6
¿Te ha despertado alguna vez el ruido de una batidora?
Amí sí, y puedo confirmar que no es una forma nada agradable de salir de un sueño profundo.
En la primera mañana del extraño acuerdo de convivencia al que hemos llegado Kieran y yo, su alto y repentino zumbido hace que me incorpore de golpe en el sofá y me lleve las manos al pecho mientras me pregunto si alguien está haciendo obras en medio de la casa.
Cuando mi cerebro se despeja y caigo en la cuenta de lo que está pasando, cojo el móvil, que descansa en la mesita de centro, y miro la hora.
No me fastidies.
Tras apartar el edredón, me levanto del sofá y me dirijo a la cocina, cuya puerta está completamente abierta.
Inclinado sobre la batidora, Kieran, con los ojos relucientes y el pelo revuelto, ya está ataviado con su ropa deportiva.
Al reparar en mí, enarca una ceja. Estoy demasiado cansada y enfadada para que me importe el hecho de estar ante él vestida solo con una holgada camiseta de Snoopy y unos pantalones cortos de pijama que se encogieron en la lavadora y ahora parecen más bien unos shorts provocativos.
—Son las seis y media de la mañana —digo con un graznido, pues mi garganta todavía no ha entrado en calor.
Kieran frunce el ceño y niega con la cabeza, señalando primero una oreja y luego la batidora.
—No te oigo —me dice, moviendo los labios sin articular sonido alguno.
—He dicho que son las SEIS YMEDIA DE LA MAÑANA .
Él apaga la batidora.
—Lo siento, ¿qué has dicho?
Aprieto con fuerza los dientes y le lanzo una mirada asesina. El día apenas ha empezado y este tipo ya está haciendo que me duela la mandíbula.
—He dicho que son las seis y media —repito, procurando mantener la calma—. ¿Se puede saber qué estás haciendo?
Él busca un vaso y vierte la bebida que acaba de preparar.
—Batido de frutas. ¿Quieres uno?
—¿Qué? No —contesto con un resoplido y apartándome el pelo de la cara—. ¡Quiero volver a dormirme como una persona normal!
—Vale —dice, girándose y apoyándose en la encimera mientras le da un trago al batido—. Pues vete a dormir.
—¡Ahora ya no podré! ¡Me has despertado con la batidora!
Él inclina la cabeza.
—Ya veo que no eres una persona de mañanas.
—¡Nadie lo es cuando lo despierta un ruido infernal! —digo entre dientes, señalando el aparato mientras él sigue tomándose su bebida—. La próxima vez cierra la puerta. ¡A eso se le llama ser considerado! ¡Tener modales!
—Si estuvieras en un hotel, podrías dormir tanto como quisieras sin que nadie te molestara —repone con aire despreocupado, bajando ligeramente el vaso y humedeciéndose el labio superior—. Podrías levantarte todo lo tarde que quisieras, pedir que te trajeran el desayuno a la cama y...
—No pienso marcharme —lo interrumpo, cruzándome de brazos—. Sé lo que estás intentando hacer y no funcionará. Ya te lo he dicho, tengo que quedarme aquí o me arriesgo a perder el piso. Eres tú quien ha causado este lío. Si no estás contento, deberías irte tú.
—No estoy intentando hacer nada —asegura. Tras encogerse de hombros, apura el resto de su bebida y deja el vaso en el fregadero—. Yestoy muy contento. Eres tú quien está quejándose.
Se dispone a salir de la cocina. Retrocedo para que pueda cruzar la puerta y, cuando pasa a mi lado, me roza con el brazo.
—¡Qué asco! ¿Por qué tienes el brazo húmedo? —Hago una mueca, secándome el mío con gestos exagerados.
—He salido a correr y estoy sudado.
—¿Que ya has ido a correr? —pregunto incrédula—. ¿A qué hora te has levantado?
—Temprano —responde por encima del hombro, dirigiéndose al baño.
—¡Un momento! ¿Qué estás haciendo? Necesito...
Él cierra la puerta tras de sí. Oigo el clic del pestillo y, un momento después, el agua de la ducha. Luego comienza a tararear. No a cantar, a tararear.
Menudo capullo.
Con la vejiga a tope, le hago una peineta a la puerta del cuarto de baño y me apresuro a volver al sofá, donde me tiendo y me cubro de nuevo con el edredón para al menos estar calentita hasta que haya terminado.
¿Cómo ha podido pasar esto? Toda esta situación sigue resultándome extremadamente confusa.
Anoche decidí buscar en Google a Kieran para hacerme una mejor idea de cómo era la persona con la que viviría las próximas semanas, y tengo que decir que no me quedé muy tranquila.
Estaba demasiado cansada para profundizar en su vida, pero averigüé que recientemente había participado en el Abierto de Halle, un torneo de la serie ATP 500 que, al igual que el del Queen’s Club de Londres, se celebraba a mediados de junio, y encontré un montón de fotografías en las que salía de una fiesta a tan solo dos días del comienzo del certamen.
En ellas, iba con una modelo alemana del brazo, tenía los ojos vidriosos y no dejaba de gritarles a los periodistas mientras se metía en un coche.
No sería mi primera elección como compañero de piso, la verdad.
Él se toma su tiempo en el cuarto de baño y sé que lo hace a propósito.
La presión en mi vejiga está volviéndose insoportable.
Cuando su alteza por fin sale con la toalla atada alrededor de la cintura y el torso desnudo, recorro a toda velocidad el pasillo y, apartando a Kieran de mi camino, prácticamente me abalanzo sobre el retrete.
Él finge sorpresa mientras yo cierro la puerta a toda prisa detrás de mí.
Casi puedo oír su sonrisita de suficiencia al otro lado.
Justo antes de ducharme, reparo en mi reflejo en el espejo.
«Madre mía». Tengo el pelo enmarañado —no en plan sexy— y anoche no me quité el rímel demasiado bien, por lo que ahora se me ven unas manchas negras debajo de los ojos.
Además, por mucho que me guste la camiseta de Snoopy, no estoy segura de que sea el atuendo que mejor me queda.
Con un gruñido, cojo el desmaquillante y las almohadillas de algodón para limpiarme los restos de rímel antes de desnudarme y meterme en la ducha.
Cuando termino, caigo en la cuenta de que no he traído ropa conmigo al cuarto de baño, de modo que voy a tener que salir envuelta con la toalla para ir a buscarla.
Pues vale. ¿Acaso él no va por ahí con su toalla sin ningún problema?
Yo no debería sentir ningún reparo en hacer lo mismo.
Fuertemente aferrada a la toalla para que no se me caiga, abro la puerta y me deslizo de puntillas por el pasillo hasta llegar al salón, donde me agacho para coger ropa de mi maleta.
Todavía no he deshecho la que pensaba llevarme a Lake District ni tampoco he decidido dónde poner todas mis cosas mientras Kieran esté aquí.
Estoy rebuscando entre mis prendas cuando suena el timbre.
Me enderezo de golpe con unas bragas de color rosa fluorescente en la mano.
Antes de que pueda regresar a la seguridad del cuarto de baño, Kieran llega a la puerta de entrada y la abre.
—¡Entrad, tíos! —oigo que dice.
¿«Tíos»? ¡¿TÍOS?! ¡¿Qué tíos?!
Todavía con las bragas en la mano, me quedo petrificada, rezando para que pasen de largo y se dirijan al dormitorio. «Por favor, que no entren aquí. Por favor, por favor, por favor, por favor...».
—¡Anda!
Tres hombres, entre ellos Neil, han aparecido en el salón y ahora me observan con la boca abierta.
Detrás de ellos, llega Kieran, que sigue sus miradas y, al reparar en mí, se sobresalta.
Sus ojos se abren como platos y reprime una sonrisa.
Noto como el rubor me asciende por el cuello hasta las mejillas mientras les devuelvo la mirada cual ciervo iluminado por los faros de un coche.
De repente, recuerdo las bragas que tengo en la mano y decido soltarlas. Por algún cruel giro del destino, o quizá porque Dios me odia, aterrizan sobre la mesita de centro en vez de caer detrás.
Los cuatro hombres bajan la vista a las bragas, que han quedado extendidas sobre el tablero, y luego vuelven a levantarla hacia mí.
—Hola —digo embarazosamente, y los saludo haciendo un gesto con la mano—. Lo siento, no me había dado cuenta de... Bueno, no sabía que iba a venir gente tan temprano.
Neil aprieta los labios y se gira hacia Kieran, que permanece a su lado con una exasperante expresión de altivez.
—¿Estás listo? —dice con un tono de voz tirante.
—Sí, deja que vaya a coger mi bolsa —contesta Kieran, y desaparece por el pasillo. Neil va detrás de él.
—¿Dónde pongo el equipo, Kieran? —pregunta uno de los otros dos tipos alzando la voz.
—En el salón está bien —responde él.
Los dos hombres comienzan a recoger la parafernalia de fitness que habían dejado en el pasillo y la apilan en medio del suelo: bandas elásticas, esterillas, rodillos de espuma, una gigantesca pelota de pilates, un largo cinturón de resistencia, un enorme soporte para mancuernas y, finalmente, un puf de color púrpura muy grande.
Puesto que están bloqueándome el paso a la puerta, me quedo ahí de pie envuelta en la toalla, mirándolos con impotencia.
—Los pufs son geniales para quemar calorías. Intentar levantarse de uno supone todo un desafío, ¿verdad? —bromeo con una risa forzada, tratando de romper el hielo.
Los dos hombres comparten una mirada de confusión y no me contestan. Noto como empieza a arderme el rostro.
—¿Todo listo? —pregunta Neil cuando llega de nuevo al salón acompañado de Kieran.
—Todo listo —responde uno de los otros dos tipos.
—Entonces vámonos —dice Neil antes de volverse hacia Kieran, que está de pie en el umbral de la puerta inspeccionando todo el equipo para hacer ejercicio—. Por cierto, fuera hay unos cuantos periodistas, pero el coche está esperándote en la calle.
A Kieran se le agria la expresión. Luego asiente secamente y se pone la gorra.
—¡Ah! —dice uno de los dos hombres, volviéndose hacia mí—. No sé si estarás en el apartamento, pero esta mañana alguien vendrá a instalar la PlayStation.
Me lo quedo mirando sin dejar de parpadear.