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No sé cómo comportarme con Kieran. Algo parece haber cambiado entre nosotros.

Cuando estamos juntos, no puedo evitar sentirme tensa y soy consciente de cada uno de nuestros movimientos.

Como solo falta una semana para el inicio del torneo, no está mucho en casa a causa de los entrenos, los tratamientos y las discusiones con el equipo, supongo.

Mientras tanto, yo no dejo de buscar excusas para mantenerme ocupada y salir de casa, intentando con ello impedir que mi mente vuelva a Kieran y al momento del día en el que sale del baño solo con una toalla alrededor de la cintura.

No voy a mentir, se trata de un pensamiento muy agradable, pero no me deja concentrarme en nada más.

He probado a sumergirme en el arte, aunque lo único que he logrado hacer esta semana son garabatos sin sentido, nada con sustancia.

Me pasé toda una tarde bosquejando un dibujo de dos personajes tumbados uno al lado del otro junto a un lago, él mirándola y ella con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el hueco del cuello del chico.

Es una escena agradable y serena, pero ¿cuál es su propósito?

No cuenta ninguna historia. No tengo ni idea de quiénes son estas dos personas ni de qué quieren. Es un dibujo de nada.

Esta semana también he salido a cenar dos veces con Iris, y una noche incluso fui al cine yo sola a pesar de que era uno de los días más calurosos que hemos tenido este mes.

Pensé en ver una película romántica con la esperanza de que me proporcionara algo de inspiración para mi libro, pero la realidad es que estuve dos horas sentada en una sala medio vacía viendo una peli sobre dos personas absolutamente incompatibles que se enamoraban sin dejar de sudar como un pollo porque el aire acondicionado del cine estaba estropeado y pensando todo el rato en Kieran y sus fuertes y sexis brazos.

En realidad, desearía que el tiempo se decidiera de una vez. Los organizadores de Wimbledon deben de estar en vilo, preguntándose cómo será este año.

El viernes previo al inicio del torneo, Kieran llega a casa y me sorprende arrojando una de sus bandas elásticas contra la pared presa de la exasperación.

Al pasar por delante de la puerta del salón mientras bebe de su botella de agua, se detiene de golpe y se fija en que he retirado la mesita de centro para extender una de sus esterillas sobre la moqueta.

Sus ojos descienden entonces a mi sujetador deportivo de color verde oscuro y a mis leggings , y luego vuelven a ascender.

La piel me arde bajo su mirada y el pulso se me acelera cuando su boca se entreabre ligeramente.

—¿Qué estás haciendo? —me pregunta en voz baja, examinándome.

—Ejercicio, o eso intento —admito, apartándome la coleta suelta del hombro—. Pero la cosa no va bien.

Con un movimiento de cabeza señala la banda elástica que yace en el suelo al otro lado de la estancia.

—Sabes que eso no se usa como tirachinas, ¿verdad? —pregunta mientras sus labios esbozan una pequeña sonrisa.

—Sí, claro que lo sé. —Bajo la mirada al suelo y me cruzo de brazos—. Estaba frustrada.

—Entiendo. —Kieran se apoya en el marco de la puerta—. La sesión de dibujo no ha ido muy bien hoy, ¿no?

—Todavía no he comenzado el libro —murmuro, y noto como la decepción me envuelve el corazón, constriñéndolo—.

Han pasado casi dos semanas y aún no tengo una historia.

No consigo... concentrarme. —Decido no revelarle cuáles son las razones y entierro la cara en las manos—.

¡Argh! Pero ¿qué estoy haciendo? Básicamente, he perdido dos semanas en las que podría haber estado trabajando y ganando dinero.

Unos instantes después, noto que sus firmes dedos envuelven mis muñecas, animándome a bajar las manos. Cuando lo hago y alzo la mirada hacia sus ojos, no puedo evitar tener la sensación de que me falta el aliento.

—No has perdido el tiempo, Flossie. Todo forma parte del proceso —insiste comprensivo mientras sigue sujetándome las manos, ajeno al efecto que eso tiene sobre mí.

De repente, el corazón se me acelera y se me seca la boca—.

Sé que eres organizada, pero no puedes programar en tu agenda cuándo se te va a ocurrir una buena idea.

Trago saliva y me obligo a mí misma a mirarlo a los ojos.

—Entonces, ¿qué hago? —pregunto, sintiéndome impotente.

Él me suelta las manos y, retrocediendo un paso, ladea la cabeza y me observa pensativo.

—Tienes que encontrar una válvula de escape para esa frustración. Algo que te tranquilice.

—Vale. ¿Alguna idea? ¿Qué haces tú cuando necesitas calmarte y despejar la cabeza antes de un partido?

Él se encoge de hombros.

—Nada.

—¿Qué? Seguro que haces algo. ¿Cuál es tu ritual antes de un partido?

—No tengo ninguno —insiste, soltando una risita ante mi obvio desconcierto—. Me limito a salir a la pista y jugar.

—¿Y ya está? ¿No haces nada para que te dé suerte? ¿No tienes ninguna superstición? Pensaba que eso era algo habitual entre los deportistas.

—No en mi caso. —Enarca una ceja—. Tengo la sensación de que te he decepcionado.

—Un poco —admito, haciéndolo reír—. Me parece un poco aburrido que no hagas nada especial antes de jugar un partido en Wimbledon. Creo que eso tiene que cambiar, Kieran. Pensaré en algo.

Él me señala con un dedo.

—No pienso hacer ningún tipo de bailecillo.

—Sí, gracias, Kieran. Soy plenamente consciente de que no eres un leprechaun . —Pongo los ojos en blanco, encantada de ver como se ríe sacudiendo los hombros—. Será algo más relajado y discreto que eso. Algo que te tranquilice, pero que al mismo tiempo haga que te pongas las pilas.

—Sin duda parece imprescindible. Mientras tanto, concentrémonos en tu situación actual. ¿Qué podemos hacer para que la creatividad comience a fluir?

—¿Podemos?

Él asiente.

—Resulta que tengo algo de tiempo libre esta tarde, y se me ha ocurrido algo que podría ayudarnos a ambos.

—Ah, ¿sí? ¿El qué? —pregunto al tiempo que mi mente empieza a imaginarse algo con lo que DEFINITIVAMENTE no debería estar fantaseando.

Pasa a mi lado en dirección al baúl que hay en el rincón del salón, proporcionándome con ello un respiro del hechizo que ahora parece ejercer sobre mí para que pueda recobrar la compostura.

Cuando me doy la vuelta para averiguar qué está haciendo, veo que ha abierto la tapa del baúl y está buscando algo en su interior.

De repente, echa un vistazo por encima del hombro y sonríe.

—Me mentiste —dice de forma acusadora.

Frunzo el ceño.

—¿Sobre qué?

—Me dijiste que te gustaba el ping-pong, no el tenis.

—Sí.

Me lanza una mirada reprobatoria. Acontinuación, mete una mano en el baúl y, tras rebuscar un poco, saca una raqueta de tenis y comienza a darle vueltas por el mango.

—Entonces, ¿qué es esto?

—¡Es muy vieja! ¡Incluso se me había olvidado que estaba ahí! De pequeña jugué un poco en la escuela, pero ya no.

Él no se muestra muy convencido.

—Me dijiste que te mudaste a este piso el año pasado.

—¿Y?

—Pues que, si ya no juegas ni tienes intención de hacerlo, ¿por qué te molestaste siquiera en traer tu raqueta de Norwich a Londres?

—me pregunta mientras cruza el salón y se planta delante de mí con una sonrisa petulante propia del detective de una novela policiaca justo antes de la gran revelación.

Abro la boca, pero no se me ocurre ninguna réplica. «Maldita sea».

Él baja la mirada hacia mí.

—¿Qué te parece si echamos un partido?

Me disuelvo en un ataque de risa.

—¿En serio? ¿Quieres jugar un partido conmigo?

—¿Por qué no?

—¡Eres Kieran O’Sullivan! —señalo horrorizada—. No puedo jugar al tenis contigo. Sería absolutamente humillante. Como mucho soy mediocre, y tú eres un jugador profesional que figura en el ranking mundial.

—Vamos, Flossie —dice, riéndose por lo bajo—. No me cebaré contigo, te lo prometo.

Alarga una mano y me coloca un mechón detrás de la oreja. Al sentir el leve roce de sus dedos en mi piel, me quedo sin aliento. Me muerdo el labio inferior y sus ojos descienden a mi boca.

«Dios...».

Kieran deja la mano más tiempo del necesario en mi pómulo antes de tragar saliva y parpadear como si hubiera estado en piloto automático y, de repente, hubiera caído en la cuenta de lo que está haciendo. Entonces la baja rápidamente y, retrocediendo, se aclara la garganta.

—¿Qué me dices, pues? —pregunta, y vuelve a examinar la raqueta—. ¿Echamos un partido? Quién sabe, puede que sea justo lo que necesitas.

—De acuerdo, está bien. En el peor de los casos, al menos nos reiremos.

Una sonrisa de alivio se forma en sus labios.

—Será divertido.

—Para alcanzar la pelota, tienes que correr, Flossie —me explica Kieran—. No puedes quedarte mirando cómo bota.

—Has hecho esa dejada a propósito —lo acuso mientras corro hacia el fondo de la pista para recoger la pelota.

Hemos ido a las pistas al aire libre que hay en el parque.

De camino, me he preguntado durante un aterrador y absurdo momento si Kieran no estaría llevándome al All England Lawn Tennis and Croquet Club y he entrado en pánico al darme cuenta de que no es solo que mi nivel no se acerque ni por asomo al que se espera de sus miembros, sino que además me he puesto una vieja camiseta holgada por encima de la ropa de entreno y unas zapatillas deportivas gastadas.

No tengo un aspecto digno de Wimbledon que se diga.

Las pistas del parque estaban ocupadas, pero hemos llegado justo cuando una pareja se marchaba y hemos conseguido hacernos con una. De momento, nadie ha reparado en que está jugando cerca de Kieran.

—Sí, claro. Todos mis golpes son a propósito —exclama, y casi puedo percibir cómo pone los ojos en blanco—. No sería un buen tenista si me salieran por casualidad. Te mueves bien por la pista. Si lo hubieras intentado, podrías haber llegado a esa dejada.

Tras recoger la pelota, me doy la vuelta y lo fulmino con la mirada.

—No me la esperaba.