Match Point 11 #2
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11 #2

—De nuevo, en eso consiste precisamente el tenis: no sabes qué golpe va a dar tu contrincante. Tienes que estar alerta, lista para todo. Mira cómo lo hago yo.

Kieran inclina hacia delante la cadera con los pies separados, las rodillas flexionadas y los talones un poco levantados, apoyando el peso del cuerpo sobre la punta de los pies y meciéndose de lado a lado.

—¿Lo ves? —dice, dando vueltas a la raqueta una y otra vez en las manos—. Estoy concentrado y con el cuerpo en tensión. Sea cual sea el golpe que me lances, estoy listo para devolverlo.

—Lo que veo es que eres un idiota —murmuro.

—¡Lo he oído! —exclama—. Ven, acércate a la red. Quiero probar algo.

Esbozo una sonrisa mientras cruzo la pista en su dirección. Esto está siendo mucho más divertido de lo que esperaba y hay algo extremadamente satisfactorio en el hecho de que un tenista profesional elogie tu golpe de derecha.

Hemos comenzado con calma y, a medida que me he ido metiendo en el juego, él ha ido subiendo el nivel, colando algún que otro golpe fastidiosamente bueno.

También me ha parecido adorable que me preguntara con mucha cautela si quería algunos consejos o prefería que cerrara el pico y me dejara jugar a mi aire.

Creo que estaba intentando asegurarse de que no lo considerara un engreído, aunque le he contestado que con mucho gusto me aprovecharía de una clase de tenis gratis impartida por un profesional.

Y nunca lo habría esperado, pero Kieran O’Sullivan resulta ser un profesor bastante bueno.

En este entorno está mucho más relajado que cuando juega a nivel profesional, lo cual es una obviedad porque aquí no está compitiendo.

En cualquier caso, tengo la sensación de que no soy la única que está sacando provecho de esta sesión.

Es como si algo en su interior se hubiera encendido; se muestra tranquilo y revitalizado, le brillan los ojos y no deja de bromear y reír.

El mundo nunca ha tenido la oportunidad de ver este lado suyo más despreocupado.

Se lo está pasando muy bien y, por desgracia, dudo mucho que tenga nada que ver conmigo.

Creo que le divierte enseñar.

—Muy bien. ¿Sabes lo que me gustaría, Flossie? Que jugaras con más agresividad —me dice cuando se encuentra conmigo en la red, cruzándose de brazos.

—Pero yo no soy agresiva.

—Claro que sí —responde—. Todo el mundo puede serlo. Estás siendo demasiado comedida. Quiero que te conectes con tu furia interna y revientes la pelota.

—Me temo que no tengo demasiada fuerza en el tronco superior. Soy más bien inexperta. Ya sabes, mi juego es... delicado y elegante. —Él esboza una sonrisilla y yo lo miro indignada—. ¡Lo es!

—Sí, claro. Pero también eres feroz y poderosa.

—¿De dónde sacas eso? —mascullo, enarcando las cejas.

—Pelotearemos un poco para calentar y, cuando te avise, haré un globo y quiero que remates con todas tus fuerzas, ¿de acuerdo? Echa el brazo hacia atrás pronto para poder juzgar la trayectoria de la pelota adecuadamente y entonces golpéala con el brazo bien extendido en el punto más alto posible.

—Está bien. Lo intentaré.

—Muéstrame esa agresividad. Luego te sentirás genial. Alivia la tensión y sube la moral. Te sentirás empoderada.

—Si tú lo dices... —Y añado, entrecerrando los ojos—: Pero, como falle y me sienta más inútil aún, me deberás una copa.

—Vale. Y,si acabas sintiéndote empoderada, serás tú quien me deba una a mí.

—Hecho.

Me parece bien. En cualquier caso, voy a tomar algo con Kieran. De repente, eso hace que note una opresión en el pecho y un hormigueo en las manos. De camino al fondo de la pista, las agito mientras procuro sonreír despreocupadamente.

—¿Lista? —pregunta cuando estamos en posición.

—Lista.

Comenzamos con unas pocas voleas suaves y fáciles, y entonces me avisa con un movimiento de cabeza antes de hacer un globo bien alto, lanzando la pelota en mi dirección.

Yo permanezco atenta a su caída y la golpeo.

Va a parar junto a su pie derecho. Él observa cómo bota débilmente y se aleja por la pista.

Kieran se vuelve hacia mí con una ceja alzada.

—Ha sido... terrible.

—¡Querrás decir «elegante»!

—Volvamos a probar.

Después de otro intento mejor posicionado pero sin fuerza, Kieran pone los brazos en jarras y me indica de nuevo que nos encontremos en la red. Echo la cabeza hacia atrás y suelto un gruñido, preparándome para otro rapapolvo o un discursito motivacional.

—¿Por qué no eres capaz de aceptar que no soy el tipo de persona que puede hacer un buen remate? —pregunto, jugueteando nerviosa con el mango de la raqueta—. No soy competitiva; no tengo esa fogosidad en mi interior como tú.

—Sí que la tienes —insiste, atravesándome con la mirada—. Ylo sé porque, cuando nos conocimos, me tiraste una bebida encima.

Vacilo.

—Estaba teniendo un mal día y me tocaste las narices.

—Hice que te enfadaras.

—Así es.

—¿Qué más te enfada? Aparte de mí, claro está —me pregunta con una sonrisa pícara y hermética, como si supiera algo que yo desconozco.

Me encojo de hombros.

—No lo sé.

—Tómate tu tiempo. Piénsalo bien.

Tras un momento tirando nerviosa de las cuerdas de la raqueta, exhalo un pesado suspiro.

—Me enfada cómo me hace sentir Jonah respecto a mí misma. Que tenga ese don para decir cosas que refuerzan mis propias dudas y defectos.

—Te hace sentir insignificante e incapaz —dice Kieran en un tono de voz bajo y comprensivo.

—Sí, pero no puedo echarle toda la culpa a él.

Supongo que resulta difícil tener autoestima y confianza en una misma cuando tu padre te abandonó y tu madre estaba demasiado ocupada lidiando con sus propios demonios para tener en cuenta lo que tú necesitabas.

—Vacilo y me lo quedo mirando con el ceño fruncido—.

¿Está convirtiéndose esto en una especie de extraña sesión de terapia?

Sus labios esbozan una sonrisa y su expresión se suaviza.

—Para mí el tenis puede serlo —admite al tiempo que echa un vistazo a los demás jugadores de las otras pistas—. Sentir que tengo el control cuando juego me ayuda.

Está volviendo a hacerlo: me ofrece un atisbo del hombre atormentado y vulnerable que se esconde tras esa reputación de persona engreída que se ha esforzado en construir. Hace que me entren ganas de saltar por encima de la red para abrazarlo y decirle que todo irá bien.

—Y, cuando rematas la pelota, recuerdas que, después de todo, sí que eres una persona fuerte —añado.

Kieran ladea la cabeza hacia mí.

—¿Quieres volver a intentarlo?

—Sí —asiento enérgicamente, animándome a mí misma—. Haz el globo. Creo que ya lo he pillado.

—De acuerdo —dice, señalándome con la raqueta—. Sé que lo harás bien.

Nos colocamos de nuevo en nuestras posiciones iniciales y esta vez me siento decidida y concentrada.

Mantengo las rodillas flexionadas y sujeto con fuerza la raqueta.

Kieran lanza la bola al aire. Guiando su trayectoria con un brazo mientras asciende por los aires, espero a que vuelva a descender delante de mí, un poco a la derecha del centro, y, cuando llega a la altura adecuada, la golpeo por arriba con todo mi empeño.

La pelota rebota con fuerza en su lado de la pista, justo dentro de la línea de individuales, y sale disparada. Es un golpe precioso y potente. Yme siento genial.

Con la boca abierta, Kieran levanta los puños y lanza un grito de alegría, haciendo que otros jugadores se vuelvan hacia nosotros. Yo estallo en carcajadas y me paso una mano por el pelo.

—¡Ha sido INCREÍBLE ! —exclama, sosteniendo la raqueta bajo el brazo para poder aplaudirme con entusiasmo—. Flossie, ese remate ha sido perfecto. Es muy difícil devolver algo así, ya te lo digo yo.

—No me puedo creer que haya conseguido golpearla así —comento con orgullo.

—Yo sí —dice él con los ojos centelleantes al tiempo que su sonrisa cálida y sincera se ensancha—. Estaba seguro de que serías capaz.