado bueno —admito—. No son mis mejores dibujos.
—No me sorprende. —Baja la vista al suelo—. Has tenido que lidiar con el hecho de que hayan expuesto tu vida a todo el mundo. Dudo que eso sea bueno para la creatividad.
Lo observo atentamente. Parece preocupado y tenso, y quiero ayudarlo.
—¿Estás bien, Kieran? —le pregunto con suavidad, muriéndome de ganas de extender las manos y tocarlo—. ¿Es por tu padre?
Él levanta la mirada hacia mí con expresión preocupada.
—¿Qué le pasa a mi padre?
—Lo que estaba diciéndote cuando habéis entrado. No sé, parecía un poco duro.
—Solo quiere que gane.
—Ya lo sé, pero ¿hace falta que sea tan agresivo? Todo eso acerca de Chris Courtney poniéndote en ridículo mañana parecía un poco innecesario.
—Pero tiene razón, ¿no? —dice Kieran en un tono de voz bajo y derrotado—. Hoy he entrenado fatal.
—Estoy segura de que no lo has hecho tan mal.
—No estabas ahí —me recrimina.
Aprieto los labios. Está frustrado consigo mismo, lo noto, pero me ha parecido percibir algo más en su expresión cuando me ha dicho eso. Parecía dolido.
—Lamento no haber estado en las semifinales, Kieran —digo, apartándome y agarrándome a la encimera para tener algo que hacer con las manos—. Debería contarte por qué me inventé lo de la entrevista de trabajo para no ir al partido.
Él agacha la cabeza.
—No pasa nada. No hace falta que me des ninguna explicación. Ya sé por qué no podías estar ahí. Por qué no debías estar ahí.
«No debías». Dos pequeñas palabras que poseen la capacidad de dejarme sin aliento.
Lo cambian todo. Me confirman que Kieran está de acuerdo con su padre y con Neil.
Creo que parte de mí esperaba que luchara para que estuviera en la final por más que hubiera sido yo misma la que se negó a ir en primer lugar.
¿No es natural querer que alguien plante cara por ti?
—¿Lo sabes? —digo con el corazón encogido.
—Lamento haberte puesto en esta situación —dice en voz baja—. No estaba pensando con claridad. Estaba siendo egoísta.
—Yo también. Solo quiero lo mejor para ti.
Él asiente.
—Y yo lo mejor para ti. Es mejor así —dice con voz quebrada y poco natural—. Es mejor dejarlo ahora que más tarde.
Parpadeo.
—¿Dejarlo?
—Flora, quiero que sepas que nunca he pretendido hacerte daño y...
—Un momento, Kieran. —Lo observo con incredulidad—. ¿Quieres dejarlo? ¿Estás... cortando conmigo?