Match Point
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Prólogo
Hoy todo irá mejor.
Es lo que no paro de repetirme mientras abro otro sobre marrón, saco el libro de su interior y lo dejo en la pila cada vez más alta que hay sobre mi escritorio.
Cada semana las editoriales nos envían decenas de ejemplares para que los reseñemos aquí, en The Daily Journal , y, como asistente de la sección de cultura, tengo que amontonarlos todos y colocarlos luego en un carrito para que la responsable de la sección de libros pueda examinar sus lomos y seleccionar los que quiere que sean leídos y reseñados.
Lo preocupante es que este es uno de los aspectos más interesantes de mi trabajo.
No me quejo, ojo. Soy consciente de lo afortunada que soy en realidad por estar trabajando en un periódico, y, cuando me mudé a Londres el año pasado, ni siquiera pensaba que sería capaz de conseguir un empleo en un medio de comunicación, de modo que debería sentirme agradecida por estar aquí apilando libros y yendo a buscar té y café.
Es solo que esperaba estar tal vez un poco más implicada en el lado creativo de las cosas y, como este año cumplo veintinueve, en ocasiones me pregunto si no debería estar desempeñando un cargo con mayor responsabilidad que el que, en esencia, es un puesto para principiantes.
Como ayer, por ejemplo. Mi único trabajo mínimamente apremiante fue reservarle una mesa al jefe de la sección de cultura, Harvey, en The Ivy para un almuerzo de negocios; luego me pasé el resto de mi valioso tiempo organizando los libros que habíamos recibido esa mañana por el color del lomo y haciendo cuestionarios en internet para descubrir qué raza de perro se ajustaba más a mi estilo de vida, a qué personaje de Disney me parecía más y cuál de los famosos de la década de los 2000 sería mi pareja perfecta.
Averigüé que debería ser dueña de un terrier de Norfolk, que tengo mucho en común con Meeko —el mapache de Pocahontas — y que, en el caso de que volviera a estar soltera, no me iría mal toparme con Chad Michael Murray.
Se trata de una información muy útil, qué duda cabe, pero esta mañana no me he despertado exactamente llena de motivación y convencida de estar contribuyendo de un modo útil a la sociedad.
Esa es la razón por la que ahora mismo estoy procurando llenar mi mente de pensamientos positivos, y, en cuanto haya terminado de abrir estos sobres, me he propuesto redactar una lista de cosas que puedo hacer que sean útiles para mi carrera profesional, como escribir otro email más al departamento de Arte para asegurarme de que todavía no ha salido ninguna vacante de diseñadora o comenzar a solicitar empleo en galerías o editoriales especializadas en novela gráfica.
No debo acomodarme aquí. Si quiero trabajar en el campo del arte, tengo que hacer algo al respecto.
Sí, muy bien. Sólidos pensamientos motivacionales. Las cosas ya parecen estar mejorando.
—Flora, Harvey quiere verte.
Levanto la mirada por encima de la creciente pila de libros y veo a Basil, nuestro becario, de pie delante de mí con los ojos clavados en el móvil.
Parece irritado por haber tenido que recorrer los pocos metros que hay de su escritorio al mío para comunicarme el mensaje.
Hijo veinteañero de uno de los compañeros de golf de Harvey, lleva en el periódico poco más de una semana y está aquí para adquirir algo de «experiencia laboral», aunque hasta el momento no ha hecho nada que pueda considerarse como tal.
Se pasa la mayor parte del tiempo en TikTok y acompañando a Harvey en largos almuerzos.
—Gracias, Basil —digo animadamente, decidida a mostrarme optimista.
Él se encoge de hombros y, una vez de vuelta en su escritorio, se deja caer en su silla sin apartar ni un segundo la vista del móvil.
No puedo evitar poner los ojos en blanco y me pilla una periodista de deportes, Iris, que está hablando con alguien sobre la maquetación de una página.
Al principio, me siento avergonzada por que alguien me haya visto hacer eso a espaldas del chico, pero, cuando Iris me sonríe con complicidad e imita mi gesto después de mirarlo de reojo, me siento aliviada y le devuelvo la sonrisa.
Iris es una de las pocas personas de esta redacción a las que soporto, principalmente porque es la única periodista que se molesta en dirigirme la palabra.
Apesar de que trabajamos en secciones distintas —ella en deportes y yo en el rincón de cultura—, en ocasiones pasamos el rato juntas en la cocina de la oficina, haciendo café y riéndonos de nuestros estirados y pretenciosos compañeros o de algún deportista con aires de diva al que ella ha entrevistado.
También hemos salido a comer unas pocas veces, lo cual puede que no signifique nada para ella, pero para mí es un mundo.
Como no llevo demasiado tiempo en Londres, lo cierto es que aquí no tengo muchos amigos propiamente dichos.
Resulta agradable saber que hay alguien con quien puedo hablar.
Somos muy distintas. Al principio, me sentía intimidada por ella: es una persona segura de sí misma, lista, ingeniosa y cautivadoramente guapa, con pelo moreno, rasgos delicados y unos impresionantes ojos verdes.
También es muy estilosa y sofisticada, y siempre va vestida como si fuera a acudir a un importante almuerzo de negocios en un exclusivo restaurante de Mayfair.
Es el tipo de mujer que entra en una sala y todo el mundo se vuelve para mirarla.
Yo, en cambio, tiendo a ser reservada y cauta, me peleo a diario con mi rebelde pelo ondulado y rubio, mi armario está formado básicamente por camisetas desvaídas y pantalones vaqueros con rotos y suelo entrar en los lugares con la esperanza de que nadie repare en mí.
Aun así, congeniamos. Supongo que los opuestos se atraen.
Cuando llego junto al escritorio de Harvey, me aclaro la garganta antes de hablar:
—Basil me ha dicho que querías verme.
Sin apartar la vista de la pantalla de su ordenador, Harvey alza un dedo, indicándome que espere hasta que haya terminado el email que está escribiendo.
Procuro reprimir una sonrisita. Típico de Harvey: le pide a alguien que vaya a hablar con él y luego le hace esperar.
Le encanta sentirse importante y recordarles a sus empleados quién está al mando aquí.
Harvey es un sesentón pomposo y gilipollas que no debería ser el editor de cultura de un periódico nacional porque no parece tener la menor idea de cine, arte, música o teatro.
Por desgracia, conocía a toda la gente adecuada para obtener el puesto.
El hecho de que haya hecho recorrer a un becario unos pocos metros para que me transmitiera el mensaje de que quería verme en vez de levantarse él mismo y caminar hasta mi escritorio lo describe perfectamente.
—¡Listo! —exclama al fin, enviando el email y girando la silla para volverse hacia mí—. Vayamos a una sala de reuniones, Flora. —Se pone de pie—. Basil, dame cinco minutos y luego iremos a almorzar.
—Genial. —Basil asiente mientras mira su Instagram—. No he parado en todo el día.
Alzo la vista hacia el reloj que cuelga de la pared. Son las once y media.
Tras dirigirnos a una de las salas de reuniones, Harvey abre la puerta y me indica que entre.
—Siéntate —me pide, dejando que la puerta se cierre a su espalda y echándole un vistazo a la redacción.
Las salas de reuniones consisten en una hilera de cajas de cristal alineadas a lo largo de una de las paredes, de modo que todo el mundo puede ver su interior.
Harvey se acaricia la barbilla pensativo antes de meterse ambas manos en los bolsillos y volverse hacia mí.
Exhala una bocanada de aire—. Flora, me temo que nos vemos obligados a prescindir de tus servicios.
Parpadeo.
—¿C-cómo dices?
—Estoy seguro de que eres consciente del estado actual del periodismo —sigue diciendo descaradamente Harvey, sacando las manos de los bolsillos y apoyándolas en el respaldo de la silla de enfrente para inclinarse hacia delante—.
Tenemos que hacer recortes. Tú te incorporaste el año pasado y, bueno, ya sabes cómo va la cosa.
El último en entrar es el primero en salir.
Lo miro con incredulidad.
—¿Estás... despidiéndome? —consigo farfullar.
—¡No, claro que no! —exclama escandalizado—. Solo nos vemos obligados a recortar personal.
Cuando asimilo sus palabras, comienzo a notar el escozor de las lágrimas en la parte posterior de los ojos.
Puede que este no sea el trabajo de mis sueños, pero sigue siendo mi empleo.
He hecho todo lo que requería el cargo. No me puedo creer que me estén poniendo de patitas en la calle.
El otro día, Harvey estuvo literalmente cuatro horas en un almuerzo que cargó a la empresa.
Yo nunca he cargado ningún gasto. ¡¿Cómo es posible que echarme a mí sea la forma ideal de ahorrarse dinero? !
Él se aclara la garganta e, incómodo, cambia el peso de un pie a otro.
—Es un asunto feo, qué duda cabe, pero necesario.
El departamento de Recursos Humanos te pormenorizará los detalles.
Por mi parte, quiero agradecerte... el competente trabajo que has hecho estos últimos meses.
Estoy seguro de que tendrás éxito en lo que sea que hagas a continuación, y, si alguna vez te apetece ir a tomar algo para que te proporcione alguna que otra perla de sabiduría.
.. —hace una pausa mientras sus ojos descienden hasta mi pecho y luego suben de nuevo—, mi puerta está siempre abierta.
No puede ser.
¿En serio está tirándome los tejos mientras me despide?
—Bueno... —tose y se gira para echarle un vistazo al reloj a través de la pared de cristal—, ya son las once y media, será mejor que vaya yendo a mi almuerzo de negocios.
Si tienes alguna pregunta, envíame un email y lo solucionaremos.
Mientras tanto, ve a Recursos Humanos y ellos te indicarán cuáles son los siguientes pasos. Ahora tengo que irme, lo siento.