Match Point 26
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Unos cinco minutos después de haber llegado a casa tras nuestra cita, suena el timbre, así que salgo de la cocina y recorro el pasillo para ir a abrir.

Cuando lo hago, me encuentro a Zoe de pie en la entrada.

Parece nerviosa. Los periodistas que habían estado esperando a que volviéramos del Bounce ya se han marchado.

Deben de haber llegado a la conclusión de que, ahora que ya estamos en casa, difícilmente volveremos a salir.

Todavía vestida con la ropa del trabajo —una blusa de seda blanca, pantalones negros de cintura alta y zapatos de tacón—, permanece con la cabeza un poco agachada y me mira con ojos de cordero degollado.

—Hola —dice con voz chirriante, tratando de esbozar una sonrisa.

La observo desconcertada por su presencia.

—Solo quería decir que no tenía ni idea de que Jonah iba a hacer esa entrevista —suelta rápidamente, echándole un vistazo a la mano con la que todavía sostengo la puerta como si temiera que fuera a cerrársela en la cara y tuviera que decírmelo todo antes—.

Te juro que no lo sabía, Flora. Creo que sus mentiras son horribles y repugnantes, y le he enviado un mensaje diciéndoselo. Yo... lo siento mucho. Por todo.

—Ah. No te preocupes —farfullo, pues no sé bien qué decir.

Ella exhala con pesadez y hace una mueca.

—Estoy muy decepcionada conmigo misma. Realmente pensaba... Me construí una imagen equivocada de él en la cabeza. Lo que hice es terrible y me siento muy muy mal, Flora. Creía que estaba enamorada de él. Soy una idiota.

Dejando caer la mano con la que sostenía la puerta y apoyándome en el marco, bajo la mirada al suelo y aprieto los labios.

—Me sentía demasiado humillada y avergonzada para venir a hablar contigo —sigue diciendo, sorbiéndose la nariz—.

Debería haberlo hecho antes, pero pensaba que no querrías saber nada de mí.

Y,cuando te vi en el pub el otro día, quise romper el hielo porque.

.., bueno, vivimos al lado y no dejamos de vernos.

No quería arruinarte la velada y decidí actuar como si nada, pero, cuando te marchaste, supe que había sido por mi culpa.

—Se muerde el labio y me obligo a mí misma a no bajar la mirada—.

No tienes por qué perdonarme ni tengo por qué caerte bien, Flora, solo quería que supieras que lo siento.

Siempre has sido amable conmigo y yo soy la mala aquí.

Fui una idiota que se dejó llevar por un romance prohibido y se quedó colgada de un tío que en realidad no existía.

Él y yo hemos terminado. Si quieres —alza la barbilla de un modo desafiante—, puedo hablar con los periodistas y explicarles lo que sucedió de verdad.

Permanezco callada un instante, tratando de asimilar lo que ha dicho, y exhalo un suspiro.

—No quiero que hagas eso, Zoe. Gracias por la oferta, pero es mejor dejarlo estar.

Ella asiente. Al cabo de un momento de tenso silencio, se da la vuelta para marcharse.

—Gracias por la disculpa —digo, haciendo que se detenga y se gire esperanzada—. Y... no eres la mala. Fue Jonah quien rompió sus promesas.

—Aun así, lo hice mal —dice, encogiéndose de hombros con aire triste.

—Eso no te convierte en una mala persona.

—De veras que lo siento mucho.

—Lo sé.

Esboza una pequeña sonrisa. Yo se la devuelvo.

—Bueno, será mejor que te deje —dice, vacilando un momento antes de darse la vuelta—. Mañana estaré animando a Kieran.

—Se lo diré.

Cuando se marcha, cierro la puerta y apoyo la espalda en la pared para procesar la conversación. Kieran aparece en el pasillo. Lo ha escuchado todo desde el salón. Se me queda mirando con las cejas enarcadas.

—¿Estás bien? —me pregunta.

Asiento y me sorprendo a mí misma sonriendo.

—Sí. Lo estoy.

El timbre vuelve a sonar, sobresaltándome.

—¿Qué más crees que querrá decirme? —pregunto con el ceño fruncido y enderezándome.

Cuando abro la puerta, sin embargo, no es Zoe quien se encuentra al otro lado, sino un hombre alto vestido con un traje.

Tiene el pelo moreno con algunos mechones entrecanos, la mandíbula definida y unos intensos ojos azules.

Aunque no supiera ya quién es por haberlo visto en fotografías, lo habría reconocido a kilómetros de distancia.

—Hola, Flora —dice Brian con un marcado acento dublinés al tiempo que oigo como Kieran inhala a mi espalda—. ¿Está mi hijo?

Kieran y su padre parecen mantener un concurso de miradas. Apenas llevamos unos segundos en silencio, pero tengo la sensación de que esta tensión horrible e incómoda dura desde hace horas. Finalmente, Brian emite un ruido con la garganta que rompe el silencio.

—¿No vas a invitarme a pasar?

Está mirando a Kieran, aunque soy yo quien contesta.

—¿Eh? Ah, sí, claro. Lo siento, entra.

No estoy segura de que sea la respuesta correcta, pero estoy dispuesta a explicarle a Kieran que, sea lo que sea lo que pase a continuación (tanto si se trata de una discusión como de una inesperada reconciliación), es mejor que suceda dentro de casa que en la calle, donde cualquiera podría ser testigo.

Me hago a un lado y Brian entra en casa, limpiándose educadamente las suelas de los zapatos en la alfombrilla mientras cierro la puerta detrás de él con el corazón en un puño.

Nunca había visto a Kieran tan tenso. Un tic le contrae los músculos de la mandíbula y todo su cuerpo permanece inmóvil como si se hubiera quedado congelado ahí mismo.

—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunta al tiempo que las arrugas de su frente se acentúan.

Brian no da otro paso adelante y se mete las manos en los bolsillos.

—Quería ver cómo estabas.

Kieran suelta una risa ahogada.

—No cuela.

—Lo digo en serio —dice Brian cansinamente—. Quería comprobar si estabas bien. Tenía la sensación de que debíamos hablar.

—Ah, ¿sí? —dice Kieran fríamente.

Puedo notar cómo vuelve a levantar sus muros, esa dura coraza exterior que ha ido derribando poco a poco estas últimas semanas está recomponiéndose de nuevo ante mis ojos.

Su boca pasa a ser una fina línea recta, y sus ojos se vuelven fríos y desconfiados.

Sus defensas están otra vez en alto, preparadas para contener cualquier ataque.

Brian se interpone entre nosotros y me siento demasiado alejada de Kieran.

Noto la necesidad de protegerlo y tranquilizarlo.

—¿Por qué no pasamos al salón? —sugiero, haciéndole un gesto con la cabeza a Kieran.

Este permanece inmóvil un momento, pero finalmente accede y vuelve al salón, permitiendo que Brian y yo lo sigamos. Dentro Kieran se queda de pie junto a la chimenea.

—¿Quieres tomar algo? —le pregunto a Brian, indicándole con un gesto que se siente.

Él escoge el sillón que hay junto a la ventana.

—No, gracias.

—No creo que se quede mucho rato —murmura Kieran.

Brian suspira. No sé muy bien qué hacer, pero ahí de pie, jugueteando con el dobladillo de mi camisa corta, estoy muy incómoda, así que me siento en el reposabrazos del sofá.

De repente, sin embargo, caigo en la cuenta de que en realidad yo no debería estar aquí, de modo que vuelvo a ponerme de pie.

—Os dejaré solos para que habléis. ¿Estás seguro de que no quieres tomar nada? —digo, y se me escapa un gallo que delata lo incómoda que me siento.

—Puedes quedarte si quieres —dice Kieran, y reparo en el fugaz pero claro destello de vulnerabilidad que asoma en su expresión. Un momento después ha desaparecido y él vuelve a mirar con dureza a su padre—. Lo que sea que tenga que contarme puede decírmelo delante de ti.

Vuelvo a sentarme lentamente en el sofá.

—Bueno... —comienza a decir Brian forzando una sonrisa—, ¿cómo estás, Kieran? Mañana juegas las semifinales, eso es...

—¿Qué haces aquí? —lo interrumpe Kieran de golpe.

—Ya te lo he dicho, quería ver cómo estabas.

—Podrías haberme enviado un mensaje o haberme llamado.

—Sabía que no contestarías o no cogerías el teléfono.

—Así que... has decidido coger un avión y llamar a mi puerta.

—Algo así —dice Brian removiéndose en el asiento—. Neil me llamó.

Cruzándose de brazos, Kieran sonríe con incredulidad y baja la mirada al suelo.

—A mí también me sorprendió. Hacía mucho que no hablábamos —prosigue Brian con expresión ceñuda mientras estudia atentamente a su hijo—.

Le parecía una buena idea que viniera a.

.. hablar contigo. Tiene la sensación, y yo estoy de acuerdo, de que es importante que intentemos arreglar las cosas entre nosotros ahora que has avanzado tanto en el torneo. No quiere que tengas distracciones.

Juro que, cuando dice eso, sus ojos se desvían un momento hacia mí.

—Ah, ¿sí? Pensaba que Neil me conocía bien —dice Kieran—. Ya veo que no es así.

—Kieran, quiero que sepas que ha habido un malentendido respecto a lo del libro —dice Brian, inclinándose hacia delante para apoyar los codos en las rodillas y juntar las manos. Parece sorprendentemente relajado teniendo en cuenta las circunstancias. Apenas puedo moverme a causa de la tensión.

Kieran enarca las cejas.

—¿No estás escribiendo uno?

—He escrito uno, sí —confirma antes de añadir con rapidez—, pero no es lo que piensas. No es una autobiografía.

—Tenía entendido que lo era.

—¿Lo leíste en la prensa? —Brian le lanza una mirada reprobatoria—. ¿Acaso te crees todo lo que publican? Ya deberías saber que es mejor no hacerlo.

Kieran no dice nada y aprieta con fuerza los labios.

—Es una guía de tenis —dice Brian suavemente, dirigiéndole una mirada sincera—.

Incluyo algunas experiencias personales contigo y con Aidan, ¡pero es una celebración de ambos!

De vuestro talento y vuestra ética de trabajo.

La gente que lea el libro se sentirá inspirada por vuestra historia.

Se dará cuenta de que el tenis es más que un simple juego, de que puede salvar vidas.

Tú siempre has dicho eso, ¿no? Quería ponerlo por escrito para que inspirara a otros.

Si quieres, puedes leer el manuscrito antes de que se publique.

No hay nada en él por lo que debas preocuparte.