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—¿Por qué iba a hacer eso? —pregunto con los brazos en jarras—. Vivo aquí.
—No —repone con los ojos entrecerrados—. Yo vivo aquí.
Me lo quedo mirando fijamente. Madre mía, no puede ser. Kieran O’Sullivan ha debido de sufrir una especie de brote psicótico y ahora se piensa que vive en mi piso.
Él se pone de pie y me examina con recelo, lo que me hace retroceder un paso.
—Tú no eres de la agencia, ¿verdad? —conjetura.
—¿Qué? No, no soy de ninguna agencia.
—¿Quién eres? ¿Cómo sabías que iba a alojarme aquí? ¿Te lo ha contado alguien de mi equipo? ¿Quién? ¿Cómo te has enterado? —inquiere rápidamente en un tono crispado y tenso—. ¿Quién te ha dicho que iba a alojarme aquí?
—Yo no... ¡Nadie me ha dicho nada! —contesto con un tartamudeo, enervada por la batería de preguntas—. ¡Este es mi piso! ¡Tú no vives aquí, yo vivo aquí!
Él vacila un momento y dice:
—Este es tu piso.
—¡Sí!
—En plan que no te estás hospedando aquí, sino que vives aquí.
—Sí —vuelvo a decir, mirándolo con los ojos como platos.
—Ah —dice aliviado, y su expresión se suaviza—. Creo que ya sé a qué se debe la confusión. Has puesto tu apartamento en alquiler para las próximas semanas, ¿no? Pues soy yo quien lo ha alquilado.
Por un momento, me siento demasiado estupefacta para hablar.
—¿Eh? —consigo decir finalmente.
—He alquilado tu piso —repite, estirando un brazo para acariciarse la nuca—. Pensaba que eras de la agencia.
—¿Tú... has alquilado mi piso? —digo con incredulidad—. ¿En serio?
Él asiente y vuelve a dejarse caer en el sofá.
—¿Estás... seguro? —pregunto para confirmarlo.
— Sip —dice hastiado al tiempo que señala con un movimiento de cabeza las flores de cerezo de la pared—. Sin duda es aquí.
Me quedo callada un momento para intentar asimilar el hecho de que no va a ser un aficionado al tenis quien esté alojado en mi casa, sino Kieran O’Sullivan, un famoso.
—Lamento haber llegado antes de lo acordado —continúa, volviendo a ponerse cómodo mientras yo permanezco petrificada en el mismo sitio—. Sé que no debía venir hasta las cinco, pero... no tenía nada que hacer hasta entonces.
Su móvil vuelve a sonar. Puedo ver en el identificador de llamada de la pantalla que se trata de una tal Henrietta. Él le echa un vistazo, aunque no mueve ningún músculo y deja que siga sonando.
—Tú vas a alojarte aquí —digo en voz alta como si eso ayudara a mi cerebro a comprender el hecho—. Eso es... ¡Guau!
Él aprieta los labios, claramente incómodo.
—Sí, bueno, te agradecería que no se lo dijeras a nadie. No quiero que la prensa me agobie.
Me doy cuenta de que, tras decir esto, se me queda mirando expectante.
—Ah, sí, claro. No le diré nada a nadie.
Él frunce el ceño aún más. Está claro que no me cree.
—Te lo prometo —añado enseguida, aunque me percato de que eso no significa mucho para él.
No me conoce de nada—. Bueno, espero que te encuentres a gusto aquí.
No pensaba que un tenista fuera a alquilar mi piso.
Es algo pequeño, pero está muy bien situado.
Cerca del Village, así que hay buen ambiente.
Aunque supongo que estarás demasiado ocupado para apreciarlo.
Jugando en el torneo propiamente dicho, claro. ..
Mi parloteo nervioso se va apagando. Él sigue sentado con las manos entrelazadas sobre las rodillas y la vista al frente, mirando la pared con el ceño fruncido. Todo su cuerpo está diciéndome a gritos que mi presencia le incomoda, haciéndome sentir que no soy bienvenida en mi propia casa.
—Bueno..., si tienes alguna pregunta —prosigo— o necesitas algo...
—En ese caso ya llamaré a la agencia —me corta.
Su interrupción me pilla desprevenida.
—Claro. Vale.
—Tengo todo lo que necesito, así que ya puedes marcharte.
Es curioso cómo las palabras pueden decir una cosa y el modo en el que se pronuncian puede hacer que signifiquen otra.
Es posible que haya dicho «puedes marcharte», pero no hay nada en su tono o su semblante que me otorgue voz ni voto en el asunto.
Ni siquiera se molesta en mirarme. Su cuerpo está cuidadosamente colocado de tal forma que se encuentra casi de espaldas a mí.
Su tono ha sido brusco y severo, como el de un profesor cabreado que quiere despachar a un alumno cuyo entusiasmo le resulta un engorro.
Básicamente, este tío está diciéndome que me den.
¿Y sabes qué? Puede que sea una estrella del tenis, pero esta es mi casa.
Según los términos acordados, no debería haber llegado al apartamento hasta esta tarde y, sin embargo, se ha metido dentro sin ningún tipo de disculpa válida, se ha quitado los zapatos y no los ha dejado en el zapatero, ha ignorado el posavasos y ahora está comportándose como si fuera yo la que hubiera hecho algo mal.
Eso no es justo y no pienso dejar que me ningunee de este modo.
—El apartamento no está disponible hasta las cinco en punto —afirmo, poniendo los brazos en jarras y sacando pecho. Eso es, Kieran. Mira mi pose de poder—. Así que, mientras termino de hacer la maleta y recogerlo todo, eres tú quien puede marcharse.
Percibo un destello de irritación en sus ojos cuando finalmente hace el esfuerzo de levantar la vista hacia mí.
Mientras me observa, su mandíbula se tensa y las arrugas de la frente se le acentúan aún más.
Me niego a sentirme intimidada y le sostengo la mirada.
Ninguno de los dos dice nada. El silencio es ensordecedor.
De repente, mi móvil comienza a vibrar en el bolsillo y, a regañadientes, aparto la vista para comprobar quién me llama. Es el número de la empresa de alquileres temporales a través de la cual he arrendado la casita de campo en Lake District.
—Tengo que cogerlo —le digo secamente. Me doy la vuelta y salgo del salón en dirección a la cocina—. Hola, soy Flora —contesto al teléfono. La irritación que me ha provocado el grosero comportamiento de Kieran se desvanece al pensar en la pintoresca casita de campo que me espera.
—Hola, señorita Hendrix. Soy Hailey, de Simply Cottages. ¿Ha alquilado usted una casa con nosotros para este mes en Keswick?
—¡Sí, hola! ¿Me llama para decirme dónde estarán las llaves cuando llegue esta noche? Creo que en el email decía que alguien...
—Lo siento mucho, pero me temo que tenemos un problema con la casa de campo —me interrumpe Hailey con un tenso tono de voz—. No podrá alojarse en ella.
El corazón me da un vuelco.
—¡Pero... si iba a llegar esta noche para pasar cuatro semanas!
—Lo sé, y lo siento mucho. Está completamente fuera de nuestro control.
—¿Cuál es el problema, si se puede saber? Porque no necesito nada especial y estoy segura de que, sea lo que sea, puede arreglarse. Si se trata solo de alguna fuga o algo así, quizá todavía podría...
—El tejado se ha desplomado por completo.
Me quedo callada un momento.
—¿Cómo?
—Es una pesadilla —se queja la mujer exasperada—. Va a haber que cancelar los alquileres de todo el verano. Lo lamento mucho. Obviamente, recibirá usted un reembolso completo. Le enviaré los detalles al respecto en un email...
—Un momento, un momento. —Respiro hondo—. Hailey, tengo que ir a Lake District. ¿No hay ningún otro sitio en el que pueda alojarme? Seguro que disponéis de más casas de campo. No podéis cancelar mi reserva en el último minuto sin ofrecerme un reemplazo.
—Es pleno verano, la temporada de mayor actividad de todo el año. No queda nada disponible. Solo puedo disculparme.
—No lo comprendes. ¡Tengo que marcharme de mi piso sí o sí!
—Deje que le pregunte a mi encargado si puede hablar con usted.
Estoy segura de que podemos ofrecerle no solo un reembolso completo ahora mismo, sino un descuento en el próximo alquiler que realice con nosotros a modo de pequeña compensación por las molestias causadas. Voy a ponerla un momento en espera...
—Hailey, yo...
Me interrumpe un ruido crepitante seguido de un hilo de música clásica. Desesperada, cierro los ojos, apoyo la espalda en la pared y me paso una mano por el pelo. «Esto no puede estar pasando. Esto no puede estar pasando. Esto NO PUEDE ESTAR PASANDO ».
Me sobresalto al oír la puerta de entrada cerrándose de un portazo. Asomándome por la de la cocina, echo un vistazo al salón y veo que no hay nadie. Exhalo un suspiro de alivio. Kieran debe de haber entrado en razón y habrá decidido volver más tarde. Al menos me he quitado a ese imbécil de encima.
—¿Señorita Hendrix? —dice Hailey, de vuelta al teléfono después de un par de minutos.
Aprieto con fuerza el aparato.
—Sí, hola, estoy aquí.
—Mi encargado no está disponible para hablar ahora mismo, pero la llamará en breve para ofrecerle una explicación completa y contestar todas sus preguntas. De nuevo, le pido disculpas por las molestias y espero que vuelva a contar con nosotros en el futuro. Gracias por su comprensión.
Cuelga.
«¿Y qué voy a hacer ahora?».