20 #2
—Y no te cortes. Compra el vestido que quieras —dice, masajeándome los hombros—. Vas a ir guapísima seguro. Me muero de ganas de vértelo puesto.
—Todavía no sabes qué llevaré. —Me río.
—Da igual —dice, inclinándose para darme un beso en la mejilla—. Todo te queda genial. Nos vemos esta noche.
Me da un último apretón en los hombros y vuelve a meterse en el piso. Yo espero a que diga adiós y cierre la puerta antes de cerrar los ojos y soltar un gritito de pura dicha. Luego me pongo de pie de un salto y corro al interior del piso para llamar a Iris.
—El coche ya está aquí —anuncia Kieran desde el salón.
—Salgo en un minuto —le contesto alzando la voz mientras me pongo los pendientes y retrocedo un paso para mirarme al espejo y ver bien mi reflejo.
Me giro un poco nerviosa para comprobar qué tal me queda la parte trasera.
Es la prenda más cara que me he puesto nunca: un vestido de noche negro y entallado que me llega hasta los pies, con un pronunciado escote y una abertura en un muslo.
No estoy segura de que me hubiera atrevido a elegirlo si Iris no hubiera venido conmigo esta tarde.
Hemos ido al tipo de tienda en el que normalmente me sentiría intimidada, pero los dependientes han sido muy amables y ni siquiera han parpadeado cuando les he dicho lo que buscaba.
Se han puesto manos a la obra enseguida y han seleccionado una variedad de vestidos.
—Seguro que han visto la foto de la lluvia —me ha susurrado Iris con una sonrisa pícara.
La imagen en la que se nos ve a Kieran y a mí besándonos ha aparecido en la portada de prácticamente todos los periódicos de los kioscos.
Ala gente le ha vuelto loca, y muchos la consideran la escena protagonizada por un famoso más romántica del año.
No estoy segura de eso, pero puedo confirmar que fue mágico.
Cuando he salido del probador con este vestido, Iris se ha quedado boquiabierta y ha dejado el vaso de champán a un lado con lentitud para contemplarme embobada sin el menor reparo.
—Es este —ha dicho, y los dependientes han asentido, mostrándose de acuerdo.
—¿No es demasiado... provocativo?
Ella ha ladeado la cabeza y me ha mirado como diciéndome «no me fastidies».
—Es jodidamente sexy, si es eso lo que quieres decir. ¿No te sientes bien con él puesto? ¡Mírate, por Dios!
—Sí que me siento bien —he reconocido, sonrojándome—. Pero no sé cuándo podría volver a ponerme algo así.
—La vida es corta, tía, cómpratelo —ha afirmado Iris, volviendo a coger su copa de champán.
—Amén —ha murmurado la dependienta que tenía al lado.
Por tanto, no me ha quedado otra que permitir que Kieran me regalara este vestido, y luego yo me he comprado calzado nuevo a juego y unos pendientes.
Hemos escogido unos zapatos de tacón de aguja de Christian Louboutin y unos llamativos pendientes de oro.
Nunca antes había gastado tanto dinero en esto, pero se trata de una ocasión única. Tengo que ir con todo.
Por la tarde, he ido a la peluquería y, mientras una de las peluqueras me rizaba el pelo, las demás se han agolpado alrededor de la silla y me han acribillado a preguntas sobre Kieran y la velada a la que acudiríamos.
He intentado contestar lo mejor que he podido y, en un momento dado, una de las peluqueras ha suspirado melancólicamente y ha dicho:
—¡Estás viviendo un cuento de hadas!
De pie ahora delante del espejo, entiendo lo que quiere decir. Con este vestido, no me siento como una chica cualquiera, sino como una princesa que está preparándose para ir al baile.
Tras ponerme un poco de perfume en las muñecas y en el cuello, cojo mi bolso de mano y abro con cuidado la puerta del dormitorio.
Luego recorro lentamente el pasillo y llego al salón.
Kieran está esperándome junto a la chimenea, apoyado en la repisa y vestido con su esmoquin.
Está guapísimo con ese traje negro hecho a medida, una impecable camisa blanca y la pajarita de seda.
Con su característica barba incipiente que resalta su cincelada mandíbula y su pelo moreno perfectamente peinado sin que parezca que le ha dedicado demasiado tiempo, consigue tener una apariencia elegante a la par que informal.
Cuando entro en la estancia, levanta la vista y se queda atónito.
Tras mirarme de arriba abajo con la boca entreabierta, traga saliva y se acerca a mí.
Cuando llega a mi lado, exhala un largo suspiro.
—¿Qué tal? —pregunto, mirándolo por debajo de mis pestañas cubiertas de rímel.
—Estás... estás... —No consigue terminar la frase y frunce el ceño ante su incapacidad de encontrar las palabras adecuadas con suficiente rapidez. Yo trato sin éxito de reprimir una sonrisa—. Dios mío. Menudo vestido.
—Tú estás muy guapo —murmuro, sonrojándome cuando alargo las manos para colocarle bien la pajarita. Luego las pongo en su firme torso, notando cómo sube y baja con cada respiración— . Pareces un James Bond irlandés.
Las comisuras de sus labios se curvan ligeramente hacia arriba e, inclinándose, me da un beso en la mejilla.
El aroma almizcleño y masculino de su colonia hace que la cabeza comience a darme vueltas sin control.
Mantiene su rostro pegado al mío y su barba incipiente me hace cosquillas en la mejilla.
Através de la fina tela del vestido, siento asimismo la calidez de su mano deslizándose por mi cadera hasta la parte baja de mi espalda.
—Quizá podríamos saltarnos la fiesta de esta noche —sugiere en un tono bajo y profundo. Un escalofrío me recorre la columna cuando noto su aliento en mi oreja.
—No podemos —susurro, mordiéndome el labio cuando él me atrae más hacia sí—. Neil te mataría.
—Es un riesgo que estoy dispuesto a asumir —murmura. Comienza a darme besitos por la pendiente del cuello y el hombro hasta llegar a una tira del vestido y cogerla con los dientes.
—Kieran —le advierto, apartándolo con una sonrisita—. Vamos a llegar tarde.
Él exhala un suspiro y, a regañadientes, retrocede. La intensidad de su mirada hace que un cosquilleo se extienda por mi piel.
—Está bien, pero no nos quedaremos mucho rato —dice al tiempo que me doy la vuelta para dirigirme a la puerta de entrada—. Cinco minutos serán más que suficientes.
Me río negando con la cabeza mientras espero a que salga del piso para cerrar con llave.
—¿Cinco minutos? Después de todo el esfuerzo que he hecho, pienso estar bastante más en la fiesta, Kieran. ¿Sabes cuánto cuesta este vestido?
—De hecho, sí.
—Ay, claro. Muchas gracias, por cierto.
—El placer es todo mío.
Acercándose a mi espalda mientras cierro la puerta con llave, coloca las manos en mi cintura y acerca el rostro a mi pelo.
—No hace falta que vayamos a ningún sitio para que te haga sentir que este vestido vale todos y cada uno de los peniques que cuesta —dice con una voz grave e insinuante al tiempo que me aparta el pelo a un lado para poder darme besitos en el hombro—. ¿No nos podemos quedar, por favor?
Sonriendo para mí, me doy la vuelta y le lanzo una mirada reprobatoria.
—Está bien, iremos —accede, ofreciéndome un codo para ayudarme a llegar al coche con los tacones que llevo.
El chófer de Kieran, Matthew, está esperándonos junto a la puerta trasera del coche y la abre con una afectuosa sonrisa. Me subo con mucho cuidado y Kieran me sigue. Cuando Matthew cierra la puerta, Kieran me echa un vistazo y suelta un pequeño quejido.
—¿Qué pasa? —le pregunto con el ceño fruncido.
—Este vestido... —masculla acercándose a mí, y posa la mirada sobre mis piernas. En ese momento me doy cuenta de que, al sentarme, la abertura de la falda deja al descubierto casi todo el muslo.
—¿Listos? —pregunta Matthew sentándose frente al volante.
Kieran exhala con fuerza por la nariz sin apartar la vista de mí.
—Si no hay más remedio... —contesta.
Arrancamos y, al cabo de un par de minutos, Kieran desliza una mano por mi muslo desnudo.
Un ardiente hormigueo se extiende por mi piel.
Apenas puedo respirar cuando comienza a subir lentamente la mano y la cuela por debajo de la tela del vestido.
La cálida presión de su palma hace que todo mi cuerpo se estremezca.
Cuando por fin llega a mi entrepierna, veo como sus ojos se abren como platos a causa de la sorpresa.
Traga saliva y, en voz baja, me pregunta:
—¿No... no llevas ropa interior?
Le sonrío con picardía y niego con la cabeza.
—Joder —masculla en voz baja—. Esta noche va a ser una tortura. Estaremos cinco minutos como mucho y luego regresaremos.
—Me gustaría disfrutar de esta velada de gala, así que es muy posible que nos quedemos toda la noche —lo provoco—. Tendrás que ser paciente.
Él enarca una ceja.
—Ah, ¿sí? ¿Ytú no tendrás ningún problema en esperar?
—Pues no.
—Ya veremos.
Kieran se me queda mirando peligrosamente.
Acabo de plantearle un interesante desafío a un hombre muy competitivo.
Su mano no se ha apartado de mi entrepierna y, mordiéndose el labio inferior, desliza los dedos por la parte alta de mis muslos antes de que su pulgar comience a describir suaves círculos alrededor de mi clítoris.
Inhalo hondo y él se inclina para susurrarme algo al oído.
Su cálido aliento me hace cosquillas en la piel y me provoca un escalofrío.
—Pronto suplicarás que el coche dé media vuelta —murmura.
Lo creo.
La respiración se me acelera a medida que él incrementa la presión del pulgar.
Cuando me mete dos dedos, no puedo evitar arquear la espalda y empujar instintivamente las caderas contra su mano.
Una ola de calor se extiende por todo mi cuerpo y aprieto los dientes, tratando de permanecer en silencio mientras él me observa con una mirada concentrada e intensa.
Sus dedos se retiran y, acto seguido, vuelven a hundirse en mí, esta vez más profundamente, provocando que se me escape un grito ahogado y que clave las uñas en el asiento de cuero cuando aumenta la presión del pulgar. Dios mío, se le da demasiado bien esto.
—¡Kieran! —exclamo jadeante mientras mis músculos se tensan.
Me arde todo el cuerpo y tengo que apretar los dedos de los pies dentro de los zapatos de tacón. Abro más las piernas, casi sin recordar que no estamos solos. Él está haciendo que me olvide.
Una de las luces intermitentes se enciende al tiempo que el coche aminora la marcha, devolviéndome a la realidad.
Nerviosa, levanto la mirada hacia el chófer. Kieran retira despacio la mano y me agarra el muslo. Todavía alterada y resollante, junto las rodillas a regañadientes. No hay nada que quiera más que pedirle a Matthew que dé media vuelta. «Maldita sea».
—Ya hemos llegado —anuncia este animadamente. Espero que no se haya dado cuenta de nada de lo que ha pasado aquí atrás, aunque tengo que admitir que ha sido demasiado excitante como para que me importe de veras.
Sin apartar los ojos de mí, Kieran apoya la sien en el reposacabezas. Su nuez sube y baja.
—Matthew, ¿te importaría dar una pequeña vuelta antes de dejarnos en el hotel? Necesito un minuto para... calmar los nervios.
—Ningún problema —responde él, siguiendo adelante y torciendo a la izquierda.
Ver cómo Kieran intenta ocultar su erección con las manos no me ayuda a distraerme del palpitante ardor que siento entre las piernas.
Giro la cabeza hacia la ventanilla y reprimo una sonrisa.
Matthew da una larga vuelta y, unos cuantos minutos más tarde, cuando ya estamos acercándonos por segunda vez a la entrada del hotel, le lanza una mirada interrogativa a Kieran por el retrovisor. Al verlo, él se aclara la garganta.
—Ya estoy listo, gracias. —Se vuelve hacia mí y, enarcando una ceja, me pregunta—: ¿Cinco minutos y volvemos al piso?
—Que sean tres.
Me mira a los ojos y una peligrosa sonrisa se forma en sus labios.