Match Point 5 #2
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5 #2

Me mordisqueo la uña del pulgar. No puedo fingir que no se me haya pasado por la cabeza que Jonah llegue a ver el vídeo.

De hecho, ha sido una de las primeras cosas en las que he pensado cuando ha comenzado a propagarse por internet cual incendio forestal.

Lo que no he terminado de tener claro es si el hecho de que piense que estoy saliendo con Kieran es algo bueno o malo.

Supongo que se trata de algo bueno siempre y cuando no crea que le he tirado el vino porque me ha dejado.

—¿Sigues ahí, Flora? —pregunta Iris.

—Sí, solo... estoy tratando de decidir qué pasos debo dar.

—Está muy claro. Deja que la gente piense que estáis juntos. Será lo mejor tanto a ojos de tu exnovio como de tu casero.

Vacilo.

—¿Mi casero?

—Claro —dice ella como si fuera obvio—. No querrás que piense que le has subarrendado el piso a un jugador de tenis, ¿verdad?

¿No me dijiste hace unos meses, cuando comenzaste a plantearte la posibilidad de poner en alquiler el piso durante el torneo, que no estabas segura de si los términos de tu contrato te lo permitían? ¿Llegaste a mirarlo?

La sangre se me hiela en las venas.

—Pues...

—Mira, si los paparazzi están en la puerta de tu piso es que ya se ha descubierto el pastel. En algún momento fotografiarán a Kieran entrando o saliendo y, si el casero lo ve, podría atar cabos. Es mejor que piense que es tu novio. No querrás arriesgarte a que te eche, ¿verdad?

—Iris —digo con voz rechinante a causa del nudo que se me ha formado en la garganta—. Tengo que dejarte.

—Está bien, ¡pero no me ignores! ¡Quiero enterarme de todo lo que pase!

Le prometo que la mantendré informada y después cuelgo.

El corazón me late con fuerza en el pecho.

Mierda, mierda, ¡mierda! ¡Se me había olvidado lo de mi estúpido contrato de arrendamiento!

¡¿Cómo es posible?! No quiero perder este piso.

Todavía no. Es el único sitio en el que ahora mismo me siento segura.

Tras darme la vuelta, abro la puerta del dormitorio y salgo pitando hacia el salón. Kieran ha desaparecido y Neil está mirando a hurtadillas por la ventana mientras teclea con furia en su móvil. Cuando entro, levanta la vista hacia mí con indiferencia y vuelve a centrar su atención en la pantalla.

—Hola —me apresuro a decir, y las manos empiezan a sudarme—. ¿Dónde está Kieran?

—Ha ido a darse una ducha —contesta Neil distraído—. Sé que, técnicamente, no disponemos del apartamento hasta las cinco, pero, como vosotros dos habéis hecho tan buenas migas, hemos pensado que no habría ningún problema.

—Necesito hablar con él —digo, ignorando su comentario incisivo.

Él se limita a soltar un gruñido sin apartar los ojos del móvil.

Frustrada, me dirijo al cuarto de baño y llamo a la puerta con los nudillos.

—¿Kieran? No puedes estar aquí.

No hay ninguna respuesta. Con un resoplido de impaciencia, comienzo a aporrear la puerta con el puño.

—¡Sé que estás ahí dentro, Kieran! ¿Me has oído? ¡No puedes estar aquí!

—Tardo cinco minutos —exclama irritado—. Estoy a punto de darme una ducha.

—No, no me refiero al cuarto de baño —digo entre dientes, tratando de bajar el volumen de mi voz para que Neil no me oiga—. Estoy hablando de este piso. Tienes que marcharte.

—¿Por qué?

—Porque tienes que hacerlo —respondo furiosa, echando un vistazo hacia la puerta del salón—. Luego te lo cuento, no puedo explicarme a través de la puerta.

—¿Por qué no? Antes te ha parecido bien que yo lo hiciera.

Madre mía... Con la de tenistas que hay en el mundo, ¿por qué ha tenido que alquilar mi piso el más insufrible de todos? Procurando mantener la serenidad y la calma, lanzo una mirada asesina a la puerta del cuarto de baño.

—Por favor —digo con los dientes apretados.

Por doloroso que resulte decirlas en voz alta, esas palabras mágicas surten el efecto deseado.

La puerta se abre de golpe y casi me caigo hacia delante.

Consigo evitarlo y recobrar el equilibrio agarrándome al marco.

Kieran se encuentra ante mí sin camiseta y con una toalla atada alrededor de la cintura.

En un anonadado silencio, me quedo mirando con descaro su torso desnudo, increíblemente musculoso, y dejo que mis ojos se deleiten con su sólido pecho bronceado y sus esculpidos abdominales.

Trago saliva.

—¿Qué pasa? —pregunta con impaciencia.

—¡¿Va todo bien por ahí?! —exclama Neil desde el salón.

—Sí, todo bien, gracias —contesto alzando la voz en un tono mucho más agudo de lo normal. Luego entro en el cuarto de baño y cierro la puerta tras de mí.

Kieran se muestra desconcertado.

—¿Qué estás haciendo?

—No quiero que Neil oiga lo que tengo que decirte —susurro, esforzándome por mirarlo a los ojos y no bajar la vista por muy tentador que resulte—.

Ha habido un problema y soy consciente de que no quieres marcharte, pero definitivamente tendrás que buscar otro sitio en el que alojarte las próximas semanas. Lo siento.

Él exhala un suspiro y alza la vista al techo.

—Ya te he dicho antes que no pienso hacerlo. Si quieres, puedo ayudarte a buscar algún sitio al que ir, pero...

—No, no es eso. La prensa publicará fotos tuyas saliendo de mi piso.

—¿Y?

—Como mi casero las vea, pensará que lo he subalquilado para el torneo de Wimbledon, lo cual infringe las condiciones de mi contrato de arrendamiento.

Él se me queda mirando con el ceño fruncido.

—Pero sí que lo has subalquilado —dice entonces.

—Sí, soy consciente de ello, gracias —contesto furiosa, apoyando despreocupadamente una mano en el radiador toallero para, acto seguido, retirarla de golpe y encogerme de dolor cuando descubro que está ardiendo.

Al caer en la cuenta de lo que estoy diciéndole, Kieran abre los ojos con interés.

—¡Has incumplido las condiciones de tu contrato!

Lo fulmino con la mirada, pero noto como el ardor asciende por mi cuello ante mi infracción.

—No estaba segura de cuáles eran. Puede que no haya ningún problema, aunque no lo tengo claro.

¿Sabes lo caro que es el alquiler de este piso?

Ahora mismo solo estoy haciendo trabajos temporales, no es que nade en la abundancia precisamente.

¡Ytampoco es que al casero vaya a afectarle que otra persona se aloje aquí unas pocas semanas!

Él recibirá el dinero a tiempo, como siempre, así que no me pareció que fuera a suponer ningún problema. Pensaba que ni siquiera se enteraría.

Kieran escucha mi inconexo discurso con expresión imperturbable y sin el menor indicio de compasión.

—Y ahora te preocupa que, cuando los tabloides publiquen fotos en las que aparezca yo entrando y saliendo del apartamento, tu casero las vea y descubra tu estafa.

—¡No es ninguna estafa! No soy una criminal.

—Pero estás cometiendo un crimen.

La boca se me descuelga incrédula.

—No es... Es que... Yo... Tú...

Él enarca una ceja y sus labios esbozan un amago de sonrisa. Exhalo furiosa.

—Eres muy cruel —digo airadamente.

—No te preocupes, no pienso delatarte a la policía —contesta como si nada—. Pero me temo que no voy a renunciar al apartamento. Me gusta Lingfield Road.

Llaman a la puerta del baño y me quedo petrificada al oír a Neil aclarándose la garganta al otro lado. Kieran enarca las cejas.

—¿Kieran? ¿Señorita Hendrix? —pregunta en un tono incómodo—. ¿Estáis... los dos ahí dentro?

Con la cabeza alta, abro la puerta. Su mirada pasa de mi sonrisa forzada a la semidesnudez de Kieran y se le tensa la mandíbula.

—No quería interrumpir —dice en un tono cortante y frío.

—No pasa nada, solo estábamos... hablando —tartamudeo al tiempo que echo un vistazo a Kieran, que permanece impasible—. Me temo que hay un problema.

Neil frunce el ceño.

—¿Qué ocurre?

—Kieran no puede quedarse aquí —digo sin rodeos—. Deberá buscar algún otro alojamiento. Lamento la confusión, pero no hay nada que pueda hacer. Tengo que quedarme aquí.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Neil desconcertado.

—Pues... Bueno, verás... Yo...

—El tejado de la casita de campo de Lake District que Flora había alquilado para pasar las próximas semanas se ha venido abajo y ahora no tiene ningún otro lugar al que ir —interviene Kieran—. Estaba diciéndole que podemos ayudarla. Encontrarle una buena habitación de hotel o algo así, ¿verdad?

Neil lo mira receloso.

—Supongo que sí.

—Perfecto. Está decidido, pues —concluye Kieran.

—No, no quiero ninguna habitación de hotel —le digo a Neil, procurando comportarme con la máxima corrección delante de un legendario campeón de Wimbledon, pero enfurecida ante el intento de Kieran de tomar el control de la situación—. Tengo que quedarme aquí. Kieran, eres tú quien deberá marcharse.

—¿Por qué tienes que quedarte, Flora? —pregunta, fingiendo que está confundido a pesar de que sabe perfectamente que no quiero admitir mi desliz con el contrato de arrendamiento delante de Neil.

—Porque esta es mi casa —digo con los dientes apretados—. ¿Por qué no puedes hospedarte tú en una lujosa habitación de hotel? Sin duda se trata de un alojamiento mucho más adecuado para un competidor del torneo de Wimbledon.

—Me temo que ya te he resumido por qué eso no es posible —se limita a afirmar—. No pienso marcharme de aquí. Es mi última palabra.

—Entonces tenemos un gran problema, porque yo tampoco voy a hacerlo —contraargumento.

—No puedes echarme. Ya he pagado todo el alquiler y, legalmente, debes avisarme con mucha más antelación.

—Y tú no puedes echarme a mí porque vivo aquí —respondo con la sangre hirviéndome en las venas.

—Entonces parece que ambos vamos a quedarnos aquí.

—¡Pues vale!

—Pues vale. Nos quedamos los dos —declara él.

Parpadeo.

—Un momento. ¿Qué?

—¿Sabéis qué? —interviene Neil. Su mirada no para de ir del uno al otro—. Dejad que nuestros abogados les echen un vistazo a las condiciones del contrato de arrendamiento y...

—No hace falta —dice Kieran mientras yo soy presa del pánico—. Ella puede dormir en el sofá.

Neil se lo queda mirando y fuerza una risa nerviosa.

—¿Cómo has dicho, Kieran? Creo que no te he oído bien.

—Nada de abogados —zanja él con firmeza—.

De momento, si ninguno de los dos puede marcharse, Flora puede quedarse en el sofá hasta que encontremos una solución mejor.

—Se vuelve hacia mí—. Me encantaría ser más caballeroso, pero creo que, puesto que estoy entrenando para participar en Wimbledon, debería ser yo quien durmiese en un colchón.

Si fuera posible, me gustaría competir en el torneo de tenis más importante del mundo sin tortícolis.

Me lo quedo mirando boquiabierta. Neil me imita.

—Perfecto. Está decidido, pues —dice Kieran serenamente, y, señalando la puerta, añade—: Ahora, si no os importa, me gustaría darme una ducha. El olor a rosado está empezando a darme náuseas.

Sin saber qué otra cosa hacer, Neil y yo salimos del cuarto de baño en silencio.

Kieran cierra la puerta con firmeza a nuestra espalda y, un instante después, oímos el ruido del agua corriente.

El entrenador y yo nos quedamos en el pasillo inmersos en nuestros pensamientos.

Al final, Neil se aleja hacia la puerta de entrada.

Antes de abrirla, se vuelve para lanzarme una última mirada furiosa y luego sale del apartamento, dejando que se llene momentáneamente con el frenético ruido de los paparazzi que, expectantes, esperan averiguar de una vez qué demonios está pasando aquí.

Aunque eso es un misterio para todos.