Match Point 8
28%

8

Me cuesta imaginar que la perspectiva de entrenar con resaca sea muy divertida, pero que, encima, tu entrenador no deje de regañarte durante toda la mañana debe de hacerlo aún peor.

Por decirlo de otro modo: hoy no envidio a Kieran.

Cuando antes he echado un vistazo a la cocina, estaba sentado a la mesa con la cabeza apoyada en las manos, bebiendo de vez en cuando de una nueva botella de agua mientras escuchaba a Neil, que deambula sin parar de un lado a otro pisando con tal fuerza las baldosas que puedo oírlo sin problemas desde el salón.

—Eres consciente de que le has dado justo lo que quería, ¿verdad? —lo abronca—. Él sabía perfectamente que eso era lo que harías si hablaba de ti: perder la cabeza. Bueno, felicidades, has caído de pleno en su trampa.

—No fue solo por lo que dijo Chris, Neil —responde Kieran en voz baja y ronca—. Me apetecía salir un poco. ¿Es eso un crimen?

—Como si lo fuera. Estás entrenando para Wimbledon, que, por si no te has enterado, comienza dentro de apenas una semana y media. No son solo tu tiempo y tu esfuerzo los que estás malgastando cuando montas un numerito como este, Kieran, sino también los de tu equipo. ¿Oes que no te importamos?

—Claro que sí.

—Pues tienes una forma muy curiosa de demostrarlo.

—He cometido un error. Lo siento.

—Por el amor de Dios, Kieran, eso es lo que dices siempre. «Lo siento, he decepcionado a todo el mundo». Pareces un puto disco rayado. Uno de estos días tendrás que abrir los ojos y darte cuenta de que no te quedan muchas oportunidades. ¿De veras lo deseas? Ganar Wimbledon, quiero decir.

Kieran suelta un gruñido.

—¡Claro que sí! ¡Es lo que siempre he querido!

—¡Entonces lucha por ello! Deja de decirte a ti mismo que no te lo mereces y no tires la toalla antes de concederte la oportunidad. Actúas exactamente como ellos quieren que lo hagas. ¿Por qué? Tú no eres así, eres mucho mejor. Ojalá te dieras cuenta de una vez.

—En ocasiones me cuesta seguir creyendo —refunfuña Kieran.

Oigo que Neil exhala un profundo suspiro y deja de dar vueltas a la cocina. Acontinuación, las patas de una de las sillas se arrastran por el suelo. Debe de haberse sentado a la mesa. Me aferro con fuerza a mi taza de café y aguzo los oídos.

—Kieran, si no crees realmente que puedes ganar Wimbledon, ¿por qué estás aquí? ¿Por qué sigues viniendo? —pregunta Neil en un tono más suave.

—No lo sé. Puede que me guste la rutina.

Neil suelta una risa ronca.

—Si te gustara, no serías un puto jugador de tenis. Habrías dejado de viajar de aquí para allá todo el tiempo y te habrías asentado en algún lugar.

—Eso no suena tan mal.

—Ah, ¿no? Pues, en ese caso, ríndete. Tienes dinero.

Tienes ese piso en Dublín que está vacío la mayor parte del año.

Yel apartamento de Florida. Siempre has dicho que querías retirarte aquí, en Wimbledon.

Hazlo, vende esos apartamentos y cómprate la casa de tus sueños en el Village para pasarte el día sentado leyendo el periódico si eso es lo que deseas.

Se hace un silencio y luego Kieran responde en voz baja:

—Primero quiero el trofeo de Wimbledon.

—Eso es —dice Neil satisfecho—. Y,cuando lo ganes.

.., cuando lo hagas, Kieran, podrás ir a por todos los demás.

Ojalá dejaras de sentir lástima por ti mismo y comenzaras a creer que tienes tanto derecho a estar en la pista central como cualquier otro.

Posees el talento. ¿No te lo he dicho siempre? Es tu mente la que necesita trabajo.

Kieran exhala un suspiro.

—Siento lo de anoche, Neil.

—Ya lo sentirás cuando te machaque en la pista dentro de media hora. Venga, coge la bolsa y vamos a entrenar. La resaca se cura con sudor. Te compraremos uno de esos putos zumos verdes y volverás a sentirte en la cima del mundo.

—A Nicole no debe de hacerle mucha gracia que el vídeo esté circulando por internet. El tío ese me siguió hasta el cuarto de baño, Neil. No dejaba de repetir que era un perdedor, tal y como había dicho Chris. Me sacó de quicio.

—Olvídalo. Pasemos página, ¿de acuerdo? Sin distracciones. Apartir de ahora, solo tenis.

—Entendido.

Oigo como empujan las sillas hacia atrás al ponerse de pie y me apresuro a fingir que estoy ocupada con mi móvil.

Neil es el primero en pasar por delante del salón.

Lo hace sin levantar la mirada y, al llegar a la puerta de entrada, advierte a Kieran de que hay un par de periodistas fuera a la espera de algún comentario sobre la juerga de anoche.

—Supongo que me lo he buscado —masculla Kieran—. Un momento, Neil. —Entra en el salón y yo levanto la vista del móvil como si me sorprendiera que aún esté en el apartamento y no hubiera estado escuchando todas y cada una de las palabras que han intercambiado—. Hola, Flora, ¿estás bien?

—Sí. ¿Ytú?

—He estado mejor. —Vacila un momento, jugueteando con la gorra que sostiene en una mano—. Siento haberte despertado anoche. Ytambién mis divagaciones de borracho.

—No te preocupes. No pasa nada —le aseguro, ofreciéndole una sonrisa tranquilizadora—. Lo cierto es que estabas muy gracioso.

—Ah, ¿sí? ¿En plan bien? ¿Obochornoso?

Finjo que me lo pienso.

—Mmmm... En plan bien.

La comisura de sus labios se curva ligeramente hacia arriba.

—¡Fiu! ¡Qué alivio!

—¡Kieran! —exclama Neil con severidad—. Llegamos tarde.

Con una sonrisa de disculpa, Kieran se pone la gorra y baja la visera antes de seguir a Neil fuera del apartamento. En cuanto el coche se aleja, la batería de preguntas de los paparazzi se apaga y yo me tomo un momento para contemplar el mural de la pared. Lo cierto es que no está nada mal.

Dejo mi taza sobre la mesa y me voy a la ducha. Hoy me espera un gran día. Ha llegado la hora de comenzar a desarrollar el argumento de mi novela gráfica.

Mi argumento es una auténtica mierda.

Me he pasado todo el día pensando en qué debía hacer y todo lo que se me ha ocurrido es una bazofia.

¿Por qué sigo creyendo que puedo hacerlo?

¡Ni siquiera soy capaz de comenzar el puto libro!

He tratado de elaborar un storyboard , pero mis patéticos intentos con pósits solo han hecho que me sienta más deprimida que cuando empecé, así que los he hecho trizas y los he tirado a la basura.

Después de buscar en Google «cómo superar el bloqueo del escritor», me he preparado varias tazas de té y, por la tarde, he ido a dar un largo paseo, pero ambos consejos han resultado ser pésimos.

El té solo ha conseguido que tuviera que ir constantemente a mear y, cuando estaba paseando por Wimbledon, no he parado de ver montones de personas felices y animadas que parecían tener sitios a los que ir y caminaban con un propósito.

Yo, en cambio, vagaba sin destino alguno, algo inquietantemente similar a lo que sucede con mi vida en general.

Al final, el paseo solo me ha servido para recordar que Londres está lleno de gente exitosa que sabe lo que está haciendo, mientras que yo sigo fracasando en todo.

Cuando llego a casa, me permito a mí misma regodearme un poco en la miseria y luego me doy cuenta de que, probablemente, el mejor modo de comenzar es intentar dibujar.

He probado a trazar un argumento antes, pero tal vez soy una de esas autoras a quienes la historia se les ocurre a medida que la desarrollan.

Después de buscar por todo el salón, recuerdo que mi material de dibujo está en el dormitorio: lo guardé en lo alto del armario para no tenerlo a la vista.

Tras respirar hondo, abro con cautela la puerta de mi habitación, nerviosa por el estado en el que Kieran haya podido dejarla esta mañana.

En realidad, sin embargo, no es tan horrible como esperaba, aunque hay ropa tirada por el suelo y su intento de hacer la cama es patético.

Puede que haya vuelto a colocar bien el edredón, pero no ha alisado las arrugas, ni ha ahuecado las almohadas, ni tampoco ha puesto los cojines decorativos otra vez sobre el colchón.

Yveo que ha prescindido de la colcha, que ahora descansa hecha un gurruño en el suelo.

Por lo demás, esperaba que aquí dentro oliera mal, como a alcohol rancio, pero me sorprende gratamente: Kieran ha dejado la ventana abierta, con lo que la habitación está aireada y ventilada.

Puede percibirse asimismo el sutil rastro de su colonia.

Es una fragancia agradable: sándalo y cítricos, creo.

Resistiendo el impulso de fisgonear entre sus cosas en su ausencia, me abro camino entre la ropa tirada por el suelo.

Me siento culpable por estar aquí sin su permiso.

Tengo que respetar que, mientras esté pagando para alojarse en mi piso, esta es su habitación y no tengo derecho a entrar en ella cuando me dé la gana.

El problema es que realmente necesito mis cosas para ponerme con el libro, estoy segura de que comprenderá por qué he tenido que colarme.

Voy al armario y me pongo de puntillas para intentar alcanzar el estante superior sin éxito. Como la cama está demasiado lejos como para subirme a ella, tengo que ir a buscar una silla. De vuelta en la habitación, la coloco con cuidado en la moqueta.

Me subo de pie, cogiéndome a ambos lados del armario para no perder el equilibrio.

La silla cruje y se balancea ligeramente bajo mi peso; sus patas no parecen estar posadas con demasiada firmeza sobre la suave e irregular moqueta.

De repente, me arrepiento de haberle insistido a Jonah en que compráramos este desvencijado juego de sillas en una tienda de muebles de segunda mano.

No parecen lo bastante robustas para algo así, pero ya veo el cuaderno y el estuche de lápices.

Cuando me suelto y alargo una mano para cogerlo, la silla se tambalea bajo mi peso.

Suelto un grito y me agarro con fuerza a la puerta del armario para no caerme.

Exhalo ruidosamente una bocanada de aire.