Match Point 1 #2
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Pero lo mejor de todo es que realquilar mi piso me ha proporcionado el empujoncito que necesitaba para marcharme un tiempo de Londres y arrendar una casita de campo en la región de Lake District, donde por fin voy a poder ponerme con mi novela gráfica.

Es perfecto. Mi abuela por parte de madre vivía en Keswick y algunos de mis recuerdos más preciados son de los días que pasaba con ella en verano.

De vez en cuando, salíamos a explorar y encontrábamos un lugar alejado de los turistas donde yo me ponía a dibujar y ella pintaba con acuarelas.

Durante mi adolescencia, estar con ella suponía un descanso del caos que entrañaba vivir con mi madre.

Mi abuela estaba al tanto de los problemas que ella tenía y de lo que yo tenía que soportar.

Bueno, ella y todo el mundo. Cuando era pequeña, mi madre era lo que se conoce como una alcohólica funcional: alguien capaz de seguir con su rutina diaria sin llamar excesivamente la atención sobre su problema con la bebida.

Sin embargo, no pudo mantener ese estilo de vida durante mucho tiempo y, para cuando yo tenía quince años, su adicción ya la dominaba por completo.

Y no podía pedirle ayuda a mi padre. Entonces él estaba viviendo en Nueva York con su nueva esposa, Camila, heredera de una adinerada familia, echándole una mano para expandir su imperio de propiedades.

Pero al menos contaba con mi abuela. Cuando podía, venía a visitarnos a mi madre y a mí y se quedaba unos días con nosotras; durante las vacaciones, me acogía en su casa de Lake District.

Además, me transmitió sus genes artísticos.

Ella fue la única persona que creyó que podría llegar a ser artista; ni mi madre ni mi padre, por distintas razones, advirtieron siquiera que estaba interesada en el arte.

Cuando mi madre murió después de que yo hubiera terminado la escuela, mi abuela se vino a vivir una temporada conmigo al piso de Norwich para acompañarme en todas las cuestiones administrativas del funeral y luego me ayudó a encontrar un piso propio, lejos de los tristes recuerdos del que había compartido con mi madre.

Mi padre se puso en contacto conmigo y me echó una mano del único modo que sabía —ofreciéndome dinero—, pero fue mi abuela en quien me apoyé para todo lo demás.

Cuando falleció unos años más tarde, me di cuenta de que me había quedado sola.

Esa es la razón por la que Iris está equivocada.

No me sentiré sola en Lake District aunque no interactúe con nadie en cuatro semanas; es el único lugar en el que me he sentido querida de forma incondicional.

—No tienes de qué preocuparte, Iris —le aseguro ahora—. Me lo pasaré genial. Es un lugar tranquilo e inspirador. Exactamente lo que necesito.

—Lo que necesitas es un tío sexy entre las piernas.

Suelto una carcajada.

—¡Iris!

Nos interrumpe el timbre. Frunzo el ceño, confundida, y consulto la hora en el móvil. Debe de ser un paquete, aunque no recuerdo haber pedido nada.

—Tengo que dejarte. Alguien llama a la puerta —le digo—. Hablamos luego.

—Vale, escríbeme cuando estés de camino.

Ambas colgamos y me guardo el móvil en el bolsillo antes de enfilar rápidamente el pasillo y abrir la puerta de la entrada. No es el cartero.

Ante mí hay un tipo alto y de espaldas anchas con unos vaqueros negros y una camiseta blanca que deja a la vista unos brazos musculosos y bronceados.

Lleva una gorra, de modo que solo veo sus labios carnosos y la incipiente barba oscura que se extiende por su cincelada mandíbula.

Cuando alza la cabeza, me mira fijamente con unos penetrantes ojos de color azul zafiro enmarcados por unas pobladas cejas oscuras.

Lo reconozco al instante, y no puedo evitar que se me escape un grito ahogado.

Es Kieran O’Sullivan. Sí, el famoso jugador de tenis y gilipollas de renombre mundial.

Sabía que era alto, pero vaya si lo es —puede que uno noventa y cinco o así—, y sumamente guapo.

Si no le fuera bien en el tenis, sin duda podría encajar en un anuncio de Calvin Klein, con esa estructura ósea perfecta y esa mirada ardiente.

¿Qué narices está haciendo Kieran O’Sullivan en la puerta de mi piso?

No parece perdido. Se le ve más bien impaciente, como si fuera yo la que está en el lugar equivocado.

Arruga el entrecejo, una expresión característica en él.

—¿Eres de la agencia? —pregunta con un ligero dejo dublinés.

—T-tú eres... —comienzo a decir, tartamudeando.

—Sí, soy Kieran. Encantado —repone con desdén, como si, más que estar encantado de conocerme, el hecho de que yo esté aquí le pareciera un auténtico incordio.

Y entonces entra en mi piso.

Kieran O’Sullivan pasa despreocupadamente a mi lado y accede al interior de mi hogar como si fuera suyo.

Me siento tan desconcertada que me limito a permanecer ahí inmóvil y le dejo hacerlo, como si fuera del todo normal que un desconocido procedente de la calle entrase en tu casa sin la menor explicación.

Al rozarme, percibo un almizcleño aroma a sándalo mezclado con un fuerte tufo a alcohol rancio.

Él desaparece en el salón y, en el espejo de la pared opuesta del pasillo, veo el reflejo de mi expresión boquiabierta. Cierro la boca rápidamente.

Antes de cerrar la puerta de entrada, asomo la cabeza y miro a ambos lados para comprobar si es que en realidad está huyendo de los paparazzi o algo así y se ha metido en la primera puerta que ha visto, pero no hay nadie. Ha venido solo.

Aprovecho la oportunidad para comprobar mi aspecto en el espejo.

Hoy no esperaba toparme con una estrella del tenis.

Me paso los dedos por el pelo para intentar domar las ondas rebeldes y luego por debajo de los ojos para asegurarme de que el rímel que me he aplicado de cualquier manera esta mañana no se ha corrido.

No me he puesto base de maquillaje y se me ven perfectamente las pecas, más acentuadas aún estos días gracias al sol que hemos estado teniendo en Londres.

Entonces reparo en el par de pendientes de aro dorados que descansan sobre la mesa del pasillo, junto al jarrón de flores frescas que he colocado esta mañana; ayer los dejé ahí a propósito para no olvidármelos antes de marcharme.

Después de ponérmelos rápidamente, vuelvo a mirarme en el espejo una última vez y luego me dirijo a toda prisa al salón.

Para cuando llego, descubro para mi sorpresa que Kieran ya se ha quitado los zapatos, que ha dejado tirados sobre la alfombra, y se ha tumbado en el sofá tras recolocar con torpeza los cojines para estar más cómodo.

Cuando entro, levanta la vista y frunce el ceño.

—Estoy seguro de que ya puedo apañármelas yo solo. No tienes por qué quedarte. Gracias.

Lo miro boquiabierta.

—Y-yo..., disculpa, ¿puedo preguntarte qué... estás haciendo aquí?

—Ya sé que he llegado temprano —refunfuña, quitándose la gorra y tirándola al suelo—. Pero no me ha parecido que fuera a importar. ¿Sabes si hay paracetamol o algo aquí? Tenía intención de comprarlo de camino.

—¿P-paracetamol? —tartamudeo—. Sí, claro, en el botiquín del cuarto de baño.

—Genial. Si pudieras traérmelo con un vaso de agua, te lo agradecería. —Hace una mueca mientras se coloca un cojín detrás de la nuca. Luego se recuesta en él y cierra los ojos—. Me duele mucho la cabeza.

Parpadeo repetidamente.

—Lo siento. Estoy confundida.

Él se pasa una mano por la cara y me mira entre los dedos.

—Puedo ir a buscarlo yo mismo, pero no me encuentro muy bien y he pensado que, como ya estás de pie...

Su voz se apaga y deja la frase sin terminar. Después me observa como si esperara algo.

—Eh... Vale. Ahora te lo traigo —digo finalmente, desconcertada.

—Gracias —contesta él con voz grave, y cierra los ojos de nuevo.

Me doy la vuelta y me dirijo a la cocina para llenar un vaso de agua.

Al cerrar el grifo, analizo la situación.

Está claro lo que ha pasado: se ha equivocado de casa.

No resulta tan sorprendente que un jugador de tenis esté en Wimbledon un par de semanas antes del torneo —habrá venido para prepararse con su equipo—, pero no comprendo por qué se comporta como si creyera que yo estaba esperándolo.

Tras coger el paracetamol, regreso al salón y me lo encuentro sentado con la cabeza enterrada en las manos y emitiendo un quejido de dolor.

El móvil que lleva en el bolsillo comienza a sonar y parece que le supone un gran esfuerzo cogerlo.

Al ver el número que lo llama en la pantalla, farfulla algo en voz baja, ignora el teléfono y lo deja a un lado.

Me acerco, le tiendo el paracetamol y coloco el vaso en la mesita de centro.

—Gracias —dice él con un gruñido y sin levantar la vista al tiempo que saca dos comprimidos del blíster.

—De nada. Yo... no quiero ser maleducada, pero ¿puedo preguntarte de nuevo por qué estás...?

—¡Argh! —suelta después de darle un sorbo al agua para tragarse los comprimidos, mirando el vaso como sintiéndose ofendido—. ¿Qué cojones?

—¿Le pasa algo al agua?

—No es Evian, ¿no? —farfulla.

Mis mejillas se sonrojan de la vergüenza. Supongo que no debería sorprenderme que un atleta profesional como él esté acostumbrado a las mejores cosas de la vida, pero es de mala educación que muestre su desagrado con tanta claridad. Me cruzo de brazos a la defensiva.

—No, lo siento, es del grifo —le digo.

Con un exagerado estremecimiento, deja el vaso junto al posavasos que hay en la mesa. No encima. Junto a él. ¡¿Quién se cree que es?!

Ya está bien. Me he cansado de ser educada. Ha llegado el momento de obtener algunas respuestas.

—Perdona, ¿se puede saber qué haces aquí? —pregunto sin rodeos.

Él se vuelve hacia mí con el ceño fruncido.

—No pensaba que fuera a ser un problema que llegara temprano.

—Es que no me esperaba esto.

—Bueno, yo tampoco —dice entre dientes, mirándome de arriba abajo—. Como te he dicho antes, te agradezco que me hayas recibido, pero ya veo que está todo en orden, así que puedes marcharte.