14 #2
Con la cabeza apoyada en las manos, observo un primer plano de Kieran secándose el sudor del cuello con una toalla antes de arrojarla en la silla de al lado.
Le tiembla la pierna derecha. O,más bien, la está agitando nervioso.
Me pregunto si es consciente siquiera del movimiento.
Tiene la mandíbula apretada y su mirada se ha oscurecido; parece más cabreado que decidido.
—¡Mantén la cabeza fría! —le digo a través de la pantalla—. ¡Tú puedes!
Pero no puede oírme. Odio que no pueda hacerlo.
Se termina el descanso y se levanta lentamente de la silla, mientras que su oponente lo hace de un salto y corre hacia el fondo de su lado de la pista.
—No, no, no —mascullo, mirando con preocupación cómo Kieran tira de las cuerdas de su raqueta con los dedos—. No pierdas la esperanza. Todavía vas un set por delante.
No durante mucho tiempo. Cuando pierde el cuarto, su expresión cambia por completo y el ambiente en la pista parece venirse abajo.
Comienza a gritarse a sí mismo cada vez que comete un error y, frustrado, se da golpes en las piernas con la raqueta.
Los micrófonos captan lo que dice, cosas como «no es suficiente» o «ponte las pilas».
Durante un cambio de lado, Kieran se queda demasiado tiempo en su silla rebuscando otra raqueta entre sus cosas y el árbitro vuelve a llamarle la atención.
—¡Sí, ya voy! —le contesta de malos modos.
El juez de silla alza las cejas; no le ha gustado el tono con el que se ha dirigido a él.
Berger gana el punto de set con un derechazo magistral. Al ver la pelota aterrizar en el otro lado de la pista, Kieran cierra los ojos con impotencia y asiente. Es como si hubiera aceptado la derrota.
Estoy preocupada, pero no pienso perder la esperanza e intento enviarle a Kieran todo el ánimo posible a través de la pantalla, instándolo a que crea en sí mismo.
Estamos en el quinto set y el público está tan inmerso en este partido como yo.
Esto está siendo una auténtica montaña rusa y podría ganar cualquiera de los dos.
Kieran gana su servicio, aunque rápidamente pierde el siguiente juego.
Cuando se prepara para sacar de nuevo, me encuentro sentada en el borde del asiento, inclinada hacia delante con los codos apoyados en las rodillas y la mandíbula dolorida por la fuerza con la que estoy apretando los dientes.
«No pierdas este juego», pienso una y otra vez, pues noto que la confianza de Kieran pende de un hilo y, si el otro le rompe el servicio, no tengo claro que consiga recuperarse anímicamente. Yo sé que podría hacerlo, pero dudo que él comparta mi opinión.
Kieran da inicio al punto con un potente servicio.
Sin embargo, Berger logra devolverlo. Se embarcan entonces en un extraordinario intercambio de golpes.
Ambos juegan como si todo dependiera de este punto.
Kieran hace lo que a mí me parece una dejada letal, pero Berger llega milagrosamente y se las arregla para golpearla por encima de la red a pesar de que está a punto de caerse.
Estirándose hacia delante, Kieran consigue entonces hacer un globo.
Berger apenas se ha recuperado de la dejada, aunque no se rinde, corre con la raqueta extendida y devuelve desde la línea de fondo.
Kieran no estaba preparado, pero va a por la pelota de todos modos y logra devolverla con un torpe golpe.
Ahora que tiene el control de la jugada, su contrincante mide tranquilamente la trayectoria de la pelota y la lanza en diagonal al otro extremo de la pista. Debería ser un golpe ganador.
Pero Kieran ha anticipado la jugada de Berger y ya se encuentra ahí.
Como si fuera a cámara lenta, observo el modo en el que su cuerpo rota, echando la raqueta hacia atrás y luego llevándola hacia delante por el aire en un suave y fluido movimiento hasta golpear fuertemente la pelota.
Cual reluciente relámpago amarillo, pasa por encima de la red y aterriza al otro lado pegada a la línea de individuales, a la altura del área de servicio.
Kieran ha ganado el punto. Justo antes de que alce animado el puño a modo de celebración, percibo un fugaz destello de sorpresa en su rostro.
Berger, por su parte, está atónito. Este pequeño punto era el estímulo que Kieran necesitaba y ahora nada puede detenerlo.
Ha vuelto al partido.
Flora Qué tipo de tarta te parece más apropiada para celebrar el pase a la segunda ronda de Wimbledon, de chocolate o una red velvet? Oquizá mejor una tarta Victoria??
En vez de champán, había pensado acompañarlo con vino espumoso inglés Me ha parecido más adecuado, ya que se trata de un torneo inglés Aunque ahora que lo pienso en Wimbledon sirven champán...
Argh crees que Kieran preferirá champán?
? Bah es igual ya lo tengo en la cesta Qué te parece esto?
He encontrado unas servilletas monísimas con dibujitos de pelotas de tenis!
! He comprado dos paquetes de veinte Creo que me he pasado Solo tenían pancartas de FELIZ CUMPLEAÑOS así que he comprado una de esas y ya garabatearé algo encima
Hola? Estás ahí? Genial estoy hablando sola
Iris Guau Estaba actualizando el blog, así que acabo de ver tus mensajes Cuántas Pimm’s te has tomado?
Kieran entra en el apartamento discutiendo con Neil.
—¡Lo sabías! —exclama mientras cruza la puerta. Su iracunda voz resuena por las paredes, llevándose por delante todo el entusiasmo que sentía y haciendo que se me hiele la sangre de golpe—. ¡Lo has sabido todo este tiempo y no me has dicho nada! Me has mentido.
—¡No te he mentido! —protesta Neil.
—No me dijiste la verdad. Eso es mentir.
Kieran irrumpe en el salón con expresión tempestuosa y Neil lo hace detrás de él.
Yo estoy de pie como una tonta debajo de una pancarta en la que se lee «FELIZ CUMPLEAÑOS PASE ASEGUNDA RONDA» , a punto de disparar un lanzador de confeti, pero me doy cuenta enseguida de que no es el momento adecuado.
Kieran apenas ha reparado en mí. Está frotándose la frente con una mano y se le ve apesadumbrado.
—Kieran —dice Neil en tono suplicante—. Solo estaba intentando protegerte.
—¿Protegerme? —repite él con un gruñido, dándose la vuelta con brusquedad, las fosas nasales dilatadas—. Me han pillado desprevenido. Estaba eufórico, Neil, y un puto periodista que parecía saber más de mi vida que yo mismo ha tenido que venir a joderme.
—No quería que afectara a tu rendimiento —le explica serenamente Neil, mirándolo a los ojos—. Sabía que sería un duro golpe para ti y no me pareció adecuado que tuvieras que lidiar con ello justo antes del torneo.
—Porque hacerlo justo después de la primera ronda es mucho mejor —contesta Kieran con sarcasmo.
—No tenía ni idea de que la prensa estuviera al tanto. Ni siquiera estaba seguro al cien por ciento de que se hubiera confirmado. Si hubiera pensado siquiera por un momento que alguien podía preguntarte al respecto...
—Deberías habérmelo contado, Neil —afirma Kieran con frialdad—. Tenía derecho a saberlo.
Neil traga saliva. Sus relucientes ojos delatan su pesar.
—Puede que no sea tan malo —dice en voz baja, juntando las manos—. Podría no ser nada y...
—Nada, claro —gruñe Kieran entre dientes ante la sugerencia.
Neil cae en la cuenta de su pobre elección de palabras y baja la vista.
Kieran niega con la cabeza, incrédulo.
Antes de marcharse del salón, su mirada se posa en mí y susurra:
—Lo siento, Flossie.
Un instante después me sobresalto al oír el portazo que da al cerrar la puerta del dormitorio. Neil exhala un tembloroso suspiro.
—Mierda —masculla.
—¿Qué ha pasado? —pregunto horrorizada.
Él me echa un vistazo con los labios fruncidos.
—Hemos tenido una rueda de prensa después del partido. Iba muy bien hasta que uno de los periodistas le ha preguntado qué pensaba sobre la noticia de que su padre haya escrito un libro.
La boca se me seca de golpe.
—¿Un libro sobre Kieran?
Neil asiente con lentitud.
—Kieran, Aidan... Lo cuenta todo. Se trata de unas memorias.
—Madre mía —murmuro. Siento una punzada de compasión en el pecho por Kieran.
—Ignoro cuánto sabes sobre la familia O’Sullivan, pero no parece probable que Kieran aparezca como el hijo del año. Y,obviamente, cualquier cosa sobre Aidan...
Agacha la cabeza.
La consternación que siento me impide contestar; se me ha encogido el corazón y no se me ocurre nada útil que decir.
Tras unos segundos, Neil se aclara la garganta.
—Debería marcharme. Volveré por la mañana para recogerlo e ir a entrenar. Tenemos mucho trabajo por delante. —Vacila un momento antes de mirarme—. Creo que lo mejor será que esta noche lo dejes tranquilo, a ver si se relaja un poco.
Asiento.
—De acuerdo, pues. —Respira hondo—. Buenas noches.
—Buenas noches.
Se da la vuelta para marcharse y, cuando sale del salón, oigo como se aleja por el pasillo con pasos pesados a causa de la decepción y el remordimiento.
Cuando la puerta de entrada se cierra, se hace un inquietante silencio en el apartamento.
Procurando no hacer ruido, voy a la cocina y guardo la tarta.