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Puede que mi reacción haya sido ligeramente desproporcionada.

Sin embargo, no iba a quedarme ahí sentada y dejar que un jugador de tenis gilipollas que gana más de lo que se merece se riera de mis sueños solo porque no los entiende. Puede que a él le parezcan estúpidos, pero para mí no lo son, y no tenía ningún derecho a hacerme sentir como una idiota.

Además, no me cae nada bien.

Cuando llego a casa, todavía estoy furiosa.

Cierro la puerta de entrada de un portazo, voy al dormitorio, lanzo la bolsa con el portátil sobre la cama y dejo escapar un sonoro «¡ARGH!

» de frustración. Luego agarro uno de los cojines decorativos con la intención de tirarlo al otro lado del dormitorio, pero apenas consigo que caiga a un metro de mí.

Respirando pesadamente, me quedo ahí de pie un momento con los brazos en jarras.

Después, tras exhalar un hondo suspiro, recojo el cojín y vuelvo a colocarlo en su sitio.

Joder. Soy tan patética que ni siquiera puedo tirar cosas en pleno ataque de rabia.

Me dejo caer en la cama y entierro la cabeza en las manos.

Me siento tan perdida... ¿Cuántas veces puede una caer antes de renunciar a levantarse de nuevo?

Alo mejor tengo que aceptar que no soy una artista de verdad.

Jonah siempre me decía que las cosas serían más fáciles si lo hacía.

Lo más exasperante del día de hoy es que no estoy completamente convencida de que Kieran O’Sullivan no tenga algo de razón.

De hecho, me temo que ese es el motivo por el que me he puesto a la defensiva y he terminado tirándole el vino.

El mundo está lleno de artistas que no necesitan crear su obra en un lugar específico.

La mayoría lo hacen en el tiempo que les dejan su empleo y una caótica vida familiar.

Yaquí estoy yo, sin responsabilidades ni familiares que dependan de mí, aunque también sin la menor inspiración. Tengo tiempo, pero no ideas.

¿Y qué narices hago en Londres? Aquí ya no hay nada para mí.

Por mucho que me cueste aceptarlo, es posible que simplemente no encaje en esta ciudad.

Aún recuerdo con claridad el día que me mudé a Wimbledon y me enamoré al instante del lugar.

Me encanta su ambiente; me encantan los pubs , los restaurantes y las tiendas; me encanta el parque de Wimbledon Common y que parezca conformar una comunidad propia.

Recuerdo la emoción que sentí la primera vez que paseé por el Village.

Estaba convencida de que este era mi lugar ideal y de que Jonah y yo íbamos a ser felices aquí.

Yo trabajaría en algún medio de comunicación y conseguiría una oferta para publicar un libro.

En verano, nos sentaríamos en el parque con nuestras latas de Pimm’s y nos reiríamos y charlaríamos y seríamos felices como todas las demás parejas o grupos que pueden verse holgazaneando en sus extensiones de hierba.

Pero mírame. No soy feliz. Estoy sola y no dejo de fracasar. En todo. Ni siquiera soy capaz de reservar unas putas vacaciones sin que todo se vaya al traste. Puede que haya llegado el momento de aceptar que lo de Londres no ha salido bien. Puede que...

Suena el timbre.

Alzo la cabeza de golpe. No puede ser Kieran. No se atrevería a volver aquí.

¿Verdad?

Me levanto con mucha cautela y me apresuro a recorrer el pasillo para echar un vistazo por la mirilla.

Kieran O’Sullivan se encuentra en la entrada con la gorra mojada puesta.

El mal humor que exuda parece atravesar la puerta y colarse en el apartamento.

Veo como extiende un brazo para volver a llamar al timbre con impaciencia mientras no deja de mirar a uno y otro lado.

Dios mío, ¿qué problema tiene este tipo?

Está paranoico. En la calle no hay absolutamente nadie.

—¿Qué quieres? —pregunto sin abrir la puerta.

Él acerca el rostro para contestar y, manteniendo el tono de voz lo más bajo posible, dice:

—Me gustaría hablar contigo.

—Pero yo no quiero. Vete a algún otro lado, por favor —respondo con sequedad.

—Flora —dice con los dientes apretados al tiempo que apoya un brazo en la puerta y se inclina hacia esta—. Me gustaría mucho hablar contigo. ¿Puedes abrirme, por favor?

—Puedes hacerlo desde donde estás.

—Pero no debidamente. Cualquiera podría oírme —dice, echando un vistazo por encima del hombro.

No contesto. Doy un paso atrás y me cruzo de brazos.

—Por favor —oigo que dice con voz cansada.

Armándome de valor, abro la puerta de golpe. Esto lo coge por sorpresa y casi se cae hacia delante. Tras conseguir mantener el equilibrio, entra en el piso. Se detiene en el vestíbulo, se quita la gorra y se vuelve hacia mí mientras cierro la puerta a su espalda.

—¿Qué querías decirme? —pregunto despreocupadamente, pasando a su lado en dirección al salón.

—Quería preguntarte por qué estoy cubierto de rosado —contesta, siguiéndome hasta la entrada del salón—. ¿Tienes alguna idea de lo que has hecho?

Frunzo el ceño.

—Entonces no has venido para disculparte.

Él me mira desconcertado.

—No puedo pedirte perdón a menos que sepa por qué debo hacerlo. En caso contrario, serían unas disculpas falsas.

—Qué noble.

—Te he pedido específicamente que no llamaras la atención —dice. Sus ojos azules resplandecen mientras arroja la gorra al sofá y se pasa una mano por el pelo—. Y vas tú y me tiras encima la bebida delante de todo el mundo. ¿Sabes lo que ha ocurrido cuando te has marchado?

Me encojo de hombros.

—Una multitud se me ha echado encima —dice con un gruñido.

Con un exagerado suspiro de aburrimiento, cojo su gorra y paso a su lado en dirección al pasillo para dejarla en el colgador de la entrada.

—¿Sabes lo incómodo que es que la gente te pida un selfi cuando estás cubierto de vino? —prosigue, observándome con curiosidad cuando regreso al salón—. He tenido que deshacerme de ellos de mala manera para conseguir salir de ahí.

Me llevo una mano al pecho y dejo escapar un falso grito ahogado.

—¿Te has visto obligado a ser maleducado? Inconcebible.

Él ladea la cabeza y entrecierra los ojos.

—Preferiría haber pasado desapercibido.

—Y yo que no me hubieras ofendido —respondo altivamente mientras ahueco los cojines del sofá que él ha aplastado antes.

No es algo natural en mí comportarme de un modo tan beligerante, y, si bien estoy arreglándomelas para mantener el tipo, es una conversación que sigue resultándome algo enervante, así que tengo que hacer algo con las manos.

Además, Kieran tiene la mirada más intensa que he visto en mi vida y no la aparta de mí. Yno en un buen sentido.

Si las miradas mataran, ya estaría exhalando mi último aliento.

—¿En qué sentido te he ofendido? —quiere saber.

—Te has reído de mí.

—No, no lo he hecho.

—Me has llamado estúpida.

—No, no lo he hecho —masculla.

—Kieran —yergo la espalda y pongo los brazos en jarras—, ¿de veras estás diciéndome que no recuerdas las palabras exactas que acabas de decirme en el pub ? ¿Vas a negarlo?

—Si crees que te he llamado estúpida es que me has malinterpretado —me explica—. Yte pido perdón si antes me he expresado con torpeza. No pretendía insultarte. Lo que quería decir era que habías dicho una estupidez.

—Es lo mismo.

—No, no lo es.

—Sí, lo es.

—¡No, no lo es! —repite airado, levantando la voz con los orificios nasales dilatados—. Uno no es estúpido por decir una estupidez. La gente dice estupideces continuamente. Por ejemplo, decir que tienes que estar en Lake District para crear arte es una estupidez.

—¡Ya estás insultándome otra vez! —señalo al tiempo que alzo ambas manos—. No debería haberte dejado entrar. ¿Por qué no te largas a algún otro lugar?

Él da un paso adelante.

—Puedo demostrarte que lo que estás diciendo es una estupidez.

Le lanzo una mirada asesina.

—¿Cómo?

Alarga una mano y con el dedo índice señala las flores de cerezo que decoran la pared que hay detrás de la tele. Me vuelvo hacia el mural. No sé qué explicación esperaba que me diera, pero, desde luego, no era esta.

—Ahí lo tienes —dice, examinándome—. Supongo que no arrastraste la pared hasta Lake District para pintarla.

—Esto es... distinto —balbuceo.

Exhala una bocanada de aire y baja la mano.

—Lo único que pretendía decir es que mucha gente pone excusas todo el rato porque le da miedo actuar. Si quieres dibujar una novela gráfica, Flora, puedes hacerlo en cualquier sitio.

Sigo mirando la pared, perpleja. Él suspira y, tras coger su móvil, se sienta en el sofá para leer algo en él.

De repente, me siento extrañamente vulnerable, como si Kieran me hubiera calado por completo.

Cruzando los brazos en un gesto vergonzoso, me vuelvo hacia él y, desafiante, alzo la barbilla.

—Aun así, no deberías haber sido tan cruel conmigo —afirmo, aunque, dicho en voz alta, suena bobo e infantil.

—Y tú no deberías haberme tirado el vino —contesta sin vacilar, como si estuviera esperando que yo dijera eso y ya tuviera preparada la respuesta.

Cambio el peso de un pie a otro.

—Está bien. Adiferencia de otras personas, soy capaz de admitir que estoy equivocada. —Él alza la mirada, ligeramente sorprendido—. Tirarte el vino ha sido... innecesario. En vez de eso, debería haberte explicado por qué estaba molesta.

Él aprieta los labios y, sin apartar en ningún momento los ojos de mí, respira hondo. Veo como su pecho sube y baja mientras permanezco a la espera de que diga algo, pero no lo hace.

—¿No vas a disculparte? —pregunto finalmente con impaciencia.

—Ya lo he hecho —asegura.

—¿Perdona? No, no lo has hecho.

Me mira con el ceño fruncido, confuso.

—He dicho hace un momento que me disculpaba si me había expresado con torpeza y que no pretendía hacerte sentir mal.

Abro la boca para protestar y me doy cuenta de que... tiene razón. Lo ha dicho justo antes de hacerme la observación sobre el mural, pero en ese instante la irritación y la ira me consumían de tal modo que no lo he oído ni apreciado.

«Maldita sea».