Match Point 9 #2
33%

9 #2

Cuando me uno a él en el salón, me lo encuentro examinando la estancia con curiosidad.

Sus ojos inspeccionan el equipo para hacer gimnasia, los lomos de los libros de las estanterías ordenados por color, la vela de tres mechas que hay en medio de la mesita de centro, la manta doblada sobre el reposabrazos del sofá y, finalmente, la PlayStation que descansa debajo de la tele.

—Ha habido unos cuantos cambios —dice, enarcando una ceja—. Veo que está dejando su marca.

—Bueno, ¿qué es lo que has venido a recoger? —pregunto, procurando sonar despreocupada y serena a pesar de que la incomodidad que siento hace que se me erice la piel—. No se me ocurre qué es lo que te has podido dejar.

Él se vuelve lentamente hacia mí inhalando hondo. Su mirada desciende a mi escote y luego asciende de nuevo. Me arrepiento de haberme puesto una camiseta ajustada con cuello de pico y los pantalones cortos vaqueros de color negro y cintura alta. Cohibida, me cruzo de brazos.

—Se te ve bien, Flora —comenta—. ¿Cómo te va?

—Bien, gracias. ¿Tú cómo estás?

Él asiente despacio.

—Bastante bien. Ocupado. Muchos bolos. —Vacila un momento, y luego añade en voz baja—: Te he echado de menos.

Aprieto la mandíbula y no digo nada.

—No has respondido a mis mensajes —añade.

—No tenía nada que decir.

—Esperaba que pudiéramos seguir siendo amigos —murmura con un destello de súplica en los ojos.

Me aclaro la garganta.

—¿Qué es lo que crees que te dejaste aquí? Si me dices qué estás buscando, podré decirte si lo he visto.

Él me observa con curiosidad.

—¿Ni siquiera quieres hablar un poco conmigo, Flora?

Venga, estuvimos juntos tres años. Sé que las cosas terminaron mal, pero.

.. —No acaba la frase y esboza una sonrisa insegura—.

Tienes razón. No me merezco que seas amable conmigo.

Solo esperaba..., no sé. —Respira hondo—.

Supongo que no me has echado de menos. Me sorprendió ver lo rápido que habías pasado página.

¿Conociste a Kieran O’Sullivan después de que me marchara o antes?

Lo miro con incredulidad.

—¿Cómo dices?

—Parece que se ha mudado contigo muy rápido, y te conozco, Flora —dice, observándome intensamente—.

Sé que no caerías en la trampa de los romances vertiginosos.

Eres demasiado lista para eso. Así que he supuesto que lo conoces desde hace más de seis meses.

Cuando Zoe me dijo que había visto a Kieran O’Sullivan entrando en nuestro piso, no me lo podía creer, pero luego vi todo lo que se decía en internet y me di cuenta. ..

—¿Sigues en contacto con Zoe? —le pregunto en voz baja al tiempo que la sangre se me hiela en las venas.

—Sí —dice, y las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba—. Siempre hemos sido amigos. Ya lo sabes.

Parpadeo para intentar contener desesperadamente las lágrimas.

Me ha pillado desprevenida esta punzada de dolor en el pecho.

Jonah ya no me atrae nada, eso lo tengo claro.

Pero su traición y la subsiguiente humillación todavía tienen el poder de hacerme sentir como una absoluta idiota.

Había conseguido convencerme a mí misma de que Zoe y él no volverían a hablarse después de lo que me habían hecho.

Qué ingenua. Yahora aquí estoy, delante de Jonah, sintiéndome engañada de nuevo.

—Lo que hay entre Zoe y yo no es serio —me asegura con los ojos relucientes, aprovechando que ha notado que me importaba—. No es comparable con lo que tuvimos tú y yo. Yno sé cuál es tu situación con Kieran O’Sullivan, pero si alguna vez...

—No es asunto tuyo, Jonah —digo con un graznido, sintiéndome como si alguien me hubiera agarrado las entrañas y estuviera retorciéndomelas—.

¿Has venido aquí para recoger tus cosas o para interrogarme sobre mi vida?

Porque renunciaste a todo tu derecho a saber nada sobre mí cuando te tiraste a nuestra vecina.

Él hace una mueca y baja la mirada.

—Sé que no tengo derecho a preguntarte nada —admite con suavidad, con una expresión que parece genuinamente afligida. Sí que se le da bien actuar al cabronazo—. Pero no puedo evitarlo. Todavía me importas.

—Jonah...

Da un paso adelante y yo retrocedo por instinto.

—Sé que el capullo aquí soy yo —afirma, arrugando el entrecejo con determinación—.

No me merezco que me perdones. Lo que hice está mal.

Pero los sentimientos no cambian de la noche a la mañana.

Cuando quieres a alguien, esa persona termina formando parte de ti.

No te he olvidado, Flora. Ydudo que llegue a hacerlo nunca.

Por eso, si alguien se está aprovechando de ti, quiero saberlo.

Su comentario me desconcierta.

—¿De qué estás hablando?

Él enarca las cejas como si ambos supiéramos a qué se refiere.

—Pues de Kieran O’Sullivan. Vamos, Flora, todo el mundo sabe que es un capullo que se dedica a camelar mujeres a troche y moche. No pensarás que está genuinamente interesado en ti.

¿De veras acaba de decir «a troche y moche»?

Maldita sea. El hecho de que haya dejado entrar siquiera a este tipo en mi piso me revuelve las tripas.

Aunque, de hecho, me alegro de que haya dicho eso.

Aleja cualquier duda que haya podido albergar por culpa de su inteligente manipulación y me recuerda lo que me ha quedado claro estos últimos meses: Jonah no es la persona con la que quiero estar.

Ya no me encuentro indefensa bajo su control.

Yergo la espalda y alzo la barbilla, desafiante.

—No sabes nada sobre Kieran O’Sullivan —afirmo.

—Quizá no —se encoge de hombros—, pero te conozco a ti. Sé que eres amable y generosa y que ves lo mejor de la gente. Eso te impide advertir sus intenciones ocultas.

—¿Igual que antes no podía ver las tuyas? —replico, enarcando una ceja.

Él suspira con impaciencia.

—Ya te he pedido perdón, Flora. Soy humano. Cometí un error y lo admití.

Suelto un resoplido y retrocedo.

—Te pillé con ella en nuestra cama. ¿Qué otra cosa podías hacer?

—Me paso una mano por el pelo—. Mira, ya hemos tenido esta conversación y no quiero repetirla.

Lo nuestro terminó y ambos hemos pasado página.

Por favor, coge lo que hayas venido a buscar y lárgate.

Si me dices qué es, trataré de encontrarlo, pero estoy bastante segura de que no te dejaste nada.

Percibo un destello de irritación en sus ojos.

—Está bien —suelta—. Si así es como quieres que sean las cosas, tú misma. Ya veo que, después de todo, no vamos a poder llevarnos bien.

Pongo los ojos en blanco. Unos meses atrás, su pobre opinión de mí me habría dejado tocada y habría hecho cualquier cosa para obtener de nuevo su aprobación y que me considerara maravillosa. Pero que le den. He perdido años de mi vida intentando complacerle.

—He venido a buscar mi prensador de ajos —afirma.

Parpadeo mientras una sonrisita asoma en mis labios.

—¿Cómo has dicho?

—Mi prensador de ajos —repite, fulminándome con la mirada—. Sé que no cocinas demasiado, así que tal vez necesites que te explique cómo es.

—Creo que me las arreglaré. ¿Algo más?

—Nada que se me ocurra.

Lo dejo pasar y me encamino a la cocina. Mientras comienzo a rebuscar en los cajones, oigo sus pasos detrás de mí y, con el rabillo del ojo, veo que entra por la puerta y se detiene de golpe junto a la mesa, bajando la mirada a mi cuaderno y mis lápices.

—Estás dibujando —afirma.

—Así es.

—Pensaba que lo habías dejado.

Cierro un cajón y abro otro.

—No.

Se ríe ligeramente.

—Interesante.

«No muerdas el anzuelo. No muerdas el anzuelo. No muerdas el...».

—¿Por qué te parece interesante? —suelto, enderezándome.

Él alza las manos al tiempo que una sonrisita de satisfacción se dibuja en sus labios.

—Bueno, mujer, tampoco hace falta que te pongas a la defensiva. Me parece genial que vuelvas a dibujar, se te da muy bien. Es lo que hacías cuando tú y yo comenzamos a salir. Lo encuentro... adorable.

—Adorable —repito, mirándolo con incredulidad.

—Me refiero al hecho de que vuelvas a intentarlo.

Sí, se trata de una industria muy dura y eres mucho más mayor que la mayoría de los artistas que quieren abrirse camino en ella.

Además, careces tanto de experiencia como de cualificación, por eso me parece adorable que estés.

.. intentándolo. Me alegra que nuestra ruptura te haya proporcionado el tiempo necesario para volver a dedicarte a tus aficiones.

No se me ocurre qué decir. Mi garganta parece haberse cerrado completamente y no consigo responder. Él me observa con una sonrisa sincera. Sus hirientes palabras me han llegado a lo más hondo, reduciéndome a una pequeña idiota indefensa.

—¿Quién es este?

La voz de Kieran me hace volver en mí. Se encuentra en la puerta de la cocina ataviado con unos pantalones cortos y una sudadera con capucha.

Viene de la piscina y tiene el pelo mojado y revuelto.

Su mirada pasa de Jonah a mí y su ceño se arruga con preocupación al reparar en mi semblante.

Caigo en la cuenta de que, sin ser consciente de ello, el discurso de Jonah ha provocado que fuera inclinándome hacia delante hasta quedar encorvada sobre mí misma, una postura que no resulta precisamente atractiva, y permanezco aferrada con una mano al borde de la encimera como si lo necesitara para mantenerme de pie. Los nudillos se me han puesto blancos.

Jonah da un paso hacia él ofreciéndole una mano.

—Hola, colega —dice con un tono informal—. Soy Jonah.

Kieran baja la mirada y enarca una ceja con desdén, como si le desconcertara que mi ex se atreva siquiera a suponer que podría rebajarse a estrecharle la mano. Jonah se ríe con un resoplido y deja caer el brazo a un lado.

—Está bien, de acuerdo. Si así son las cosas, por mí bien. Supongo que te ha hablado de mí.

—Nunca había oído hablar de ti —afirma rotundamente Kieran—. Pero sí que he oído sin querer lo que estabas diciéndole cuando he llegado, y no pienso estrecharle la mano a un tipo al que le gusta menospreciar a los demás para sentirse importante.

Jonah parece confundido.

—No sé quién te crees que eres, pero está claro que has malinterpretado lo que sea que hayas oído —dice con una risita, volviéndose hacia mí. Kieran no aparta su mirada gélida de él—. Flora me conoce, ¿verdad, Flora? Ella sabe que no diría nada que pudiera molestarla.

—Deberías marcharte, Jonah —le digo con una voz trémula que delata mis nervios.

—¿A qué cojones viene todo esto? —suelta él con una risotada—. Solo he venido a buscar mi prensador de ajos, tampoco es para tanto. —Mira a Kieran de arriba abajo con desdén—. No hace falta que te me pongas farruco, colega.

—Flora ha dicho que deberías marcharte, y yo no soy tu colega —le espeta Kieran con voz áspera.

Jonah suspira despreocupadamente, pero noto que está nervioso. Kieran es mucho más corpulento que él y, además, tiene los puños apretados, lo está mirando con rabia y su ancha figura ocupa la mayor parte de la puerta, bloqueándole la salida.

—Está bien, ya lo pillo, como queráis —murmura, echando los hombros hacia atrás y alzando la barbilla—.

No me había dado cuenta de que mi presencia te molestaba, Flora.

Pensaba que éramos adultos y que habíamos pasado página, pero supongo que no he sabido interpretar bien la situación.

Deberías haber dicho antes que querías que me fuera, no hacía falta que tu guardaespaldas viniera a hacer los honores.

Kieran exhala ruidosamente con la mandíbula apretada, lo que evidencia su frustración. Al ver que flexiona los dedos, me doy cuenta de que está intentando mantener bajo control su creciente ira.

—Es hora de que te marches, Jonah —le recuerda con una intimidante mirada.

—Vale, vale, no te sulfures. Es toda tuya, colega —le dice Jonah, y, al pasar a su lado, añade en voz baja—: Que disfrutes de mis sobras.

Un grave error por su parte. Con un rápido movimiento, Kieran lo agarra de la solapa de la cazadora, lo levanta y lo empotra contra la nevera con tanta fuerza que el electrodoméstico se tambalea peligrosamente.

Inmovilizado, Jonah no puede evitar soltar un grito ahogado cuando Kieran se cierne sobre él.

— ¿QUÉ ACABAS DE DECIR? —pregunta con furia, inclinándose hacia mi ex.

—¡Para, Kieran! —exclamo, corriendo hacia él y agarrándolo de un brazo—. No merece la pena. En serio.

Exhalando por la nariz, Kieran mantiene la vista fija en los ojos de Jonah, abiertos como platos a causa del pánico. Le tiro del brazo y, finalmente, retrocede un paso y suelta a mi ex, que traga saliva con dificultad mientras Kieran sigue mirándolo con desdén.

—Ni se te ocurra volver a faltarle al respeto de esa manera —dice entonces en un tono tan gélido que Jonah no puede evitar estremecerse—. Yahora lárgate.

Con las mejillas encendidas, Jonah les echa un vistazo a las solapas de su cazadora de cuero y, lanzándome una furibunda mirada de despedida, sale de la cocina.

Oímos sus pasos alejándose por el pasillo y luego la puerta cerrándose con tanta fuerza que me sobresalto.

Kieran y yo permanecemos en silencio hasta que se vuelve hacia mí y, con los brazos en jarras, dice con un gruñido:

—Me vendría bien una copa. ¿Ya ti?

Me apoyo en la encimera con el corazón todavía latiéndome con fuerza.

—Sí —digo, y, tras exhalar un suspiro de alivio, esbozo una sonrisa de agradecimiento—. Una copa estaría bien.