17 #2
—Estoy a punto de descubrirlo. Deberías ser tú quien me dijera a mí lo ricas que están —observo, usando el borde de la cuchara para cortar una por la mitad, puesto que son enormes—. Debes de estar ya harto de ellas.
Él se encoge de hombros.
—Nunca las he tomado aquí.
Me detengo de golpe.
—¿Qué?
—Nunca he tomado fresas con nata en Wimbledon. —Al ver mi expresión, vuelve a reírse. Sus hoyuelos me provocan una cálida sensación en el vientre—. ¿Por qué me miras así? ¡No he tenido la oportunidad!
—¡Pero si has jugado en este torneo un millón de veces!
—Estás exagerando un poco. Además, ¿a cuántos tenistas has visto sentados en la pista comiendo despreocupadamente fresas con nata?
—Ahora no estás sentado en la pista, ¿verdad?
—No.
Le tiendo la tarrina.
—Vamos, tienes que probar una. Como alguien haya oído lo que acabas de decir, podrían echarte directamente del torneo. Ha llegado el momento de que pierdas la virginidad. Ten... —Uso la cuchara para empujar el trozo que he cortado hacia el borde—. Toma esta mitad.
Tras exhalar un suspiro, la coge con los dedos.
—Supongo que sería un crimen no hacerlo.
— Sláinte —digo, sosteniendo en alto mi mitad de la fresa con la cuchara.
—¡Salud!
Nos las comemos al mismo tiempo. Nos volvemos hacia el otro después del primer mordisco y asentimos al unísono de forma aprobatoria.
—No está mal —comenta él.
—Cocina de primer nivel —digo, partiendo ya la siguiente fresa.
Le tiendo de nuevo la tarrina. Con una sonrisa de agradecimiento, él coge su mitad y se la mete en la boca mientras se vuelve hacia la pantalla para echarle un vistazo al partido que están emitiendo.
Durante los siguientes minutos, ambos permanecemos sentados viéndolo y terminándonos las fresas.
Cuando ya no quedan más, dejo la tarrina a un lado en la hierba.
Él extiende las piernas y se apoya en las manos.
—Es esto, ¿no? —suspira melancólicamente—. Esto es a lo que la gente se refiere.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando hablan de Wimbledon, se refieren a esto, ¿verdad? —aclara con la mirada puesta en la pantalla—. Estar sentado bajo el sol, comiendo fresas y viendo un partido de tenis. —Se vuelve hacia mí—. Es perfecto.
Yo también me apoyo en las manos y estiro las piernas junto a las suyas. El mono tiene una abertura justo debajo del lazo que hay a la altura del escote y reparo en el vistazo que le echa entonces Kieran a la piel que se ha quedado expuesta al cambiar de postura, lo cual hace que me sonroje.
—Sí —contesto—. Lo es.
Él me sonríe y luego sigue mirando la pantalla.
Unos segundos después, noto que sus dedos me rozan la mano justo antes de entrelazarse con los míos.
Se me corta momentáneamente la respiración y el corazón me da un vuelco mientras un cosquilleo se extiende por todo mi cuerpo.
Mantengo la vista hacia delante, igual que él.
Ninguno de los dos dice nada. No hace falta.
—¡Ahí estás! —exclama Neil, cruzándose en nuestro camino cuando estamos bajando la escalera que hay en un lateral del montículo de Murray—. Te he estado buscando por todas partes, Kieran. ¿Es que ahora no contestas al teléfono?
—¿Has tomado alguna vez fresas con nata aquí, Neil? —le pregunta Kieran despreocupadamente, haciendo caso omiso al cortante tono de voz de su entrenador—. Son deliciosas.
Neil se lo queda mirando con incredulidad.
—¿De qué narices estás hablando? He estado intentando ponerme en contacto contigo. Tenías que dar una rueda de prensa, ¿recuerdas?
—Se me ha olvidado —contesta Kieran, encogiéndose de hombros, y sigue descendiendo la escalera sin hacer caso a las miradas que recibe de la gente que pasa a su lado y lo reconoce.
Ralentizo el paso para seguirlos a cierta distancia. No me había hablado de ninguna rueda de prensa mientras estábamos sentados en la hierba sin hacer nada. Se me forma un nudo en el estómago al advertir la mirada asesina que me lanza Neil.
Algo me dice que, para él, yo soy la culpable de este contratiempo.
—No puedes hacer eso, Kieran. Da mala imagen —dice entre dientes, colocándose a su lado.
—No me importa. He venido aquí a jugar al tenis, no a ganarme a la prensa.
Neil exhala un suspiro y coge el móvil.
—Sí, creo que ya han pillado el mensaje, aunque a Nicole le preocupa que tu imagen vaya de mal en peor si continúas con esta actitud.
Hemos dicho que te has visto obligado a saltarte la rueda de prensa porque te has hecho una pequeña lesión y has tenido que acudir corriendo al fisio, pero en la velada de esta noche tendremos que hacer algo de control de daños.
Tal vez podrías darles algunas citas a los periodistas o algo así.
Kieran se detiene en medio del sendero y se vuelve hacia él.
—No voy a ir a la velada.
Neil frena en seco y se lo queda mirando sin dejar de parpadear.
—¿Qué quieres decir? Esta noche estás invitado a tomar algo en el club. Tienes que ir.
—No puedo. Estoy ocupado.
—¿Haciendo qué?
Kieran se vuelve hacia mí. Estoy un poco detrás, fingiendo que miro a la gente que deambula de aquí para allá y no estoy escuchando cada palabra de la conversación.
—Flossie, ¿te apetece salir a tomar algo esta noche? —me pregunta—. Podemos ir a algún pub del Village. Al Dog and Fox tal vez.
La boca se me descuelga de la sorpresa.
—Yo... Bueno, vale, pero solo si no tienes ningún otro compromiso.
—No, estoy libre —contesta él, y, volviéndose hacia Neil, añade—: Esta noche estaré ocupado tomándome algo con Flossie en el Dog and Fox.
—Kieran —comienza a decir Neil en un tono bajo y apremiante—. No creo que eso sea una buena idea.
—Yo, en cambio, creo que es magnífica —replica Kieran—.
Lo de esta noche no es importante, Neil, y después de un largo día no quiero tener que ponerme una corbata y mantener conversaciones sin importancia con un puñado de gente a la que no conozco.
Te prometo que mañana iré a la gran recepción de la presidenta del All England Club, ¿de acuerdo? Ya tengo el esmoquin preparado y todo.
Neil tarda un momento en responder. Pone los brazos en jarras y, bajando la vista al suelo, niega con la cabeza. Le echo una ojeada a Kieran con nerviosismo, pero su boca permanece recta y seria. Finalmente, Neil vuelve a levantar la mirada.
—Está bien —dice furioso con la mandíbula tensa—. Siempre y cuando estés allí mañana.
—Te lo prometo, entrenador —contesta Kieran, dándole unas palmaditas en el brazo.
Agitado, Neil me clava los ojos con las fosas nasales dilatadas.
—No es más que una velada, no es tan importante —le recuerda Kieran, esbozando una pequeña sonrisa—. La de hoy ha sido una buena victoria. Deberías hacerme caso y tomarte unas fresas. Nos las merecemos.
Me coge de la mano y, entrelazando sus dedos con los míos, tira de mí y nos alejamos de Neil, que nos observa con una expresión ceñuda.
Con las mejillas acaloradas por el rubor, mantengo la cabeza gacha mientras recorremos el sendero que conduce a la salida, cada vez más consciente de la cantidad de gente que repara en nosotros y se nos queda mirando abiertamente.
Al tomarme de la mano delante de Neil, es como si Kieran estuviera explicitándole algo a su entrenador (y confirmando con ello sus peores temores); al seguir cogido a mí mientras nos abrimos paso entre el gentío de Wimbledon, parece estar haciéndolo público a todo el mundo.
Y, cuando alza mi mano y se la lleva a los labios para darme un leve beso en los dedos después de que hayamos salido de las instalaciones y ya nadie pueda vernos, confío en que esté diciéndome algo a mí.