Match Point 27 #2
88%

27 #2

—Y nos tendrás a Neil y a mí y a todo tu equipo en el palco.

Estaremos ahí para ti. Tendrás todo el apoyo que necesitas.

Ella no puede dejarlo todo para adaptarse a ti.

Si tiene una entrevista de trabajo, no puede renunciar a ella.

Estará animándote desde la distancia, ¿verdad, Flora?

Esto son las semifinales de Wimbledon, Kieran.

No deberías estar pensando en quién estará en el palco mientras juegas, sino en cómo vas a jugar y en quién es tu contrincante.

Olvídate del público. Concéntrate en ti mismo.

Kieran baja la mirada.

—Muy bien, vamos —dice Brian, haciéndole un gesto con la cabeza a Neil.

Mientras todos salen del salón, yo me quedo donde estoy mordiéndome las uñas. Todo esto me parece antinatural, y, a pesar de que quiero hacer lo que sea mejor para Kieran, no puedo dejarle marchar sin al menos despedirme. Salgo corriendo al pasillo antes de que abran la puerta de entrada.

—¡Kieran! —exclamo, haciendo que todos se vuelvan hacia mí. Él está detrás de su padre y estira el cuello para mirarme—. Yo... yo solo... ¿Tienes las pompas de jabón?

Su expresión esperanzada se desvanece de golpe.

—No me iría sin ellas —dice, dándole unas palmaditas a un lado de la bolsa.

Sonrío, pero él no llega a verlo. Ya se ha dado la vuelta y está ocupado colocándose la gorra, bajando la visera para salir a la calle. Comienzo a sentir un escozor en los ojos.

—Atención a todos, agachad la cabeza —avisa Neil antes de abrir y que los paparazzi rodeen la verja que hay al final de la escalinata.

Cuando ya han salido todos de casa, me quedo mirando la puerta cerrada un buen rato.

Tengo la sensación de que, de algún modo, he defraudado a Kieran.

Noto una presión en el pecho que hace que me cueste incluso moverme.

Al final, me obligo a mí misma a ir al cuarto de baño para prepararme, pero me siento como una zombi y me muevo casi por inercia.

Al menos el artículo sobre mi infancia no ha tenido demasiado eco. Aquello de lo que todo el mundo realmente habla hoy es de que, contra todo lo esperado, Brian vuelve a formar parte del séquito de Kieran.

La primera vez que recibo una llamada de la oficina de mi padre, la ignoro.

Tengo los ojos pegados a la pantalla del televisor. Kieran va perdiendo por dos sets. Está resultando durísimo ver este partido, y me alegro de no estar en el palco. En casa puedo hundir la cara en las manos y gritar cada vez que comete un error.

El apoyo con el que cuenta Kieran en la pista central es increíble: pueden verse un montón de prendas verdes en las gradas —jerséis verdes, camisetas verdes, gorras verdes— y muchas banderas irlandesas ondeando entre cada punto.

Sus seguidores se hacen oír cada vez que gana uno.

Lamentablemente, no han sido muchos. Está jugando contra el danés Arne Jensen, que, según me ha explicado Iris, es el cabeza de serie número once y juega mejor en hierba.

Jensen parece mucho más concentrado que Kieran, y el hecho de que este haya comenzado a perder los estribos no ayuda nada.

Encima, en el segundo set ha recibido una advertencia de la jueza de silla por haber perdido demasiado tiempo en un saque.

Kieran ha protestado y, acercándose a ella, ha comenzado a decirle a gritos que no era justo, pero no ha cambiado de opinión. Ha sido duro de ver.

Brian está sentado en el palco junto a Neil y, presa de la exasperación, no deja de negar con la cabeza y alzar los brazos cada vez que Kieran levanta la mirada en su dirección.

Los comentaristas ya han observado que parece estar cometiendo demasiados errores no forzados.

«Es lo que pasa al llegar a la pista central —ha dicho uno de ellos hace un momento—.

Algunos jugadores no soportan la presión y pierden la cabeza».

Cuando Kieran envía lo que debería haber sido un derechazo ganador directamente a la red, suelta un grito de exasperación y arroja la raqueta al suelo.

Esto le cuesta otra advertencia de la jueza de silla y se la queda mirando, negando con la cabeza y con los brazos en jarras.

Justo entonces recibo otra llamada de la oficina de mi padre.

Es una buena excusa para silenciar la retransmisión.

No estoy segura de que pueda seguir viendo esto mucho más rato.

—Hola, Andy —digo despreocupada cuando descuelgo—. Perdona por no haber podido contestar antes.

—Hola, Flora. Soy yo.

El sonido de la voz de mi padre hace que de inmediato me siente erguida.

—¡Papá! ¡Hola! —exclamo repentinamente aturullada y nerviosa. Estoy acostumbrada a hablar con su asistente personal, no con él directamente. Cada vez que lo hacemos, no sé cómo comportarme—. ¿Va todo bien?

—Sí, todo bien —dice con su habitual tono seco y formal—. En realidad, te llamaba para hacerte esa pregunta yo a ti.

—¡Oh! —Trago saliva—. Eso es..., eh..., muy amable por tu parte.

Se hace un breve silencio y luego prosigue:

—Lamento no haber estado en contacto últimamente.

—No pasa nada. Sé que estás ocupado.

—Sí. Parece que tú también.

—Siento que los periodistas os hayan estado molestando a ti y a Camila.

Yo no les he contado nada. Confío en que, si seguimos ignorándolos, terminarán aburriéndose y dejarán de fisgonear sobre mi vida.

—Vacilo un momento y me paso una mano por el pelo—.

No sé si has visto el último artículo que han publicado hoy sobre. .. mi infancia.

—Sí. Por eso llamaba. Mi equipo me lo ha enseñado esta mañana.

Me muerdo el labio y noto como mi rostro se sonroja.

—No son más que tonterías. Creo... Dios mío, qué vergüenza... Creo que mi exnovio les ha contado algunos chismes con los que luego ellos han construido sus artículos. ¿Puede esto afectar de alguna manera a tus negocios?

Él suspira pesadamente.

—No te he llamado para que te disculpes, Flora. Lo que quiero es disculparme yo.

Titubeo. Me siento demasiado estupefacta como para decir nada. Él se aclara la garganta y prosigue.

—Puedo comprender que sintieras que... te abandoné en un momento difícil de tu vida, y soy consciente de que no he estado presente mientras crecías.

—Ya te he dicho que yo no he hablado con la prensa, papá. Ese artículo no refleja mi opinión.

—Aun así, no te culparía si lo hiciera —dice él—. Podría decirse que este artículo ha sido una llamada de atención. En adelante, me gustaría hacer un esfuerzo para mejorar nuestra relación, Flora.

Contengo una risa nerviosa. No es que no aprecie la llamada o lo que está diciendo.

Mi reacción se debe al modo en que lo dice: con una formalidad profesional, como si estuviera hablando con un cliente sobre un negocio, no con su hija sobre su relación.

He aprendido a aceptar el hecho de que no es una auténtica figura paterna en mi vida.

Lo veo más como un conocido que se siente culpable y está dispuesto a ayudarme económicamente cuando lo necesito.

Hubo una época en la que deseaba que me prestara atención, pero en algún momento terminé aceptando la realidad.

Eso hizo que todo fuera más fácil. Él es un importante hombre de negocios que siempre me parecerá un poco intimidante porque nunca he obtenido su aprobación, y yo soy la hija artística de un matrimonio fallido a la que nunca ha llegado a comprender.

Nos las arreglamos manteniendo una relación educada, emocionalmente contenida y distante.

La verdad es que no se le da muy bien esto de ser padre.

De ahí que esta llamada para hablar sobre nuestra relación me suene a estrategia de negocios.

—De acuerdo —digo al tiempo que le echo un vistazo a la tele y veo que van 6-6 en el tercer set.

—Bien. He hablado con Camila y nos gustaría ir a verte este verano.

Enarco las cejas.

—¿Queréis venir a Londres?

—Así podrás enseñarnos tu piso y la zona, y quizá podríamos conocer a tu novio.

Se me hace un nudo en la garganta.

—¿Mi novio?

—Kieran O’Sullivan. —Hace una pausa—. La razón por la que llamo es que me he dado cuenta de que no estabas en la pista central. He temido que tal vez el artículo sobre tu madre... Como he dicho, quería saber si estabas bien.

Me sorprendo a mí misma sonriéndole al teléfono.

—Gracias. Es muy considerado por tu parte. Estoy bien. ¿Estás viendo el partido, entonces?

—Solo un rato. Lamentablemente, no tengo tiempo para verlo hasta el final, pero siempre me ha gustado O’Sullivan —dice, elevando el tono hasta sonar casi entusiasta—.

Lo vi jugar en el Abierto de Estados Unidos al principio de su carrera y por aquel entonces ya se notaba que tenía algo especial.

Me encantó oír que estabas saliendo con él.

Nunca había oído hablar a mi padre con esta pasión. Parece casi relajado, como si realmente estuviera disfrutando de la conversación, algo a lo que no estoy nada acostumbrada. Me desconcierta.

—Anda. Sí, bueno, ha sido todo un poco loco.

—Ya imagino. En cualquier caso, ahora estoy en la oficina y me temo que no tengo demasiado tiempo para charlar. Pero en otro momento podemos ponernos al día y me hablas un poco de él. Ya sabes, cómo os conocisteis, etcétera.

—De acuerdo —asiento—. Te pondré al corriente de todo el... «etcétera».

Él se queda callado y oigo como exhala.

—Lamento lo que han escrito sobre tu madre.

—Sí, yo también —digo en voz baja.

—Ella te quería, ¿sabes?

—Lo sé.

—No siempre fui muy amable con ella.

Sonrío débilmente.

—Ella tampoco lo fue contigo, papá.

—No, ya lo sé. —Respira hondo—. Decía en serio lo de hacer un esfuerzo para mejorar nuestra relación, Flora.

—Sí, suena bien. Es decir, yo también quiero.

—Perfecto. Bueno, ahora me temo que tengo que colgar para ir a una reunión —dice con brusquedad.

—Sí, yo también. Bueno, no a una reunión, pero... también tengo que colgar.

—Oye, mira, puede que haya tenido un golpe de suerte.

—¿Quién?

—Kieran —me informa—. El otro tipo se ha caído durante el tie-break del tercer set. Parece que se ha lesionado.

Me doy la vuelta para ver la tele. La cámara enfoca a Jensen, que está sentado en el suelo y se aferra uno de los gemelos con una clara expresión de dolor en el rostro.

—Esperemos que Kieran aproveche esta oportunidad para volver a meterse en el juego —dice mi padre animado—.

Como le dije a Camila cuando estábamos viendo su último partido, el tenis depende sobre todo de la fuerza mental.

Uno tiene que negarse a dar su brazo a torcer, aunque todo parezca estar perdido.

—Sí..., estoy de acuerdo.

—Mmm. Bueno, quizá podamos ir a Wimbledon el año que viene. Podría ser algo divertido para hacer juntos. Tú y yo, quiero decir.

Asiento lentamente.

—Sí. Tal vez.

—Muy bien. Hablaré con Camila y te propondremos algunas fechas para el viaje de este verano —concluye—. Hasta pronto, Flora.

—De acuerdo. Hasta pronto, papá.

Cuelga. Sintiéndome completamente desconcertada por la llamada, cojo el mando a distancia y subo el volumen justo a tiempo para oír el clamor del público cuando Kieran gana el tercer set.