Match Point Prólogo #2
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Prólogo #2

Vacila un instante al colocar la mano en el tirador de la puerta y, respirando hondo, se vuelve hacia mí.

—Flora —comienza a decir en un tono más suave, y, por un momento, creo que va a decirme algo agradable—, te has acordado de reservar una mesa en The Ivy para Basil y para mí, ¿verdad?

Todavía en shock y con la boca demasiado seca para pronunciar palabra alguna, me sorprendo a mí misma asintiendo.

—Excelente —dice Harvey más animado—. Me vuelve loco su curry de gambas malayo. Está increíble. Deberías probarlo si alguna vez tienes la oportunidad.

Y, tras ese inspirador consejo de despedida, sale de la sala.

—Hazme caso, Flora, terminarán arrepintiéndose del día en que decidieron despedirte —me dice Iris mientras abro la puerta de mi piso—.

Sé que ahora mismo te sientes como una mierda, pero intenta concentrarte en el hecho de que, al fin y al cabo, este trabajo nunca te ha gustado.

Harás cosas más grandes y mejores, lo sé.

Ahora puede que no te lo parezca, pero esto es algo positivo.

Ha sido un detalle por su parte insistir en acompañarme a casa después de haberme pasado el día llorando en su hombro en los lavabos de la oficina y, luego, haber estado quejándome de mi lamentable carrera profesional durante todo el trayecto en tren de Waterloo a Wimbledon, donde vivo con Jonah de alquiler en un apartamento de una habitación.

Cuando acepté mudarme a Londres con él, no sabía en qué zona debía buscar piso porque no conocía bien la ciudad, pero resultó que él ya había elegido Wimbledon.

Todos sus amigos viven en el sudoeste de Londres, así que supongo que tenía sentido.

Eso sí, fui yo quien encontró este piso.

En cuanto pusimos un pie en Lingfield Road para ir a verlo, supe que era aquí donde quería vivir.

Al entrar en el salón, descubrimos que el televisor está encendido. Jonah debe de haberse olvidado de apagarlo antes de salir de casa esta mañana. En estos momentos, el canal Eurosport está retransmitiendo el Abierto de Australia y uno de los jugadores le grita airadamente algo al juez de silla.

—Kieran O’Sullivan —dice Iris en tono soñador a mi espalda, echándole un vistazo a la pantalla por encima de mi hombro.

—¿Quién?

Ella señala con un movimiento de cabeza al tipo alto y moreno que gesticula con violencia en dirección al juez de silla.

—Es un jugador de tenis irlandés. Tiene un carácter terrible... y está buenísimo.

—¡Ah, sí! He oído hablar de él.

Observamos como se quita la gorra de la cabeza y la tira al suelo con frustración, provocando un coro de abucheos del público.

Iris se cruza de brazos.

—Es un jugador interesante cuando las cosas le salen bien. Intenso, temperamental, sexy. —Deja escapar un suspiro y, en voz baja, añade—: Podría pasarme el día mirándolo.

—¿Tiene tan mal genio en persona?

—No lo sé. No concede entrevistas. Antes lo hacía, cuando empezó.

Se plantó muy joven en su primera final del Abierto de Australia, y de la noche a la mañana todo el mundo pensaba que arrasaría en los demás torneos de Grand Slam, pero nunca llegó a suceder.

Ha alcanzado muchas semifinales y finales, pero no ha conseguido alzarse con ningún gran trofeo.

—Se encoge de hombros—. Ahora parece evitar a los periodistas.

—Puede que sea mejor así —sugiero mientras O’Sullivan recibe una advertencia del juez de silla.

Tras quitarme el gorro, la bufanda y el abrigo, me pongo a buscar el mando a distancia, y me invade la frustración cuando no lo encuentro.

Yo siempre lo dejo en el mismo sitio de la mesita de centro de cristal, pero Jonah, en cambio, lo deja tirado en cualquier sitio aunque le he pedido incontables veces que lo coloque en su lugar.

—Me encanta este salón —comenta Iris mientras meto las manos por debajo de los cojines del sofá—. Esa pared es muy bonita.

Levanto la mirada hacia las flores de cerezo rosas que decoran toda la pared del fondo alrededor de la chimenea y su repisa.

Inspirada por un diseño parecido que vi en una película, la pinté la misma semana que llegamos con la intención de hacer el piso más hogareño y personal.

Jonah no dejó de protestar por el hecho de que estuviera dedicando todo mi tiempo libre a la decoración —algo que, en su opinión, podía esperar— en vez de desempaquetar cajas esenciales, pero yo no estuve de acuerdo.

Mudarme aquí me resultaba abrumador, y necesitaba sentirme en casa cuando entrara en el piso.

—No te encariñes demasiado —murmuro—. Vamos a pintar encima.

Ella frunce el ceño, desconcertada.

—Estás de broma.

—Jonah piensa..., perdona, Jonah y yo pensamos que pintar las paredes de color blanco roto le daría un toque más sofisticado al salón. —Al fin encuentro el mando debajo de uno de los cojines—. ¡Ajá!

Apago el televisor.

Es entonces cuando lo oímos: un gruñido fuerte procedente del dormitorio. Es una voz de hombre. La de Jonah. Me quedo petrificada. Acontinuación, se oye el gemido de una mujer. Iris se pone tensa.

—No... no puede ser... —susurro, pero mi voz se apaga al tiempo que se me forma un nudo en la garganta.

Con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho, me dirijo de puntillas al dormitorio. Iris me acompaña, cogiéndome de un brazo en señal de solidaridad. La voz de la mujer vuelve a emerger a través de la puerta.

—¡Oh, sí! ¡Sí, Jonah!

Con el rostro pálido, Iris se cubre la boca con una mano.

—Flora —susurra a través de los dedos con una reluciente mirada de compasión.

Agarro el pomo de la puerta y la abro de un empujón.

En la cama se encuentra la vecina de al lado, Zoe, completamente desnuda y sentada a horcajadas sobre Jonah, que está tumbado de espaldas y la sujeta por las caderas.

Al principio no siento nada, como si mi cerebro no comprendiera del todo que lo que estoy viendo es real y, por lo tanto, no hubiera necesidad de procesarlo.

Cuando finalmente asimilo la realidad de la situación, sin embargo, el intenso dolor que siento en el corazón hace que todo mi cuerpo entre en shock.

Dejo escapar un débil gimoteo.

Jonah alza la cabeza de repente y nos ve.

Con expresión de pánico, levanta a Zoe y la tira a un lado de la cama, haciendo que caiga al suelo y suelte un grito.

Si no se tratara de una escena tan desagradable, habría resultado incluso divertido.

Los telespectadores de una sitcom se habrían partido de la risa.

Pero no es ficción. Nadie grita «corten», porque esto es la vida real. Esto está pasando de verdad.

—¡Flora! —chilla Jonah, cubriéndose el miembro con las manos—. ¿Qué estás haciendo aquí?

Mira a un lado y a otro de la habitación mientras Zoe asoma su rostro sonrojado y sorprendido por el lateral de la cama y se apresura a envolverse con nuestro edredón, que debieron de apartar antes.

Corten. ¡Corten!

Con la cabeza dándome vueltas y la vista nublándoseme, alargo una mano para apoyarme en Iris antes de derrumbarme en sus brazos cuando las piernas ceden bajo mi peso.

CORTEN .