16 #2
Él responde mordisqueándome el cuello y los hombros, provocándome un escalofrío.
Sus manos recorren mi espalda, buscando desesperadamente la cremallera de mi vestido.
Cuando la encuentra, tira de ella con fuerza y deja que la prenda caiga al suelo formando un círculo alrededor de mis tobillos.
Doy un paso adelante para salir del cerco de la tela y le propino una patada para hacerla a un lado.
Manteniendo las manos en mis caderas, Kieran se aparta un momento para mirarme.
Sus ojos, abiertos como platos, descienden un instante hasta mi sujetador de encaje negro con el tanga a juego y luego vuelven a encontrarse con los míos.
Su mirada incandescente enciende algo salvaje y febril en mi interior.
Antes de que nuestras bocas se unan de nuevo, apenas tiene tiempo de murmurar entre jadeos:
—Eres jodidamente increíble.
Un gemido espontáneo asciende por mi garganta y no puedo contenerlo. Al oírlo, Kieran se pone a cien y, bajando las manos hasta la parte posterior de mis muslos, me alza con un único y suave movimiento. Yo aprovecho entonces para rodearle la cintura con las piernas.
Sin interrumpir el beso, me lleva al pasillo como si no pesara nada y, con una mano debajo de mi muslo y la otra en mi espalda, me conduce al dormitorio.
Entre sus brazos me siento muy segura y pequeña.
«Iría con él a cualquier parte». Coloco las manos a cada lado de su cara y comienzo a besársela por todas partes, mordisqueándole los labios y recorriendo suavemente la incipiente barba que cubre su mandíbula.
Me siento embriagada por él y quiero que lo sepa.
Le paso la lengua por la piel de debajo de la oreja y le tiro un poco del lóbulo con los dientes.
—Flossie... —masculla con un gruñido, golpeándose un codo con el marco de la puerta. Un estremecimiento de excitación se extiende por mi abdomen al constatar mi capacidad de distraerlo.
Mientras mis piernas siguen anudadas alrededor de su cintura, él se arrodilla sobre el edredón y me deposita con cuidado en la cama.
Cuando me indica que lo libere un momento, desato mis tobillos y, sin apartar la mirada de mí, con una expresión seria e intensa, comienza a quitarse el resto de la ropa hasta quedarse únicamente con los calzoncillos negros puestos.
Apoyando entonces las manos a cada lado de la almohada, baja la cabeza para besarme.
Cuando hundo las uñas en sus omóplatos, noto sus músculos en tensión hasta que apoya un codo en la cama y posa su cuerpo sobre el mío.
Mientras su lengua se adentra de nuevo entre mis labios, me acaricia con los dedos el encaje del sujetador.
Respondo inhalando profundamente y acercando mi pecho a su mano, un movimiento que termina de hacer añicos el escaso autodominio que Kieran parecía poseer.
Apartando la tela de un tirón, su mano me agarra finalmente el pecho con urgencia.
Luego sigue el sujetador hasta el cierre de la espalda y, al arquear la columna para facilitarle el acceso, presiono las caderas contra la dura protuberancia de sus calzoncillos. Él deja escapar un profundo gemido.
—Eres preciosa... —me dice, exhalando un suspiro a la vez que me quita el sujetador y lo tira al suelo—. Ytan sexy... Tan increíblemente sexy... Joder...
Una oleada de timidez me sacude el cuerpo cuando se detiene un momento para mirarme con atención. Debe de advertir algo raro en mi expresión, porque enseguida vuelve a besarme y susurra:
—¿Estás segura de que quieres hacer esto? Podemos parar.
Antes de que pueda evitarlo, una carcajada emerge de mi garganta.
—¿Estás de broma?
Sus labios esbozan una sonrisa traviesa y sus ojos destellan peligrosamente antes de ladear la cabeza y besar el borde de mi mandíbula. Luego noto su aliento en la oreja cuando murmura:
—Dilo.
—¿El qué?
—Dime qué es lo que quieres.
Noto un palpitante ardor entre las piernas al sentir sus labios en el cuello.
—Ya lo sabes.
—Dilo. —Sus besos descienden a la clavícula.
—Quiero esto —susurro jadeante y con urgencia—. Quiero tenerte.
—Bien —murmura contra mi piel, y su lengua comienza a describir círculos alrededor de un pezón mientras me pone una mano en la cadera—. Muy bien. —A continuación, la desliza hasta llegar al tanga y un dedo recorre el borde superior. Está torturándome y resulta agónico—. ¿Ypuedo tocarte aquí?
—Sí. —Estoy perdiendo la cabeza y el muy cabrón no para de jugar conmigo—. Kieran, por favor...
Me remuevo con impaciencia y él se ríe por lo bajo antes de meterse el pezón en la boca y deslizar los dedos por debajo del borde del tanga hasta que llegan a la tela de la entrepierna.
Siento en la piel la vibración del ansioso gemido que se escapa de su boca.
—Joder... —dice con voz ronca—. Qué mojada estás.
Nunca en la vida había estado tan excitada.
Lo deseo más a cada segundo que pasa. Después de lo que parece una eternidad, me mete un dedo y yo dejo escapar un grito ahogado.
Echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos, comienzo a gemir al ritmo de su vaivén.
Él añade entonces un segundo dedo mientras su pulgar no para de describir círculos en mi clítoris, haciendo que vea chispas detrás de los párpados.
—¿Así? ¿Te gusta? —pregunta jadeante, pero apenas puedo concentrarme en el significado de sus palabras, y no digamos ya articular unas que tengan un mínimo de sentido.
Lo único que puedo hacer es mascullar «sí» repetidamente entre suaves gemidos y jadeos mientras pierdo el control a causa del persistente movimiento de sus dedos, cada vez más rápido y fuerte.
—No tienes ni idea de lo preciosa que estás así —gruñe en mi cuello.
Cuando saca los dedos, el chasco me deja sin aliento.
Antes de que pueda suplicarle que no se detenga, cambia de posición y empieza a dejar un reguero de besos por mi vientre en dirección el borde superior del tanga.
Anticipándose, el abdomen se me tensa. Él entonces me quita el tanga deslizándolo por mis piernas y luego lo tira a un lado de la cama.
Comienza a besarme la parte superior de los muslos antes de pasar la lengua alrededor del clítoris y meterme de nuevo dos dedos.
Dejo escapar un grito ahogado de placer y arqueo la columna.
Él gime de satisfacción ante mi respuesta y, al sentirlo vibrar dentro de mí, noto que estoy a punto de correrme.
Unas descargas eléctricas sacuden todo mi cuerpo y mis manos se aferran con fuerza al edredón.
Nunca había estado cerca del orgasmo tan rápidamente.
Sin duda esto se debe a la embriagadora mezcla que supone el hecho de estar con el hombre más sexy que he visto nunca y de que, además, este sepa bien lo que se hace.
Me retuerzo en sus manos, moviéndome al ritmo de sus dedos y su lengua, e, impotente, me entrego por completo a él.
La intensidad va a más y las piernas comienzan a temblarme sin control.
—Kieran, me... Dios... Me voy a...
Él no solo no afloja, sino que aumenta el ritmo de sus dedos en coordinación con los movimientos de su lengua, haciendo que me sacuda en espasmos mientras me contraigo alrededor de sus dedos y exclamo su nombre. Una oleada de turbulento placer se extiende por todo mi cuerpo.
Permanezco tendida con la cabeza dándome vueltas y la respiración todavía errática y temblorosa mientras mi cuerpo empieza a recuperarse poco a poco.
Él cambia de posición para colocarse encima de mí y, mientras me besa el cuello, yo alargo los brazos y me aferro a sus hombros. Lo quiero cerca, lo necesito más cerca.
—Dios mío —susurro, emergiendo lentamente de mi aturdimiento.
—¿Cómo te sientes? —murmura él, rozándome la piel con los labios.
Exhalo un suspiro con el corazón palpitante.
—Quiero más.
Deslizando los dedos por su pecho, llego hasta la cintura de su bóxer y oigo como se le corta la respiración cuando se la cojo.
«Guau». No puedo evitar que los ojos se me abran como platos al comprobar lo grande que es y me tomo un momento para imaginar cómo será tenerlo dentro de mí antes de comenzar a mover la mano arriba y abajo, haciendo que su respiración se vuelva cada vez más pesada.
Sus gemidos están provocando que sienta de nuevo un intenso ardor entre las piernas.
Se la agarro entonces con más firmeza y acelero el movimiento hasta que Kieran suelta un grito ahogado y, cogiéndome de la muñeca, me indica que pare.
—Si sigues así, no aguantaré mucho más —dice con los dientes apretados.
Sonrío y, mordiéndome el labio inferior, me doy la vuelta.
Me estiro para abrir el cajón de la mesita de noche y sacar la cajita que hay dentro.
Tumbándome otra vez de espaldas, le tiendo el envoltorio de aluminio del condón y, tras cogerlo, lo abre con los dientes y se lo pone.
Cuando se coloca entre mis piernas y se inclina sobre mí, sus ojos resplandecen de excitación y se me acelera el pulso al ver que tengo este efecto en un tío tan increíblemente sexy y perfecto.
Nunca habría creído que alguien como él podría estar interesado en mí, pero, si quiero alguna prueba de que está tan excitado como yo, solo tengo que bajar la mirada.
Apesar de su respiración jadeante, de repente vacila y me pregunta:
—¿Estás segura?
Eliminando cualquier duda que todavía pueda tener, cojo su cara con ambas manos y acerco sus labios a los míos.
—Sí —susurro en su boca, y él me besa.
Contengo la respiración cuando entra. Al principio, mientras mi cuerpo se abre para acogerlo, lo hace con calma y cierta cautela.
La sensación es increíble, y sé de inmediato que podré correrme otra vez.
La saca casi por completo con una lentitud exasperante y luego vuelve a meterla más profundamente, empujando las caderas con más fuerza y provocándome palpitantes oleadas de éxtasis con cada envite.
Al oírlo gemir en mi oreja, lo agarro de la nuca con una mano mientras con la otra me aferro al edredón y comienzo a gemir ruidosamente a medida que acelera el ritmo.
—Eres una jodida maravilla, cariño —dice jadeante, posando sus labios sobre los míos.
No sé si se debe a que me ha dicho eso con esa voz ronca y gutural —como si, al menos durante este maravilloso e irreal momento, yo fuera suya y solo suya—, pero algo explota en mi interior.
El calor se extiende por todo mi cuerpo y todos mis músculos se tensan y se estremecen.
Él lo nota y veo como pierde el control.
Con los ojos destellantes, baja una mano para acariciarme entre las piernas, haciendo que mi cuerpo también se desboque a medida que percibo como se acerca el orgasmo.
—Joder —dice con un gruñido—. Joder, Flossie, vas a hacer que me c...
Se hunde profundamente en mí con un fuerte gemido y, al sentir cómo palpita en mi interior, vuelvo a perder la razón, consumida por un éxtasis que atraviesa mi cuerpo.
—¿Estás pensando en la siguiente ronda? —le pregunto en voz baja después de que haya regresado del cuarto de baño y haya vuelto a meterse en la cama. Estoy acurrucada en el recodo de su brazo, con la cabeza apoyada en su pecho desnudo y una mano haciendo garabatos sobre su abdomen.
Él se ríe por lo bajo y me abraza con más fuerza.
—¿Quieres otra? Dame un minuto y nos ponemos a ello.
—Me refería a Wimbledon. —Pongo los ojos en blanco, pero, halagada por su entusiasmo, mis labios se extienden hasta formar una amplia sonrisa—. ¿Recuerdas que hoy has ganado un partido?
—¡Ah, eso! Sí, me suena. —Exhala un suspiro y alza la otra mano para colocársela detrás de la cabeza—. No lo sé. Estoy un poco nervioso, supongo. La competición no ha hecho más que empezar, pero estoy un paso más cerca y todo eso...
—¿Qué tiene Wimbledon? ¿Por qué es este el torneo que todos queréis ganar?
Se toma un momento para considerar la respuesta y, en el silencio que se hace en la habitación, puedo oír el relajante ritmo de los latidos de su corazón.
No he querido dar por hecho que dormiría en la cama con él esta noche después de lo que ha pasado, pero ha sido un alivio cuando me ha pedido que me quedara.
No estoy segura de que haya otro sitio en donde prefiera estar que no sea aquí, tendida a su lado bajo las sábanas, con una pierna enredada en la suya, su brazo estrechándome contra su cuerpo y sus dedos descansando en mi cadera.
—Sus pistas tienen algo especial —responde finalmente en un tono suave—.
En ellas puede sentirse la historia, todas las cosas y las personas que han pasado por ahí.
Wimbledon posee una larga tradición, y todas sus reglas animan a respetar ese pasado, ¿sabes?
Es una cuestión de prestigio. Lo que más me impresiona a mí, en cualquier caso, es el silencio.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando te preparas para sacar en Wimbledon, se hace el silencio. Un silencio absoluto.
—Debe de resultar muy intimidante.
—Sí...
Nos quedamos callados. Me relajo a su lado y cierro los ojos. Estoy empezando a quedarme dormida cuando vuelve a hablar.
—¿Flossie?
—¿Sí?
—¿Vendrás a ver el partido del viernes? —me pregunta con cautela—. Puedes sentarte con mi equipo en nuestro palco. Me gustaría que estuvieras ahí.
—Claro que sí, Kieran —digo tranquilamente, aunque el corazón se me acelera en el pecho de un modo alarmante—. Allí estaré.