25 #2
—No vas a poner nada en peligro y es decisión mía —suspira pesadamente—.
Si me quedo en casa las próximas horas, no dejaré de preocuparme y estresarme, más aún teniendo en cuenta todo esto de Danny Zuko.
Es importante tomarse un descanso. Si estás inquieta, puedo llamar por teléfono a Neil y él te confirmará que es algo que no deja de decirme.
—No estoy segura de si esta vez lo haría —murmuro—. Pero voy a confiar en ti y, además, tengo ganas de salir. Aunque habrá que superar la barrera de periodistas que hay fuera.
—Matthew nos llevará en coche. Le pediré que llame cuando esté fuera.
—¿Y se puede saber cuál es este gran plan tuyo?
—Ya lo verás —dice con los ojos centelleantes—. La pregunta es: ¿estabas diciéndome la verdad?
Ladeo la cabeza con curiosidad.
—¿La verdad sobre qué?
Cuando el coche se detiene junto al edificio de la antigua central eléctrica de Battersea, todavía no estoy segura de qué es lo que Kieran tiene en mente.
Aquí hay muchos lugares buenos para comer, pero dudo que ninguno de ellos sea la verdadera razón de la irritante sonrisa que luce en la cara.
Hasta que no llegamos a la primera planta y, cogiéndome de la mano, me conduce con desatado entusiasmo hacia un local llamado Bounce, no comprendo por qué está tan satisfecho consigo mismo.
—Un bar con mesas de ping-pong —digo, y una carcajada sacude mis hombros.
—Me dijiste que eras buena. Ahora veremos si solo estabas inventándotelo para tratar de impresionarme.
—¡No me inventé nada para impresionarte!
Se detiene delante del local y arquea una ceja.
—Supongo que ahora lo comprobaremos. ¿Te parece un buen plan? ¿Oquizá esperabas algo más glamuroso en nuestra primera cita?
—Si tenemos en cuenta la partida de dardos en el pub , técnicamente esta es la segunda.
—Segunda cita, pues —se muestra de acuerdo, y, cogiéndome de la cintura, me atrae hacia sí. Huele tan bien que el corazón se me acelera. Al pasar mis manos por sus anchos hombros, pienso que nunca me cansaré de que me abrace—. Bueno, ¿qué te parece?
—Para una segunda cita, creo que es... realmente perfecto. —Sonrío con picardía—. Ya me llevarás a algún sitio glamuroso en la tercera. Si es que hay una tercera, claro.
—La habrá.
—Qué engreído —digo con una sonrisa. Él inclina la cabeza y sus labios rozan suavemente los míos.
Es uno de esos besos con una gran carga significativa.
No es urgente ni desesperado ni llamativo, sino cariñoso y suave y dulce.
Parece transmitir que todo está bien, y hace que el corazón me palpite con rapidez y el estómago se me inunde de una cálida sensación de afecto.
También consigue sosegar el frenético mundo que hay a nuestro alrededor.
Cuando empieza a apartarse, me pongo de puntillas para besarlo de nuevo.
Entramos en el local y, cuando al tipo que nos atiende se le pasa el pasmo por tener delante a Kieran, nos sentamos a una mesa y pedimos un par de cócteles sin alcohol.
—¿Te parece bien que hagamos una ronda de calentamiento y luego juguemos un punto para ver quién saca? —sugiere Kieran, cogiendo una pala y dirigiéndose hacia el otro lado de la mesa.
—Perfecto —digo, lanzando la pala al aire y dejando que dé unas cuantas vueltas sobre sí misma antes de volver a cogerla con destreza. En realidad, ha sido mera casualidad, pero ha quedado de puta madre.
Kieran enarca las cejas, impresionado.
—No te pases conmigo, Hendrix.
—¿Es que tienes miedo, O’Sullivan?
—Nunca.
Empezamos a calentar y rápidamente me queda claro que, a pesar de que le dije la verdad y se me da bastante bien el ping-pong, el tenista profesional juega con ventaja.
Sufrimos algunas pequeñas distracciones cuando una pareja que está en el bar se acerca para hacerse una fotografía con Kieran, lo cual, a su vez, alerta a otros de su presencia.
Aun así, conseguimos olvidarnos de la gente que nos toma fotografías y vídeos a escondidas y nos lo pasamos realmente bien.
Al poco estoy gritando de emoción cuando consigo llegar a una de sus dejadas, irritantemente astutas.
Él está igual de implicado en el partido, y grita para sí «¡joder!
» cuando no llega a la pelota o alza el puño a modo de celebración cuando gana un punto.
En el siguiente partido, comenzamos a incorporar desafíos estúpidos como dar una vuelta entera sobre nosotros mismos después de golpear la pelota o jugar a la pata coja o con la mano izquierda.
Lo mejor es cuando, inspirada por la música que suena en el bar, anuncio que debemos incorporar nuestros pasos de baile favoritos entre golpe y golpe.
Aunque él necesita que lo anime un poco, cuando comienza a mover la cabeza como un pollo tras sacar, no puedo evitar partirme de risa.
Cuando hago un impresionante drive liftado que Kieran es incapaz de devolver, se siente tan orgulloso de mí que arroja su pala sobre la mesa, corre a mi lado y me levanta dando vueltas.
No recuerdo haberme reído tanto en toda mi vida.
Después de un buen rato jugando, decidimos tomarnos un descanso y nos sentamos junto a la mesa de ping-pong para charlar y terminarnos las copas.
—¿Puedo preguntarte algo que me ronda la cabeza desde hace tiempo? —le digo, dejando mi cóctel a un lado.
—Estamos en una cita, Flossie, puedes preguntarme lo que quieras.
—Tal vez sea demasiado personal, así que no tienes por qué contestar si no quieres.
Él alza las manos.
—No te preocupes. Dispara.
Respiro hondo sosteniéndole la mirada.
—¿Por qué era imprescindible que te alojaras en Lingfield Road? ¿Te lo inventaste solo porque me negaba a marcharme del piso o realmente hay una razón?
Él asiente con lentitud, como si ya hubiera aceptado que algún día le haría esta pregunta.
—Hay una razón. Pero es un secreto. Si te lo revelo, luego tú tienes que contarme otro tuyo.
Sonrío.
—De acuerdo.
—Está bien. —Baja la mirada al suelo—. La primera vez que vine a Wimbledon fue porque Aidan iba a jugar el torneo júnior.
Yo todavía era demasiado pequeño para participar.
Lo eliminaron en la primera ronda y, cuando volvíamos en coche al hotel, le dije que sentía mucho que hubiera perdido.
Él se encogió de hombros y me dijo que un día volvería y ganaría.
—Hace una pausa antes de proseguir—. Y,a continuación, mirando por la ventana, añadió que un día viviríamos en una gran casa de esa misma calle y que ambos seríamos campeones de Wimbledon.
Extiendo una mano para coger la suya y entrelazo mis dedos con los suyos.
—En ese momento estábamos recorriendo Lingfield Road —continúa diciendo Kieran, levantando la vista hasta que sus ojos se encuentran con los míos, y esboza una triste sonrisa—.
Como yo era un pequeño idiota arrogante, le dije que yo sería el primero en ganar Wimbledon.
Él sonrió y me contestó: «Kieran, la única posibilidad que tienes es que ese año yo no participe por culpa de una lesión».
Nuestro padre, que conducía el coche, estalló en carcajadas.
Aidan era así de rápido. Era realmente listo.
—Por lo que cuentas, debía de ser brillante.
Me aprieta la mano y luego se recompone, irguiendo los hombros y ofreciéndome una sonrisa con los ojos centelleantes.
—Y esa es la razón por la que, si puedo alojarme en Lingfield Road, lo hago. No estaba inventándome nada.
—Lo entiendo. Es una buena razón.
De repente, junta las cejas con expresión pensativa.
—Debería darle las gracias.
—¿A quién?
—A Aidan —dice, encogiéndose de hombros—. Gracias a él te he conocido.
Me quedo sin aliento y el corazón me da tantos vuelcos que ya no puedo ni contarlos.
Señala la mesa de ping-pong con un movimiento de cabeza.
—Basta de charla. ¿Jugamos otra ronda o prefieres rendirte?
—¿Ante ti? Nunca —afirmo, cogiendo mi pala con entusiasmo.
Él sonríe, y juro por Dios que, cada vez que veo esos hoyuelos, más me enamoro. Me alegro de que se haya olvidado de preguntarme un secreto. El mayor que tengo es lo que siento por él y, si lo dijera en voz alta, seguramente lo asustaría.
Porque a mí me aterra.