6 #3
—Si me prometes mantener un tono de voz bajo cuando juegues a tus batallitas, te lo diré.
Nuestros ojos parecen haber entablado una batalla propia, negándose a rendirse o retroceder.
—Está bien —accede, rompiendo el contacto visual y alzando la vista al techo.
—¿Me lo prometes?
Él levanta ambas manos.
—Te lo prometo.
Señalo con un movimiento de cabeza el baúl que está contra la pared, al lado de la estantería. Él lo abre y se toma un momento para examinar su contenido antes de sacar su querida PlayStation y los auriculares.
—Un poco estúpido por tu parte no haber mirado aquí, Kieran —murmura para sí mientras se arrodilla para conectarla otra vez al televisor.
Suelto una pequeña risa entre dientes ante su comentario y, al oírla, él se vuelve hacia mí. Advierto que su expresión se suaviza un poco antes de seguir conectando cables.
A la mañana siguiente, me sorprende descubrir que no me despierta la batidora, sino el alto parloteo de los paparazzi que se han reunido ante la verja.
Frotándome los somnolientos ojos, me incorporo y echo un vistazo por las persianas.
Están congregados en la calle. Apesar de que ellos no pueden verme, los miro con desaprobación.
Me levanto para dirigirme al cuarto de baño y veo que la puerta de la cocina está cerrada.
Al otro lado, oigo un zumbido amortiguado y sonrío para mí.
Parece que mostrarme dura anoche con la PlayStation ha surtido efecto.
Decido recompensar su amabilidad saliendo con rapidez del cuarto de baño para que pueda ducharse antes que yo y regreso al salón, donde me lo encuentro de pie junto al sofá con su batido en la mano.
—¡Ey, hola! Hay periodistas ahí fuera, así que...
—Te han llamado —me interrumpe en un tono cortante. Con una expresión colérica, señala el aparato que descansa sobre la mesita de centro—. He entrado aquí y ha comenzado a sonar. Yhe visto el nombre que aparecía en la pantalla. Era Iris Gray.
Frunzo el ceño y me cruzo de brazos.
—Está bien, Kieran, ¿por qué...?
—Estás hablando con una periodista —afirma airadamente.
—¿Qué? ¡No! Yo...
—Conozco su nombre, Flora. Iris Gray es una periodista deportiva. ¿Por qué estás hablando con ella? ¿Por qué tienes su nombre guardado en el móvil? ¿Estás dándole información sobre mí? ¿Es eso lo que está pasando? ¿Esa es la razón por la que no quieres marcharte?
Me lo quedo mirando desconcertada.
—¡No!
—Debería habérmelo imaginado —murmura apenado, negando con la cabeza—. Debería haberme imaginado que venderías la exclusiva.
—Yo nunca...
—¿Fuiste tú quien le dijo a la prensa dónde me alojaba? ¿Cuánto dinero te ha ofrecido Iris? ¿Te ha...?
—¡Maldita sea, Kieran, nadie está pagándome nada! —exclamo exasperada, alzando las manos—. Yo nunca vendería ninguna exclusiva, ¿vale? No todo el mundo anda detrás de ti.
Él se me queda mirando con la mandíbula apretada. Sus ojos examinan frenéticamente mi expresión, tratando de decidir si estoy diciendo la verdad, pero noto que sigue sin estar convencido del todo.
—Iris es mi mejor amiga —le digo con firmeza—. Antes trabajábamos juntas. Somos amigas. Y,de todos modos, ella no se dedica al cotilleo. Mira sus columnas, verás que no ha escrito nada sobre ti estos últimos días. ¡Solo le interesa el tenis! Puedes hablar tú mismo con ella si no me crees.
Él permanece en silencio con expresión hosca y los labios fuertemente apretados.
—Kieran —continúo, dando un paso adelante—.
No te culpo por haber visto su nombre y haber sacado una conclusión apresurada, pero te juro que no es lo que parece.
Iris es una amiga mía que resulta ser periodista.
Aveces me llama de camino al trabajo para ver qué tal estoy.
Seguramente es lo que estaba haciendo antes. Puedes confiar en ella. Y... en mí.
Kieran baja la mirada al suelo. Permanezco inmóvil, observándolo con atención.
—Debería ir a darme una ducha —dice al final, y sale del salón hecho una furia.
Tras coger el móvil, me meto debajo del edredón y espero en silencio a que Kieran termine de prepararse.
Me irrita sobremanera que alguien pueda pensar que haría algo tan rastrero como vender una exclusiva, y también me entristece que eso haya sido lo primero que se le ha pasado por la cabeza.
Supongo que lo de Henrietta Keane no ha hecho sino aumentar su paranoia.
Cuando el timbre anuncia la llegada de Neil, Kieran se va sin despedirse.
Al abrir la puerta, se produce una explosión de ruido a causa del griterío de los paparazzi .
Cuando finalmente oigo que su coche se aleja y, poco a poco, la calle vuelve a la normalidad a medida que los periodistas se marchan, me levanto y voy a la cocina para hacerme un café.
Es entonces cuando advierto que hay dos vasos en el fregadero: uno vacío del que claramente han bebido y otro a su lado, tumbado, cuyo contenido está derramándose con lentitud.
Tardo un momento en darme cuenta de que esta es la razón por la que Kieran estaba antes en el salón. Había ido a llevarme un batido.