24 #2
—Por supuesto. Es el All England Lawn Tennis and Croquet Club.
—Felicidades por la victoria de Kieran, por cierto —digo educadamente cuando enfilamos otro pasillo. No sé por qué estoy intentando romper el hielo. La última vez que hablamos, la cosa no acabó demasiado bien entre nosotros y él ha dejado bien claro lo que opina de mi presencia.
—Gracias —dice de un modo que, al menos, suena sincero—. Tenemos mucho trabajo que hacer.
—Sí, claro, pero ahora mismo podéis celebrar la victoria, ¿no?
Se detiene delante de una puerta y, volviéndose hacia mí, me observa fríamente.
—Las semifinales son otra historia. La presión es mucho mayor, la competición es descarnada y el mundo entero está pendiente. AKieran se le considera el más débil de los cuatro. Tiene que concentrarse en el tenis —dice, y, tras mirarme de arriba abajo, añade—: Yevitar las distracciones.
Harta de sus pullas, le sostengo la mirada y digo:
—¿Puedo hacerte una pregunta, Neil?
Él me observa recelosamente.
—¿Sí?
—¿Me hablarías así si fuera una actriz famosa o una supermodelo?
—¿Perdón?
—Lo pregunto en serio. ¿Lo harías? Porque creo que no.
Dudo mucho que le hablaras así a Henrietta Keane.
Aunque no te parezca bien que ahora mismo Kieran mantenga una relación con alguien, estoy segura de que, si yo fuera importante, serías un poco más considerado.
Puede que incluso amable. —Hago una pausa mientras él me observa con expresión ceñuda—.
Entiendo que estás estresado y también aprecio el hecho de que estés intentando proteger a Kieran, pero soy una persona con sentimientos.
Quizá no una muy importante a tus ojos, pero, aun así, merezco un respeto.
Su mandíbula se tensa mientras espero una respuesta. Finalmente, señala la puerta con un movimiento de cabeza.
—Está aquí dentro —dice. Luego se da la vuelta y se aleja por el pasillo.
Mientras lo observo, respiro hondo. La adrenalina de la confrontación recorre mis venas.
No me gustan las situaciones incómodas, pero le he dicho lo que pensaba.
Me trata como a una niña que no respeta las reglas.
Aunque entiendo que lo haga con Kieran, no tiene ningún derecho a hacerlo conmigo.
No soy yo quien le paga para que me mangonee.
Tras apartar de mis pensamientos a Neil y su desagradable actitud, abro la puerta.
Lo hago con timidez, pues, según la placa atornillada en el exterior, se trata de uno de los vestuarios de hombres.
Veo que es una sala espaciosa con grandes taquillas de madera alineadas a lo largo de las paredes y bancos dispuestos alrededor de la estancia.
Kieran está sentado en uno de los que hay al fondo y, cuando me oye entrar, levanta la mirada.
Aexcepción de las zapatillas deportivas y los calcetines, que ya se ha quitado, todavía va vestido con la equipación de tenis.
Una sonrisa se forma en sus labios.
—¡Hola!
—Hola —digo en voz baja, echando un vistazo en derredor mientras me acerco a él—. ¿Estás seguro de que puedo estar aquí?
—No, pero no hay nadie, así que no pasa nada. Me he asegurado.
—Felicidades, Kieran —le digo con entusiasmo, deteniéndome delante de él al tiempo que se pone de pie—. Has llegado a las semifinales. Te lo mereces.
Él coloca sus manos en mis caderas y me observa detenidamente.
—¿Qué pasa?
Lo miro extrañada y apoyo las palmas de las manos en su pecho.
—¿Qué? ¡Nada! ¡Me alegro mucho por ti! ¡Has ganado!
—Gracias, y ahora dime qué pasa —insiste al tiempo que me mira con preocupación—. Estos últimos dos días no has sido tú misma. Me preocupa haber hecho algo mal. Cuéntame qué ocurre, por favor.
Exhalo un suspiro y bajo la vista al suelo sin poder reprimir una sonrisa aunque tenga la cabeza hecha un lío.
Esto hace que lo quiera aún más. Lo atento que es.
Su capacidad para reparar en lo que sucede a su alrededor.
La vulnerabilidad que demuestra ahora mismo, como si necesitara saber qué es lo que está afectándome porque le afecta también a él.
—Estoy preocupada —admito.
—¿Por qué? —pregunta, examinando atentamente mi expresión ahora que al fin he comenzado a contarle qué me pasa.
—Por... esto —digo, señalando el espacio que nos separa—. No sé qué es ni adónde va. Ha sucedido todo muy rápido y... me da miedo terminar haciéndome daño. ¿Qué pasará con nosotros cuando acabe Wimbledon? No quiero dejarme llevar por el momento y terminar con el corazón hecho pedazos.
Ya está. He encontrado un modo de explicarle cómo me siento sin implicar a Neil.
—Flossie, entiendo que eres muy organizada, pero ¿tanto como para planificar toda una relación que ha empezado hace apenas una semana?
—No te rías de mí —digo con un resoplido—. Esta es una situación inusual y estoy intentando protegernos a ambos. No puedo leerte la mente. No sé qué es lo que estás pensando.
Extiende una mano hacia mi barbilla y, tras colocar un dedo debajo, la levanta con suavidad de tal forma que mi mirada termina posándose en sus profundos ojos azules.
—No sé exactamente qué es lo que hay entre nosotros, pero sí sé que es algo especial —insiste en voz baja y ronca; toda ligereza ha desaparecido—. No puedo ver el futuro y tampoco quiero especular sobre lo que quieres, pero, si depende de mí, lo nuestro seguirá más allá del torneo.
Mi estómago da un vuelco y mi corazón comienza a latir con tanta fuerza que parece que vaya a explotarme en el pecho de un momento a otro si Kieran no deja de mirarme así.
—¿Te aclara eso un poco las ideas? —pregunta al tiempo que sus manos se deslizan hasta la parte baja de mi espalda y me atrae hacia sí. El bolso que colgaba de mi hombro cae al suelo con un ruido sordo que resuena por toda la sala.
—Sí —digo con un graznido—. Un poco.
—Mmm, no sé, parece que tengo que esforzarme algo más para convencerte —gruñe con la mirada reluciente, y una tímida sonrisa se extiende por sus labios.
En cuanto inclina la cabeza para reclamar mi boca con un beso, el deseo consume desesperadamente todo mi cuerpo.
Que le jodan a Neil. Me he pasado dos días evitando a Kieran y ha sido un suplicio.
Pasándole las manos por el pelo, arqueo el cuerpo y le mordisqueo el labio.
Un gruñido resuena en lo más profundo de su garganta y, al oírlo, estoy a punto de entrar en combustión ahí mismo.
A medida que la intensidad de nuestro beso aumenta, bajo las manos por su pecho hasta llegar al dobladillo de la camiseta y tiro de ella hacia arriba para quitársela por la cabeza.
Luego vuelvo a posar mis labios en los suyos, hambrienta de cada centímetro suyo.
Cogiéndome el rostro con ambas manos, él me besa apasionadamente, presionando su cuerpo contra el mío.
Nos movemos por la estancia hasta que noto en la espalda algo frío y sólido, y me doy cuenta de que me ha apoyado contra las taquillas.
Mientras recorre a besos mi cuello y me quita una de las tiras del vestido, su otra mano se abre camino por debajo de la falda hasta llegar a mi tanga. Sus dedos comienzan entonces a acariciarme, dejándome sin respiración, y sus labios regresan a mi boca para ahogar mis gemidos.
—No podemos hacer demasiado ruido —me recuerda con una pícara sonrisa y los ojos relucientes—. No queremos que nos pillen.
Su mano libre encuentra la mía y, agarrándome por la muñeca, la eleva por encima de mi cabeza y la sujeta contra la madera.
Estoy completamente a su merced. Él aumenta la presión en mi clítoris, estimulándome hasta que, al sentir su dura erección contra mi cuerpo, le pido más con susurros roncos mientras le clavo las uñas de la otra mano en la nuca.
«Te necesito», me oigo a mí misma decirle al oído, demasiado cerca del orgasmo para reprimir ya mis palabras.
—Dime que llevas un condón en el bolso —dice con un gruñido al tiempo que sus dedos reducen ligeramente la presión para que pueda contestarle con un mínimo de coherencia.
—Pues sí —admito con una tímida sonrisa—. Está en el bolsillo lateral.
Él se aparta un poco para mirarme impresionado.
—¿Has metido uno ahí esta mañana con la esperanza de que pasara esto?
—Claro que sí.
Kieran aprieta los labios con fuerza y exhala por la nariz.
—Haré como que te creo.
Me deja apoyada contra la taquilla con la respiración jadeante y se agacha para cogerlo. Mientras tanto, le doy las gracias mentalmente a Iris una y otra vez por haberme hecho guardar un condón ahí una noche que salimos juntas.
—Nunca se sabe qué puede pasar y, créeme, cuando estés en el momento, te alegrarás de tener protección a mano —me dijo, guiñándome un ojo.
«Gracias, Iris. Tenías razón —pienso al oír el ruido del envoltorio de aluminio rasgándose—. Gracias, gracias, gracias».
Tras colocarse de nuevo delante de mí, Kieran se baja los pantalones cortos, se pone el condón y, un segundo después, me coge por los muslos y me levanta.
Con el vestido subido alrededor de las caderas, rodeo su cintura con las piernas.
«Joder, cómo me pone». He decidido que mi lugar favorito es este, entre sus brazos, con nuestros cuerpos entrelazados y encajados perfectamente el uno con el otro.
Permanezco con la espalda apoyada en la taquilla y Kieran me sostiene con una mano mientras con la otra aparta a un lado el tanga para entrar dentro de mí.
Se desliza en mi interior con un movimiento rápido y profundo.
Suelto un gemido y él comienza a mover las caderas cada vez más rápido, haciendo que me disuelva en una espiral de placer.
Mientras ahoga sus gemidos en mi cuello, noto que me acerco al orgasmo en un tiempo récord.
Comienzo a jadear su nombre y hundo las uñas en sus hombros.
—Córrete conmigo —dice con voz ronca.
El tacto de su cuerpo, el modo en que sostiene mi peso, la emoción que supone encontrarse en este lugar, su voz ronca en mi oreja hablándome como si fuera suya.
.. Al final es todo demasiado. En cuanto me lo pide, ya no puedo resistir más y una oleada de incontrolable placer me atraviesa el cuerpo mientras él se desliza aún más profundamente en mí con un gruñido. Ambos terminamos a la vez.
Nuestras respiraciones se funden en un coro de jadeos cortos y Kieran vuelve a dejarme con cuidado en el suelo.
Me agarro a sus antebrazos para no perder el equilibrio, pues no me fío de mis temblorosas piernas.
Cerrando los ojos y apoyando de nuevo la espalda contra las taquillas, me paso la mano por el pelo mientras él vuelve a ponerse los pantalones cortos.
Respirando pesadamente, salva la distancia que nos separa para darme un suave beso mientras trato todavía de recobrar el aliento.
Como no tengo prisa por emerger de esta sensación embriagadora, es él quien, muy cuidadosamente, me coloca bien el vestido, bajándomelo y comprobando que los tirantes están en su lugar.
Tras haberse vuelto borroso por completo, el mundo vuelve a recuperar poco a poco la nitidez. Me aclaro la garganta.
—Yo..., esto..., debería irme. No quiero meterte en problemas y probablemente querrás ir a celebrar la victoria con tu equipo.
Él me dedica una sonrisa pícara y me coloca un mechón detrás de la oreja.
—Creo que acabamos de celebrarlo bastante bien.
—Mmm. —Me sonrojo y me muerdo el labio.
Él me observa con tal intensidad que se me acelera el pulso justo cuando estaba comenzando a tenerlo otra vez bajo control. No es justo que me mire así cuando va sin camiseta y puedo ver su torso tonificado y musculoso. Estoy comenzando a perder la cabeza otra vez.
—Debería marcharme —digo en voz alta, intentando convencerme a mí misma de dar el primer paso, algo que me resulta prácticamente imposible—. Ytú deberías hacer... lo que sea que suelan hacer los jugadores de tenis cuando llegan a las semifinales de Wimbledon.
—Está bien.
Sonríe divertido por mi repentina incomodidad e inclina la cabeza para darme un último beso antes de que consiga librarme al fin de su hechizo y pueda dirigirme a la puerta.
—¿Flossie? —exclama antes de que salga, y me doy la vuelta—. Nos vemos en casa.
Asiento y me convenzo a mí misma de que debo salir de aquí antes de que la tentación de volver corriendo a su lado se vuelva insoportable y no pueda resistirme más.
En cuanto cierro la puerta detrás de mí, echo un vistazo al pasillo vacío y, sintiéndome orgullosa de mí misma por haber conseguido marcharme a pesar del irresistible aspecto de Kieran, me dirijo tan rápidamente como puedo hacia la escalera.
Hasta que no llego más tarde al piso, no proceso lo que ha dicho Kieran cuando me iba.
Lo ha llamado «casa».