16
El modo en que me mira Kieran hace que se me acelere el corazón y se me forme un nudo en la garganta.
Se encuentra de pie junto a la chimenea con un codo apoyado en la repisa, supuestamente escuchando a una de las varias personas que conforman su equipo, aunque todas parecen estar hablando a la vez.
Comentan qué ha hecho bien y qué ha hecho mal hoy, en qué necesita trabajar y cómo logrará ganar el partido de la tercera ronda.
Él, sin embargo, no los escucha. Está mirándome a mí, que permanezco al fondo del salón, clavándome sus ojos ferozmente intensos con la mandíbula apretada y el pecho subiendo y bajando a un ritmo lento.
Casi parece enfadado, pero se trata de algo más que eso. Es hambre.
Cuando ha llegado a casa esta noche, yo estaba lista para recibirlo en el vestíbulo sin el menor rubor.
Después de un inicio titubeante, Kieran ha disputado un partido brillante y se ha merecido la victoria.
En el primer set ha llegado a ir tres juegos por debajo y se le veía frustrado, pero durante el cambio de lado se ha sentado con los ojos cerrados, ha respirado hondo y ha murmurado algo para sí.
Cuando el juez de silla ha anunciado que se reanudaba el partido, ha abierto los ojos de golpe y, por la manera en la que se ha dirigido a la línea de fondo, se notaba que había algo diferente en él.
Era como si se hubiera accionado un interruptor y él hubiese decidido que no iba a perder. Al final, ha ganado en tres sets.
Cuando he oído que el coche se detenía delante de casa, he salido al pasillo ataviada con un bonito vestido corto de color rojo, impaciente por verlo.
Al abrirse la puerta, sin embargo, ha irrumpido en el piso una multitud de personas en medio de las cuales se encontraba Kieran.
Ahora que ha llegado a la tercera ronda, supongo que las cosas están poniéndose serias y su equipo no piensa perder ni un solo momento de preparación.
Presa de una especie de frenesí por la victoria, su séquito lo ha acompañado a casa para comenzar a planificar el encuentro con su siguiente contrincante.
Yo me las he arreglado para felicitarlo tímidamente.
Él me ha oído y ha intentado responder, pero la voz de Neil se elevaba por encima de todas para decirle a cada miembro del equipo qué debería estar haciendo y dónde.
Durante todo este tiempo, he permanecido a la espera, confiando en que esta noche no se quedaran hasta tarde.
Me gustaría disponer de un ratito a solas con Kieran.
Me he designado a mí misma encargada de las bebidas y, a medida que iban ocupando el salón, les he ofrecido a todos algo para beber.
Después de traerles unos cuantos refrescos fríos, me he retirado a un rincón del fondo, a la espera de que los preparadores físicos de Kieran montaran los aparatos de gimnasia para poder salir otra vez del salón.
Entonces he levantado la vista y me he dado cuenta de que sus ojos estaban posados en mí. Llevaba un rato mirándome, esperando a que me diera cuenta. Al principio le he sonreído. Una sonrisa afectuosa y radiante, como diciéndole «bien hecho». Él, sin embargo, no me ha devuelto el gesto.
Se ha limitado a observarme tal y como sigue haciéndolo ahora, de un modo ardiente que me pone el cerebro del revés y me acelera el corazón, además de provocar que por mi vientre se extienda una sensación cálida y, al mismo tiempo, cientos de mariposas comiencen a aletear.
Sin apartar los ojos de mí, Kieran arruga el entrecejo y se lleva una mano a la boca para pasársela por los labios mientras su segundo entrenador le dice algo y señala la pantalla de su iPad.
Ni siquiera se molesta en fingir que le hace caso.
El corazón me late ahora con tanta fuerza que noto las palpitaciones en las orejas y el alboroto del salón ha quedado reducido a un mero ruido blanco.
Tragando saliva, entreabro los labios. Sus ojos emiten un destello.
—Todo el mundo fuera.
La estancia se queda en silencio de golpe y todos los miembros de su equipo vuelven la cabeza hacia él, desconcertados por esta orden repentina.
—Kieran —dice Neil, cuya sonrisa desaparece al observar su expresión—, tenemos muchas cosas que repasar y...
—Ya lo haremos mañana —lo interrumpe él en un tono bajo y severo, con los ojos puestos todavía en mí, haciendo que me derrita ahí mismo.
—Está bien, pero seguro que al menos esta noche querrás algo de fisio o...
—Neil —gruñe Kieran, apartando la vista de mí para fulminar con la mirada a su entrenador—.
Hoy he ganado un partido importante y me gustaría descansar para poder ganar el siguiente.
Os estoy muy agradecido a todos y, francamente, el equipo también necesita una noche de descanso. Así que todo el mundo fuera.
Después de intercambiar algunas miradas, los miembros del equipo recogen sus cosas y, tras felicitarlo una vez más, comienzan a salir uno por uno del salón. Neil, sin embargo, no se mueve. Permanece con los brazos en jarras, estudiando atentamente a Kieran con una expresión adusta.
—¿Estás seguro de esto? —pregunta en voz baja.
—Sí —responde Kieran sin vacilar.
Neil saca la barbilla. Finalmente alza ambas manos y dice:
—Está bien, está bien. Si eso es lo que quieres... Hoy has jugado muy bien. Puedes tener la noche libre. Pero mañana te quiero en plena forma, listo para salir en cuanto lleguemos a primera hora. Nos espera un hueso duro de roer en la siguiente ronda. Tienes que estar preparado, ¿de acuerdo?
Kieran arquea las cejas a modo de respuesta, como si le hiciera gracia que Neil piense que es él quien está al mando en estos momentos.
Reconociendo que no va a ceder, el entrenador se vuelve y, mientras se marcha, me lanza una mirada acusadora.
Ya en el pasillo, oigo como resopla y, al salir por la puerta, la cierra tras de sí con un portazo. El apartamento se queda en silencio.
Kieran y yo permanecemos inmóviles cada uno a un lado del salón.
La atmósfera está tan cargada que prácticamente puedo sentir las chispas.
—Hoy... has estado genial —me las arreglo para decir.
—¿Sabes cómo he conseguido darle la vuelta al primer set? —Su expresión es seria y su voz, tensa e impaciente.
La boca se me ha quedado seca a causa de su intensa mirada y tengo que pasarme la lengua por los labios.
—He pensado en esto —dice.
Mete la mano derecha en el bolsillo del pantalón y saca un trozo de papel doblado que sostiene en alto con los dedos corazón e índice. Es el boceto que le he dado esta mañana antes de que se marchara.
—La ira que sentía parece haber disminuido —dice, dando un par de pasos hacia mí—.
La opresión del pecho se ha relajado. La ansiedad ha dejado de atenazarme.
—Otro paso—. La niebla que me ofuscaba el cerebro se ha disipado.
—Y otro—. El miedo se ha disuelto. —Otro más—.
Las pulsaciones de mi corazón se han ralentizado.
—Ahora está justo delante de mí. El embriagador aroma almizcleño de su colonia me llena los pulmones y me provoca un hormigueo en todo el cuerpo—.
Por primera vez en mucho tiempo, Flossie, he sentido que podía ganar.
Apenas puedo respirar, el corazón me martillea con fuerza en las costillas.
—Y hoy has demostrado que puedes hacerlo —susurro, alzando los ojos hasta que se encuentran con los suyos.
Kieran aprieta la mandíbula.
—Antes de cada punto he intentado acallar todas las voces, pero había una de la que no podía desembarazarme. La tuya.
Alarga una mano y me pasa los dedos a lo largo de la mandíbula.
—Estás dentro de mi cabeza, Flossie Hendrix —afirma con voz ronca, haciendo que me estremezca.
De repente, pone la mano en mi nuca y, atrayéndome hacia sí, pega sus labios a los míos violentamente, devorándome sin perder ni un solo segundo más.
Con la otra, mientras tanto, me agarra por la curva de la cadera, y una oleada de calor se extiende por mi cuerpo, consumiendo todas y cada una de mis partes.
Me aferro a sus anchos hombros y arqueo las caderas para pegarlas a las suyas, haciendo que se le escape un gemido en mi boca.
Es un sonido tan sexy que un escalofrío me sacude la columna.
Este beso lo es todo. Él lo es todo. Nada más importa. El mundo podría estar ardiendo en llamas y me daría igual. Necesito más. Lo necesito a él.
Mis manos descienden hasta los bajos de su camiseta y, agarrando la tela, tiro con fuerza hacia arriba.
Él interrumpe el beso para terminar lo que yo he empezado, quitándose la camiseta por la cabeza y tirándola al suelo.
Trago saliva, deshaciendo con ello el nudo que se me había formado en la garganta, y admiro las suaves curvas de sus musculosos bíceps y su torso impecablemente tonificado.
«Joder». Esto no es justo. Es tan perfecto que debería aparecer en todas las vallas publicitarias de la ciudad.
Yo, desde luego, compraría lo que fuera que estuviera vendiendo.
De repente, me coge de las caderas y, atrayéndome de nuevo hacia sí, vuelve a posar sus labios sobre los míos.
Yo, mientras tanto, deslizo las manos por su cálido y sólido pecho, y, al poco, mis dedos comienzan a descender con impaciencia por su piel en dirección a su entrepierna, deleitándose con cada una de las hendiduras y protuberancias de sus músculos en tensión.