Match Point 6 #2
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Él levanta un pulgar y se marcha detrás de los otros.

La puerta de entrada se abre y puede oírse el vocerío de los periodistas cuando reparan en Kieran.

Un momento después, sin embargo, vuelve a cerrarse y me quedo sola con mi toalla, por fin en paz.

Intentando convencerme a mí misma de que no ha sido tan vergonzoso como me ha parecido, echo un vistazo al móvil para consultar la hora.

Son solo las siete y media, pero tengo la sensación de que llevo horas despierta.

Exhalo y cierro los ojos. Van a ser cuatro semanas muy largas.

—¡Hay un francotirador ahí, en la cima de la colina!

¡Vamos, ponte a cubierto! — exclama Kieran al micrófono de sus auriculares.

Está sentado en su puf, delante de la PlayStation que ha conectado a mi televisor, aferrado al mando de la consola y presionando los botones a una velocidad alarmante—.

Venga, vamos, ataquemos al equipo que hay en ese edificio.

Yo iré por la puerta principal; tú, mientras, cubre la retaguardia.

¡Lanza una granada por la ventana! ¡VAMOS!

¡VAMOS! ¡VAMOS! ¡Mierda, me han dado! ¡Lo he dejado a un tiro, lo he dejado a un tiro! ¡Me cago en todo!

Mientras gruñe decepcionado, le llamo la atención con unos golpecitos en el hombro. Él alza la mirada y, al verme, se quita a regañadientes los auriculares con micrófono y se los coloca alrededor del cuello.

—¿Te importaría bajar el volumen? —le digo con un tono de voz tenso—. No eres un general de verdad en una auténtica batalla, ¿vale? Call of Duty es un juego. No hace falta que les grites a tus tropas. Nadie va a morir en la vida real, así que relajémonos un poco.

Él devuelve la atención a la tele y se coloca de nuevo los auriculares sobre la cabeza.

—Los efectos de sonido están muy altos y necesito comunicarme con mi equipo.

Tras respirar hondo varias veces, vuelvo a darle unos golpecitos en el hombro, esta vez un poco más fuerte. Él gira la cabeza lentamente hacia mí con una mirada asesina y se mueve uno de los auriculares un poco hacia atrás.

—Quizá podrías bajar el volumen de los efectos de sonido para no tener que gritar tanto —le sugiero como una profesora esforzándose por mostrarse paciente con un niñato desagradecido—. Estoy intentando leer un libro.

Esboza una sonrisa forzada como si hubiera entendido lo que le he dicho. Asiento agradecida y me dirijo de vuelta al sofá mientras él se ajusta de nuevo los auriculares.

Kieran se ha pasado la mayor parte del día entrenando y, cuando ha regresado esta tarde oliendo a cloro, se ha metido directamente en la ducha y luego se ha adueñado de la cocina para prepararse un arroz que se ha zampado en apenas cinco segundos.

Ha estado bien contar con el piso para mí sola todo el día, pero, a pesar de que él no estaba aquí, su presencia seguía notándose.

El equipo con el que entrena ocupa tanto espacio en el salón que ahora está abarrotado de cosas y tremendamente desordenado, lo cual no deja de estresarme.

Me he tropezado con las putas bandas elásticas unas quinientas veces.

He advertido además que ha colocado un montón de productos suyos en el cuarto de baño.

Y,si bien apruebo todas las cosas que usa y que le hacen oler tan bien, se las guardé en una pequeña caja que dejé en el borde de la bañera para que todo quedara ordenado.

Después de ducharse esta tarde, sin embargo, ha vuelto a dejar los botes desperdigados por todas partes.

Ahora que ha regresado, el ánimo en el piso se ha desplomado y estoy intentando aceptar el hecho de que va a pasar tiempo en el salón a pesar de que, técnicamente, ha irrumpido en lo que ahora es mi dormitorio para jugar a su estúpido juego.

Yo no voy a ir al dormitorio a leer, de modo que lo mínimo que podría hacer es bajar el volumen.

Acomodándome de nuevo en los cojines del sofá, dejo mi manzanilla en la mesita y abro el libro.

Un momento después sus gritos vuelven a molestarme.

—¡Nos están rodeando! ¡Entra, entra! —grita mientras dejo a un lado el libro sin poder creérmelo—. Vale, primero nos ocupamos de este grupo. ¡Ve a la izquierda, ve a la izquierda! No, ¿qué estás haciendo? ¡No hagas eso! ¡Te he dicho a la izquierda!

Apretando la mandíbula, le lanzo una mirada de odio antes de coger un cojín y tirárselo a la cabeza. Él se vuelve sorprendido y baja la vista. Luego la levanta hacia mí, coge el cojín y se lo coloca en la espalda.

—Gracias —dice entre dientes, echándose hacia atrás—. Así estoy mucho mejor. Bueno, chicos, dejad de manquear y prestad atención a mis instrucciones si queréis tener alguna posibilidad de ganar.

Lo odio.

Cuando a la mañana siguiente me despierta de nuevo la maldita batidora, salgo disparada hacia la cocina y me quedo en la puerta hasta que Kieran repara en mí. Fulminándolo con la mirada, espero que la apague.

—Buenos días —dice él despreocupadamente, concentrado en verter el batido en el vaso.

—Te pedí que cerraras la puerta —le recuerdo. La sangre me hierve en las venas.

—Lo siento. Mañana me acordaré. La habitación de hotel sigue siendo una opción, ¿sabes?

Me lo quedo mirando con perplejidad.

—¿No te molesta que esté aquí? ¿Por qué prefieres vivir en un piso diminuto con una desconocida en vez de alojarte en un buen hotel?

—Yo podría hacerte la misma pregunta.

—No te entiendo —insisto, masajeándome las sienes—. ¿Por qué no te marchas? ¿Qué tiene de especial Lingfield Road?

Sin decir nada, se termina su bebida y pasa a mi lado para salir de la cocina.

—¿Y de verdad necesitas todo ese equipo para hacer ejercicio? Ocupa todo el salón. ¿No te pasas literalmente todo el día entrenando en el gimnasio? —pregunto airada, siguiéndolo hacia el cuarto de baño.

Él se vuelve y, apoyándose en el marco de la puerta, dice:

—También juego al tenis.

—¡No jodas!

—Y por las tardes nado.

—Gracias por los detalles. Si haces todo eso, ¿para qué necesitas un gimnasio en el salón? —enfatizo, poniendo los ojos en blanco.

Él se encoge de hombros.

—Alguna vez podría necesitar hacer estiramientos o ejercicios aquí.

—En ese caso, ¿no podrías guardar todo el equipo en algún otro lugar hasta que llegue alguno de esos momentos?

—No.

Le lanzo una mirada asesina.

—¿Nunca cedes en nada?

Se muestra pensativo.

—Sí.

—Pero en esto no piensas hacerlo.

—No.

Respirando hondo, me paso una mano por el pelo.

—Eres jodidamente irritante.

Apretando la mandíbula, baja un instante los ojos a mi camiseta de tirantes de encaje azul y luego vuelve a alzarlos.

—¿Dónde está Snoopy? —pregunta, frunciendo el entrecejo.

—¿Qué?

—Ayer llevabas una camiseta de Snoopy.

Bajo la mirada a mi pijama.

—Me he cambiado.

Él asiente con expresión pensativa.

—Me gustaba la camiseta de Snoopy —dice, luego retrocede y cierra la puerta.

Me quedo inmóvil mientras se mete en la ducha.

Me siento demasiado confundida para moverme.

¿Acaba de hacerme un cumplido? No, estaba riéndose de mí.

Aunque en realidad no parecía que estuviera burlándose.

Si cualquier otra persona me hubiera dicho algo así, habría pensado que simplemente estaba siendo amable.

Tratándose de él, sin embargo, tiene que haber sido un insulto.

Puede que haya sido un cumplido malintencionado.

O tal vez estaba diciéndome que no le agrada lo que llevo ahora.

En cualquier caso, ¿a él qué más le da? ¿Para qué me dice que le gustaba la camiseta de Snoopy? No puede gustarle.

¿Verdad?

¿Qué juegos psicológicos se trae entre manos este capullo?

Esa noche Kieran se planta delante de la tele con los brazos cruzados.

—¿Dónde está? —pregunta furioso.

—¿Dónde está el qué, Kieran? —contesto inocentemente al tiempo que paso una página de mi libro.

—La PlayStation —gruñe. Las arrugas de su frente se acentúan.

Sin decir nada, aprieto los labios y leo una y otra vez la misma frase sin llegar a registrar ni una sola de sus palabras. Estoy demasiado ocupada fingiendo ignorancia para poder concentrarme en la lectura.

—Flora —dice con los dientes apretados y frotándose la frente—, ha sido un día muy largo y quiero relajarme. ¿Dónde la has puesto?

Me encojo de hombros.

—Yo también he tenido un día muy largo y me gustaría relajarme con mi libro.

En realidad, la jornada ha consistido en ir a por café y un cruasán, enviar un par de solicitudes para dos trabajos administrativos en la City que no quiero y ver unos cuantos episodios de Friends , pero él no tiene por qué saberlo.

Por otro lado, sé que Kieran ha tenido un día bastante malo.

Ha vuelto a aparecer en los titulares gracias a la actriz Henrietta Keane, quien, supongo, debe de ser la que ha estado llamándolo por teléfono.

Anoche fue a una fiesta y habló con un periodista del mundo del espectáculo que también había asistido.

El titular del artículo principal rezaba:

«Es un tipo infeliz, desconfiado y con un corazón de piedra, por eso he roto con él»: Henrietta lo cuenta todo sobre el aspirante a ganar Wimbledon Kieran O’Sullivan.

Otras publicaciones también se han hecho eco de las declaraciones, de manera que al final han aparecido por todas partes junto con muchos comentarios de «amigos cercanos a la familia» que, por lo visto, consideran apropiado expresar su opinión sobre el asunto.

Estoy de acuerdo en que Kieran es un cascarrabias y en que vivir con él resulta absolutamente exasperante, pero, aun así, me da algo de pena.

No debe de ser nada divertido que una ex le cuente ese tipo de cosas a la prensa, tanto si son ciertas como si no.

Sin embargo, no siento tanta lástima como para devolverle la PlayStation sin obtener primero lo que quiero. Con el rabillo del ojo, veo que está mirándome fijamente.

—Por favor —dice por fin con un suspiro—, ¿puedes decirme dónde la has escondido?

Aparto la vista de las páginas del libro y me vuelvo hacia él.