7 #2
Puede que se me haya pasado por la cabeza una vez.
Oquizá dos. La posibilidad de que pueda ocurrir, quiero decir.
Pero solo en un mundo de fantasía en el que él fuera una persona agradable.
Mentiría si no reconociera que es atractivo, porque es algo que salta a la vista.
Obviamente, es guapísimo, y lo he visto con una toalla atada a la cintura y el torso desnudo.
Debería estar muerta para no imaginarme cómo sería recorrer con las manos las suaves curvas de sus brazos y sus anchos y musculosos hombros. Cualquiera querría saber qué se siente.
No es culpa mía. Es solo... pura ciencia.
Sí. Eso tiene sentido.
—Estás sonrojándote, Flora —observa Iris.
—Por lo que tú estás diciendo, no por nada relacionado con él. Créeme, las cosas entre nosotros no son como te piensas.
—De momento —dice, dándole un triunfal sorbo a su vino mientras pongo los ojos en blanco aliviada al ver que ya llega nuestra comida, que me proporciona la oportunidad perfecta para cambiar de tema y dejar de hablar de Kieran O’Sullivan.
Esa noche me despierta de un sobresalto el alboroto que arma alguien al intentar abrir la puerta de entrada.
Me incorporo bruscamente al oír un fuerte golpe seguido del ruido que hace esa persona al forcejear con el tirador.
Con el corazón en un puño, saco las piernas de la cama y me quedo petrificada cuando, a continuación, quienquiera que esté intentando entrar embiste con violencia la puerta.
Me pongo en pie de un salto. Estoy a punto de ir corriendo al dormitorio en el que duerme Kieran y exigirle que coja su raqueta de tenis para amenazar al intruso cuando me detienen unos repetidos timbrazos, seguidos de un vigoroso repiqueteo.
Luego oigo la voz del propio Kieran hablando alto y arrastrando las palabras.
—¿Flora? —dice a través de la ranura del correo—. ¡Hooolaaa! ¿Hay alguien en casa?
Después de comprobar a través de la mirilla que, efectivamente, se trata de él, enciendo a toda prisa la luz y abro la puerta de entrada.
Kieran estaba apoyado en ella, así que por poco se cae al suelo.
Pasa a mi lado tambaleándose, recobra el equilibrio y estalla en carcajadas al tiempo que se apoya con torpeza en la pared, golpeando el espejo que cuelga de ella con tanta fuerza que comienza a balancearse peligrosamente.
—¡Kieran! —exclamo con un grito ahogado. Me apresuro a detener el movimiento del espejo y cierro la puerta—. ¿Qué estás haciendo? ¿Qué hora es?
—Tarde —confirma él antes de encogerse de hombros despreocupadamente—. Otemprano. Una de las dos cosas.
Apesta a alcohol y tiene un aspecto desaliñado y sudoroso, con la frente húmeda, el pelo revuelto y los ojos rojos y vidriosos.
—Lo siento, creo que he perdido las llaves —dice atropelladamente y arrastrando las palabras—.
¡Ah, no! ¡Espera! —Se mete una mano en un bolsillo y saca un juego de llaves que se queda mirando sorprendido mientras las agita con los dedos, haciendo que tintineen—.
¡Vaya! ¿Qué te parece? ¡Aquí están! Juraría que antes no estaban ahí. Suerte que las he encontrado.
—Por el amor de Dios, Kieran —murmuro al ver en su reloj la hora que es—. Son casi las tres de la madrugada. ¿No tienes que entrenar con Neil a primera hora de la mañana?
—Puede ser. ¿Qué más da? No pasa nada —insiste, separándose de la pared y alejándose en zigzag por el pasillo en dirección al salón.
—No estoy segura de que él opine lo mismo —murmuro, siguiéndolo nerviosa—. Creo que deberías irte a dormir.
—Neil siempre está enfadado conmigo por algo, así que tampoco es para tanto.
No estoy a la altura de sus expectativas.
No estoy a la altura de las expectativas de nadie.
—Suelta una risa ahogada, aunque no tengo claro que haya dicho nada gracioso.
Se desploma en mi cama temporal, se quita los zapatos y apoya la cabeza en un cojín—.
¿No has leído la prensa hoy? Soy un patético perdedor abocado de nuevo al fracaso. No pasa nada. ¿Sabes lo que dicen?
Enarco las cejas con cierto hastío.
—No, ¿qué?
—Así son las cosas —contesta, asintiendo con solemnidad—. Eso es lo que dicen.
—Bueno, definitivamente tienes que irte a la cama —decido, mordisqueándome la uña del pulgar—. Iré a buscarte algo de agua, ¿vale?
—Pero no la mierda esa del grifo. Tráeme de la buena.
Mientras él se queda riéndose para sí, yo voy a buscarle una botella de Evian. Cuando regreso, está mirando con los ojos entrecerrados el número desconocido que lo llama al móvil.
—¿Tienes que cogerlo? —pregunto altivamente, dándole el agua. Recojo sus zapatos para llevarlos al vestíbulo y colocarlos en el zapatero.
—Nah, solo es una tía que he conocido esta noche en el pub . Muy atractiva y todo eso, pero... —Se encoge de hombros—. No es para mí.
—¿No es modelo o lo suficientemente famosa? —murmuro, poniendo los brazos en jarras.
Él alza de golpe la cabeza y me fulmina con la mirada.
—¿Qué significa eso?
—Nada, lo siento.
Deseando no haberlo dicho, hago un gesto con la mano para indicarle que lo olvide. Sinceramente, no sé de dónde ha salido. No solo no es asunto mío, sino que está demasiado borracho y es demasiado tarde para hablar de algo así.
—No, vamos —me desafía, irguiéndose en el sofá—. Crees que solo salgo con un cierto tipo de mujer, ¿verdad?
Me encojo de hombros.
—No lo sé, Kieran. Lo siento, lo he dicho sin pensar. Yo no...
—No tienes una opinión demasiado buena de mí. Has visto fotos mías en la prensa y crees que ya me conoces, ¿no?
—No, Kieran. No te conozco para nada. Has estado entrenando muy duro y ahora vas y te pillas una cogorza. Neil te va a matar.
—Sobre todo cuando empiece a circular el vídeo en el que salgo gritando —suspira.
Hago una mueca.
—¿Le has gritado a alguien?
—Un tío me ha seguido al cuarto de baño, me ha puesto el móvil en la cara y ha comenzado a hacerme preguntas sobre Courtney, así que le he dicho que se fuera a la mierda —explica con rabia.
—Eso... la verdad es que suena justo.
—Necesitaba desahogarme y liberar algo de estrés —murmura, abriendo el tapón de la botella de agua y dándole un par de tragos—.
Mañana estaré bien. —Su móvil vuelve a sonar.
Él rechaza la llamada, inhala profundamente por la nariz y se gira hacia mí—.
Por cierto, el problema no es que la chica esa no sea famosa.
De hecho, es una especie de influencer con algo así como un millón de seguidores.
—Kieran, de veras que no tienes por qué...
—Simplemente me toma por alguien que no soy —afirma mientras aparta la mirada de mí y la posa sobre el mural de las flores de cerezo—.
Y,por mucho que a veces resulte divertido interpretar ese papel y disfrutar de ese tipo de admiración —agita una mano mientras busca la palabra adecuada— inmerecida, esta noche no me apetecía fingir.
Aunque la chica era divertida. Tanto ella como sus amigas. Me he reído mucho. Lo necesitaba.
Al observarlo beber taciturnamente de su botella con los hombros echados hacia delante, la irritación que todavía pudiera sentir por el hecho de que este idiota borracho me haya despertado se desvanece y da paso a la compasión. Se le ve un poco... triste.
—Lamento lo que Chris Courtney ha dicho sobre ti —digo con empatía.
Él se encoge de hombros.
—Todo el mundo piensa lo mismo. ¿Por qué no habría de decirlo alguien?
—Eso no es lo que piensa todo el mundo.
Él aprieta los labios y exhala por la nariz.
—¿Tú qué sabrás?
—Sé lo que mi amiga Iris Gray piensa —contraargumento, cruzándome de brazos—. Ella cree que tienes lo que hace falta, y suele llevar razón en casi todo.
Volviéndose hacia mí para mirarme de nuevo, frunce el ceño como si estuviera intentando procesar lo que he dicho, pero estuviera costándole más de lo normal.
—Opina que un comentario como el que ha hecho Courtney puede servirte de estímulo para afrontar Wimbledon con más ganas —sigo diciendo.
—Vaya. —Enarca las cejas—. ¿Ytú qué piensas?
—¿Yo?
Él asiente.
—Sí, tú. Flora Hendrix. La testaruda artista maniática del orden y de la limpieza que siempre huele bien y lleva camisetas de Snoopy para dormir. ¿Qué piensas tú?
No puedo reprimir la burbuja de risa que asciende por mi garganta ante el comentario que ha hecho sobre mi olor.
Bajo la vista al suelo y niego con la cabeza mientras me río con nerviosismo.
Luego, cuando vuelvo a levantarla, veo que está sonriendo.
Es una sonrisa suave y sincera, como si estuviera satisfecho consigo mismo por haberme hecho reír.
—No sé mucho al respecto, Kieran, pero creo que estás trabajando duro, y si Iris opina que tienes lo que hay que tener, yo también. Y,además —añado, enarcando una ceja—, creo que Chris Courtney es un poco gilipollas por haberle dicho algo así a un periodista.
Él asiente despacio.
—Sí que es un gilipollas, sí.
—También creo que deberías irte a la cama. Te levantas dentro de apenas tres horas.
—Sí. Tienes razón, tienes razón.
Al ponerse de pie, se tambalea ligeramente y corro hacia él para cogerlo de un brazo y ayudarlo a mantener el equilibrio. Cuando alzo la vista, veo que mi rostro se encuentra a apenas unos centímetros del suyo y, con un parpadeo, sus penetrantes ojos azules descienden hasta mis labios.
—¿Sabes, Flora? —dice con lentitud, mirándome fijamente—. Eres una persona muy interesante.
—Ah, ¿sí? Gracias —contesto, llevándolo hacia el dormitorio con su brazo alrededor de mis hombros.
—Lamento haberte gritado por lo de la periodista. Ahora entiendo que es amiga tuya.
—No pasa nada, olvídate de ello.
—Lo digo en serio, lo siento. Me resulta difícil confiar en la gente.
—De verdad, Kieran, está bien —le aseguro cuando llegamos a la puerta del dormitorio.
Él retira el brazo de mis hombros y se vuelve hacia mí.
—No quiero que me odies, Flora Hendrix.
Parpadeo.
—Yo... no te odio, Kieran.
—Bien. Yo a ti tampoco.
—Genial. Bueno, me alegro de que lo hayamos aclarado —digo, esbozando una sonrisa mientras él da media vuelta y se dirige a trompicones hacia la cama—. ¿Estarás bien?
—Claro —dice, sentándose en el borde del colchón y dejándose caer hacia atrás sobre el edredón. Tendido, cierra los ojos y entrelaza los dedos de las manos sobre el pecho—. Gracias.
Me quedo un momento en la puerta del dormitorio con la mirada clavada en su nuez mientras él traga saliva, pues me siento incapaz de resistir la tentación de admirar descaradamente su cuello.
—Flora —dice de repente sin abrir los ojos. Del sobresalto, no puedo evitar sonrojarme—. ¿Sigues ahí?
—Eh... sí. Estoy a punto de irme. ¿Necesitas algo?
—Solo quería decirte que me gustan las flores de cerezo que pintaste en la pared.
Me apoyo en el marco de la puerta y sonrío para mí.
—Genial. Me alegro.
—Me transmiten serenidad —continúa diciendo con los ojos cerrados y en voz más baja. Su respiración es cada vez más pesada—. Al mirarlas, tengo la sensación de que todo va a salir bien.
No sé cómo responder, de modo que no lo hago.
En vez de eso, me espero un momento hasta que su respiración da paso a unos suaves ronquidos y luego cierro la puerta con cuidado, dejándole que duerma la mona.
Vuelvo al sofá y me meto debajo del edredón, pero, a pesar de la hora, ya no me siento cansada.
Un artista siempre quiere que su arte le haga sentir algo a alguien.
Lo que sea. Yo ignoraba si tenía la capacidad de conseguirlo.
Sin embargo, a juzgar por lo que me acaba de decir Kieran, puede que, después de todo, sí posea ese poder.
No más excusas. Mañana me pongo a dibujar.