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Alzando la cabeza con cautela, Kieran echa un vistazo por debajo de la visera de la gorra y se sobresalta.

—¡Tú! —Frunce el ceño y, ajustándose las gafas de sol, yergue la espalda—. ¿Me has seguido?

—¡No! —digo airada al tiempo que mis mejillas se sonrojan ante la sugerencia—. ¡No tenía ni idea de dónde estabas! ¡Creía que te habías marchado!

—Y lo he hecho. He venido aquí.

—Sí, gracias, ya lo veo —replico.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—No te estoy siguiendo. Yo... Me ha surgido un contratiempo y tengo que buscar unas cosas en internet. Pensaba tomarme una copa de vino al sol mientras lo hacía. ¿Ytú? ¿Qué haces tú aquí?

—El apartamento que he alquilado todavía no está listo.

Reparo en su pinta de cerveza y enarco exageradamente las cejas.

—Pensaba que te dolía mucho la cabeza —mascullo—. Tanto que ni siquiera podías ir a buscarte tu propio paracetamol.

Su mandíbula se tensa.

—Es para quitarme la resaca.

Apretando los labios, tomo una decisión. Me siento con seguridad al otro lado de la mesa y, tras alargar una mano para coger uno de los endebles posavasos de cartón, dejo encima mi bebida. Luego saco el portátil de la bolsa y lo abro delante de mí. Aparto una pelusa que hay sobre el teclado.

Él me observa en silencio.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? —pregunta en un tono bajo y hosco.

—Estoy tomándome algo mientras busco unas cosas en el ordenador —lo informo altivamente mientras me conecto al wifi y le doy un sorbo a mi copa.

—Me refiero a qué haces en esta mesa —me aclara con los dientes apretados. Reconozco que me proporciona una gran satisfacción comprobar que estoy molestándolo.

—Tú estás solo y yo también. Hay espacio más que suficiente para los dos. —Me coloco las gafas de sol en lo alto de la cabeza para poder ver bien la pantalla—. Ya me había pedido la bebida, así que necesitaba un lugar en el que sentarme para tomármela.

—No puedes sentarte sin más si no te han invitado.

—Es gracioso, porque recuerdo claramente cómo antes has entrado en mi piso cuando nadie te había invitado.

Él se remueve en su asiento.

—Eso ha sido un malentendido. Tú, en cambio, estás siendo grosera a propósito.

—A diferencia de lo simpático que has sido tú conmigo cuando te has dado cuenta del error —repongo con sarcasmo.

—Puede que me haya sentido algo desconcertado por la confusión —dice a la defensiva y con el ceño fruncido—. Pero no he sido grosero.

—¿En serio? Dime, Kieran, ¿cómo me llamo?

Él vacila.

—¿Qué tiene eso...?

—Sin duda, alguien con un mínimo de modales le habría preguntado el nombre a la persona en cuya casa ha irrumpido, la misma que amablemente le ha dado un vaso de agua y paracetamol —señalo con inocencia, ladeando la cabeza—.

¿Oes que no me he dado cuenta con todas las disculpas que repetías sin parar?

Él inhala con brusquedad una bocanada de aire por la nariz y advierto como se le tensan los músculos de la mandíbula. No puede contestar.

¡JA!

—Lo que me imaginaba. —Vuelvo a posar la mirada en mi portátil, tecleo en Google y, tras presionar el botón de buscar, alargo el brazo para coger mi copa de vino.

Al cabo de un buen minuto de silencio, se aclara la garganta.

—Está bien —refunfuña—. Tal vez debería haberte preguntado el nombre. Yhaberme disculpado.

—Ajá —digo, manteniendo la mirada en la pantalla mientras examino los resultados de la búsqueda.

—Siento haber irrumpido en tu piso... —Gesticula con una mano, indicándome que termine la frase.

—Flora.

—Siento haber irrumpido en tu piso, Flora.

Asiento con la cabeza como muestra de que he escuchado su disculpa.

—Soy Kieran —añade.

—Ya me lo has dicho antes.

Oigo el ruidito que emite su garganta antes de quedarnos en silencio, un suspiro de exasperación tal vez.

Con el rabillo del ojo, veo como le da un trago a su cerveza, me mira otra vez y luego devuelve la atención al móvil hasta que un camarero se acerca con una pizza que debió de pedir antes de que yo llegara.

Lo ignoro y me concentro en mi tarea: a las cinco en punto, tengo que haber dejado mi piso y estar de camino a otro sitio.

Amedida que voy vaciando mi copa, sin embargo, mis esperanzas van apagándose.

Encontrar un alojamiento mínimamente agradable en el Reino Unido que tenga un precio razonable y esté disponible con tan poca antelación está resultando ser una tarea imposible.

Un movimiento al otro extremo de la mesa me distrae un momento. Kieran ha terminado de comer y se ha levantado para marcharse. Cuando pasa a mi lado, alzo la mirada, esperando que me diga adiós o algo parecido, pero no lo hace. Se larga sin pronunciar palabra.

Está bien. Como quiera. Con viento fresco.

Mordisqueándome la uña del pulgar, repaso mis contactos del móvil.

Tiene que haber alguien que me pueda ayudar.

Cuando ya casi he llegado al final de la lista, me invade la desesperación.

No conozco tanta gente en Londres; de hecho, la única persona de esta ciudad con la que tengo una relación estrecha es Iris, y ahora mismo está viviendo con sus padres después de que su casero la echara tras avisarla con apenas un mes de antelación.

Sé que me ofreció la posibilidad de hospedarme ahí en caso de necesidad, pero no puedo presentarme en la casa de sus padres en Fulham e instalarme en su sofá durante cuatro semanas.

Y,además, el objetivo de todo esto era precisamente salir de Londres.

En ese momento alguien deja otra copa de vino delante de mí.

—No he pedido na... —comienzo a decir, pero me callo cuando levanto la mirada y veo que se trata de Kieran.

—Sentía que te debía una copa a modo de disculpa —dice sin apenas disimular el rencor de su tono de voz. Con otra pinta para él, vuelve a sentarse en el extremo opuesto de la mesa.

—Vaya. Gracias. Es... muy amable por tu parte.

Él no dice nada, se pone de nuevo las Wayfarer y, dándome la espalda, se gira para observar a la gente que pasea por la calle.

No puedo evitar poner los ojos en blanco.

Preferiría que no me hubiera invitado a la copa de vino si lo ha hecho de tan mala gana.

Aprecio el gesto, pero no parece demasiado sincero.

Por supuesto, eso no impedirá que la acepte; en lo que a mí respecta, ha sido gratis. Le doy un sorbo y me sorprende gratamente descubrir que me ha pedido un rosado mucho mejor que el de antes. De hecho, creo que es el más caro.

Bueno, a seguir buscando. Procuro tener en cuenta lo que me ha dicho Iris y ver si puedo quedarme un tiempo en un lugar y luego cambiar a otro, pero incluso mostrándome más flexible con las fechas sigo encontrándome los mismos problemas.

Los alojamientos más bonitos y adecuados no están disponibles o, si lo están, es a un precio absurdo a causa de la escasa antelación.

Mientras me llevo un chasco tras otro, no dejo de resoplar y suspirar hasta que, finalmente, me doy por vencida y, con un sonoro gemido, entierro la cara en las manos.

—¿Podrías... parar de hacer eso? —oigo que me pregunta Kieran. Abro los dedos y, a través de los huecos, veo su expresión de fastidio—. La gente está empezando a mirar hacia aquí y preferiría evitarlo.

Bajo las manos y lo fulmino con la mirada.

—Vaya, siento que mi desgracia te suponga un inconveniente.

Él permanece imperturbable.

—Discúlpame por querer algo de privacidad.

—Sí, claro, sin duda con esa gorra y esas gafas pasas del todo desapercibido —mascullo al tiempo que pongo los ojos en blanco—. Las gorras son parte del uniforme de un tenista.

—¿Uniforme? —repite, esbozando una sonrisita de suficiencia.

Es la primera vez que lo veo amagar siquiera una sonrisa. Aunque se trate de una muestra de presunción.

—Lo siento, quería decir «equipación deportiva» —repongo en tono burlón—. ¿Sabes? La mayoría de la gente, al ver que alguien tiene un problema, le preguntaría qué le pasa en vez de regañarlo por lamentarse en voz alta.

—No te he regañado, solo te he pedido educadamente que dejaras de hacerlo. En cuanto alguien me reconoce, me resulta imposible relajarme. Aunque no espero que tú lo comprendas —dice con amargura.

—¡Uy, sí, alguien puede venir a pedirte un selfi! ¿Tan grave es?

—Puede que me pidan un selfi si se atreven a venir hasta aquí, pero la gente no pide permiso para hacerte fotografías y vídeos desde su mesa. Yresulta imposible relajarse cuando sabes que están mirándote y grabándote.

Exhalo un suspiro, irritada. Por muy mal que me caiga Kieran, lo cierto es que tiene algo de razón.

—Está bien —accedo, colocando los dedos sobre el teclado del portátil—. No haré nada más que pueda llamar la atención. De todos modos, en cuanto me acabe la copa, me voy.

Él asiente con brusquedad. Yo me quedo mirando inexpresivamente la pantalla con los dedos inmóviles.

No tengo ni idea de qué teclear en el buscador.

No estoy segura de sentirme capaz de revisar más páginas web de alquileres temporales.

Al caer en la cuenta de mi derrota, cierro los ojos desesperada.

Kieran tose y murmura algo tan bajito que no llego a oírlo.

—¿Cómo dices? —pregunto. Me vuelvo hacia él de mala gana, preparándome para la siguiente crítica. Alo mejor he hecho demasiado ruido al cerrar los ojos o quizá estoy bebiéndome el vino con excesiva lentitud.

—¿Cuál es el problema? —repite en voz baja y con el ceño fruncido.

Parpadeo y me llevo una mano al pecho.

—¿Me hablas a mí?

—Has dicho que tenías un problema —me recuerda con impaciencia.

Enarco las cejas.

—¿Estás preguntándome si estoy bien?

No puedo verle los ojos detrás de las lentes oscuras de sus gafas, pero su expresión tensa parece querer decirme: «No me toques las narices y limítate a responder».

—Está bien, de acuerdo. Si te soy sincera, no tengo ningún sitio en el que alojarme las próximas semanas —lo informo—. El tejado de la casita de campo que había alquilado en Lake District se ha venido abajo, de modo que ya no puedo ir ahí, y, con tan poca antelación, no encuentro ningún otro lugar.