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Kieran sabe que pasa algo. Yo hago todo lo posible para actuar con normalidad, pero resulta difícil cuando no puedo quitarme de la cabeza la voz de Neil diciéndome que estoy siendo egoísta al albergar sentimientos por él cuando tiene la oportunidad de alcanzar su sueño de infancia.

Yyo quiero que lo consiga porque me importa y deseo que sea feliz.

Me importa de verdad. Lo reconozco. Estoy dispuesta a alzar las manos y decirlo.

Estoy enamorándome de Kieran O’Sullivan.

Cuando estamos separados, pienso en él todo el rato.

Y,cuando estamos juntos, me siento rematadamente feliz, segura e importante.

Todas esas cosas que se supone que una siente cuando se enamora de alguien.

Mis sentimientos por él van a más cada día y la idea de que el torneo llegue a su fin me resulta desgarradora; me entran ganas incluso de suplicarle al tiempo que, por favor, vaya más despacio.

Kieran me hace reír, es amable y considerado, listo y sexy, y está abriéndose conmigo. Confía en mí y yo en él.

De modo que mentirle no me sale de forma natural.

En su momento me dolió escuchar el consejo de Neil, aunque, cuanto más pienso en ello y considero lo que estaba intentando decirme, más profunda es la herida.

Quiere que sea yo quien ponga fin a la relación, pero eso es inconcebible.

Soy incapaz de hacerlo. Es algo demasiado bueno, demasiado emocionante, demasiado perfecto.

Entonces asoma el sentimiento de culpa. ¿Estoy siendo egoísta?

¿He pensado bien lo que sucederá más adelante?

¿Puede llegar a funcionar lo nuestro? ¿Nos hemos entregado a un romance apasionado cuyo trágico final resulta evidente para todos los demás?

Anoche los pensamientos se me arremolinaban en la cabeza y no podía contarle nada a Kieran.

Puede que Neil sea un capullo, pero tiene razón en lo de que Kieran es sensible.

Aestas alturas me ha quedado claro. Y,teniendo en cuenta lo harto que está ya de las apremiantes exigencias de su entrenador, si le contara lo de nuestra charla, no creo que le hiciera mucha gracia.

Sembrar la discordia entre un jugador y su entrenador justo antes de los cuartos de final sería un desastre, así que tengo que apañármelas sola.

Cuando Kieran regresó a casa después de haber ganado, me preguntó por qué me había ido sin despedirme, así que me excusé diciéndole que me había dado un dolor de cabeza terrible.

Entonces, se preocupó y empezó a mostrarse extremadamente dulce y atento, lo cual me hizo sentir aún peor.

¡Por el amor de Dios, acababa de alcanzar los cuartos de final de Wimbledon y estaba preparándome un baño y desviviéndose por mí!

Intenté convencerlo de que saliera a celebrarlo con su equipo, pero él rechazó mi sugerencia e insistió en que estaba agotado y prefería quedarse en casa conmigo.

Yo me acosté temprano solo para poder cerrar los ojos y no tener que seguir contemplando la desgarradora belleza de su rostro, y esta mañana he fingido que seguía durmiendo cuando se ha marchado a entrenar.

Antes de salir de casa, se ha agachado y me ha besado en la frente.

Al oír como se cerraba la puerta de entrada, he enterrado la cara en la almohada y he soltado un grito de frustración.

En ese momento he sido consciente de que no hay posibilidad alguna de que haga lo que Neil me ha pedido y rompa con Kieran antes incluso de que lo nuestro haya comenzado realmente.

En vez de eso, tendré que aceptar que soy una zorra egoísta a la que culparán del fracaso de su carrera.

Pero no puedo tomar una decisión tan dolorosa cuando nadie tiene ni idea de lo que depara el futuro.

Neil podría estar equivocado y nuestra relación podría durar.

Otal vez se equivoque acerca de los sentimientos de Kieran por mí.

Alo mejor está limitándose a interpretar muy bien su papel y yo solo soy un ligue más al que dará calabazas tan pronto como finalice Wimbledon.

Kieran podría terminar ganando todos los torneos de Grand Slam del mundo y yo sería quien acabase con el corazón roto y avergonzada por creer que lo nuestro era real.

En cualquier caso, no quiero que nuestra relación termine antes de que haya tenido siquiera la oportunidad de empezar.

De modo que ahora estoy aquí, en la pista dos, viendo jugar a Kieran su partido de los cuartos de final de Wimbledon, sabiendo que todos los miembros de su equipo, sentados justo a mi lado, piensan que estoy poniendo en peligro su futuro a causa de mis deseos egoístas.

Y,además, he estado distante con Kieran porque, por culpa de Neil, ahora no puedo dejar de pensar en la situación en la que nos encontramos.

—Silencio, por favor —pide el juez de silla a las dos mil personas que conforman el público cuando Kieran se prepara para sacar al principio del segundo set. Algunos de sus seguidores gritan palabras de ánimo en medio del silencio que se ha hecho en la pista.

Como esta mañana he leído el blog de Iris, sé que Kieran está jugando contra Felipe Díaz, un tenista español situado en el número siete de la clasificación mundial y uno de los grandes favoritos para ganar el torneo gracias a su deslumbrante actuación sobre hierba hasta el momento.

Su último partido lo resolvió en tres sets.

Kieran ha perdido el primer set por 3 a 6.

Cuando Díaz le ha roto el servicio, he oído que Neil le mascullaba a su asistente «se le ve inseguro».

También he podido notar la frustración de Kieran cuando ha perdido el set y se ha dirigido hacia la silla negando con la cabeza y con los brazos en jarras.

Estoy haciendo todo lo posible para no dejar entrever mis emociones.

Permanezco con el rostro imperturbable e inexpresivo gracias en gran medida a las gafas de sol que llevo puestas.

Estoy aquí solo por Kieran, de modo que, cuando me busca con la vista antes de elegir la pelota con la que va a sacar al inicio del segundo set, puede ver que estoy mirándolo directamente. Alzo un poco la barbilla.

«Tú puedes. Olvida todo lo demás, limítate a ganar el siguiente punto».

Kieran escoge una pelota, se guarda la otra en el bolsillo y se coloca en la línea de fondo.

El público contiene el aliento. Tras relajar los hombros, arroja la pelota al aire y la golpea con tanta potencia y precisión que el ruido que hace la raqueta al impactar en ella me hace soltar un grito ahogado.

— Ace —anuncia el juez de silla, y el público estalla en un eufórico aplauso.

Tras secarse el sudor de la frente, Kieran se permite a sí mismo un amago de sonrisa antes de dirigirse al otro extremo de la línea.

Sonrío para mí. No sé tanto de tenis como para entender qué quería decir Neil cuando en el primer set ha dicho que a Kieran se le veía inseguro, pero sí que lo conozco lo suficientemente bien para saber que acaba de tomar la decisión de ganar.

3-6, 6-3, 6-3, 6-3.

Sonrío con orgullo al ver la puntuación en una de las pantallas de las instalaciones de Wimbledon después del partido.

Tras un comienzo algo incierto, Kieran se ha recompuesto y ha aprovechado algunos errores no forzados de Díaz para hacerse con el segundo set.

Apartir de ahí, todo le ha salido a pedir de boca y Kieran ha dominado el encuentro, rompiendo el servicio del español al principio de cada uno de los siguientes dos sets.

Mientras salía de la pista en medio de los vítores de sus seguidores irlandeses, Kieran ha levantado la mirada hacia mí y ha asentido.

Neil ha fruncido el ceño al ver el gesto, pero a mí me ha invadido una cálida sensación de felicidad.

Esta vez quería verlo y felicitarlo por la victoria en vez de largarme, como a su entrenador le gustaría que hiciera.

¡Kieran ha llegado a las semifinales de Wimbledon! ¡Esto es MUY FUERTE !

No pienso irme a ningún lado.

Le envío a Kieran un rápido mensaje para decirle que lo esperaré y, tras guardar el móvil en el bolso, permanezco cerca de la zona de prensa mientras las instalaciones comienzan a vaciarse.

El partido que se jugaba en la pista dos a primera hora del día se ha alargado varias horas, lo cual ha supuesto que el de Kieran comenzara mucho más tarde de lo esperado.

Como ya estamos en la segunda semana, la mayoría de los tenistas han sido eliminados y ya no hay partidos en las otras pistas exteriores.

Siento una punzada de tristeza al darme cuenta de lo rápido que han pasado estas dos semanas y de la velocidad con la que está acercándose el final del torneo.

De repente, Neil aparece delante de mí.

—A Kieran le gustaría verte.

—¿Ahora? —parpadeo—. ¿Ya está listo para marcharse?

—No. Se niega a hacerlo hasta que no haya hablado contigo —dice en un tono tirante—. No sé qué quiere, pero me gustaría que todos pudiéramos irnos a casa a descansar, así que si no te importa...

Me tiende un pase para que me lo cuelgue al cuello y me indica que lo siga.

Se dirige a una puerta vigilada por un guarda de seguridad y me apresuro a ir detrás de él.

—Va conmigo —le dice Neil al vigilante, y yo le muestro el pase antes de seguir con rapidez los pasos del entrenador.

Pasamos a un pasillo enmoquetado y extrañamente silencioso.

Al fondo veo unas puertas de pino pálido y tengo la sensación de haber accedido a un club deportivo exclusivo.

Trato de alisarme las arrugas de la ropa con la palma de la mano, pues llevo un vestido veraniego blanco de tirantes y unas sandalias de gladiador marrones que, de repente, me parecen demasiado informales.

—¿Es esta la zona de jugadores? Qué tranquila —observo, y mi voz resuena por las paredes.

—La jornada está a punto de terminar —responde Neil, doblando una esquina y descendiendo un tramo de escalones—. La mayoría de la gente ya se ha marchado.

Bajo tras él tocando el reluciente pasamanos.

—Es todo muy elegante. Yestá increíblemente limpio.