Match Point 17
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Kieran está mirándome. Hay cientos de personas en las gradas de la pista dieciocho viéndolo jugar y, de entre todas esas caras que lo observan atentamente, ha elegido mirarme a mí después de ganar un punto increíble.

Llevo desde el principio del partido con el alma en vilo, agarrándome con fuerza al borde del asiento y clavando las uñas en el plástico.

Hoy no hace tanto calor, pero estoy sudando a causa de los nervios y, cada vez que me siento, los pantalones cortos del mono azul se me suben y la parte trasera de los muslos se me pega al asiento.

Kieran ha luchado por el punto y lo ha ganado con un revés demoledor demasiado rápido para su contrincante alemán, Jürgen Keller, que ha enviado la pelota junto a la línea de fondo.

El público prorrumpe en aplausos y muchos se ponen en pie para mostrar su apreciación por una jugada magnífica.

Kieran se ha vuelto entonces hacia el palco de su equipo.

Examina los rostros que lo ocupan hasta que sus ojos se posan en mí. El corazón me da un vuelco.

Sin dejar de mirarnos, asiento y esbozo una leve sonrisa de determinación.

«Así se hace. Sigue así, por favor. Tú puedes».

Él aparta la vista. Coge la toalla que le ofrece una recogepelotas y, tras secarse la frente, se la arroja de vuelta.

Luego le pide tres pelotas a otro, selecciona dos y devuelve la tercera.

Se coloca detrás de la línea para servir.

En las gradas se hace un silencio escalofriante, tal y como él me explicó que sucedía.

Prácticamente contengo la respiración. Estoy demasiado asustada para exhalar y, con ello, emitir el menor ruido que pueda distraerlo.

Relajado y compuesto, Kieran lanza la pelota al aire y, cuando llega a lo alto, la golpea con un movimiento ágil y fluido de la raqueta. Es un servicio engañosamente potente y certero. Keller no tiene la menor posibilidad. La pelota deja atrás la raqueta extendida del alemán.

Ace .

Exhalo por fin el aliento mientras Kieran se dirige al otro lado de la pista seguido de otra ardiente ronda de aplausos. Los espectadores irlandeses que hay en las gradas lo vitorean y ondean sus banderas.

—Cuarenta, quince. Punto de set —masculla el juez de silla al micrófono.

Kieran señala al recogepelotas que le ha proporcionado las del último servicio y, diligentemente, este le lanza dos haciéndolas botar.

Kieran las examina y, tras aprobarlas, se coloca detrás de la línea para volver a sacar.

Keller se pasa el dorso de la mano por la frente y, con las rodillas flexionadas a la espera del golpe, lo observa con atención.

Mientras decide dónde colocará el saque, Kieran respira hondo y su pecho asciende, luego hace botar la pelota dos veces en la hierba y, tras lanzarla al aire, la envía con un potente golpe al otro lado de la pista.

Keller apenas consigue restar con dificultad y casi pierde el equilibrio.

Cuando la pelota aterriza suavemente en el cuadro de saque, Kieran ya está ahí, listo para ejecutar su derechazo mortal. La bola sale disparada como un rayo al otro lado de la pista, girando sobre sí misma a tal velocidad que apenas rebota.

—Set para O’Sullivan.

El clamor del público es ensordecedor. Todo el mundo se pone de pie y aplaude y vitorea mientras Kieran le devuelve la pelota que le sobra al recogepelotas y se encamina tranquilamente a su silla.

Dos sets a uno. Puede ganar el partido, sé que puede.

Pero no voy a celebrarlo todavía. Estoy aprendiendo que, en Wimbledon, todo puede cambiar con unos pocos puntos.

Mientras habla con el segundo entrenador, Neil me echa un vistazo desde el otro extremo de la hilera.

Finjo que no me doy cuenta y, ajustándome las gafas de sol, mantengo la vista fija en Kieran.

Apesar de que estoy aquí con su equipo, en realidad no formo parte de él.

Es obvio que soy una persona ajena al grupo, y Neil se ha asegurado de dejarme claro que, por el momento, no tiene la menor intención de incluirme en él.

Lo cual me parece bien. Sé que no soy importante. Estoy aquí por Kieran.

Creo que estoy empezando a darme cuenta de que ha pasado mucho tiempo dentro y fuera de la pista con la sensación de que nadie está realmente de su lado, ni siquiera aquellos a quienes paga para que lo ayuden.

Amí, sin embargo, él me importa gane o pierda.

Me da igual lo que suceda, lo que quiero es que sienta que hay alguien de su parte. Alguien que ha elegido estarlo.

—Tiempo.

Al oír el anuncio del juez de silla, Kieran coge su raqueta y se pone de pie. Sus destellantes ojos se clavan en mí.

«Vamos allá».

Lo cierto es que no había acudido nunca al torneo de Wimbledon.

El año pasado no vinimos y nunca se me había ocurrido inscribirme en el sorteo para adquirir entradas.

Ahora que estoy aquí, sin embargo, me doy cuenta de lo que me estaba perdiendo.

Hace un tiempo fantástico, el ambiente es increíble y, seguramente, se trata de una de las instalaciones deportivas más bonitas que he visto nunca.

Todo en el All England Lawn Tennis and Croquet Club está limpio, reluciente y acicalado.

Alrededor de las pistas hay centenares de cestos de flores, jardineras y parterres repletos de petunias blancas y púrpura oscuro que complementan a la perfección el follaje y la hierba de las pistas.

Si le pidieras a cualquiera que se imaginara cómo sería llevar el estilo de un jardín típico de la campiña inglesa a unas instalaciones deportivas, sin lugar a dudas, el resultado sería este.

Y el comportamiento del público es ejemplar. Puede que el champán y la Pimm’s corran a raudales, pero no hay griterío ni alboroto. Es como si todos los espectadores supieran que deben tratar con respeto este lugar tan bien conservado.

Estoy disfrutando de la experiencia de Wimbledon. Me ha parecido que, ya que estoy aquí, esta era una buena oportunidad para sumergirme en ella como es debido, de modo que he decidido deambular un poco y verlo todo.

Después de que Kieran gane el partido, Neil me dice explícitamente que no hay ningún problema en que disfrute de las instalaciones, pero que solo el equipo puede unirse a él en la zona de jugadores.

No es que esperara otra cosa. No tenía intención de merodear por los vestuarios masculinos mientras Kieran se duchaba y cambiaba, aunque eso habría sido extremadamente agradable.

Me he limitado, pues, a enviarle un mensaje de felicitación (esta mañana hemos intercambiado por fin nuestros números de teléfono; a ambos nos ha parecido divertido que todavía no lo hubiéramos hecho) y luego otro mensaje diciéndole que me quedaría un rato por aquí, que me hiciera saber si quería acompañarme y que, en caso contrario, ya nos veríamos en el piso.

Me uno a la cola de un puesto de fresas con nata. No puedo venir a Wimbledon y no comerlas. Sería un insulto para el torneo y, francamente, para el país mismo. Después de adquirir una tarrina, me saco un selfi sosteniéndola en alto con una orgullosa sonrisa y se la envío a Kieran.

«¡Celebrando tu victoria en el montículo de Murray con una tarrina de fresas con nata!», escribo debajo de la foto.

Tras encontrar un hueco en la colina que hay delante de la pantalla gigante situada a un lado de la pista central, me siento con las piernas cruzadas y comienzo a comerme con una cuchara la nata que cubre las fresas.

Estoy intentando coger la primera con la cuchara cuando alguien se acerca y me tapa el sol.

—Me alegra verte por aquí —dice Kieran, sentándose a mi lado con sus Wayfarer y su gorra puestas. Ya no va con la ropa de tenis, sino con unos pantalones cortos de color azul marino y una camisa blanca.

—¡Hombre! —exclamo, volviéndome hacia él al tiempo que apoya los brazos en las rodillas. Vacilo un momento y luego una sonrisa se extiende por mi rostro. Inclinándome hacia él, bajo el tono de voz y le pregunto—: ¿No eres tú ese famoso jugador de tenis que acaba de pasar a la cuarta ronda?

—Debes de estar confundiéndome con otra persona —me susurra.

—Enhorabuena, Kieran.

—Gracias.

—Has jugado de maravilla —digo con entusiasmo.

Me muero de ganas de rodearlo con los brazos, pero tengo la impresión de que él prefiere evitar cualquier cosa que pueda atraer algo de atención a este concurrido montículo—.

Ha sido un espectáculo increíble. ¡Lo has hecho! Ya estás en la siguiente ronda.

—Cuesta de creer —dice incapaz de contener una amplia sonrisa.

—A mí no. ¿Cómo te sientes?

Él se muerde el labio inferior y asiente con la cabeza.

—Bien. Me siento bien.

Espero que añada algo más y, como no lo hace, le digo con una risita:

—Guau, Kieran. Qué bellas palabras. El mismísimo poeta musical estaría orgulloso de expresarse con semejante elocuencia. Has pasado ni más ni menos que a la próxima ronda de Wimbledon y solo eres capaz de decir que te sientes «bien».

Él se ríe por lo bajo y se sonroja.

—Está bien, de acuerdo. Me siento... —Se queda callado un momento, exhala y se vuelve hacia mí—. Me siento como si esto fuera un sueño y tengo miedo de despertarme.

Sonrío y le doy un pequeño codazo en el brazo.

—No es ningún sueño. Es todo real.

—Sí. Estoy empezando a asimilar la magnitud de todo.

—Kieran —digo, mirándolo con severidad—, solo estás aquí para jugar al tenis. No hace falta que te comportes como una diva.

Él estalla en carcajadas y enarca una ceja.

—¿Acabas de llamarme «diva»?

—Si vas a ponerte todo melodramático y a hablar de la magnitud de tu paso a la siguiente ronda de Wimbledon, estás con la persona equivocada.

—Ah, ¿sí?

—Yo he venido aquí a disfrutar del ambiente y comer fresas.

Él señala con un movimiento de cabeza la tarrina que tengo en las manos.

—¿Están tan buenas como dice todo el mundo?