12
Estoy esperando a que llegue a casa. Literalmente esperando.
No paro de consultar la hora en el móvil y me enderezo cada vez que un coche pasa por delante.
Por fin uno aminora la marcha y se detiene.
Acontinuación, oigo la puerta del vehículo cerrándose y luego los resueltos pasos de Kieran.
Cuando la llave gira en la cerradura, me pongo firme, lista para cuando aparezca en el salón.
—Hola —saluda amigablemente antes de fijarse en la cara botella de vino y las dos copas colocadas sobre la mesa junto a la vela parpadeante. Después levanta la mirada hacia mí con curiosidad—. Has encendido la vela de tres mechas. ¿Qué se celebra?
—Quería darte las gracias por la lección de tenis de ayer —digo, esperando no sonar tan nerviosa como me siento—. ¿Puedes beber o no es apropiado dos días antes del inicio del torneo?
Él no dice nada. Sus ojos descienden hasta el escote de mi vestido.
En realidad, me he tirado todo el día en pijama, pero me he puesto esto hace media hora sabiendo que estaba al caer.
Se trata de un vestido corto azul y blanco, de tiras finas y con un escote en forma de corazón.
Deja a la vista mucha piel y siempre me he sentido sexy y segura de mí misma con él.
Ysi quiero sentirme así es a causa de lo que pasó anoche antes de ir a dormir.
Fue un gesto pequeño y posiblemente insignificante, pero, por si acaso.
.., supongo que quiero que él sepa que para mí sí tuvo importancia.
Anoche, después de que ambos ya nos hubiéramos preparado para ir a la cama, yo estaba en la cocina bebiendo un vaso de agua cuando apareció él.
Normalmente, se habría limitado a darme las buenas noches, pero ayer fue distinto.
Se acercó a mí y se inclinó para darme un delicado beso en la mejilla, a apenas un centímetro de la comisura de los labios.
Luego se apartó un poco, pero dejó la cabeza inclinada para mirarme a los ojos.
—Buenas noches —dijo con voz ronca.
—B-buenas noches —me las arreglé para susurrar con el corazón acelerado.
Él se quedó un momento ahí inmóvil. Después frunció el ceño, se volvió y salió de la cocina.
Hasta que no se hubo marchado, no conseguí exhalar, y tuve que apoyarme en el borde de la encimera porque me temblaban las piernas.
Me pasé la mayor parte de la noche dando vueltas en el sofá, incapaz de dejar de pensar en él y sintiendo un cálido hormigueo por todo el cuerpo.
Hasta hace una semana, tenía la impresión de que Kieran no era más que un irritable, intransigente, maleducado y testarudo capullo incapaz de usar un posavasos.
Pero esa coraza está viniéndose abajo y detrás se oculta una dulzura que procura no revelar.
Ha demostrado ser amable y considerado. Aquí, en casa, Kieran no solo no es tan distante, sino alguien realmente atento y alentador.
Cuanto más lo conozco, más pienso que el mundo lo ha juzgado mal.
También creo que anoche quería besarme. Yyo quería besarlo a él.
Por eso hoy me he puesto este vestido.
—Estás... —Traga saliva, luego se quita la gorra y se pasa una mano por el pelo—. Es un vestido muy bonito.
Justo la reacción que esperaba.
—Gracias. —Sonrío con timidez, derritiéndome ante su intensa mirada.
—Voy a ducharme —dice despacio—. Después abrimos la botella, ¿vale?
—Vale.
Se queda un momento inmóvil en la entrada con el ceño fruncido y ojos pensativos.
Finalmente, se marcha y, cuando oigo que abre el grifo, respiro hondo unas cuantas veces para intentar calmar mis pulsaciones.
No debe de tardar más que unos pocos minutos en ducharse y cambiarse, pero a mí se me hacen eternos.
Para cuando regresa vestido con unos pantalones vaqueros y una camisa, he recolocado los posavasos en la mesita de centro demasiadas veces para que pueda llevar la cuenta.
Kieran se sienta conmigo en el sofá y, tras servirle una copa de vino tinto, se la tiendo.
Luego me sirvo otra a mí. Ninguno de los dos dice nada.
La atmósfera del salón parece estar cargada de electricidad.
Noto que me observa cuando me inclino para dejar la botella en la mesita antes de volverme e inclinar la copa hacia él.
—Por el empoderamiento que se siente en la pista de tenis. Sláinte —añado increíblemente orgullosa de mí misma por haber hecho una rápida búsqueda en Google para saber cómo se brinda en irlandés antes de que él llegara a casa. Hasta he practicado la pronunciación y todo.
— Sláinte —repite Kieran con una sonrisa cómplice, y tras chocar su copa con la mía, le da un sorbo. Emite un sonido de aprobación y yo dejo escapar un suspiro de alivio. He tenido que pedirle al dependiente de la tienda que me ayudara a escoger una botella adecuada para un paladar sofisticado.
—¿Qué tal tu día? —pregunto esperando sonar despreocupada, aunque mi tono de voz es algo más agudo de lo normal.
—Duro. Pero hoy he jugado bien. —Le da un largo trago a su copa de vino y luego levanta la mirada hacia mí—. Le he contado a Neil que ayer hice una sesión extra de entreno contigo y que eso debe de haberme ayudado.
—De nada. Si necesitas algún consejo, ya sabes dónde encontrarme.
Él casi sonríe y tiene que esforzarse para mantener el semblante serio.
—También lo he informado de que voy a introducir un ritual en mi rutina previa al partido, solo que todavía no sé cuál es.
Le doy un sorbo al vino.
—Me alegro de que esté de acuerdo.
—Yo no me adelantaría. Me ha dicho que dejara de decir tonterías y me concentrara en el juego.
—Parece un sabio consejo. ¿No te ha preguntado qué tal iba nuestro acuerdo de convivencia?
—Lo hace cada día.
—¿Y qué le has dicho?
Me mira fijamente a los ojos.
—Que, de momento, va bien.
Asiento y le doy otro sorbo a mi copa. Él hace lo propio.
Luego aprieto los labios mientras él comienza a tamborilear con los dedos en la rodilla.
Le doy otro largo trago al vino. Dios, no recuerdo la última vez que me sentí así de nerviosa.
Estoy increíblemente alerta y reboso energía y aprensión.
Soy tan consciente de cada uno de los movimientos que hacemos cualquiera de los dos que no puedo relajarme.
La mente me va a mil. Desearía saber en qué está pensando.
—Tengo que decirte algo —suelto al fin.
Él ladea la cabeza.
—Vale...
Me muerdo el labio inferior, incapaz de contener una sonrisa de emoción.
—Hoy he comenzado mi libro.
Se le iluminan los ojos y, sin soltar el vaso, se inclina hacia delante y apoya los codos en las rodillas.
—¡Estás de broma! —Cuando niego con la cabeza, sus labios esbozan una amplia sonrisa. Los hoyuelos de sus mejillas hacen que el corazón me empiece a dar volteretas—. ¡Felicidades! ¿Has tenido una idea?
—Se me ha ocurrido de repente.
—Ha sido gracias al tenis. Sabía que te ayudaría.
—He comenzado a elaborar el storyboard y a perfilar a los personajes. También se me han ocurrido un par de escenas que he tenido que bosquejar a pesar de que todavía no he terminado de desarrollar la trama.
—¿Puedo ver los bocetos? —pide con entusiasmo.
—No. No todos.
Su sonrisa desaparece.
—¿Qué? ¿Por qué no?
—¡Son solo bocetos iniciales, primeros borradores! Todavía es demasiado pronto. Tendrás que esperar a que el libro esté acabado.
—Se tarda mucho en terminar una novela gráfica. Puede que no la tengas lista hasta dentro de un año o así —dice lentamente, arrugando el entrecejo.
—La paciencia es una virtud —digo en tono de burla antes de esbozar una sonrisa pícara—. Ahora bien, como has formado parte integral del proceso artístico, creo que mereces un pequeño anticipo y he seleccionado una viñeta para que la veas. ¿Te parece bien?
Él apura el vino y se levanta.
—¡Sí! ¿Dónde está?
—En la cocina.
Tras dejar mi vaso junto al suyo y ponerme de pie, lo cojo de la mano y, entrelazando nuestros dedos, lo conduzco fuera del salón.
Me resulta tan natural el gesto que no pienso en lo atrevido que puede parecer hasta que noto como su mano se aferra a la mía.
Tal vez debería sentirme incómoda por haberlo hecho con tanto descaro, avergonzada incluso, pero no es así.
Él me sigue mientras recorremos los pocos pasos que hay hasta la cocina.
Una vez allí, lo suelto y, tras darme la vuelta, señalo la viñeta que he dejado en la mesa.
Él se queda un momento mirándola antes de apoyar las palmas en el tablero e inclinarse para examinarla bien.
Es la primera que he dibujado esta mañana, antes siquiera de que se me ocurriera una historia en la que incluirla.
No es más que un bosquejo sin color de lo que será, pero, aun así, me siento orgullosa.
Se trata de una única viñeta en la que se ve la espalda de un adolescente ataviado con una sudadera de capucha y unos pantalones cortos.
Tiene unos auriculares alrededor del cuello y las manos en los bolsillos.
Está solo, mirando de pie la descuidada pista de tenis que hay en un parque público vacío.
La red está deshilachada y las líneas ya apenas se ven. Alo lejos, el sol se está poniendo.
El texto que hay sobre la cabeza del personaje revela su monólogo interior:
«Me salvó».
Espero nerviosa la reacción de Kieran, estudiando su expresión con tanta atención como la que él pone al inspeccionar mi dibujo.
No dice nada. Su respiración es lenta y pesada.
Percibo un tic en su mandíbula. En mi estómago ha comenzado a formarse un nudo a causa de los nervios. No puedo aguantar más.