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Cuando abro los ojos a la mañana siguiente, veo que Kieran está dejando una taza de café en mi mesita de noche. Va vestido con su ropa de deporte y huele fresco y limpio, de modo que ya debe de haberse duchado.

—¿Qué hora es? —pregunto, bostezando mientras me incorporo.

—Temprano —contesta él, sentándose en el borde de la cama y colocando una mano sobre mi rodilla por encima del edredón.

Extiendo una mano y la pongo sobre la suya.

—¿Cómo estás?

Anoche, después de salir hecho una furia de Warren House, se negó a hablar sobre lo sucedido.

No dijo nada en el breve trayecto de vuelta a casa y, cuando le pregunté si se encontraba bien, dijo que prefería no hablar sobre ello y que solo quería meterse en la cama.

Yo respeté sus deseos y me dispuse a dormir en el sofá para darle el espacio que necesitaba.

En cuanto comencé a colocar los cojines, sin embargo, apareció en el salón vestido únicamente con sus bóxers y, mirándome extrañado, me preguntó qué demonios estaba haciendo.

Para entonces, su tono era ya mucho más suave y tranquilo.

La ira que había estado bullendo en su interior en el coche parecía haber remitido un poco.

—Mañana juegas el partido de cuarta ronda, necesitas descansar bien —le dije con una sonrisa reconfortante—. No tengo ningún problema en dormir aquí. Este sofá es realmente cómodo.

Él se acercó a mí y, rodeándome la cintura con los brazos, apoyó la barbilla en mi hombro.

—¿Por qué no vienes conmigo esta noche? —me pidió con la voz ahogada por mi pelo.

—¿Estás seguro?

—Sí, quiero que estés conmigo.

De modo que abandoné el sofá y me metí con él en la cama. Después de apagar las luces, Kieran me atrajo hacia sí y me susurró tímidamente:

—Llevas la camiseta de Snoopy.

Lo cual era cierto. Sonreí para mí mientras su brazo envolvía mi cuerpo y su mano se posaba sobre la mía. Es divertido lo mucho que le gusta esa estúpida camiseta.

Pensaba que, después del drama de la velada, me costaría conciliar el sueño, pero, acurrucada entre los acogedores brazos de Kieran, no tardé en quedarme dormida.

«Mañana todo irá mejor», pensé. Ahora que ya ha amanecido, sin embargo, no estoy tan segura.

Y,a juzgar por la expresión en el rostro de Kieran, él tampoco.

—El piso está rodeado de paparazzi —contesta finalmente con el ánimo por los suelos—. Han invadido la calle. Hoy va a ser un infierno. Lo siento mucho.

—¿Saben lo que pasó? —pregunto, cogiendo mi taza.

Él asiente.

—El consenso general es que yo soy el malo y Chris es un héroe.

Me quedo inmóvil de golpe con la taza de café a medio camino de mis labios.

—¿Qué? ¿Cómo es posible?

—Su equipo se puso a trabajar de inmediato —me explica bajando la voz al tiempo que unas profundas arrugas se forman entre sus cejas—.

La historia que la mayoría de los medios ha publicado es que, según algunas «fuentes» —hace las comillas con los dedos de ambas manos y pone los ojos en blanco—, vi que Chris hablaba contigo, saqué una conclusión equivocada y le di un puñetazo antes de que él tuviera la oportunidad de explicar que estaba ofreciéndole generosamente a mi amiga aspirante a artista la posibilidad de presentarle a algunos de sus contactos en el mundo del arte.

Al parecer, él ya me ha perdonado por el malentendido.

Qué generoso por su parte —añade con frialdad.

—Pero nadie va a creer que le pegaste solo porque lo viste hablando conmigo. Eso es ridículo.

—No es tan difícil cuando me han visto perder los estribos en la pista muchas veces por una mala decisión del juez de silla.

—Eso es distinto. ¡Yél te dijo cosas horribles! ¡Te provocó!

—Sí, pero los periodistas no lo saben.

—Entonces quizá deberíamos explicárselo. Deberían saber la verdad.

Él niega con la cabeza.

—No hablo con la prensa. No sobre cosas como esta.

—Pero si supieran...

—Si les contara la verdad, tendría que explicarles qué me dijo exactamente —me interrumpe Kieran con firmeza—. No le di un puñetazo porque estuviera hablando contigo, aunque tengo que admitir que eso hizo que me dieran ganas de pegarle. —Vacila un momento y luego añade—: ¿Te tiró los tejos?

—Si te digo que sí, ¿le darás otro puñetazo?

—Iré a por él y lo mataré.

—En ese caso, no. En realidad, me dijo que le pareces un tío de lo más legal.

—Lo hizo, ¿verdad? Voy a matarlo.

—Preferiría que no lo hicieras.

Kieran exhala un suspiro.

—Si te prometo que no lo haré, ¿me contarás qué te dijo?

—Es posible que me diera a entender que su esposa estaba fuera y que debería ir a su casa a tomar una copa —digo con cautela, haciendo una mueca al recordarlo—. Supe que era un capullo desde el primer momento.

La expresión de Kieran se ensombrece. Está demasiado cabreado para decir nada. Su boca forma una línea delgada y recta. Cuando finalmente la abre, comenta en un tono bajo y amenazador:

—Debería haberle pegado más fuerte.

—Creo que el puñetazo que le diste ya fue suficiente —digo en broma, intentando aligerar un poco la tensión—.

No tiene ninguna importancia, Kieran. Chris es un impresentable, olvídate de él.

Tienes que concentrarte en el torneo. Estás haciéndolo genial.

Lamento haber causado todo esto. Prometo que te lo compensaré.

No sé cómo, pero ya se me ocurrirá algo.

Él se muestra extrañado.

—¿Por qué te disculpas? Es culpa mía que haya un montón de periodistas cercando tu piso y husmeando en tu vida. Soy yo quien lo lamenta.

—Si yo no hubiera hablado con Chris anoche, no le habrías dado un puñetazo.

—Ya te he dicho que no lo hice porque estuviera hablando contigo, sino por lo que dijo de Aidan.

Me quedo callada con el ceño fruncido.

—Aidan.

Él asiente en silencio.

—No recuerdo que dijera nada de él —admito, repasando mentalmente el incidente una y otra vez.

—Chris dijo que no ganaba porque no podía soportar la presión y que eso era algo que estaba en la sangre de los O’Sullivan —dice Kieran con expresión dolida.

—Un momento, ¿crees que eso iba por Aidan? —Me lo quedo mirando con incredulidad—. Yo supuse que se refería a ti y a tu padre o algo así, no pensé... La verdad, me cuesta creer que alguien sea capaz de rebajarse a ese nivel.

—Él sí —dice Kieran en tono áspero y con una mirada de tristeza—.

Es capaz y lo hizo. —Traga saliva y se observa las manos, que tiene en el regazo—.

Aidan sufría de depresión. No mucha gente lo sabe.

Ami padre no le gustaba hablar sobre ello, opinaba que era un asunto de familia.

Dijo que quería protegerlo, de modo que lo mantuvimos en secreto.

Aidan se medicaba desde la adolescencia y.

.. tenía problemas. —Kieran se calla y permanece un momento inmóvil y pensativo.

Cuando vuelve a hablar, su tono de voz es mucho más suave—.

Muchos saben que murió de sobredosis. Lo que no sabe tanta gente es que no estamos seguros de que fuera un accidente.

El corazón se me encoge de pena.

—Kieran —susurro al tiempo que las lágrimas comienzan a acudirme a los ojos—. Lo siento mucho.

—Siempre corrieron rumores en relación con su muerte —dice, alzando la cabeza e inhalando fuertemente por la nariz—.

Como sus problemas mentales no se conocían, mucha gente culpó de lo sucedido a la presión que suponía dedicarse a este deporte.

Creían que no había podido soportarla más.

—Cuando vuelve la cabeza hacia mí, sus ojos relucen—.

No es así. En realidad, el tenis era una gran ayuda.

Para él suponía una inyección de vida tener que concentrarse en el siguiente partido.

No le importaba la presión. Disfrutaba compitiendo.

Deberías haberlo visto jugar, Flossie. Había nacido para ello.

El único sitio en el que se sentía a salvo y con las cosas bajo control era la pista.

Me sorbo la nariz y sonrío con los ojos llorosos.

—Anoche le pegué un puñetazo a Chris porque sugirió que Aidan no había podido soportar la presión y que por eso hizo lo que hizo. —El rostro de Kieran se contrae y se lleva una mano a la frente—. No debería haber caído en la provocación.

Incapaz de seguir conteniendo la necesidad de abrazarlo, me acerco a él, lo rodeo con los brazos y apoyo la frente en su hombro.

Él no dice nada, pero coloca una mano sobre las mías y apoya la barbilla en mi antebrazo.

Permanecemos así un momento y yo me abstraigo de todo, concentrada como estoy en su respiración.

Al principio es entrecortada e irregular, aunque poco a poco se vuelve lenta y firme.

Cuando alzo la cabeza para mirarlo, no desenlazo las manos. Me niego a soltarlo todavía.

—Gracias por contármelo —le digo en voz baja.

Él se vuelve hacia mí e, inclinándose, roza mi nariz con la suya.

Me da un lento y profundo beso mientras sus dedos recorren mi brazo hasta llegar al hombro y luego descienden hasta mi cintura.

Amedida que nuestro beso se va volviendo aún más intenso, él me atrae hacia sí y yo llevo mis manos a su nuca.

Cuando dejamos de besarnos, Kieran mantiene los ojos cerrados y, apoyando su frente en la mía, exhala un suspiro de satisfacción. Una cálida sensación de gratitud me inunda el estómago y entrelazo mis dedos en su nuca. No importa lo cerca que esté de este hombre, quiero estarlo todavía más.

—¿Vendrás hoy al partido de cuarta ronda? —me pregunta—. Si estás libre, me gustaría que lo vieras con el equipo.

Me muerdo el labio.

—Me encantaría, Kieran, pero, después de lo de anoche, no creo que a Neil le haga mucha gracia que esté presente. En lo que respecta a congraciarme con él, las cosas no podrían ir peor.

—Soy yo quien juega, así que puedo invitar a quien quiera. Neil no tiene voz ni voto al respecto —afirma con firmeza, levantándose de la cama para preparar la bolsa—. Y,después de los titulares de hoy, voy a necesitar toda la ayuda posible. Me gustaría que estuvieras ahí.