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No es así como deberían ir las cosas. Se suponía que iba a marcharme un tiempo de Londres para retomar finalmente el control de mi vida y hacer algo con ella en vez de dejarme llevar por la apatía y seguir sin un trabajo serio ni objetivos en una ciudad en la que no tengo más amigas que Iris.
Después de un terrible inicio de año, esto iba a ser el punto de inflexión.
Necesitaba este respiro. Iba a volver sintiéndome revitalizada y dispuesta a afrontar lo que viniera a continuación.
Con la novela gráfica en marcha, pensaba buscar trabajo en galerías de arte y editoriales, un empleo que realmente me apasionara. Tenía un plan.
Y ahora se ha ido todo a la mierda.
Me permito a mí misma un instante o dos para autocompadecerme y, apartando la maleta a medio hacer, me tumbo boca abajo en la cama para gritar en el edredón antes de volver a levantar el culo y comenzar a buscar algún sitio al que ir las próximas semanas.
Tiene que haber algún otro lugar en el que pueda quedarme en Lake District; siempre hay ofertas de último minuto, seguro que encuentro alguna.
Me siento a la mesa de la cocina con el portátil y me pongo a buscar otras empresas que alquilen casas en Keswick, pero todo lo que veo está reservado para todo el verano.
Amplío la búsqueda sin éxito. No hay casitas, ni apartamentos, ni habitaciones de hotel disponibles para las próximas cuatro semanas.
Dejo a un lado el ordenador, suelto un gruñido e, inclinándome hacia delante, apoyo la frente en el tablero de la mesa.
Esto es un desastre. Un completo y absoluto desastre.
Reprimiendo las lágrimas, decido que la persona con la que necesito hablar ahora mismo es Iris.
Resulta extraño pensar que nuestra amistad todavía sea relativamente reciente.
Cuando Jonah se marchó y yo apenas podía salir de la cama —no digamos ya del piso—, fue ella quien se presentó sin que la invitara nadie y se sentó conmigo mientras yo lloraba, quien me escuchó hablar sin parar sobre mi dolor al tiempo que me acariciaba el pelo y me decía que todo iba a salir bien.
También me pedía comida para llevar carísima que yo casi no tocaba, pues estaba demasiado disgustada, pero en ningún momento me hizo sentir mal por la cantidad de dinero y comida que debía de estar desperdiciando.
No dejó de venir siempre que podía para ver cómo estaba.
En la peor época de mi vida, ella consiguió que no me sintiera tan sola.
Nunca podré agradecérselo lo suficiente.
Siempre he intentado fingir que no me importa el hecho de no contar con una familia que me apoye.
Cuando iba a la escuela, visitaba las casas de mis amigas y veía todo lo que sus madres y padres hacían por ellas, me decía a mí misma que era algo bueno que yo ya fuese tan responsable.
Me sentía orgullosa de ser autosuficiente y cocinarme porque mi madre no estaba en casa cuando yo llegaba y no tenía ni idea de dónde se encontraba ni con quién.
Era bueno saber cuidar de mí misma. Sería yo quien contara con ventaja cuando acabara el instituto y tuviéramos que buscarnos la vida en el gran y ancho mundo.
Eso era lo que me repetía una y otra vez.
Casi llegué a creérmelo.
Y, si bien por aquel entonces estaba cabreadísima con mi padre por haberme dejado con mi madre cuando conocía a la perfección sus crecientes problemas con el alcohol, aprendí a gestionarlo gracias a la terapia.
Aprendí a comunicar mi ira y a perdonarlo.
Ahora nos llevamos bien, es solo que no tenemos nada en común y que, emocionalmente, él se muestra muy distante.
En las raras ocasiones en las que hablamos, nuestra conversación resulta forzada y tirante, y ninguno de los dos dice nunca nada importante.
Sin embargo, me siento agradecida por que me haya ofrecido ayuda económica cuando realmente la necesitaba.
Este es su modo de demostrarme que le importo, y lo acepto.
Es como si este año me estuvieran poniendo a prueba.
Sé que no se debe depender tanto de nadie como yo lo hacía de Jonah, pero, cuando no tienes familia, es normal querer crearse una y eso es lo que creía que estábamos haciendo.
Él lo era todo para mí. Yyo quería desesperadamente serlo todo para él, así que aceptaba sus críticas y me esforzaba en ser aquello que necesitara, aunque fuera a costa de mí.
Su rechazo definitivo fue devastador. Nunca me había sentido más inútil e indigna.
Esa es la razón por la que Iris nunca comprenderá del todo lo mucho que me ayudó el mero hecho de que estuviera presente.
Que se dejara caer por casa y me hiciera saber que le importaba a alguien supuso el rayo de luz que necesitaba para salir del pozo en el que me encontraba y recuperar la determinación para colocar un pie delante de otro y tirar adelante.
Muy poco a poco, en estos últimos seis meses he ido encontrándome a mí misma.
Me he cuidado, me he comprado ropa bonita y cosas de calidad, he ido a la peluquería y me he hecho la manicura cuando me ha dado la gana.
He vuelto a escuchar las canciones pop optimistas de las que Jonah siempre se burlaba, y me han hecho sentir tan feliz y animada que, literalmente, me estremezco ante la idea de estar con alguien tan deplorable, pretencioso y presumido como para desdeñar y menospreciar en voz alta una música tan alegre.
La vida es demasiado corta para ser tan esnob.
Me siento orgullosa de haber llegado a este punto en el que quiero intentar crear mi propio cómic.
Jonah me dejó claro que no tenía lo que hacía falta, pero estaba equivocado en tantas cosas que confío en que también lo esté respecto a mí.
Ahora no puedo renunciar a esto, no cuando he llegado tan lejos.
Necesito que esto funcione y, a pesar de que parece que todo está viniéndose abajo, todavía no quiero tirar la toalla.
Solo necesito que me lo diga alguien más.
Iris contesta después del primer timbre.
—¡Ey, Flora! —dice animadamente. De fondo se oye música y gente charlando—. ¿Ya estás de camino?
—Se ha ido todo al garete.
—¿Qué? Un momento, que no puedo oírte bien. Dame un segundo. —Espero mientras se aleja del lugar en el que se encontraba y el ruido mengua—. Lo siento, he ido al pub a almorzar y la terraza estaba a tope. ¿Qué decías?
—El tejado se ha desplomado.
— ¿QUÉ? ¡Dios mío! ¿Estás bien?
—El de mi piso no, el de Keswick.
—¿Cómo?
—El de la casita de campo que había alquilado —le explico mientras me sorbo los mocos—. El tejado se ha desplomado y no pueden recolocarme en ningún otro lugar. He intentado buscar yo algún sitio, pero no hay nada disponible.
—¡Ay, no, Flora! Lo siento mucho. Tenías tantas ganas... ¡Es terrible! ¿Qué vas a hacer?
—No lo sé, pero tengo que dejar libre mi piso. Ahora no tengo ningún lugar al que ir.
—Tranquila, ya lo solucionaremos. Seguro que puedes hablar con la agencia para que le hagan saber a quienquiera que haya alquilado tu piso que ha habido un problema y no puede alojarse en él —sugiere.
Vacilo. Desearía poder contarle que va a resultarme muy difícil decirle a un famoso jugador de tenis que ya no tiene ningún lugar en el que quedarse mientras compite en el torneo de Wimbledon, pero le prometí a Kieran que no se lo diría a nadie y, por más que confíe en Iris, soy fiel a mi palabra.
Además, no tendría ningún sentido revelárselo, pues tampoco es que vaya a tener la oportunidad de conocerlo. Ya se lo contaré después del torneo.
—No estoy segura de que eso sea una opción viable —le digo sin entrar en detalles. Pongo un codo en la mesa y apoyo la barbilla en la mano—. Menuda forma más desastrosa de comenzar mi escapada.
—Desde luego, no estás teniendo mucha suerte —conviene Iris—, pero esto no significa que debas cancelar el viaje. Hay muchos lugares en Inglaterra en los que puedes pasar unas semanas para trabajar en tu libro.
—Ya sabes que yo quería ir a Lake District.
—Sí, pero hay otros sitios igual de bonitos —contesta con cuidado—. Ya irás en alguna otra ocasión. ¡Cuando escribas la secuela de tu exitoso debut, por ejemplo!
—Ojalá —murmuro pesarosa.
—Flora, no puedes dejar que un tejado desplomado te arruine los planes. Esto no es más que un pequeño contratiempo. Yo ya estaba algo preocupada por que te fueras tú sola, así que quizá sea el destino intentando decirte que tengo razón y que debes hacerme caso.
—Ya... —contesto, sonriendo al aparato—. De acuerdo, pues. Según tú, ¿qué debería hacer?
—Levantar tu precioso culo del sofá, salir por la puerta, irte a tomar una copa de rosado fresquito en alguna terraza al sol y disfrutar buscando en el móvil alguna oferta de último minuto en la campiña, preferiblemente en algún lugar que no esté a varias horas de Londres. Así podré ir a visitarte si me dejas.
Exhalo un suspiro.
—Lo cierto es que lo de la copa de rosado al sol suena tentador.
—Venga, ve y llámame cuando hayas hecho una nueva reserva.
Yrecuerda: no hace falta que te quedes en un solo sitio todo el rato, así que no te vengas abajo si la casa que te gusta solo está disponible unos días o una semana.
Resérvala y busca otra para el resto del tiempo.
Si hiciera falta, entre una y otra podrías quedarte a dormir en el sofá de mis padres.
Me sorprendo a mí misma asintiendo mientras ella me detalla sus instrucciones.
—Está bien. Tienes razón. Un nuevo plan.
—Un nuevo plan la mar de emocionante —enfatiza—. Todo ocurre por una razón.
—Voy a alquilar una casa en un sitio nuevo —declaro, poniéndome de pie.
—Claro que sí. ¡Llámame cuando ya lo hayas hecho!
—Lo haré. Eres la mejor, Iris.
—Ya lo sé.
Colgamos y, con una oleada de determinación, cojo una bolsa para mi portátil, mis gafas de sol y las llaves. Tras recorrer el pasillo, salgo de casa. En cuanto me encuentro bajo el sol, respiro hondo y me pongo las gafas.
—Ha llegado el momento de trazar un nuevo plan —me anuncio a mí misma.
Enfilo una calle en dirección al Village y busco una mesa libre en alguna de las terrazas de los restaurantes y bares de la zona —las instrucciones explícitas de Iris eran que debía tomarme una copa de rosado al sol—, pero están todas hasta los topes.
Cuando hace bueno, todo Londres sale a la calle.
Como noto que comienzo a acercarme peligrosamente al mal humor a causa de otro obstáculo más que me impide llevar a cabo mis planes, hago lo posible por mantener la calma y decido dirigirme al pub Dog and Fox con la esperanza de encontrar un lugar libre; soy solo una persona y no muy corpulenta, tal vez pueda compartir mesa.
Después de pedir una copa de vino en la barra, salgo a la terraza.
Como esperaba, la mayoría de las mesas están llenas, pero veo una hacia el fondo que parece vacía hasta que me acerco y compruebo que hay un hombre al final del banco.
Está solo, mirando el móvil con una pinta de cerveza rubia delante.
Imagino que está esperando a alguien, aunque con suerte no le importará que me siente en un extremo.
—Disculpa —comienzo a decir con mi sonrisa más dulce—, ¿podría sentarme...?
—No —dice con un gruñido antes incluso de que haya terminado la frase.
De repente, me doy cuenta de quién es. Lleva la gorra calada hasta las orejas, por eso no lo había reconocido. El mismísimo Kieran O’Sullivan.