Match a los 45, cero dignidad (Universo Julia Casas nº 1) Capítulo 14
96%

Capítulo 14

A la mierda todo (pero no del todo)

Al día siguiente me desperté con esa sensación rara de haber hecho algo importante la noche anterior sin tener del todo claro si había sido valiente o simplemente impulsiva.

No era tristeza, tampoco alivio completo, sino una especie de resaca emocional suave, de esas que no duelen pero dejan el cuerpo un poco torpe, como si todavía estuviera recolocándose.

Abrí los ojos, miré el techo y durante unos segundos no pensé en nada.

Fue breve, pero suficiente para darme cuenta de lo mucho que había estado pensando los últimos días.

Luego, inevitablemente, volvió todo: el bar, la silla vacía, la cerveza que se calentaba mientras yo esperaba, el mensaje sin respuesta y ese gesto casi solemne de borrar la aplicación como si con eso pudiera borrar también la sensación de haberme quedado ahí, esperando algo que no llegó.

Giré la cabeza hacia la mesilla. El móvil estaba en su sitio, pero había algo distinto. No estaba Tinder. No había icono. No había acceso rápido a ese mundo donde en cuestión de minutos podías sentirte interesante o completamente invisible. Y eso, de pronto, me dejó un pequeño vacío.

No incómodo. No del todo.

Pero sí raro.

Me incorporé despacio, me recogí el pelo con una goma y fui a la cocina. Noah ya estaba allí, como siempre, desayunando con esa calma que solo tienen los adolescentes y las personas que todavía no han tenido que esperar a nadie en una mesa.

—Buenos días —dijo sin levantar la vista.

—Buenos días.

Preparé café en silencio, disfrutando de esa rutina que no te pide nada más que estar presente. Me senté frente a él y di el primer sorbo.

—He borrado Tinder —dije.

Noah levantó la vista.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí.

Le miré.

—Gracias por el apoyo.

Se encogió de hombros.

—Pero no creo que el problema fuera la aplicación.

—Ah, ¿no?

—No.

—¿Y cuál era?

Noah me miró con esa mezcla de ironía y lucidez que últimamente me dejaba un poco descolocada.

—Que te ilusionas rápido.

Abrí la boca para defenderme.

La cerré.

—No me ilusiono rápido.

—Mamá…

—No me ilusiono rápido.

—Te ilusionas en dos mensajes.

—Eso no es ilusionarse. Eso es… interesarse.

—Vale.

—No es lo mismo.

—No.

Se quedó callado un segundo.

—Es peor.

Le lancé una servilleta.

—Eres insoportable.

—Soy observador.

—Vete al instituto.

—Me voy ya.

Se levantó, cogió la mochila y antes de salir por la puerta se giró.

—Oye —dijo.

—¿Qué?

—Que uno no aparezca no significa que los demás vayan a hacer lo mismo.

Me quedé mirándole.

Y se fue.

Permanecí sola en la cocina, con el café a medio terminar y esa frase dando vueltas en la cabeza. No quería reconocerlo, pero tenía razón en algo: yo había metido a todos en el mismo saco demasiado rápido. Como si una experiencia bastara para definir el resto.

El día en el trabajo fue tranquilo, casi agradecidamente aburrido. Nadie desaparecía, nadie me hacía dudar de mi valor, nadie me dejaba esperando sin explicación. Todo era claro, funcional, previsible. Y eso, después del caos emocional de los últimos días, tenía algo reconfortante.

A las seis salí del edificio con una sensación extraña que no terminaba de identificar. No era tristeza exactamente. Tampoco decepción. Se parecía más a ese cansancio silencioso que aparece cuando algo deja de importarte un poco antes de que estés preparada para reconocerlo.

La puerta se cerró a mi espalda y me quedé unos segundos quieta en la acera, ajustándome el bolso sobre el hombro mientras observaba a la gente pasar. Todo el mundo parecía tener un destino. Un sitio al que llegar. Una persona esperando. Una compra pendiente. Una llamada que devolver.

Yo no.

No tenía plan para esa tarde.

No había cita.

No había nadie esperándome al otro lado de ningún sitio.

Y, sorprendentemente, aquello no me produjo la sensación de vacío que habría esperado unos meses antes.

Lo único que sentí fue cansancio.

Eché a andar sin rumbo concreto, todavía no me apetecía volver a casa. Había días en los que mi salón era exactamente lo que necesitaba. Aquella tarde no era uno de ellos.

Caminé despacio, mezclándome con la gente que salía de trabajar.

Pasé delante de una cafetería donde varias personas ocupaban la terraza con esa tranquilidad que siempre parece más atractiva cuando la observas desde fuera.

Durante unos segundos me planteé sentarme y pedir algo, pero enseguida descarté la idea.

No quería estar sola en una mesa observando parejas, grupos de amigos y personas que parecían tener bastante más claro que yo lo que estaban haciendo con su vida.

Seguí andando.

Entré en una panadería porque necesitaba pan, aunque probablemente habría encontrado cualquier otra excusa para entrar en cualquier otro sitio. Compré una barra que aún estaba caliente y salí otra vez a la calle con ella bajo el brazo.

Continué caminando.

Me detuve frente a un escaparate de ropa sin mirar realmente la ropa. Observé durante varios segundos un maniquí vestido con un conjunto que costaba más que mi primera nómina y seguí avanzando.

En otro momento entré en una librería, recorrí un par de estanterías y saqué dos libros que no pensaba comprar. Leí las contraportadas. Volví a colocarlos exactamente donde estaban. Salí.

Era evidente que estaba haciendo tiempo.

Lo curioso era que ni siquiera sabía para qué.

Cuando llevaba casi media hora dando vueltas llegué a una pequeña tienda de alimentación de barrio. No necesitaba nada. O eso creía.

Entré igualmente.

Recorrí varios pasillos sin prestar demasiada atención hasta que acabé frente a una estantería llena de botellas de vino.

Me quedé mirándolas.

—Mira qué bien, Julia —murmuré para mí misma mientras cruzaba los brazos—. Has borrado Tinder y ya estás en tu fase de mujer divorciada que compra vino para hablar sola en casa.

Una señora que pasaba por mi lado me lanzó una mirada rápida.

Decidí que probablemente había pensado aquella frase en voz demasiado alta.

Cogí una botella.

La dejé.

Cogí otra.

También la dejé.

No sabía distinguir un buen vino de uno mediocre, pero sí conocía perfectamente la teoría universal según la cual las etiquetas bonitas aumentan considerablemente las posibilidades de que algo parezca una buena idea.

Finalmente elegí una botella cuya etiqueta tenía un dibujo elegante y un nombre francés imposible de pronunciar.

Aquello me pareció suficiente criterio.

Pagué y salí a la calle.

La botella pesaba poco, pero resultaba extrañamente reconfortante llevarla en la mano.

Caminé unos metros más mientras observaba el tráfico de la avenida y entonces saqué el móvil del bolso.

No tuve que pensarlo mucho.

Busqué el nombre de Virginia.

Abrí la conversación.

Y escribí.

Julia: ¿Estás viva?

La respuesta llegó tan rápido que sospeché que llevaba el móvil pegado a la mano desde hacía horas.

Virginia: Siempre. ¿Qué has hecho?

Sonreí.

Porque Virginia nunca preguntaba "¿qué pasa?".

Preguntaba "¿qué has hecho?".

Como si partiera de la base razonable de que el problema solía estar relacionado conmigo.

Miré la pantalla unos segundos antes de escribir.

Julia: He borrado Tinder.

Los tres puntos aparecieron inmediatamente.

Desaparecieron.

Volvieron a aparecer.

Y permanecieron allí bastante más tiempo de lo normal.

Podía imaginar perfectamente a Virginia sentada en su sofá, releyendo el mensaje y preparando una respuesta dramática.

Finalmente llegó.

Virginia: Necesito más información.

Sonreí.

Julia: Y yo creo que necesito vino terapéutico.

Los tres puntos regresaron.

Esta vez duraron apenas dos segundos.

Virginia: Dame veinte minutos.

Solté una pequeña carcajada mientras seguía caminando.

Julia: No te he pedido que vengas ya mismo.

Virginia: No hace falta.

Julia: Igual estoy exagerando.

Virginia: Julia. Acabas de escribir "necesito vino terapéutico". Eso es una emergencia emocional oficialmente reconocida por la Organización Mundial de Virginia.

Julia: Solo estoy cansada.

Virginia: Peor.

Julia: ¿Peor?

Virginia: Mucho peor.

Me reí sola en mitad de la calle.

Un hombre que pasaba cerca me miró con cierta desconfianza.

Lo ignoré.

Julia: Te espero.

Virginia: Pon copas.

Guardé el móvil en el bolso.

Y durante el resto del camino a casa tuve la sensación de que algo se había vuelto un poco más ligero.

No porque hubiera solucionado nada.

No porque hubiera cambiado nada.

Simplemente porque Virginia ya estaba involucrada.

Y después de tantos años de amistad había aprendido que algunas personas no solucionan tus problemas, pero consiguen que parezcan menos pesados mientras los soportas.

Virginia era una de ellas.

Cuando llegué a casa dejé el pan sobre la encimera, coloqué la botella de vino en la cocina y me cambié de ropa. Me puse unos pantalones cómodos, me recogí el pelo en una coleta improvisada y me senté en el sofá.

No tuve casi ni tiempo de acomodarme.

Diez minutos después sonó el timbre.

Abrí la puerta.

Virginia apareció cargando una bolsa de patatas, otra botella de vino y esa expresión inconfundible que mezclaba preocupación, curiosidad y unas ganas evidentes de enterarse de todo.

La observé durante un segundo.

—Has traído vino.

—Y patatas.

Levantó la bolsa para que la viera.

—¿No era suficiente con el vino?

Virginia entró en casa sin esperar respuesta.

—Julia, cuando una mujer de cuarenta y cinco años me escribe que ha borrado Tinder y necesita vino terapéutico, una botella sola es una irresponsabilidad.

Y en ese momento supe que aquella conversación iba a ser larga.

Virginia dejó la copa sobre la mesa y se acomodó mejor en el sofá. Durante unos segundos se quedó observándome en silencio, como si estuviera intentando decidir qué versión de la conversación necesitaba aquella noche: la divertida o la sincera.

Al final eligió la sincera.

—¿Sabes qué creo de verdad? —dijo.

—Nunca me gusta cómo empiezan esas preguntas.

—Porque suelen acabar conmigo teniendo razón.

—Eso es discutible.

Virginia sonrió.

—Muchísimo menos de lo que te gustaría.