10
—Bueno, cuéntame —comienza a decir Kieran, reclinándose en el respaldo de la silla y mirándome con curiosidad—, ¿qué es lo que viste exactamente en ese pobre intento de Danny Zuko?
Sentada en el otro extremo del sofá, le doy un sorbo a mi copa de vino antes de contestar.
—Cuando nos conocimos, era muy dulce y encantador.
—Sí, desde luego, parece un partidazo. Si no te importa que te lo pregunte, ¿cuánto tiempo estuvisteis juntos?
—Tres años.
—¿Tanto tiempo? —Kieran abre los ojos como platos, escandalizado—. ¿Cómo es posible?
Exhalo un suspiro mientras hago girar el líquido en la copa.
—No lo sé. Si te soy sincera, lo puse en un pedestal. Era muy carismático y divertido, siempre el centro de atención y el alma de la fiesta. Me sentía afortunada de estar con él. Me había escogido a mí cuando podía estar con cualquier otra.
—Fue él quien te hizo sentir así —comenta Kieran asqueado—. Sabía que no estaba a tu altura, de modo que te hizo sentir insignificante para que pensaras que no podías estar con nadie mejor. —Niega con la cabeza y luego murmura—: Me alegro de que al final vieras la luz.
Hago una mueca.
—En realidad, no fue eso lo que ocurrió. —Le doy otro trago al vino mientras él me observa fijamente—. Me dejó él después de que lo pillara engañándome.
Kieran vuelve la oreja hacia mí como si no me hubiera oído bien.
—Ya lo sé, ya lo sé —digo con un suspiro, negando con la cabeza—. Patético, ¿verdad?
—No —asegura con el ceño fruncido—. Es frustrante.
—Ya. Cuando pienso en nuestra ruptura, me cuesta reconocer a la persona que era yo por aquel entonces.
Resulta extraño. Habría hecho lo que fuera para que se quedara conmigo y ahora ni siquiera sé realmente por qué.
—Doy un trago más comedido a mi copa de vino—.
En cualquier caso, siento lo de hoy. No pensaba que él.
.. No tengo ni idea de por qué le he dejado entrar siquiera.
—Quizá porque confiabas en que actuara como una persona decente —dice Kieran en voz baja y con expresión atribulada.
—Algo estúpido por mi parte.
—Algo amable por tu parte —me corrige Kieran.
Sus acerados ojos azules se posan sobre los míos, haciendo que se me acelere el corazón—.
Eso nunca es malo. Ha sido equivocación suya pensar que podía tratar a alguien de ese modo en su propia casa.
—Se lleva su copa a los labios—. Esperemos que no vuelva a cometer ese error, por su bien.
—Estoy segura de que no gracias a ti. —Esbozo una sonrisa irónica, y luego añado con más seriedad—: En cualquier caso, gracias. Me siento avergonzada por que hayas tenido que intervenir.
Kieran frunce el ceño.
—Qué va. Para mí ha sido un placer poner a ese capullo en su lugar.
Aunque a Neil no creo que le haga mucha gracia si llega a enterarse, así que quizá sea mejor que el incidente se quede entre nosotros.
Después de lo de la otra noche, se supone que tengo que mantener un perfil bajo.
—Vacila un momento y luego añade—: Esperemos que a Danny Zuko no se le ocurra ir llorando a la prensa a contar lo sucedido.
—¿Y reconocer que le has pateado el culo? Improbable. —Le aseguro—. Puede que esté desesperado por que lo conozcan, pero no hasta este punto.
—Te sorprendería.
Me muerdo el labio inferior y comienzo a repiquetear con las uñas contra el exterior de la copa.
—Estoy tan cabreada conmigo misma... Ojalá no hubiera permitido que me sacara de mis casillas.
—Ese tipo sabe darte donde más te duele —murmura Kieran, bajando la vista a sus manos con los ojos vidriosos—. Cuesta un poco aprender a protegerte de esos ataques, sobre todo cuando se trata de alguien que te conoce tan bien.
Con la cabeza gacha, todo él parece emanar tristeza y, bajo su coraza, creo percibir el atisbo de algo vulnerable y herido. Me recuerda un poco a la sensación que me transmitió cuando llegó a casa borracho y se sentó en ese mismo lugar, mirando ensimismado el mural de las flores de cerezo.
—Parece que sabes de lo que hablas —digo con cautela y confiando en no estar pasándome de la raya.
Él se pone rígido y levanta los ojos hacia mí. Esbozo una sonrisa, animándolo a hablar.
—A mi padre le gusta ponerme en mi lugar —dice finalmente, sosteniéndome la mirada—.
Es de los que no paran de soltar comentarios hirientes que van socavándote tan poco a poco que ni siquiera eres consciente del agujero que están horadando.
Es una forma inteligente de maltrato. La otra persona elimina todo tu poder para reforzar el suyo.
Puede llegar a pasar desapercibido durante bastante tiempo.
Trago saliva para tratar de deshacer el nudo que se me forma en la garganta.
—Lo siento, Kieran. Eso es terrible.
—No pasa nada —contesta—. Con la ayuda de un psicólogo carísimo, he aprendido a identificarlo y a lidiar con ello. Él descarga su ira sobre mí, yo lo hago en la pista. Ambos cargamos con nuestra pena.
—¿Es... a causa de Aidan? —pregunto con cautela—. Si no quieres hablar sobre ello, no...
—No, tranquila —dice con sinceridad, frotándose la nuca con la mano libre—. Sí, simplificando, podría decirse que en gran medida nuestra ira se debe a su pérdida.
—Lo siento mucho.
—Fue hace mucho tiempo. —Arruga el entrecejo y se vuelve hacia mí—. ¿Sabes mucho sobre él?
—¿Sobre Aidan? Eh... No, la verdad es que no. Sé que también jugaba al tenis.
—Mucho mejor que yo —dice con una sonrisa amarga—.
Siempre fue así, desde que éramos niños.
Él era quien estaba destinado a triunfar.
Mi padre me lo dijo antes de que muriera, y siguió repitiéndomelo después.
Por un lado, me parecía inapropiado continuar jugando después de la pérdida de mi hermano, pero, por el otro, me proporcionó una razón para levantarme cada día.
—Frunce el ceño, pensativo—. Al final, el tenis me salvó.
Le sonrío afectuosamente y creo que lo pilla desprevenido. Parece incómodo, como si de repente se hubiera dado cuenta del tema sobre el que está hablando. Se termina el poco vino que le quedaba.
—¿Quieres más? —pregunta, poniéndose de pie.
—Vale.
Kieran va a la cocina a buscar la botella mientras yo me levanto un momento del sofá para colocar su copa en uno de los posavasos. Cuando vuelve, se da cuenta de ello y, tras servirme, busca otro sobre el que dejar la botella.
Señala con un movimiento de cabeza la vela de tres mechas que hay en el centro de la mesa.
—¿Alguna vez enciendes eso o es solo de decoración?
—Iris me la compró cuando Jonah se marchó y todavía no la he estrenado.
Me mira extrañado.
—¿Y a qué estás esperando?
—Es muy bonita, así que pensé que debía reservarla para alguna ocasión especial.
—Yo solía hacer eso con el vino. Me negaba a beber los más caros que tenía hasta que un día me di cuenta de que, al privarme de ellos, mis mejores botellas estaban cogiendo polvo. Me pareció... una estupidez.
—Tienes razón. Es una estupidez. No sé a qué estoy esperando.
Kieran enarca una ceja.
—¿Quieres encenderla?
—Sí —contesto con firmeza—. Quiero encender la maldita vela.
Sus labios esbozan una inesperada sonrisa que hace aparecer sus hoyuelos y provoca que me dé un vuelco el estómago.
—Genial. ¿A quién no le gusta una buena vela? ¿Dónde hay un mechero?
—Debería haber uno en los cajones de la cocina. En el de los cubiertos, creo.
Vuelve a desaparecer y sonrío para mí, recostándome en los cojines del sofá. Pienso en lo extraño que resulta estar hablando con Kieran O’Sullivan de noche mientras tomamos una copa de vino a la luz de una vela de tres mechas, aunque lo más extraño de todo es que no lo siento para nada raro.
—Lo tengo —anuncia Kieran, agitándolo en una mano y sosteniendo una cosa en la otra—. Ymira qué más he encontrado.
Lo miro detenidamente.
—¿Un prensador de ajos?
—¿No es esto lo que tu ex ha dicho que había venido a buscar?
—pregunta al tiempo que se inclina con cuidado para encender la vela.
Cuando lo hace, me fijo en la bronceada piel de sus brazos y en el modo en que sus bíceps tensan la tela de su camiseta.
Recuerdo entonces lo que sentí al estar envuelta en esos mismos brazos, pegada a su cálido y robusto cuerpo, y un cosquilleo me recorre de la cabeza a los pies, haciendo que se me ponga la piel de gallina.
—Pues sí —digo, tragando saliva—. Efectivamente. —Cierro los ojos y apoyo la frente en la palma de la mano—. ¿No podía habérsele ocurrido algo mejor?
—Es un aparato muy sofisticado —observa Kieran, fingiendo que lo examina con atención mientras vuelve a sentarse.
Me doy cuenta entonces de que estamos mucho más cerca el uno del otro, ya que me he movido hasta su extremo del sofá para colocar su copa en el posavasos y luego no he regresado a mi sitio.
Si me volviera hacia él, nuestras rodillas se tocarían—.
Comprendo perfectamente por qué un imbécil pretencioso como él vendría hasta aquí para recuperarlo.
—Sí que es un imbécil pretencioso, sí —reconozco.
Al repetir su frase, noto lo entrecortado que suena mi acento en comparación con su deje dublinés—.
Una vez fui a una fiesta que había organizado uno de sus colegas del teatro, y no paré de alabar lo buen músico que era.
Cuando llegamos a casa, me dijo que le daba vergüenza que no hubiera dejado de llamarlo «músico» porque sonaba demasiado básico.
Me pidió que, en el futuro, me refiriera a él como «compositor» o «poeta musical».
La repentina carcajada de Kieran hace que se atragante con el vino y tenga que inclinarse hacia delante golpeándose el pecho. Con una risita, me muerdo el labio inferior mientras él termina de toser y se vuelve hacia mí.
—Estás de broma —dice, respirando todavía con dificultad.
—Ojalá.