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Los fotógrafos van llegando poco a poco.
Al principio, solo hay un tipo con una cámara alrededor del cuello merodeando cerca de casa, pero después llega otro, que saluda al primero como si fueran viejos amigos, y luego un tercero y un cuarto hasta que se reúnen cinco o seis en la calle.
Solo han pasado un par de horas desde que el vídeo en el que le tiro el vino a Kieran ha aparecido en las redes y ya han averiguado dónde se aloja. Resulta escalofriante.
—Es mejor que te apartes de la ventana —me dice Kieran airado por millonésima vez—. Overán como se mueven las persianas.
—¡No entiendo cómo han podido averiguar dónde estabas! —exclamo al tiempo que dejo caer la persiana—. ¿Cómo lo saben?
—Porque la gente habla —contesta Kieran con amargura—. Uno de tus vecinos debe de haberme visto y se habrá corrido la voz. Seguramente cuando no me dejabas entrar e insistías en que habláramos a gritos a través de la puerta. No ha sido algo muy sutil que digamos.
—O sea, que esto es culpa mía, ¿no? —repongo con un resoplido, fulminándolo con la mirada.
—Tú eres la que me ha tirado el vino y después se ha negado a abrirme la puerta. En el pub te advertí que pasaría esto.
—Eres de lo que no hay —respondo exasperada mientras comienzo a deambular de un lado a otro del salón—. Yno lo digo como un cumplido.
—No he pensado que lo fuera. —Kieran observa como me alejo de la ventana y luego regreso a ella sin dejar de mordisquearme la uña del pulgar—. ¿Puedes parar de dar vueltas, por favor? Resulta irritante.
Entrecierro los ojos.
—No, no pienso parar, muchas gracias. Por culpa de tus seguidores acérrimos de ahí fuera, estoy encerrada. No puedo quedarme sentada mientras la gente habla de mí en internet.
—Los paparazzi no son seguidores míos —me informa en un tono de voz bajo y cortante, volviéndose instintivamente hacia la ventana—. En todo caso, se trata más bien de lo opuesto: están siempre a la espera para despedazarme a la mínima oportunidad.
—¿Has visto lo que están diciendo de mí?
—Ya te he dicho que no mires el móvil. —Su voz suena con más suavidad de lo normal, casi con un dejo de tristeza—. Es mejor ignorarlo.
—¡Me llaman «rubia desconocida»! ¡Yaseguran que soy tu nueva amante! —Hago una mueca, muerta de la vergüenza por haber tenido que decir eso en voz alta—. ¡¿Por qué afirman algo así?! ¡Pero si acabamos de conocernos!
—Me has tirado una bebida. No mucha gente le haría algo así a alguien que no conoce.
—¡Tú me habías hecho enfadar!
—Ya lo sé.
—¡No suelo tirarle bebidas a la gente! ¡De hecho, ha sido la primera vez!
Kieran suspira y, frotándose la frente, cierra los ojos un momento. De repente, el ruido y el tumulto que hay en la calle aumentan y vuelve a alzar la cabeza de golpe.
—Debe de ser Neil —anuncia, levantándose del sofá y saliendo del salón en dirección a la puerta.
Cuando esta se abre, puedo oír a los periodistas gritando sus persistentes preguntas unos sobre otros: «Neil, ¿puedes contarnos qué ha pasado en el pub ?
», «¿Quién es la nueva novia de Kieran, Neil?
», «¿Temes que esto afecte a su rendimiento en el torneo de Wimbledon?
», «¿Es algo serio?», «¿Cómo se llama la chica, Neil? ».
La puerta vuelve a cerrarse y sus voces dejan de oírse.
Me llevo una mano a la boca. Esto es mortificante.
Tengo un par de llamadas perdidas de Iris.
Seguro que ya ha visto el vídeo y me ha reconocido.
No pasará mucho rato hasta que mucha más gente que conozco también lo haga.
Dios, ¿por qué he tenido que tirarle el vino y montar una escenita?
¿Por qué he perdido los estribos? ¿Por qué he permitido que me sacara de mis casillas?
La culpa la tiene Kieran. Si no hubiera sido tan grosero, nada de esto habría ocurrido.
En ese momento regresa al salón seguido de Neil (quien, según me ha explicado Kieran, es su entrenador).
Si lo hubiera visto caminando por la calle, habría pensado que me resultaba familiar, aunque dudo que hubiera sido capaz de situarlo.
Cuando Kieran me ha dicho que Neil Damon vendría a casa para ayudarlo a hacer un control de daños, ha parecido confundirle mi expresión en blanco y ha repetido su nombre como si eso fuera a servirme.
«Neil Damon». Yo le he dicho que me sonaba, pero que necesitaba alguna pista.
Mostrándose algo escandalizado, me ha recordado que fue un famoso jugador de tenis estadounidense que ganó Wimbledon en dos ocasiones. Ahora ya está retirado.
Neil es mucho más bajo de lo que esperaba.
Había dado por hecho que todos los jugadores de tenis eran gigantes musculosos, pero él mide aproximadamente uno setenta y cinco.
Es guapo, tiene el pelo entrecano, unos ojos de color castaño claro y luce una expresión severa.
Por alguna razón, esperaba que fuera en chándal, pues en mi cabeza eso es lo que visten todos los entrenadores de tenis; sin embargo, va ataviado con un lujoso traje a medida y una corbata, y lleva una bolsa de cuero colgada al hombro.
Cuando entra en el salón, le sonrío tímidamente. Él no me devuelve la sonrisa.
—Tú debes de ser Flora —dice en un tono arisco.
—Hola, es un placer conocerte.
Él me examina un instante. Yo, mientras tanto, jugueteo con los bajos de mi camiseta corta.
—Lo mismo digo —contesta fríamente, y le tiende la bolsa a Kieran—. La ropa que me has pedido. Siento no haber podido llegar antes. ¿Has hablado con alguien?
Kieran niega con la cabeza.
—Solo contigo.
Neil se vuelve hacia mí.
—¿Y... la señorita Hendrix?
Se me queda mirando expectante. Me vuelvo hacia Kieran, confundida.
—No ha hablado con nadie —contesta él—. Creo.
—Algo es algo. Eso nos facilitará las cosas a la hora de tomar el control de la narrativa. Tengo que decir que no es el inicio de torneo que tenía en mente, Kieran —lo reprende Neil en un tono cortante.
Kieran se pone tenso.
—Yo tampoco, Neil. Las historias que circulan no son ciertas. Flora y yo nos hemos conocido hoy y... ha habido un malentendido en el pub .
—Sí, bueno, pues da la impresión de ser algo mucho más íntimo que un mero malentendido —dice Neil furioso mientras se dirige al otro lado del salón—. ¿Qué mensaje crees que envías a tus competidores con esto, eh? Pensaba que este año querías ser una amenaza seria.
—No necesito que me sermonees —replica bruscamente Kieran. Yluego, mirándome de reojo, añade—: Ya hablaremos más tarde.
—Esto... ¿Qué os parece si os dejo solos? —sugiero, abriéndome paso entre los dos para poder salir del salón. Antes de hacerlo, me detengo en la entrada y, volviéndome, le digo a Neil—: De veras que ha sido solo un malentendido. Lamento lo sucedido.
En vez de contestar, se queda mirando el suelo con expresión tensa.
Pillo la indirecta y, tras escabullirme, me encierro en la seguridad de mi dormitorio.
«Mierda». Esto es grave. Ya es oficial: mi día ha pasado de meramente terrible a jodidamente desastroso.
Como si no tuviera suficientes cosas de las que preocuparme, ahora soy un meme.
Apoyo la espalda en la puerta y, con los ojos cerrados, considero la posibilidad de no salir de la habitación nunca más.
Podría hacerme un ovillo debajo del edredón y esperar a que todos los problemas desaparezcan.
Los paparazzi se marcharán, Kieran y Neil también, en algún momento el meme desaparecerá y yo podré volver a ser una desconocida.
Al poco mi móvil vibra y, al ver que se trata de Iris, decido contestar la llamada. Ya llevo demasiado rato ignorándola.
—Ey —digo en voz baja.
— ¡HOMbrE! ¡HOLA! —grita tan alto que tengo que apartar momentáneamente el teléfono de la oreja—. ¡ POR FIN has decidido contestar!
—Sí, lo siento, he estado... ocupada.
—Pero ¡¿qué COJONES está pasando, Flora?! ¿Por qué hay un vídeo en las redes sociales en el que le tiras una copa de vino en la cara a Kieran O’Sullivan?
Me muerdo el labio inferior.
—Eh... ¿No soy yo? —pruebo patéticamente.
—Claro que eres tú —responde ella con entusiasmo—. ¿Lo conoces? ¿Cómo es que no me lo habías dicho? ¿Qué está pasando?
Respiro hondo.
—Está bien, ¿esto quedará entre tú y yo?
—Por el amor de Dios, Flora, claro. ¿Cuándo no lo ha hecho una conversación nuestra?
—Cierto. —Me froto la frente con la mano libre. Estoy comenzando a sentir un dolor sordo en un lado—. ¿Recuerdas que había puesto en alquiler mi piso para las próximas semanas? Resulta que quien lo ha arrendado era Kieran O’Sullivan.
—Estás de broma. Estás de brOMA . ¿Es una broma?
—No. No lo es.
—¡Ay, Dios!
—Ya lo sé. Ha llegado antes de lo que debería y luego se ha marchado. ¿Recuerdas que antes hemos hablado y me has dicho que me fuera a tomar algo a un pub ? Pues he terminado yendo al mismo que él. Pero no estaba siguiéndolo, en serio. Ha sido por accidente.
—Vale...
—Entonces hemos discutido y le he tirado el vino.
—¡Flora! Me cuesta creerte, pero, claro, ¡he visto la maldita prueba en internet! Menuda locura. ¡Kieran O’Sullivan! ¿Cómo es? —me pregunta con curiosidad.
—¿Te acuerdas de que todo el mundo piensa que es un capullo?
—Sí.
—Pues es un capullo.
—¡Ah, por eso le has tirado el vino!
Asiento, cogiendo el móvil con fuerza.
—Hay periodistas delante de mi piso, Iris.
—Mierda. Sí que te han encontrado rápido. Aunque tampoco es tan raro. El vídeo se ha vuelto viral y se les da bien su trabajo. ¿Has hablado con ellos?
—Claro que no. Quiero que se larguen cuanto antes. No quiero que la gente piense que soy la última conquista de Kieran O’Sullivan —murmuro, haciendo un mohín—. Qué vergüenza.
—No lo sé, Flora. Puede que sea algo bueno.
—¿Cómo dices?
Iris suelta una risita.
—¿Puedes imaginarte la cara de Jonah cuando vea esto? Ese jodido idiota se volverá loco creyendo que estás saliendo con un jugador de tenis de renombre mundial. Yencima ese tenista en cuestión resulta ser endiabladamente sexy.