20
A la mañana siguiente, Kieran intenta levantarse de la cama, pero yo vuelvo a arrastrarlo bajo las sábanas.
Él gruñe y, regañándome por ponerle las cosas más difíciles, me recuerda que no puede llegar tarde, puesto que, bueno, necesita entrenar antes de ese partido tan importante y decisivo para su carrera que tiene mañana.
—Deberíamos habernos despertado más temprano —protesta contra mi cuello. Lo envuelvo con los brazos para retenerlo y, deslizando los dedos por su pelo, le doy un tironcito sugerente.
Finalmente, exhalo un suspiro y, a regañadientes, lo libero y vuelvo a acurrucarme en las almohadas.
—Wimbledon es un rollo. No deja de interponerse en nuestra diversión.
—Ya —conviene él, e, inclinándose sobre mí y apoyando los codos a cada lado de mi cabeza, añade—: Pero también es la razón por la que nos hemos conocido.
—Es cierto. Es una auténtica relación de amor-odio la que tengo con este torneo.
Él sonríe. Tras besarme en la punta de la nariz y en la boca, sus labios descienden a mi clavícula y luego entre mis pechos antes de que un pequeño gemido de frustración ascienda por su garganta y se obligue a sí mismo a apartarse de mí y salir de la cama.
Yo permanezco tendida durante unos pocos minutos de dichosa modorra mientras oigo el ruido de la ducha y, dejando vagar la mente, me pregunto si serían así las mañanas de los fines de semana si estuviéramos juntos de verdad.
Nos imagino a ambos tumbados perezosamente en la cama, cogidos de la mano para ir a tomar un brunch al Village; yo me quejaría por que tuviera que ir a entrenar o quizá discutiríamos por las horas que pasa en la pista de tenis, y después echaríamos un polvo de reconciliación increíble.
Mierda. Ahora incluso fantaseo con discutir con él.
Y todo esto podría terminar dentro de una semana. La idea hace que me estremezca, de modo que salgo de la cama y voy a la cocina a preparar café con la esperanza de que mantenerme ocupada me distraiga de todos estos pensamientos, buenos y malos, que se arremolinan en mi mente.
Al consultar el móvil mientras remuevo el café con la cucharita, suelto un grito ahogado al ver un mensaje de Iris en el que pone:
Te besó bajo la lluvia. BAJO. LA. LLUVIA. ESTÁS DE COÑA OQUÉ?! Estás viviendo una jodida FANTASÍA. Esa foto es lo mejor que he visto nunca, parece un fotograma de una película. Llámame y cuéntamelo TODO!!
No tardo nada en encontrar la imagen a la que se refiere.
Alguien debía de estar merodeando fuera del pub y nos pilló.
Debería sentirme molesta por la invasión de privacidad que supone el hecho de que a un desconocido le pareciera apropiado sacarnos fotos en secreto cual pervertido mientras nos besábamos, pero.
.. es buenísima. Iris tiene razón, podría ser el fotograma de una película: Kieran rodeándome con sus fuertes brazos, ambos con los ojos cerrados en éxtasis, nuestros labios unidos en un beso, su cincelada mandíbula reluciendo bajo la lluvia, mi pelo completamente empapado. ..
Sonrío para mí. Es un momento digno de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes .
La foto se ha vuelto viral en las redes sociales y descubro gracias a varios clips que hasta ha aparecido en algunos programas matutinos, cuyos presentadores se han declarado emocionados por las imágenes. Me muerdo el labio al ver que los posts con la etiqueta #RomanceEnWimbledon son tendencia.
—Ya la has visto, ¿no? —dice Kieran con una mueca cuando entra en la cocina duchado y vestido. Se acerca a mí con una expresión de preocupación en el rostro—. Lo siento.
Dejando mi móvil en la encimera, me pongo de puntillas para darle un beso.
—Yo no. Salimos muy bien.
Él suspira con las manos en mis caderas.
—Tú desde luego. En cualquier caso, no debe de haberte hecho mucha gracia.
—Da igual —insisto con una relajada sonrisa—. No voy a permitir que eso arruine la increíble noche de ayer. ¿Ytú?
Kieran niega con la cabeza.
—Bien. No es importante. Ahora vuelvo.
Él se queda inmóvil, inmerso en sus pensamientos con la cabeza ligeramente inclinada, y yo voy un momento al cuarto de baño para lavarme los dientes.
Cuando regreso, me lo encuentro cortando algo de fruta.
Vestida todavía con la camiseta y los pantalones cortos del pijama, me apoyo en la encimera y me tomo el café observándolo.
No puedo evitar sentir mariposas revoloteando en el estómago al verlo prepararse el batido, encantada por el hecho de que ya sepa dónde está todo en mi cocina.
—Todavía faltan cinco minutos para que llegue el coche —dice apresuradamente—. ¿Te apetece salir un momento al jardín?
Salimos fuera y, tras dejar nuestras bebidas en la pequeña mesa exterior, ambos limpiamos los asientos de las sillas y nos sentamos uno al lado del otro con el canto matutino de los pájaros a modo de hilo musical.
Él reclina la espalda y cierra los ojos, y, al verlo relajado con el sol reflejándose en su cara, me doy cuenta de que este escenario idílico no me ayuda nada a la hora de poner fin a mis descontroladas ensoñaciones sobre nuestro futuro.
—Podría acostumbrarme a esto —dice con un suspiro, colocando las manos detrás de la cabeza. No puedo evitar reparar en cómo los bíceps estiran las mangas de su camiseta.
Alzo la mirada al cielo. «¿En serio, Dios? ¡¿Estás dejando que diga cosas así cuando yo trato de actuar con SENSATEZ ?!».
—Yo también —murmuro mientras contemplo el diminuto jardín.
Últimamente he estado dedicándole algo de tiempo y arreglándolo para que saliera bonito en las fotografías que envié a la agencia a través de la que alquilo el piso.
Es pequeño, pero lo cierto es que me costó varias horas de búsqueda en Google y otras tantas de duro trabajo manual conseguir que tuviera un aspecto presentable.
En cualquier caso, ha merecido la pena. Los girasoles y los guisantes de olor que planté a lo largo de los bordillos ya están floreciendo.
Me siento muy orgullosa de ellos, aunque, ahora que he visto los arreglos florales de las instalaciones de Wimbledon, no me parecen tan impresionantes en comparación.
—Se está muy tranquilo aquí —comenta—. Se te olvida que estás en una ciudad.
—Sí. —Le doy un sorbo a mi bebida—. ¿No sueles tener mucho tiempo libre?
—Tenemos algunas semanas de descanso —dice, abriendo los ojos y mirando al frente—, pero siempre estoy realizando algún tipo de entrenamiento. Ysiempre lo tengo todo en la cabeza: los torneos, la estrategia, los partidos perdidos...
—Los ganados —añado intencionadamente.
Él suspira.
—Es una profesión increíble y me siento afortunado de tenerla, aunque no deja mucho tiempo para nada más.
—Pero te encanta, ¿no?
Un músculo se tensa en su mandíbula.
—Me encanta el tenis. El circuito de torneos... es agotador.
Permanecemos un momento sentados en silencio. Luego se aclara la garganta y yergue la espalda. Se remueve en el asiento y apoya los codos en las rodillas inclinándose hacia mí.
—Tengo que hacerte una pregunta.
—De acuerdo.
—¿Estás ocupada esta noche?
—¿Quieres otra partida de dardos? Me parece bien, pero dímelo ya, que así me paso el día practicando para poder ganarte.
Él suelta una risita.
—La verdad es que lo preferiría, pero no, no quiero ir a jugar a los dardos.
En realidad, esperaba que vinieras conmigo a la recepción para los tenistas del torneo.
Se celebra en un hotel pijo en Kingston, y la anfitriona es la presidenta del All England Lawn Tennis and Croquet Club.
Había pensado... Bueno, me preguntaba si querrías venir. Conmigo.
—¿En serio? —contesto con el corazón acelerado.
—Sí. Aver, no puedo garantizar que vaya a ser muy divertido.
Básicamente consiste en socializar y mantener charlas triviales con los invitados.
Desde luego, no es tan entretenido como jugar a los dardos en el pub , pero había pensado que.
.., bueno, que, si fueras conmigo, la cosa sería mucho mejor.
Yhabrá champán gratis. —Vacila un momento y baja la mirada al suelo, nervioso—. Aunque, si no quieres ir, no...
—Me encantaría.
Se le ilumina el rostro.
—¿Sí?
—Sí.
—¡Genial! ¡Qué bien! —La sonrisa de alivio que se forma en sus labios hace que sienta un escalofrío de felicidad recorriéndome la columna. Acto seguido, sin embargo, parece darse cuenta de algo y frunce el ceño—. Es una velada de gala. ¿Tienes algún vestido de noche? Lamento la poca antelación...
—No pasa nada. Me compraré algo nuevo —digo como si nada, tratando desesperadamente de contener la delirante emoción que su propuesta ha desencadenado en mi interior y que me hace sentir una opresión en el pecho y un hormigueo en la piel.
Quiero gritar y saltar y ponerme a bailar.
En vez de eso, echo un vistazo a mis girasoles—.
Es una buena excusa para ir de compras. Le enviaré un mensaje a Iris a ver si puede ayudarme.
Suena su móvil y baja la mirada a la pantalla.
—El coche está fuera. Será mejor que vaya tirando.
Tras levantarse, me rodea y se coloca detrás de mí. Acontinuación, se inclina y, envolviéndome con los brazos, apoya la barbilla en mi hombro.
—Si vas a comprarte algo nuevo para la ocasión, me gustaría pagarlo yo —se ofrece—. Es lo menos que puedo hacer por la poca antelación con la que te he avisado.
—No, Kieran. No es necesario.
—Me gustaría hacerlo —me dice en voz baja al oído.
—Gracias, pero no puedo permitir que lo hagas. ¡Estaré más que contenta de comprármelo yo misma!
—Deja que te mime un poco. Por favor —murmura, besándome la oreja. Sus labios alejan de mi cerebro toda sensatez y, con ella, mis obstinadas protestas.
Exhalando un largo suspiro, paso una mano por el antebrazo que descansa sobre mi clavícula.
—Si insistes...
—Genial. Insisto —afirma, enderezándose—. Alguien de mi equipo se pondrá en contacto contigo.
Enarco las cejas.
—Una frase digna de un auténtico vip. «Mi gente llamará a tu gente».