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Debería estar dibujando, pero lo único en lo que puedo pensar es en la fuerza con la que los brazos de Kieran O’Sullivan me asieron por la cintura ayer y lo que sentí cuando su cuerpo envolvió el mío.

Es tan alto y ancho y sólido que, acurrucada en su pecho, me sentí pequeña y segura, aunque solo fuera durante unos segundos.

Yjuraría que, cuando me di la vuelta para estar de cara a él, había algo en su mirada, una intensidad que antes no estaba ahí.

Vale, quizá vi lo que quería ver.

Pero, cada vez que dejo mi mente vagar a ese momento —cosa que, lo admito, sucede cada diez segundos—, un cálido hormigueo se extiende por mi cuerpo, acelerándome el corazón.

Y también dijo que olía bien.

Giro el lápiz entre los dedos mientras me muerdo el labio inferior.

La página abierta del cuaderno que tengo delante en la mesa de la cocina sigue en blanco.

Exhalo un suspiro, molesta conmigo misma por haber perdido otra tarde.

Dejo el lápiz a un lado y, tras acercar el portátil arrastrándolo por el tablero, tecleo el nombre de Kieran en Google. Quiero saber más sobre él.

Ignoro los artículos más recientes y clico en el enlace a su página de Wikipedia.

Me salto los largos párrafos sobre su carrera tenística para centrarme en las secciones acerca de sus orígenes y su vida personal.

La primera es bastante vaga. Está claro que no le gusta hablar de ello en público.

Averiguo que se crio en Dublín, que sus padres se divorciaron pronto y que tanto él como su hermano mayor, Aidan, fueron entrenados por su padre, Brian.

Aidan fue una joven estrella del tenis extremadamente exitosa, pero falleció a los veinte años.

No hay muchos detalles sobre su muerte, aunque la versión más extendida es que se trató de algo relacionado con drogas.

—Dios mío... susurro mientras me cubro la boca con una mano.

En la sección de su vida personal, descubro que, tal y como me explicó Iris, cuando tenía veintipico años, Kieran estuvo brevemente prometido con la actriz británica Rachel Wallace, pero rompieron a los dos meses y, a continuación, ella salió y se casó con el jugador de tenis australiano Chris Courtney.

Al parecer, es bien sabido también que Kieran y él mantienen una larga rivalidad en las pistas; poco después del fallecimiento de Aidan, Kieran se enfrentó a Chris en la final del Abierto de Australia tras haber derrotado al número uno del mundo en las semifinales, un partido que lo catapultó al estrellato mundial de la noche a la mañana.

Esa final generó muchísima expectación, pues Kieran apenas contaba con dieciocho años.

Chris ganó por tres sets a dos y, durante el partido, Kieran rompió su raqueta y fue multado.

Tres años más tarde, Chris jugó contra él en la semifinal de Wimbledon, pero Kieran tuvo que retirarse a causa de una lesión.

Rachel Wallace estaba entre el público, sentada con su equipo.

Al año siguiente, cuando los dos tenistas volvieron a enfrentarse, ella estaba con el séquito de Chris. Kieran perdió tres a cero.

—¡Uf! —digo en voz alta, lamentándolo por él. Eso debió de ser brutal.

Desde su ruptura con Rachel, Kieran ha estado relacionado con varias figuras públicas femeninas, aunque no ha tenido ninguna relación seria.

En esta sección hay también una nota sobre su trabajo con una organización benéfica dedicada a la salud mental de la gente joven.

Y,además, se cuenta que su padre lo entrenó hasta que, según varias fuentes, Kieran prescindió de él a los veintiséis años.

Después de eso, estuvieron mucho tiempo sin hablarse, pero algunas noticias indican que hace poco se ha debido de producir una reconciliación.

Profundizando un poco más, encuentro un artículo en un periódico irlandés sobre los hermanos O’Sullivan publicado justo después del fallecimiento de Aidan.

Comienza diciendo que su muerte no es solo una tragedia insoportablemente dolorosa para la familia, sino un golpe terrible para el mundo del tenis.

«Aidan fue una suerte de prodigio del tenis, y se le consideraba uno de los jóvenes talentos más brillantes y prometedores de este deporte —puede leerse—.

No cabe duda de que, con su electrizante talento en bruto, sus excepcionales capacidades y su inquebrantable determinación, Aidan O’Sullivan tenía una carrera extraordinariamente exitosa por delante».

Miro con tristeza la fotografía de Aidan que hay debajo del párrafo.

Alto, moreno, rematadamente apuesto. Se parece a Kieran, aunque con una constitución algo más delgada, los ojos castaños y el pelo más largo que el de su hermano.

Debajo de esa imagen hay otra en la que se ve a Aidan y a Kieran juntos cuando eran adolescentes.

Están en una pista de tenis con un adulto que, según el pie de foto, es su padre.

Brian está diciéndoles algo y, mientras que Aidan lo mira fijamente con expresión seria, Kieran ha apartado la vista y se ríe con ganas de algo que sucede a lo lejos. Sigo leyendo el artículo:

Su hermano menor, Kieran, es otro gran jugador de tenis, aunque es más emocional y volátil en la pista.

Si bien ha demostrado poseer un estilo más elegante, también ha sido objeto de críticas por carecer del control que su hermano dominó bien temprano y que exhiben asimismo los mejores jugadores de hoy en día.

Aunque se mostraban competitivos en la pista, la relación entre los hermanos era muy estrecha y Kieran debe de estar sufriendo intensamente la pérdida de su querido hermano.

Esperamos que esta tragedia no cause su retirada del tenis, pues en ese caso este deporte perdería a dos de sus estrellas más brillantes.

Cuando llego al final del artículo, caigo en la cuenta de que me está cayendo una lágrima por la mejilla.

Me la enjugo con un dedo y, reclinándome en la silla, exhalo ruidosamente.

Al poco prosigo con mi búsqueda, aunque solo encuentro una entrevista larga con Kieran, y es de hace ya unos años.

De hecho, cuando miro la fecha, advierto que la concedió apenas unos pocos meses antes del fallecimiento de su hermano.

Apareció en el suplemento de fin de semana de un periódico nacional y su titular reza: «“Ganaré Wimbledon antes que mi hermano”: Kieran O’Sullivan explica las razones por las que es a él a quien hay que prestar atención».

Se me forma un nudo en la garganta al leer la entrevista en diagonal y ver distintas citas de Kieran en las que cuenta por qué está decidido a demostrarle al mundo que no solo no piensa permanecer a la sombra de su hermano, sino que, de los dos, será él quien pase a la posteridad.

Dejando de lado las ruedas de prensa de los torneos de tenis, esta parece ser la última entrevista que llegó a conceder.

Estoy pensando en lo triste que resulta toda esta historia cuando suena el timbre.

Puede que esta vez Kieran haya perdido las llaves de verdad.

Con el corazón latiéndome con fuerza, cierro el portátil y me pongo de pie de un salto, avergonzada ante la idea de que haya regresado justo cuando estoy indagando sobre él en internet.

De camino a la puerta, me miro en el espejo del pasillo.

Tengo las mejillas sonrosadas y los ojos me brillan de la emoción.

—Tranquilízate —le susurro a mi reflejo.

No debería perder la cabeza solo porque me cogiera al vuelo cuando me caí de una silla y dijera cosas positivas sobre mis dibujos.

Una cosa buena no anula todas las malas que han sucedido antes.

Vale, puede que no se trate de alguien tan abominable como pensaba, pero, aun así, conmigo se ha mostrado maleducado y engreído desde el momento en que lo conocí.

Además, no olvidemos la clase de mujer con la que está acostumbrado a salir.

Difícilmente le prestaría atención a alguien como yo cuando montones de influencers y modelos se echan a sus pies en cuanto aparece en algún local nocturno.

Dicho esto, tampoco hay nada malo en asegurarme de tener buen aspecto cuando él está cerca. Me paso rápidamente los dedos por el pelo, sonriendo con un sentimiento de culpa ante mi reflejo: antes me he tomado mi tiempo perfeccionando mi maquillaje a propósito para cuando regresara.

Tras respirar hondo y adoptar una sonrisa que espero que resulte casual y despreocupada, abro la puerta. Se me cae el alma a los pies.

—¡Jonah! —exclamo con un grito ahogado, retrocediendo ligeramente.

Una sonrisita de satisfacción se extiende por el rostro de mi exnovio.

Gracias a sus gafas de sol de cristal reflectante, puedo ver mis ojos abiertos como platos ante su aparición.

Al alzar una mano para apartarse el pelo de la cara, el cuero de su cazadora emite un leve chirrido.

Hoy hace calor, pero a él le encanta esa chaqueta.

Conjuntada con los pantalones vaqueros desteñidos que lleva puestos, se diría que acaba de salir de una representación del musical de Grease , cosa que no deja de ser posible (últimamente no he seguido su carrera y lo he bloqueado en todas las redes sociales).

—Ey, nena —dice con calidez.

Se me hace un nudo en el estómago ante esa forma tan afectuosa de dirigirse a mí.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le pregunto sin rodeos.

—¿Puedo entrar? —inquiere, estirando el cuello para echarle un vistazo al pasillo por encima de mi hombro. Ante mi vacilación, ladea la cabeza y dice—: No te vas a poner rara con esto, ¿verdad? Solo he venido a buscar algunas cosas, Flora. No hace falta hacer ningún drama.

Cuando pasa a mi lado quitándose las gafas de sol, siento el abrumador impacto de la colonia que lleva puesta y que me provoca un cosquilleo en la garganta.

Siempre he creído que el olor es el modo más poderoso de evocar un recuerdo, pero esta fragancia es distinta a la que usaba cuando estábamos juntos.

En vez de hacer que lo eche de menos, lo único que consigue es darme arcadas.