15
—¿Quieres hablar? —pregunto cautelosamente, sentándome frente a Kieran a la mesa de la cocina.
Él repiquetea con los dedos en un lado de su taza de café.
Yo ya estaba despierta cuando se ha marchado esta mañana para ir a correr y, a su regreso, ya me había duchado, me había vestido y le había preparado uno de sus batidos de frutas para recibirlo en la puerta.
Lo he visto hacerlos las suficientes veces como para saber todos los ingredientes que llevan.
Con el rostro sonrojado por la carrera y todavía sin aliento, Kieran lo ha aceptado agradecido y se ha retirado al dormitorio.
Ahora, recién duchado, ha venido a buscarme a la cocina y se ha sentado a la mesa en silencio mientras yo preparaba café.
—Siento lo de anoche —dice finalmente con la mirada clavada en el tablero—. Necesitaba algo de tiempo solo.
—Lo comprendo. Si ahora también quieres estar a solas, no pasa nada. Solo quiero asegurarme de que estás bien.
—Sí, lo estoy. Todavía un poco en shock, pero bien.
Alza los ojos hasta posarlos en los míos. Percibo en ellos dolor e incertidumbre, y me dan ganas de empujar a un lado la mesa que se interpone entre nosotros, abalanzarme sobre él y abrazarlo con fuerza. En vez de eso, cojo mi taza de café y le doy un sorbo.
—Ya te has enterado —dice, porque no hace falta que lo pregunte.
Hoy toda la prensa se ha hecho eco del lanzamiento del libro de Brian O’Sullivan, pero la gran noticia es la reacción de Kieran al enterarse.
Como se lo contaron durante la rueda de prensa, había varias cámaras grabándolo.
Todas ellas captaron cómo empalidecía antes de anunciar airadamente que la conferencia había terminado y salir cabreado de la sala, tirando la silla al ponerse de pie de golpe.
Está claro que no lo hizo adrede, pero muchos de los tabloides han optado por publicar interpretaciones sensacionalistas del tipo «Kieran O’Sullivan lanza su silla presa de la furia».
—Lo siento, Kieran —le digo, muriéndome de ganas de alargar el brazo por encima de la mesa y cogerle la mano—. No me imagino cómo debe de ser para ti.
—No me puedo creer que haya sido capaz de hacer algo así —suelta, juntando las cejas a causa de su sincera perplejidad—. ¿Quiere destruirme? O,todavía peor, ¿quiere destruir el recuerdo de Aidan?
—Nada puede hacer eso —afirmo—. Tú conocías a tu hermano y lo querías, eso es lo único que importa.
Kieran suspira y cierra los ojos unos segundos.
—Mi reacción de ayer no debe de haber ayudado —dice con amargura—. Con ella la editorial ya se habrá asegurado unas buenas ventas. Todo el mundo querrá conocer los detalles de una relación padre-hijo tan jodida que me hizo tirar una silla en plena sala de prensa.
—Sabes perfectamente que esos titulares son ridículos.
He visto que muchas personas en las redes sociales están criticando a los periódicos sensacionalistas y diciendo que los titulares no son más que clickbait .
La gente está de tu lado —le aseguro, inclinándome hacia delante—.
Ytambién dicen que les gustaría leer tus memorias, no las de tu padre. Es tu historia la que les interesa.
Él suelta un resoplido.
—No tengo la menor intención de escribirlas. Ytodo lo que dices está muy bien, pero eso no significa que el libro de mi padre no vaya a venderse. Lo hará.
Respiro hondo.
—Kieran, ¿no crees que tal vez... deberías hablar con él?
—¿Con quién? ¿Con mi padre?
—Sí.
—Ni de broma —contesta tajante, negando con la cabeza—. Ni siquiera tuvo la cortesía de decirme que estaba escribiendo el puto libro, no digamos ya que iba a publicarse. No tengo nada que decirle a ese hombre.
—Quizá si supiera lo mucho que te molesta...
—Lo sabe —me interrumpe, haciendo un gesto con una mano para rechazar mi sugerencia—.
Simplemente no le importa. ¿Sabes que me escribió un mensaje ayer antes del partido?
Me decía que iba a ganar y que él estaría viéndolo.
Recibirlo... —inhala profundamente, y la voz se le quiebra de la emoción— me hizo querer ganar por él.
Incluso después de todo este puto tiempo, después de todo lo que hemos pasado, sigo intentando que se sienta orgulloso de mí. Es patético.
—No —repongo yo, notando el picor de las lágrimas que acuden a mis ojos y amenazan con brotar a borbotones—. Todos queremos que nuestros padres se sientan orgullosos de nosotros. Es algo natural.
—No quiero tener nada que ver con él —afirma enérgicamente, como si estuviera intentando convencerse a sí mismo—. No necesitaba esto, y menos ahora.
—Tienes razón —digo, incapaz de mantener por más tiempo la distancia entre ambos.
Él levanta la vista al oír el chirrido que hacen las patas de mi silla en el suelo cuando la empujo hacia atrás al ponerme de pie. Doy la vuelta a la mesa y me siento al lado de Kieran, tomo sus manos entre las mías y lo miro a los ojos.
—Efectivamente, no necesitas esto ahora. Porque estás aquí para ganar Wimbledon. Tienes que encontrar un modo de abstraerte del ruido que te rodea. De todo. Lo único que tiene que importarte ahora mismo es el siguiente punto, ¿vale?
Sus labios esbozan una tímida sonrisa y unas pequeñas arrugas se forman en las comisuras de sus ojos, provocándome una cálida sensación en el vientre. No puedo evitar preguntarme cómo alguien podría querer hacerle daño a una persona con una mirada tan intensa y vulnerable.
«Maldita sea, Brian O’Sullivan. Eres un auténtico capullo».
—¿Estás intentando hacer de entrenadora, Flossie? —me pregunta Kieran suavemente.
—¿Por qué no? —Me encojo de hombros—. Si te ayuda a dejar de pensar en todas esas tonterías... Ayer vi tu partido. Estuviste fantástico.
—Casi pierdo.
—Ganaste. —Le doy un apretón en las manos—. Yvolverás a hacerlo. Yluego otra vez, y otra, y otra, hasta que al final alces el trofeo y me des las gracias en tu discurso.
Él suelta una pequeña risotada.
—Yo que tú no me adelantaría a los acontecimientos.
—Si ayer hubieras podido oírme a través de la pantalla de la tele, eso es justo lo que me habríais oído decir.
—¿Que no me adelantara a los acontecimientos? —Frunce el ceño—. ¿En qué sentido?
—¿Te acuerdas de mi amiga Iris?
Él sonríe débilmente.
—La periodista deportiva que cree que todavía me queda algo de mecha.
—Esa misma. Ayer me dijo algo que en un primer momento me pareció confuso, pero, cuanto más pienso en ello, más sentido le encuentro.
Comentó que, cuando estás a punto de ganar, y me refiero a cualquier persona, no a ti en concreto, empiezas a pensar precisamente en eso, en ganar, en qué supondrá esa victoria para ti mismo, para tu familia, para tus seguidores.
.. ¡Joder, Kieran, el corazón debe de irte a mil cuando te planteas cosas así!
—Un poco, la verdad.
—¡Es una presión tremenda!
Me observa atentamente.
—Es más fácil cuando no tienes expectativas, ¿no? —prosigo—. Si nadie espera que ganes, incluido tú mismo, la presión desaparece.
Él vacila, ladeando la cabeza.
—¿Adónde quieres llegar?
—Ayer hubo momentos en los que tuve la sensación de que te adelantabas a los acontecimientos y permitiste que eso te afectara mentalmente.
Te pusiste a pensar en la victoria y entonces comenzaste a tener dudas.
Quizá incluso escuchaste esa vocecita diciéndote que no podrías hacerlo.
Hasta que llegó ese primer punto del tercer juego del quinto set. Fue mágico. Lo peleaste hasta el final.
—Ya, pero solo fue un punto.
—Y lo cambió todo —lo informo como si supiera de lo que estoy hablando. Entonces le suelto las manos y me reclino en el respaldo de la silla con los brazos cruzados—. No estabas intentando ganar, solo estabas jugando al tenis. Eso es lo que tienes que hacer.
Reparo en que las comisuras de sus labios se contraen un poco al reprimir una risa.
—¿Ese es tu consejo, entrenadora? ¿Que debería... jugar al tenis?
—Mi consejo como experta jugadora de tenis que sabe perfectamente de lo que habla —le doy un empujón en el pecho cuando veo que se ríe por lo bajo— es que deberías jugar para ganar el punto.
Olvídate de lo que piensa todo el mundo, ahoga las voces que resuenan en tu cabeza, sobre todo la tuya propia, y concéntrate solo en el siguiente golpe.
—Me encojo de hombros—. Yluego vuelves al piso y comes un poco de tarta.
Kieran enarca una ceja.
—¿Hay tarta?
—Opté por una Victoria. ¿Elegí bien?
—Muy bien. Aunque no me gustan demasiado todos esos nuevos sabores que hacen hoy en día; me van más los clásicos.
—Vale, abuelo. Lo tendré en cuenta.
—Y gracias por la pancarta, por cierto.
—Puede que no te dieras cuenta, pero originalmente ponía «Feliz cumpleaños».
—¡No! ¿En serio? —dice, fingiendo sorpresa—. ¡No se notaba nada el rotulador negro!
—Estoy planteándome seriamente la posibilidad de dedicarme a crear pancartas para sacarme un dinerillo, compaginándolo con mi inexistente carrera artística.
Él sonríe e, imitando mi postura, reclina la espalda en el respaldo y se cruza de brazos.
—Increíble.
—¿Que me vea con futuro como creadora de pancartas?
—Que hayas..., no sé. —Exhala un suspiro y sus ojos buscan los míos—. Me siento más ligero.
De repente, suena el timbre y él se tensa.
—Debe de ser Neil —murmura entre dientes sin levantarse de su silla.
—Ya le abro yo —me ofrezco, poniéndome de pie.
De camino a la puerta, me detengo y me doy la vuelta—.
No quiero extralimitarme, Kieran, y, desde luego, no es asunto mío ni sé mucho sobre vuestra relación, pero.
.. Neil es tu entrenador. Quiere que ganes.
Creo que realmente estaba intentando protegerte de todo esto.
—Debería haberme contado la verdad. Él está al tanto de todo lo sucedido entre mi padre y yo. Eran amigos.
—A eso me refiero —digo con cautela—. Te conoce, Kieran. Quizá no quería que tuvieras que lidiar con esto cuando ya tenías encima la presión de Wimbledon. Ajuzgar por lo disgustado que estaba ayer, diría que le importas mucho.
Kieran aprieta los labios, negándose a decir nada más. Yo salgo de la cocina y, tras recorrer el pasillo, abro la puerta y me hago a un lado para dejar pasar a Neil y al segundo entrenador.
—Está en la cocina —los informo, siguiéndolos por el pasillo y separándome de ellos cuando llego al salón. Entro a por mi material de dibujo y, mientras preparo una página en blanco de mi cuaderno, oigo la conversación que mantienen Neil y Kieran.
—¿Estás listo? —le pregunta Neil tentativamente.
Oigo movimiento, imagino que Kieran se ha puesto de pie y está recogiendo sus cosas.
—Kieran —sigue diciendo Neil—, en cuanto a lo de ayer...
—No pasa nada, está todo bien —lo interrumpe él—. Concentrémonos en cómo ganar Wimbledon.
—Claro. ¡Me parece perfecto! —Percibo un dejo de sorpresa en el tono de voz de Neil—. Ganar Wimbledon. Eso es.
Al día siguiente, pillo a Kieran antes de que salga por la puerta para ir a disputar su partido y le doy un trozo de papel doblado.
—¿Ahora nos pasamos notas en clase, Flossie? —me susurra conspirativamente mientras Neil lo espera de pie junto al coche, consultando la hora en su reloj.
Anoche todo su equipo volvió otra vez a casa con él y no pudimos disfrutar de nada de tiempo a solas.
Para cuando se marcharon, ya era tarde y dejé claras mis intenciones metiéndome debajo del edredón del sofá antes de que pudiera pasar nada.
No me fío de mí misma cuando estoy con él.
Tengo sus besos grabados a fuego en la mente y no paro de pensar en ellos; es una tortura.
No son meros partidos de tenis los que Kieran está jugando, se trata del torneo de Wimbledon.
Tiene que concentrarse en el juego; no puede permitir que yo me convierta en una distracción.
Por eso anoche, como no podía dormir, mi mente no dejaba de pensar en él tumbado al otro lado de la puerta del dormitorio y el cuerpo me ardía al recordar cómo me besa, traté de convencerme de que estaba haciendo lo correcto y me puse a hacerle un dibujo para dárselo esta mañana.
Ahora que he comenzado a dibujar de nuevo, tengo la sensación de que no puedo parar.
Anoche me ayudó a comprender lo que sentía y lo que quería decirle.
Al dárselo, espero que a él también lo ayude de algún modo.
—Algo así —admito—. No lo abras ahora, pero échale un vistazo antes del partido.
—De acuerdo, intentaré encontrar algo de tiempo mientras hago pompas de jabón.
—No te burles. Puede que ganaras el primer partido gracias a ellas.
—Ah, no te preocupes, lo decía en serio —me asegura, alzando las manos—. Las pompas ya están totalmente integradas en mi rutina previa al partido. No puedo cambiar lo que funcionó en la anterior ocasión.
—Así me gusta. —Sonrío con suficiencia al tiempo que él baja la mirada al trozo de papel con expresión intrigada—. No es nada especial; solo una cosita para ayudarte a concentrarte. Lo dibujé anoche después de que te fueras a la cama. No es para el libro ni nada de eso. Es solo... para ti.
—Un original de Flossie Hendrix. —Alza los ojos hasta los míos—. Menudo honor.
—¡Vamos, Kieran! —exclama Neil.
Kieran lo ignora y me mira esperanzado.
—¿Nos vemos luego?
—Nos vemos luego.
—Solo tengo que ir allí y jugar al tenis. Me concentraré en cada punto y después vendré a comer tarta —dice robóticamente, como si hubiera memorizado la frase de un libro de texto—. Ese es mi plan para el día de hoy.
Le doy el visto bueno levantando un pulgar.
—Juegas para ti, para nadie más.
—¿Estás segura de que no quieres ser mi entrenadora?
—¡Kieran! —exclama Neil con impaciencia.
—Es posible que pronto haya una vacante...
Me río entre dientes.
—Me lo pensaré. Ahora vete.
—De acuerdo. —Sostiene en alto el trozo de papel—. Gracias por esto.
—Espero que te ayude.
Asintiendo, sus ojos descienden fugazmente a mis labios y traga saliva. Me quedo un instante sin respiración al advertir que su cuerpo se inclina un poco hacia mí.
—¡Kieran!
Este hace una mueca ante el brusco tono de su entrenador y, tras dar media vuelta, desciende los escalones en dirección al coche.
Cierro la puerta y me apoyo contra la pared del pasillo para recomponerme.
Fuera lo que fuera, este momento breve pero intenso me ha dejado aturullada, y no tengo ni idea de cómo voy a arreglármelas hoy para concentrarme en algo que no sea él.
Tengo las manos sudadas y me las froto para secármelas. Espero de veras que le guste el dibujo.
Es otro boceto de la espalda de alguien, solo que esta vez se trata de un hombre ataviado con ropa de tenis que sale del túnel a la pista central de Wimbledon, rodeado por las diminutas caras inexpresivas de los espectadores que hay en las gradas.
Va con la cabeza gacha, una bolsa al hombro y la otra mano en el bolsillo.
En el texto que hay debajo pone: «Cree en ti mismo aunque nadie más lo haga».