12 #2
—¿Qué te parece? —pregunto en voz baja—.
¿Te gusta? Tú me has servido de inspiración.
Estaba pensando en nuestra conversación de ayer en la pista y en lo de que el tenis puede ser terapéutico, y luego me acordé de lo que dijiste el otro día sobre que te había salvado después de.
.. la pérdida de Aidan. No podía quitármelo de la cabeza.
—Las dudas empiezan a acechar y vacilo un momento, mordiéndome el labio inferior—.
Alo mejor te parece... demasiado personal.
No quiero que tengas la sensación de que estoy entrometiéndome en tus sentimientos.
Si no te gusta, no tiene por qué aparecer en el libro, solo era. ..
—Me gusta —dice con la voz quebrada.
—¿De verdad? ¿Te gusta? ¿No lo dices solo para quedar bien?
Kieran se aparta de la mesa e, irguiendo la espalda, se gira hacia mí. Sus ojos reflejan la luz de la cocina y me fijo en que relucen. Me mira fijamente y da un paso hacia mí, reduciendo el espacio que había entre ambos. Va a besarme. Quiero que lo haga.
«Bésame, por favor».
Inclino la cabeza hacia él con la respiración trémula e irregular.
—Es... perfecto —dice en un tono de voz bajo y firme antes de alargar una mano, rozarme el pómulo con los dedos y colocarme el pelo detrás de la oreja, como hizo el otro día.
Solo que esta vez no se echa para atrás.
Me coge la cara con ambas manos, inclina la cabeza y posa su boca sobre la mía.
Al principio sus labios son suaves y tentativos, y me oigo a mí misma suspirar al tiempo que cierro los ojos y me derrito en él, sintiendo como el alivio y el júbilo inundan mi cuerpo.
Le rodeo el cuello con los brazos mientras sus manos se deslizan hasta mi cadera para atraerme hacia él.
El beso se vuelve más intenso y, al notar como su lengua acaricia la mía, no puedo evitar sentirme aturdida.
Al principio parecía estar conteniéndose, pero, ahora que le correspondo, me deja bien claras las ganas que tenía y yo le devuelvo el favor.
Él quiere esto y yo también. En un momento dado, del fondo de su garganta parece surgir una suerte de gruñido y su impetuosidad me deja casi sin aliento.
Trato desesperadamente de recrearme en este instante y disfrutar de su sabor y de la sensación de su cuerpo pegado al mío, pero también me siento ansiosa por lo que está por llegar.
Através de sus pantalones vaqueros, puedo sentir la presión de su erección contra mi vientre.
Presa de la excitación y la impaciencia, me sorprendo a mí misma sonriendo con los labios pegados a los suyos.
Manteniendo la frente pegada a la mía, él interrumpe el beso para mirarme brevemente.
Los ojos le relucen y sus labios esbozan una amplia sonrisa.
Como siempre, los hoyuelos de sus mejillas hacen que el corazón se me acelere.
Se terminó la espera. Vuelvo a atraer su boca a la mía y siento como me embarga la satisfacción cuando se inclina hacia mí y me besa con más ganas aún.
Casi pierdo el equilibrio y me caigo de espaldas, pero me sostienen sus cálidas y fuertes manos, que no han dejado de acariciarme la espalda antes de deslizarse a mis muslos.
Con un rápido movimiento, me sube a la mesa sin parar de besarme.
«Joder, qué fuerte está. Me muero».
Envuelvo su cintura instintivamente con las piernas y él me levanta el vestido, arrugándolo a la altura de mis caderas.
Siento frío en los muslos cuando sus manos los abandonan para desplazarse a la parte baja de mi espalda y sujetarme con sus musculosos brazos.
Pasa los labios por mi mandíbula y luego por mi cuello, dejando un rastro ardiente en mi piel.
Yo echo entonces la cabeza hacia atrás e inhalo con intensidad, arqueando las caderas hacia él y provocándole un involuntario gemido de placer.
Noto su cálido aliento en la clavícula y se me pone la piel de gallina.
Cuando vuelve a reclamar mi boca con ardor, me muerde delicadamente el labio inferior.
Juro por Dios que ese pequeño mordisco hace que todo mi cuerpo se estremezca. Los pezones se me han puesto duros debajo del vestido y siento una palpitación entre las piernas. Lo quiero más cerca.
De manera inconsciente, atraigo su cuerpo hacia mí con las piernas, haciendo que vuelva a gemir en mi boca mientras su mano izquierda se desliza por mi espalda hasta llegar a mi cabeza y me agarra el pelo dándole un leve pero excitante tirón.
Nunca me habían besado así. Nunca me había sentido tan deseada, tan necesitada.
Sus labios abandonan los míos para recorrer mi cuello y una de mis clavículas.
Con los dedos, despeja el camino apartando la tira del vestido y dejándola caer por mi hombro.
Es una señal, y yo respondo metiendo las manos por debajo de su camiseta, clavándole las uñas en la piel de sus caderas y recorriendo la base de su columna.
Siento su erección palpitar contra mi cuerpo y separo más las rodillas, abriéndome para él.
Kieran deja escapar un trémulo gemido contra mi piel.
—Dios mío, Flossie.
Su boca sigue descendiendo. Suelto un grito ahogado cuando pasa los labios por el escote de mi vestido y siento el roce de su barba de tres días contra la piel.
Mientras tanto, un pulgar asciende por una de mis piernas y recorre sugestiva y provocadoramente el borde superior de mi tanga.
Reprimo un gemido cuando se pone a describir círculos sobre mi clítoris a través de la tela.
—¿Quieres...? —empieza a decir con voz ronca, alzando la cabeza para mirarme a los ojos.
—Sí —contesto antes de que termine la pregunta, porque, joder, no puedo más.
Él se inclina y vuelve a besarme. Sus labios son exigentes y apremiantes. Noto los míos irritados e hinchados, pero no puedo parar. Quiero más.
—No tienes ni idea —dice entre jadeos al tiempo que su pulgar se desliza por debajo de la tela de mi empapada ropa interior—. Eres lo único en lo que pienso. Lo único, joder.
Echo la cabeza hacia atrás e, instintivamente, lo cojo por la nuca mientras me muerdo el labio y...
Suena el timbre de la puerta de entrada.
Ambos nos quedamos inmóviles de golpe, abrazados, con la respiración pesada y entrecortada.
—Ignóralo —susurra él, pero no parece muy convencido y, cuando vuelve a sonar y apoya la frente en mi hombro en señal de derrota, me doy cuenta de que debía de estar esperando a alguien.
Kieran se aparta y yo me bajo de la mesa, dejando que el vestido vuelva a caer por mis muslos. Me coloco bien la tira del hombro. Al regresar a la realidad, no puedo evitar sentirme repentinamente cohibida. ¿Qué acaba de pasar?
—Debe de ser alguien de mi equipo —me explica Kieran en un tono bajo y pesaroso—. Yo... me había olvidado. Antes me han dicho que se pasarían para... hablar de estrategia y cosas así.
Asiento con las mejillas sonrojadas.
—Sí, claro. Por supuesto. Tiene sentido.
—Lo siento.
—No hay nada que sentir —le aseguro, cruzándome de brazos.
El timbre vuelve a sonar. Ignorándolo, Kieran se acerca a mí y me pasa una mano por la cadera.
Me escruta antes de inclinarse y besarme lenta e intensamente, haciendo que otra deliciosa oleada de calor se extienda por mi cuerpo.
Este tipo de besos podrían hacerme renunciar a cualquier otro de cualquier otra persona para siempre.
Al apartarse, deja la mano en mi cadera unos segundos. Su nuez sube y baja, y su hambrienta mirada se clava en mí, provocándome un cosquilleo en la piel. Al fin se da la vuelta y sale de la cocina. No ha hecho falta que hablara, he comprendido perfectamente lo que me ha querido decir.
«Esto no ha terminado».