Match Point 23
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Neil está esperándome cuando desciendo la escalera para salir de la pista.

Estoy eufórica y totalmente entusiasmada por la victoria de Kieran.

Si los titulares de hoy le han afectado ha sido de un modo positivo; se ha mostrado más determinado que nunca y ha luchado cada punto como si fuera de partido.

En algún momento incluso ha añadido un poco de espectáculo, devolviendo una dejada con un golpe entre las piernas y de espaldas a la red.

Con ese golpe ha ganado el punto y el público ha enloquecido.

La reacción le ha hecho sonreír, y no ha podido evitar enarcar las cejas como si le sorprendiera su propia brillantez.

No sé suficiente sobre tenis ni sobre su carrera como para decir si ahora está jugando con más pasión, tal y como piensa Iris, pero sin duda en este partido estaba más animado de lo que lo he visto nunca.

Yno de un modo rabioso, sino divertido.

Se notaba que estaba disfrutando, como en nuestra sesión de entrenamiento espontánea en las pistas del parque.

No imaginaba que Neil estaría esperándome. Sé que no soy bienvenida en los vestuarios después del partido, así que tenía intención de dirigirme al puesto de fresas más cercano y comprarle a Kieran una tarrina para celebrar su victoria.

—Flora —dice con una sonrisa forzada al tiempo que desliza sus gafas de sol hacia abajo por el puente de la nariz. Luego se mete las manos en los bolsillos—. ¿Tienes un momento para hablar?

—Eh... Sí, claro —digo, deteniéndome delante de él. Mi radiante sonrisa desaparece de inmediato—. ¿Qué pasa?

—Quizá sea mejor que hablemos en algún otro lugar —sugiere, echándoles un vistazo a los móviles que apuntan en nuestra dirección a medida que los espectadores van saliendo de la pista y comienzan a formar un corro alrededor de nosotros.

Neil es famoso por derecho propio, pues como jugador ganó Wimbledon y ahora es entrenador de Kieran, pero creo que la gente está comenzando a descubrir quién soy yo y estamos atrayendo a una multitud más grande de la que estoy acostumbrada.

Asiento y él me indica que lo acompañe mientras se dirige hacia la sede del club, un edificio reservado para los jugadores, sus equipos y el público con entradas vip.

Cuando el portero se hace a un lado para dejarnos pasar, advierto de inmediato que no voy debidamente vestida.

Cómo no, el día que me invitan a una zona vip, llevo puesta una camiseta de Snoopy.

Mientras Neil se quita las gafas de sol y me conduce al primer piso por la escalera, me vuelvo a subir la cremallera de la chaqueta.

Recorremos una serie de pasillos en silencio.

Mientras camina, Neil va tecleando en su móvil.

Yo voy detrás, admirando los cuadros de las leyendas de Wimbledon que cuelgan de las paredes, así como los elegantes jarrones con flores frescas que aquí y allá adornan los impolutos corredores y que le proporcionan al edificio una fragancia suave y dulce.

Neil me conduce a un exclusivo bar donde nos sentamos en el balcón con vistas a las instalaciones deportivas.

Con la espalda erguida y encaramada nerviosamente en el borde del asiento, observo las pistas exteriores y a la muchedumbre que pulula por los senderos de camino a distintos partidos o que simplemente disfruta de la atmósfera.

—¿Champán? —sugiere Neil, levantando la mirada del móvil hacia mí cuando el camarero se acerca para preguntarnos qué queremos—. Deberíamos celebrar la victoria de Kieran.

—Me parece genial —digo, tragando saliva de forma ruidosa.

—Dos copas de champán, por favor —le pide Neil al camarero, que se aleja con rapidez. Acontinuación, deja el móvil a un lado, se echa hacia atrás con las manos entrelazadas en el regazo y contempla las vistas—. Es un buen lugar este.

—Sí que lo es.

—Aunque, personalmente, me gustan mucho las vistas desde la colina de Henman. Ahora me parece que se la llama montículo de Murray, ¿no?

—Ambas, creo.

—Ajá.

El camarero regresa con dos copas de champán, las deja en la mesa delante de nosotros y nos pregunta si necesitamos algo más. Cuando se marcha, Neil alza una.

—Por Kieran.

Yo cojo la mía y, después de chocarla con la suya, le doy un sorbo.

Es un champán ligero, espumoso y riquísimo, pero siento su ardor en la garganta y las burbujas solo sirven para empeorar el revoltijo de nervios que siento en el estómago.

Desde fuera, esto podría parecer un gesto de amabilidad de Neil y que estamos disfrutando de un agradable encuentro; sin embargo, entre nosotros la atmósfera no es para nada así.

Es fría y tensa. No me siento como una invitada a la que le dan la bienvenida al equipo, sino más bien como una carga a la que se le permite degustar brevemente la buena vida antes de dejarla tirada por ahí.

—Kieran ha jugado bien hoy —observa Neil, dejando su copa en la mesa.

—Sí que lo ha hecho.

—Es agradable estar aquí y brindar por él.

—Desde luego. —Vacilo un momento, y después añado—: Pero ¿no estará esperándote en los vestuarios?

—Está con el resto del equipo y, como te he comentado, quería tener una pequeña charla contigo.

Distante y sereno, me sonríe con los labios fruncidos y yo le doy un largo trago a mi copa. Tengo la sensación de que voy a necesitar todo el ánimo posible.

—¿De qué quieres hablar? —le pregunto.

Él inhala profundamente por la nariz.

—Kieran ha llegado a los cuartos de final del torneo, algo que no conseguía desde hacía bastante tiempo.

Está demostrándose a sí mismo, y a todos los demás, que tiene lo que hay que tener.

Aunque yo eso siempre lo he sabido. Hace mucho tiempo que soy su entrenador y, cuando otros opinaban que debería haber prescindido de él, decidí seguir a su lado.

—Imagino que él lo aprecia.

—Eso espero. Vi algo especial en Kieran cuando era un jugador novato.

Todo el mundo hablaba de Aidan, pero para mí era él quien podía llegar lejos.

Por eso, a pesar de que es algo que puso en riesgo mi amistad con su padre, le ofrecí a Kieran ser su entrenador cuando la relación entre ellos dos se rompió.

—Kieran me comentó que antes eras amigo de Brian.

—Brian es... complicado. En última instancia, lo respeto.

Creía en sus hijos. Puede que sus métodos fueran duros, pero se esforzó mucho para que Kieran llegara a donde está.

Nuestra amistad nunca se ha recompuesto, pero sabe lo mismo que yo: Kieran posee el talento y la capacidad de ganar Wimbledon.

Yluego otros muchos torneos de Grand Slam.

El problema es que distintas cuestiones personales lo han distraído de esos objetivos.

Asiento con tristeza y bajo la mirada.

—Perder a Aidan fue una tragedia desgarradora que habría destrozado a cualquiera —dice Neil frunciendo el ceño y en un tono más humano de lo que le he oído nunca.

Hasta ahora la conversación ha sonado planeada y ensayada, pero esto parece haberlo dicho con sinceridad.

Hace una pausa y niega con la cabeza—. Y,claro está, luego estuvo lo de Rachel.

Aprieto los labios.

—Yo no era su entrenador por aquel entonces, pero, como amigo de la familia, fui testigo de todo —prosigue, frotándose la barbilla con la mano—.

Kieran ha pasado por muchas cosas. Después de perder a Aidan, se volcó completamente en el tenis.

Era imposible sacarlo de la pista. Le salieron ampollas en las manos de tanto jugar.

No sabía qué otra cosa hacer ni cómo lidiar con el dolor que sentía.

—El tenis lo salvó —murmuro.

Neil asiente y esboza una sonrisa.

—Exacto. Llegó a la final del Abierto de Australia y se convirtió en una superestrella de la noche a la mañana. Ya partir de entonces las cosas se torcieron.

—Chris Courtney.

—No solo él. Sí, se trata de un contrincante duro, pero con la fama vino la presión y Kieran ya quería ganar por Aidan.

—Exhala ruidosamente—. ¿Puedes imaginar cargar con ese peso en los hombros?

No era más que un crío y sentía que estaba jugando para honrar la memoria de su hermano recién fallecido.

Si a eso le añades la presión de tener a todo el público irlandés detrás, las expectativas de su padre, la aparición de su foto en todas las portadas del mundo.

.. Fue demasiado, y no estaba preparado.

Yentonces se publicó esa maldita entrevista sobre vencer a Aidan en Wimbledon. Eso lo destrozó.

—Encontré ese artículo en internet —admito, arrugando el entrecejo—. Eso fue antes de la final, ¿no?

—Concedió la entrevista antes de que Aidan muriera —asiente—, y se publicó justo después.

Cuando apareció, lo consumió la culpa. Imagina la impresión que causaba desde fuera: en ella le decía a todo el mundo que él era el jugador que debían tener en cuenta, no Aidan.

No era más que un pique fraternal, pero transmitía una imagen pésima.

Kieran juró entonces no volver a conceder una entrevista; temía que los periodistas tergiversaran sus palabras.

Su padre le decía que no había sido nada y que la gente se olvidaría de ello.

Pero entonces ganó al número uno del mundo en el Abierto de Australia y los periodistas recuperaron esa pieza porque no tenían nada más sobre él.

Sus citas se sacaron de contexto y aparecieron por todas partes.

Kieran tenía la sensación de que todo el mundo la había leído.

—Debió de ser horrible para él.

—Aun así, siguió luchando —dice Neil, agitando un índice en mi dirección—.

No se rindió. Estaba herido y en la pista era volátil —a veces incluso una jodida pesadilla, si te digo la verdad—, pero no quería darse por vencido.

Su padre consiguió que se concentrara en el juego. Yentonces conoció al amor de su vida.

—Rachel —digo, dándole vueltas a mi copa con los dedos.