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Cuando cruzo la calle, veo que Iris ya está esperándome en la cafetería, sentada bajo el sol en una de las mesas exteriores.

Va vestida con un mono rojo y unas sandalias marrones con tacón de cuña, el pelo moreno le cae sobre un hombro y lleva unas enormes gafas de sol y los labios pintados de un reluciente color rojo.

Parece salida del set de una película de Hollywood de los cincuenta.

Está con la espalda reclinada, sorbiendo su café y mirando a la gente sin tener ni idea de que toda la calle está observándola: al pasar a su lado, los hombres no pueden evitar volver la cabeza y, en su distracción, terminan chocándose con la pizarra que hay en la acera y en la que se anuncian cafés de especialidad con nombres relacionados con el torneo de Wimbledon.

Al verme, se endereza y me saluda emocionada con una mano.

—¿Cómo estás? —me pregunta, levantándose cuando llego a su lado para darme un abrazo. Advierto entonces la delicada fragancia floral de su perfume—. Te he pedido un flat white .

—Perfecto, gracias —contesto con entusiasmo mientras me siento frente a ella.

Iris se baja ligeramente las gafas por el puente de la nariz para mirarme por encima del borde.

—Qué guapa estás. Esos shorts te hacen un culo... Mataría por tener tu cuerpo.

—Dice la mujer con esas piernazas —comento, bajando la vista a sus largas y esbeltas piernas, cuidadosamente cruzadas a la altura de los tobillos por debajo de la silla—. Estás haciendo que todo el Village se derrita.

—¡Anda ya, no digas tonterías! —replica con un dramático suspiro antes de sonreír con ganas—. ¿No es impresionante este tiempo? Si mañana sigue haciendo este sol, será un inicio de torneo perfecto. Dios, cómo me gusta Wimbledon en esta época del año. El ambiente es inigualable, ¿no te parece?

—Desde luego —concuerdo, y le doy un sorbo al café—. No hay nada igual.

—Es todo tan emocionante y divertido... Se nota en el aire.

Tiene razón. Anuestro alrededor hay un gran bullicio.

Todo el Village se prepara para la afluencia de gente que está a punto de llegar a este pequeño rincón del sudoeste de Londres en el que, a partir de mañana, se centrarán todas las miradas para averiguar quién se corona este año como campeón de Wimbledon.

Incluso alguien activamente contrario al deporte tendría problemas para no verse arrastrado por este ambiente jubiloso y embriagador.

Y, si brilla el sol, todo parece un poco mejor.

Las flores han florecido por completo, las fachadas de los bares y restaurantes están bañadas por un reluciente resplandor dorado y todo el mundo parece estar de buen humor.

Me embarga una oleada de gratitud por encontrarme ahora mismo en Wimbledon, sentada junto a mi mejor amiga.

Ambas nos quedamos un momento en silencio, disfrutando del espectáculo de la gente que pasa ante nosotras.

Observamos a un grupo de amigos que se turnan para hacerse fotos junto a una tienda que ha cubierto toda su fachada de flores verdes y púrpuras, nos reímos del paseador de perros cuyos chuchos llevan pañuelos en el cuello con algún estampado relacionado con el torneo y no podemos evitar sonreír al ver a un grupo de niños que vuelven a casa de alguna fiesta haciendo pompas de jabón e intentando reventarlas mientras se elevan por el aire hasta que una suave brisa las empuja fuera de su alcance.

—¿No te parecen jodidamente hipnóticas? —comenta Iris.

—¡Ya te digo! —concuerdo con entusiasmo—. Me he quedado embelesada.

—Después de esto tenemos que ir a hacer pompas de jabón. Nunca me había sentido más relajada.

—Yo tampoco. Pompas de jabón. ¿Quién me lo iba a decir?

Ella suelta una risita.

—¡Ay, cómo me alegro de no tener que pisar la oficina las próximas dos semanas para cubrir el torneo!

—¿Tan mal está la cosa?

—¡Uf! —Iris arruga la nariz—. Peor que nunca. Si te soy sincera, creo que dentro de poco estaré sin trabajo. Intento no pensar mucho en ello para no rayarme.

—Estoy segura de que no te despedirán —digo seriamente, bajando mi taza de café—. Eres la mejor periodista de la sección de deportes. He visto que has comenzado a publicar tu blog de Wimbledon en la app del periódico. El año pasado fue un éxito, y este también lo será.

Ella se encoge de hombros.

—Cualquiera puede escribirlo, Flora. No soy indispensable.

—Claro que lo eres.

Me dedica una sonrisa de gratitud.

—Por desgracia, los mandamases no siempre comparten nuestra opinión. En cualquier caso, no pasa nada. Lo único que puedo hacer es dejarme la piel trabajando con la esperanza de que sigan manteniéndome en plantilla.

—Como te despidan, será la prueba definitiva de que son unos completos idiotas.

—Eso ya lo demostraron contigo, cariño. —Exhala un suspiro, se ajusta las gafas y mira al sol con los ojos entrecerrados—. Todas estas horas extras están haciéndole un flaco favor a mi vida amorosa, eso sí. Ytampoco he tenido tiempo de buscar piso, así que sigo atrapada en casa de mis padres.

Hago una mueca.

—¿Y cómo va eso?

—Jodidamente mal —dice sin rodeos, haciéndome reír—. Los oigo pelearse todo el tiempo y luego, cuando yo entro, se quedan callados. —Vacila un momento—. Creo que tienen algún problema, pero no quieren contármelo. Siguen tratándome como a una niña.

Me encojo de hombros.

—Es normal que quieran protegerte.

—En cualquier caso, necesito largarme de ahí cuanto antes. Pero dejemos ya mi aburrida vida. Hablemos de ti. —Coge su taza y le da un sorbo—. ¿Cómo está Kieran? ¿Nervioso por el inicio del torneo?

—Creo que sí, pero no lo sé bien. —Hago una pausa—. Anoche estuvimos a punto de acostarnos.

Iris se atraganta y escupe de golpe el café que tiene en la boca por toda la mesa. Luego, sin dejar de toser, se golpea el pecho con el puño. Suelto una risita y le tiendo una servilleta.

—¡Flora! —exclama mientras se la pasa por los labios, y luego se quita las gafas de sol para mirarme de forma acusadora—. Pero ¡¿qué cojones?!

—¿Qué ocurre? —Me encojo de hombros con gesto inocente.

Ella alza ambas manos.

—¿Me has dejado hablar aquí sentada del TRABAJO y de mis PADRES cuando Kieran O’Sullivan y tú casi os acostasteis anoche?

—Baja el volumen, por favor —le pido, lanzando una mirada nerviosa a la gente que pasa a nuestro lado.

—¿Cómo sucedió? —me pregunta con entusiasmo, volviéndose a poner las gafas de sol e inclinándose hacia mí sobre la mesa—. Cuéntamelo todo.

—No lo sé. Nos tomamos una copa de vino y luego... No lo sé, la cosa fue a más.

—¡Dios mío! ¡Esto es increíble! —exclama—. ¡Mírate, te estás sonrojando! Joder, Flora, pero ¿te gusta?

Me muerdo el labio. Una cosa es admitirme a mí misma que no puedo dejar de soñar con él.

Una cálida sensación se extiende por mi estómago cuando pienso en él y me encanta cómo me hace sentir, tímida y segura de mí misma, emocionada y aterrada, todo al mismo tiempo.

Es como si apenas hubiera empezado a rascar la superficie de su personalidad y me muriera de ganas de conocer más.

Me gusta que haya comenzado a abrirse a mí.

Yme encanta cómo me besó. Pero decir todo esto en voz alta lo convierte en algo real.

Y,si se vuelve real, las posibilidades de salir mal parada también lo son.

—No lo sé —digo finalmente.

Iris se reclina en el respaldo de su silla y se cruza de brazos con una sonrisa de complicidad en los labios.

—Ya... Bueno, ¿y ahora qué? Vivís en el mismo piso. ¿Vais a... salir juntos?

—Solo fue una noche —le recuerdo, volviendo a dejar mi taza en su platillo—. Ysu entrenador nos interrumpió. Todavía no hemos tenido la oportunidad de hablar sobre lo ocurrido. Y,además, ahora no quiero que se preocupe por... cosas así. Tiene que concentrarse en el torneo.

—Eso es cierto. He oído decir que esta podría ser su última participación —comenta, y luego me mira esperanzada.

—No pienso decirte nada. Conmigo déjate de exclusivas.

Ella me sonríe de forma traviesa.

—Lo cierto es que estás resplandeciente. Tienes que reconocer, Flora, que lo predije. Te dije que pasaría. Yen ese piso solo hay una cama.

—He estado durmiendo en el sofá todo este tiempo.

—Ah, ¿sí? —Iris suelta una risita antes de darle otro sorbo a su café—. Ya veremos cuánto dura eso.

Cuando esa tarde Kieran regresa del entreno, no lo hace solo.

Todo su equipo lo acompaña de vuelta al piso y Neil no para de hablar con él desde que entran por la puerta hasta que Kieran deja su bolsa en el suelo del salón junto al sofá.

Cuando levanto la vista del cuaderno de dibujo que descansa sobre mis piernas cruzadas, esboza una sonrisa de disculpa.

Solo verlo hace que todo comience a darme vueltas.

—Tienes que mantenerte concentrado, Kieran. No sé dónde tienes la cabeza hoy —le dice Neil antes de seguir la mirada del tenista hasta mí—. ¡Ah!

—Hola, Neil —lo saludo animadamente.

Él frunce el ceño y pone los brazos en jarras.

—No me había dado cuenta de que estabas ahí.

—No pasa nada, puedo marcharme —le ofrezco, descruzando las piernas para ponerme de pie mientras el resto de los miembros del equipo entra en el salón.

—No, Flossie, no hace falta que te muevas —comienza a decir Kieran alzando una mano—. Lo siento, debería haberte avisado de que hoy vendrían unas cuantas personas; solo necesitan comprobar unas pocas cosas, si te parece bien.

—Claro que sí. Iré a trabajar a la habitación. No me supone ningún problema —le aseguro con una sonrisa, esquivando al fisio que ha aparecido con una camilla de masaje.

Cruzo el salón bajo su mirada, voy a la cocina para coger algo de beber antes de quitarme del medio y me encuentro a su nutricionista llenando la nevera.

—¿Quieres una botella de Evian? —me ofrece al ver el vaso de agua del grifo que tengo en la mano y señalando con un movimiento de cabeza la caja que hay a sus pies.

—No, gracias —contesto, sonriendo para mí al recordar la aversión de Kieran al agua del grifo.

«Menuda diva», pienso afectuosamente.