10 #2
Estalla en carcajadas de nuevo. Esto no lo había visto antes.
Dios mío, qué guapo está cuando se ríe así.
Se le arrugan las comisuras de los ojos y aparecen los hoyuelos de las mejillas en todo su esplendor.
Su rostro entero exuda auténtica felicidad.
De repente, eso es todo lo que quiero hacer el resto de la velada: conseguir que este hombre se ría.
—Poeta musical. Guau. Vaya tío. —Kieran niega con la cabeza, incrédulo—. No comprendo cómo alguna vez pudiste hacerle caso a un... capullo pomposo como él.
—Es fácil creer la opinión de alguien sobre ti cuando ya piensas lo mismo —razono mientras mis dedos juguetean con el tallo de la copa—. Si nadie te apoya, es fácil convencerte de que no vales.
Él se reclina sin dejar de observarme.
—¿Y tu familia?
Vacilo.
—Eh..., bueno, mi abuela me apoyaba. Mi padre no tanto.
Kieran enarca las cejas.
—¿No os lleváis bien?
—Se separó de mi madre cuando era pequeña y está más involucrado con su nueva familia. Vive en Estados Unidos y nos ponemos al día de vez en cuando, aunque nuestra relación es algo forzada. No sabemos cómo tratarnos. Nos llevamos bien, pero todo es siempre muy formal.
Kieran frunce el ceño y se remueve en el asiento.
—¿Y tu madre?
Bajo la mirada a mi regazo.
—Murió cuando tenía diecinueve años.
—Joder. Lo siento, Flora.
—No pasa nada. Bueno, a ver, sí que pasa. En cualquier caso, gracias. —Respiro hondo—. Tenía problemas con el alcohol. Fue duro. No era una mala persona, pero algunas cosas no las hizo demasiado bien. Hacia el final, nuestra relación no era demasiado estrecha.
Él asiente y nos quedamos un momento en silencio. Una expresión de preocupación ensombrece su rostro y me siento culpable por el hecho de que mi renuencia a hablar sobre mi madre haya llevado nuestra conversación a un punto muerto. Ha sido agradable ver a Kieran relajarse un poco.
—¿Por qué juegas tanto a la PlayStation? —pregunto de repente al reparar en la consola.
—Evita que me ponga a pensar en el tenis —contesta.
—¿Tanto piensas en el tenis?
—Bastante.
—¿Ahora mismo también?
Las comisuras de sus labios se curvan ligeramente hacia arriba.
—Has sacado el tema, así que sí. ¿Tú has jugado alguna vez?
—¿Al tenis? La verdad es que no. Pero me gusta el ping-pong.
—Ah, ¿sí? —Parece impresionado—. Amí se me da bastante bien.
Pongo los ojos en blanco.
—Qué sorpresa.
—En realidad, es muy distinto del tenis —dice a la defensiva.
—Sí, claro.
—¡En serio! —insiste.
—Kieran, haz el favor de dejar de fingir que se te dan bien dos deportes. Solo se te da bien uno, lo que ocurre es que puedes jugarlo en una pista grande y en una pequeña.
—Eso más bien suena a que tienes miedo a enfrentarte a mí.
—¿Perdona?
Él se encoge de hombros sin apenas disimular la expresión divertida de su rostro.
—No pasa nada. Puedes reconocerlo. Sería como decir que te da miedo jugar al cróquet con un jugador de polo profesional. Comprendo que te sientas intimidada por mí.
—No me siento intimidada por ti —digo, fulminándolo con la mirada—. ¿Estás retándome a un partido de ping-pong?
—Si tienes las agallas necesarias para jugarlo, ¿por qué no?
—Uy, te aseguro que las tengo. Está bien, si alguna vez tenemos a nuestra disposición una mesa, jugaré contra ti con mucho gusto.
—Muy bien, lo espero con ganas.
—Yo también.
Nos quedamos un momento en silencio y, mientras trago saliva, reparo en que su mirada desciende hasta mi boca.
Entreabro los labios antes de que sus ojos vuelvan a los míos y, de repente, la atmósfera parece haber cambiado, volviéndose eléctrica y emocionante.
Cuando aparta la vista, frunce el ceño nervioso y le da un trago a su vino.
—Es muy bueno —comento algo aturullada, tratando de impedir que se alargue el silencio—. Mucho mejor que el que suelo tener en la nevera.
—Me alegro de que te guste. Es un Sancerre.
—Qué caro. ¿Eres aficionado al vino?
—Un poco.
Vacilo.
—¿Puedo hacerte una pregunta? Es posible que, de buenas a primeras, te parezca ofensiva, pero siento auténtica curiosidad.
Él me mira con una ceja alzada, relajándose un poco.
—Intrigante. De acuerdo, ¿de qué se trata?
—¿Los atletas pueden beber cuando están a punto de disputar un torneo importante? Pensaba que estarías siguiendo una dieta supersaludable en la que no estuviese permitido el alcohol —digo apresuradamente—. Y,sin embargo, ahora estamos bebiendo vino. Yla otra noche...
—Sí, probablemente no sea la táctica más inteligente. Pero ya he hecho antes lo de la dieta supersaludable. Cuando era joven y me tomaban en serio, era muy estricto. No me funcionaba, así que llegó un punto en el que dejé de verle el sentido a privarme de una copa de vez en cuando.
Frunzo el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Si son los días previos al torneo y me apetece tomar una copa de vino o una pinta en el pub , no voy a decir que no a...
—No, me refiero a lo de que, cuando eras joven, te tomaban en serio —le aclaro—. Pareces estar insinuando que ahora no lo hacen.
—Ah, bueno. Últimamente no me ha ido mal, pero ya no soy una gran figura del mundo del tenis. Probablemente me retire este año. —Ladea la cabeza como si no terminara de entender por qué lo miro de una forma tan extraña—. Nadie espera que gane.
—Pero... ¿tú no quieres ganar?
Él parpadea.
—Sí, claro. Todo el mundo quiere hacerlo.
Pero he tenido muchas oportunidades, y siempre que he estado cerca.
.. —se queda callado y arruga aún más el entrecejo mientras intenta encontrar las palabras adecuadas— he terminado perdiendo.
—Baja la mirada y, en un volumen casi inaudible, añade—: Aidan habría terminado ganando.
Y, de repente, por un fugaz momento, vislumbro de nuevo un atisbo de un Kieran distinto al que todo el mundo puede ver en la pista.
Con los hombros desplomados y el semblante apesadumbrado, se le ve indefenso y frágil.
Permanece ensimismado en sus pensamientos, como un muchacho que durante muchos años ha tenido que soportar sobre los hombros el abrumador peso de las expectativas y el duelo.
Cuando se aclara la garganta y alza la cabeza, ese muchacho vuelve a desaparecer.
—De modo que, contestando a tu pregunta, me permito el pequeño placer de una buena copa de vino o una pinta en el pub porque ¿qué más da?
—Esboza una sonrisa y, tras darle un sorbo a su bebida, añade forzando un tono de voz despreocupado y animado—: Cuando pierda en Wimbledon, podré echarle la culpa al Sancerre.
—¿Quién dice que vayas a perder?
La franqueza de mi comentario lo pilla por sorpresa. Alza las cejas con perplejidad. Yo me lo quedo mirando detenidamente.
—Seamos honestos, Flossie. Ni siquiera he llegado nunca a la final.
Me encojo de hombros.
—¿Y?
—Pues que tengo que ser realista. Nadie piensa que tenga lo necesario para ganar.
—Tú sí, al menos antes —lo corrijo.
—¿Cómo?
—Hace unos años concediste una entrevista en la que decías que ganarías Wimbledon.
Su expresión se ensombrece y la mirada se le entristece de nuevo.
—Solo era un joven fanfarrón —dice en voz baja y cansada—. No tenía ni idea de nada. No debería haber hecho esa entrevista. Lo que dije sobre Aidan... se sacó de contexto. No quería decir...
—No estoy hablando sobre eso —lo corto, inclinándome hacia él. Al hacerlo, mi rodilla roza la suya y una potente descarga sacude mi cuerpo—. Me interesa más lo que dijiste sobre ti mismo, Kieran.
Él se me queda mirando con la mandíbula apretada.
—Que no lo hayas hecho antes no quiere decir que no puedas ganar ahora —prosigo sin tener claro en qué momento me he convertido en una experta en competiciones deportivas profesionales.
Seguramente entre mi último trago de vino y ahora—.
Por cómo hablabas en esa entrevista, yo acabé creyéndome tus palabras.
—¿Tú piensas... que todavía tengo lo necesario para ganar? —pregunta en voz baja.
—¿Y tú?
Respira hondo y le da un sorbo al vino.
—Esto es Wimbledon, ¿no? Puede pasar cualquier cosa —le recuerdo.
Kieran baja la copa y, sin dejar de mirarme con sus despampanantes y relucientes ojos, sus labios esbozan una sonrisa. Es pequeña, pero tan genuina y esperanzada y seductora que el corazón me da un vuelco y me quedo sin respiración por un instante. «Esos hoyuelos...».
Mucho más tarde, cuando ya nos hemos ido a dormir, me doy cuenta de algo a lo que en su momento no le he prestado atención. Me ha llamado Flossie.
Y me ha gustado.